• II Domingo Cuaresma C

    Domingo II de Cuaresma C

    Gn 15,5-12.17-18; Sal 26; Fil 3,17-4,1; Lc 9,28b-36

     

    Gn 15,5-12.17-18 – Dios se compromete – La escena descrita aquí, evoca un rito antiguo de alianza de Medio Oriente; cada uno de los contrayentes pasaba entre animales sacrificados diciendo: «que me toque la suerte de esta ternera cortada en dos, si violo este pacto». Pero aquí el único que pasa por en medio de la res descuartizada es Dios, para significar que la alianza se debe únicamente a Dios, a su misericordia. «Cuando se puso el sol, hubo densa oscuridad y sucedió que un brasero humeante y una antorcha encendida pasaron entre aquellos animales partidos». Abram no pasa entre los animales muertos. Dios se compromete definitivamente; la infidelidad de los hijos de Abram no hará retroceder la fidelidad de Dios, y menos aún, anularla: no hará otra cosa que ponerla todavía más de manifiesto.

     

    Sal 26 – Después de un acto de confianza (1-3) referido al templo (4-6), sigue una súplica en la persecución (7-13) y responde el oráculo de Dios (14). La confianza domina enteramente el salmo, suena al principio en boca del salmista, y al final en boca de Dios. Esta confianza vence el temor humano: de lo más terrible que tiene el hombre, su carácter de bestia, o su crueldad en la guerra (homo homini lupus). La confianza en Dios es el valor del humilde.

     

    Dios otorga protección, sobretodo, en el asilo del templo: allí experimenta el hombre la dulzura de convivir con Dios, allí robustece su confianza, allí da gracias a Dios por la protección recibida.

     

    Si la confianza se refiere al presente, la esperanza mira al futuro: el horizonte de este futuro puede ser inmediato (expectación), puede ser cercano y remoto. Esta dirección hacia el futuro imprime un dinamismo al almo, que no descansa en un momento limitado. Por eso el cristiano puede, rezando este salmo, expresar su confianza presente: así cumple la expectación de los antiguos; además, puede expresar su esperanza, que mira hacia la consumación. El templo del Señor es su presencia terrestre apoyando la confianza, y su plenitud celeste dilatando la esperanza. Lo mismo la tierra de la vida: es la Iglesia presente, como imagen y preparación; es, sobre todo, la patria celeste.

     

    Fil 3,17-4,1 – Esta tierra será transfigurada – Creemos en la resurrección de Cristo; y creemos que él nos resucitará en el último día para hacernos partícipes de su vida y, como a nosotros, dará una vida nueva al universo entero. Esta fe en la resurrección de «nuestro cuerpo miserable» y en la eternidad de nuestra tierra transfigurada, nos autoriza a amar apasionadamente el mundo en que vivimos; nos hace, al mismo tiempo, rechazar la esclavitud, y ser libres ante el mundo. El modelo también en esto es Cristo, crucificado y, al mismo tiempo levantado o exaltado a una gloria que no tiene parangón.

     

    Lc 9,28b-36 – ¡Muéstranos tu rostro, Señor! – Ningún hebreo se ha atrevido jamás a formular esta oración por miedo a la muerte. Dos profetas, sin embargo, han corrido este riesgo: Moisés y Elías. Pero no han visto a Dios, dice la biblia, más que de espaldas o como un ligero soplo de brisa. Su pregunta no ha perdido jamás su actualidad; ellos la formulan incesantemente por nosotros, pero al momento de ser oídos descubren que el Dios que ellos buscan es un hombre que está por morir. El verdadero rostro de Dios se revela en la muerte de su hijo; es una revelación amarga para el pueblo hebreo y para cada uno de sus más ilustres representantes, Pedro incluido: señal de que Dios no se identifica con ningún proyecto o retrato que el hombre pueda trazar de él.

     

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    Jesucristo es el rostro
    humano de Dios.
    (B.XVI).

     

    Oigo en mi corazón: «buscad mi rostro».

    – Tu rostro buscaré, Señor,

    no me escondas tu rostro”.

     

    Las lecturas de este domingo nos presentan una rica gama de motivos, todos ellos útiles para animar la purificación cuaresmal. Difícilmente se pueden reducir a un tema único. Emerge, sin embargo, por su belleza, una expresión del salmo responsorial: “Oigo en mi corazón: «buscad mi rostro».- Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro”. Todo el salmo está traspasado por un deseo apasionado, contemplar ese rostro, rodeado de bondad y de radiante belleza. Los tres discípulos predilectos han contemplado en el monte el semblante humano: el de Jesús transfigurado. El episodio es un signo de que en Jesús, Dios ha tomado un rostro visible, ha mostrado ese rostro que “nadie ha visto jamás” (Jn 1,18). El rostro de un hombre sobre el que resplandece la gloria de Dios. Fascinado por su belleza, Pedro exclama: “qué hermoso sería permanecer aquí”. Tal vez Pedro recordase ese rostro resplandeciente y hermoso cuando lo vio desfigurado y sangrante en la Pasