• I Domingo de Cuaresma B.

    I Domingo de Cuaresma. B.

    Gen. 9,8-15 ; Sal. 24; 1Pe. 3,18-22; Mc. 1,12-15

     

    La liturgia santifica al hombre en el tiempo, porque le permite morir en Cristo en las vicisitudes de cada día que pasa, para resucitar con él; esto es posible porque Jesús está presente con su muerte ejemplar y con su resurrección que es el término y sentido del tiempo. Un tiempo ya ordenado y contenido en el Señor. La oración, poco a poco, nos irá haciendo concientes de esta dimensión del tiempo. La liturgia es el marco de una vida consagrada, es la organización cristiana del tiempo que nos devora.

     

    Comenzamos, pues, un “tiempo fuerte” de la Liturgia; de hecho, el corazón del año litúrgico. La Cuaresma está polarizada por la pascua, vértice del credo cristiano. Sobre el ciclo pascual se organiza el año litúrgico en su totalidad. «La Santa Iglesia celebra con “sagrada memoria” (sacra memoria), y en días determinados, en el curso del año, la obra de la salvación de Cristo. Cada semana en el día que llamamos “Domingo” hace memoria de la resurrección que cada año, unida a la Santa Pasión, celebra la Pascua, la más grande solemnidad. En el curso del año, pues, se distribuye la celebración del misterio de Cristo en su totalidad». (Mysterii Paschalis 1)

     

    El tiempo de cuaresma responde, además, perfectamente a nuestra condición humana actual de hombres pecadores, confiados en la redención que viene de Cristo. Tanto es así, que San Agustín estima que estos cuarenta días «no son solamente una parte de nuestra vida, sino representación de la vida entera» (sermón 205), y san Benito declara en su regla: «la vida de un monje debería ser en todo tiempo tan observante como en cuaresma. Pero, como son pocos los que poseen esta perfección, exhortemos a todos los hermanos a vivir con toda pureza durante la cuaresma y a borrar durante estos días sagrados todas las negligencias del año».

     

    Cierto, que san Benito se dirige aquí exclusivamente a monjes. Pero, ¿se puede estimar razonablemente que los laicos tengan menos necesidad de consagrar a su santificación un tiempo especial, bastante breve para que puedan concentrar en él todas sus fuerzas, pero también bastante largo para que este gran rito pueda producir todos sus frutos?

    Ciertamente, se insiste hoy en la diversidad de las funciones propias de los clérigos y de los laicos, se alega con razón que cada uno tiene su propia espiritualidad, sin embargo, de ninguna manera podemos admitir que esté dividida la iglesia única de Cristo. No hay sino un solo Señor y una sola santidad, que es participación de la suya. Todos los miembros del cuerpo de Cristo debemos trabajar en esta santificación: «esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación». Es evidente que la vida de los laicos no es la de los clérigos, ni puede serlo. Pero por ello es tanto más de notar que precisamente durante la santa Cuaresma, la iglesia pide a los laicos que se inspiren en una espiritualidad análoga a la que podía ser la del monaquismo primitivo: oración, ayuno, penitencia y caridad. (cf. C. Jean-Nesmy)

     

    Oración Colecta Opcional. Oh Dios paciente y misericordioso, que renuevas siempre la alianza con todas las generaciones, dispón nuestros corazones a la escucha de tu palabra, para que en este tiempo que nos ofreces se lleve a cabo en nosotros una verdadera conversión. Por N.S.J…

     

    Síntesis.

    Gen. 9,8-15- El signo del arcoíris – en el antiguo mundo oriental y bíblico, se creía que el arcoíris era algo como una tronera por la cual entraban los rayos vengadores que lanzaba Dios contra los hombres. Ahora, en cambio, Dios ya no se sirve del arcoíris para ese fin, por el contrario, transforma su significado y lo utiliza como signo de una alianza que sobrepasa todas las expectativas, que da un giro tranquilizador ante todas las tempestades del dolor, porque Dios mismo participa del sufrimiento humano. El arcoíris se convierte así en signo del amor y resurrección de Cristo, de donde brota nuestra salvación.

     

    Sal. 24- Un salmo de 22 versitos, alfabético: cada verso comienza con una letra del alfabeto griego; carece de una unidad temática o formal. El tono es de reflexión sapiencial, capaz de incorporar elementos dispares sin mucha conexión.

    El carácter de este salmo invita a la reflexión sosegada, más que a la recitación rítmica y comunitaria. Tomando el tema del camino y del pecado, es posible saltar de los enunciados del salmo al gran tema de Cristo «camino» y «cordero que quita los pecados». Esto será prolongar en nueva clave la reflexión que entabla el autor original. Hech. llama varias veces al cristianismo «el camino» 18, 25-26; 22, 4; 24, 14. En los evangelios se nos habla de los dos caminos, Mt. 7, 13-14; Cristo enseña el camino del Señor Lc. 20, 21.

     

    1Pe. 3,18-22- Mucho más que Noé – De la desgracia del diluvio que se descargó contra los hombres a causa del pecado, sólo Noé se salvó: se encerró en el arca sin poder ayudar a la salvación de sus hermanos. Jesús, al contrario, no se salva el sólo de la catástrofe de la muerte. Permanece solidario con la humanidad entera, se arroja al torbellino para sacar también a los pecadores abandonados por Noé, y los convence de comprometerse en el servicio de Dios para renovar el mundo. Nuestra reflexión puede muy bien apoyarse en el motivo bautismal dado que la santa cuaresma tiene una estructura histórico-teológica decididamente bautismal. Toda ella está montada sobre la teología del bautismo; y Pedro hoy nos da un bonito tema cuando afirma, refiriéndose al valor pre-figurativo del diluvio: «(al diluvio), al que corresponde el bautismo que ahora os salva: no el hecho de quitarse una suciedad corporal, sino el compromiso con Dios de una conciencia honrada, fundada en la resurrección de Jesús, el Mesías…»

     

    Mc. 1,12-1- Cambio de guardia – desde el comienzo de su evangelio, Marcos nos advierte: la vida de Jesús será escondida y secreta, y tendrá como punto de llegada la cruz. Apenas revestido para su misión, (bautismo) se retira al desierto y se enfrenta a satanás. Su ministerio, en el evangelio de Marcos, se caracterizará por una serie de “retiros” (cf. 3,7;7,24;9,2). Su precursor, luego de haberlo mostrado a la multitud, es condenado a muerte, y Jesús asume todos los riesgos del cambio de guardia. El Espíritu lo anuncia como el «siervo» de Yhvh, de Isaías, cuya vida será ofrecida en sacrificio para la salvación de todos.


    Las lecturas de este domingo forman una unidad; el episodio de Noé, es interpretado por Pedro, como signo de del bautismo. En el bautismo, tema dominante y estructurante de la cuaresma, nos apropiamos subjetivamente, los frutos de la “Nueva Alianza”.

     El salmo, tomando el tema del pecado y el camino, nos invita a una reflexión sosegada. Cristo es el camino; en los Hech., varias veces se llama la cristianísimo, el “camino”, (18,25-26; 22,4; 24,14). La cuaresma es, también, un “camino” que conduce a la Pascua; los místicos la conocen como subida a Jerusalén. Le pedimos al señor que “nos muestre sus caminos”. Por muchos caminos se busca la plenitud, la felicidad; hay tantas teorías, tantas voces, tanta confusión que debemos pedir al Señor que nos muestre el camino.

     Evangelio.- El fragmento evangélico de este domingo está formado por dos unidades. El Espíritu impulsa al Hijo de Dios al desierto para que, en el abandono en la Palabra, es decir, en la voluntad de Dios, comience el camino de la salvación, la misión. La agonía (lucha) de Jesús, y su oración para que “se haga la voluntad” del Padre, contra la insidias del diablo, comienza con las tentaciones en el desierto. (vv. 12-13). Luego, Jesús comienza a predicar la «cercanía del reino»; ante esa cercanía solo cabe, como actitud coherente la conversión y la fe. Sobre el tema de la conversión y la fe, ya hemos escrito algo el domingo III del T.O.

    La tentación. El primer encuentro de Jesús con Satanás ocurre en el episodio de la tentación (Mc. 1,12-13); desde el principio, pues, Jesús está en contacto con el Maligno. En cuanto inicia la obra de Dios, aparece el Adversario. Entonces y siempre, y de mil distintas formas. De hecho, la tentación siempre acompañará a Jesús como siempre está presente en la vida del discípulo. Breve y austero es el relato de las tentaciones en Marcos, pero rico en doctrina. Jesús sale victorioso de la tentación. Es el nuevo Adán cuya victoria abre de nuevo el paraíso perdido; el antiguo Adán cayó víctima de una falsa idea de autosuficiencia, en el vano intento de autoafirmación, negando obediencia a Dios y buscando, lejos de él, su realización. Volver la espalda a Dios, prescindir tranquilamente de él al ir haciendo la vida, es el fondo demoníaco de toda tentación. Yo tengo mejores planes que Dios, se piensa cuando “se cae en la tentación”. Creo que lo demoniaco de nuestra cultura reside en el hecho de que nos ha convencido de que podemos, es más, de que debemos prescindir de Dios; un cultura que convence a sus ciudadanos de que pueden prescindir de Dios, es una cultura demoníaca, (B. XVI). Tal cultura se percibe en el laicismo, en el secularismo que se respira en el ambiente. El verdadero mal, la verdadera muerte es la ausencia de Dios en nuestra vida y en nuestros ambientes. Jesús vence al Tentador porque permanece inquebrantablemente fiel a su Padre. Y es ejemplo y estímulo para todos los cristianos sometidos a la tentación que proviene del ambiente y como consecuencia del pecado, del sufrimiento y la muerte, del absurdo en el que la vida parece convertírsenos, a veces.

     

    La iglesia y todo discípulo, estará siempre sometido a la tentación de reducir la Palabra, es decir, la voluntad de Dios, a una dimensión “mas comprensible”, disolviendo el misterio para hacerlo más “racional, evidente y aceptable”.

     

    Pero es importante notar que a lo largo de su vida Jesús enfrentará la “tentación” que proviene, no ya del demonio, sino de los hombres que salen a su encuentro, para “tentarlo”, es decir, para ponerlo a prueba, para tenderle trampas, para medir su fidelidad, como se puede ver en Mc. 8,11, 10,2; 12,13.15, y varios lugares más, donde se usa el mismo verbo con el que se describe la acción de Satanás, “peirásmos”. Incluso el mismo Pedro es llamado Satanás cuando intenta apartar a Jesús del camino que el Padre le ha señalado (8,32-33). La tentación es la invitación a desconfiar de Dios. La «última tentación» de Jesús tiene lugar cuando, crucificado, sus enemigos lo retan a que baje de la cruz para poder creer en él (16,29.32). Se ve, pues, que la victoria de Jesús sobre el Adversario no es definitiva; detrás de las “tentaciones” que los hombres ponen a Jesús, se adivina la presencia del Maligno cuya potencia es perceptible, aun, en el tiempo de la Iglesia. En efecto, será él quien arrebate la semilla evangélica sembrada en el corazón de los oyentes (4,14-15).

     

    Así pues, en las tentaciones de Jesús vividas como el segundo Adán, se invita a los cristianos a soportar las tentaciones, enfrentarlas y a superarlas. La victoria de Jesús, Hijo predilecto, ha abierto un nuevo futuro al hombre que sufre por el pecado del primer Adán: Así como por un hombre entró el pecado al mundo y por el pecado la muerte, y la muerte se propagó sin más a todos los hombres, dado que todos pecaban….así el acto de fidelidad de uno solo resultó en el indulto y la vida para todos; es decir, como la desobediencia de aquél solo hombre constituyó pecadores a la multitud, así también la obediencia de éste sólo constituirá justos a la multitud”. (Rom.12.18-19) Cristo como nuevo Adán es el prototipo para los cristianos; la victoria sobre la tentación satánica tiene, por ello, un significado que supera “un simple buen ejemplo”.

     

    Sin embargo, vale la pena reflexionar sobre el hecho de que nuestra vida está amenazada ahora como entonces por la tentación del mal e inclinada al mal. W. Trilling tiene una cita un poco desconcertante: La vida cristiana no se puede arreglar, tranquilizar o acurrucar en la gracia de Dios. Esto significa no perder la cabeza, ir con calma al encuentro de los peligros y oponer resistencia con la fuerza de la fe. Se trata del consejo de los viejos directores espirituales: Huir de la ocasión del pecado. Además no podemos olvidar que se trata de un algo grave pues el Señor nos ha enseñado a rezar, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. San Pedro nos lo advierte: Despéjense, espabílense, que su adversario el diablo, rugiendo como un león, ronda buscando a quien tragarse. (5,1-8) Así pues, la cuaresma, de modo particular, está bajo el signo de la prueba pero conoce también la victoria, la victoria de Cristo a la que nos asocia el bautismo.


    Un minuto con el evangelio

    Marko I. Rupnik

     Jesús vuelve del desierto, donde ha vencido las tentaciones. El desierto evoca la Antigua Alianza, es la incapacidad del pueblo de permanecer fiel al Señor. Cristo dice que ha llegado el momento adecuado, que en la historia ha llegado un punto de inflexión definitivo: se inaugura la era del señorío de Dios, el tiempo en el que la acción de Dios sobre la humanidad será una plena sinergia, una adhesión libre de lo divino y de lo humano. Ésta es la aparición de Jesucristo. Conversión quiere decir orientarse mediante la adhesión a su anuncio, dar una prioridad absoluta a la Palabra de Cristo. Ninguna palabra, ni siquiera en el enorme mercado de ideas y anuncios de nuestro tiempo, se puede comparar con la predicación de Cristo. Al adherirnos a él, su Palabra nos ilumina para que podamos vernos a nosotros mismo y nuestra historia personal, así como la historia de los pueblos del mundo, bajo una nueva luz. La conversión, en el fondo, quiere decir ver cada día más lejos, vernos más plenamente a nosotros mismos y ver la historia en relación con Cristo, nuestro Salvador.

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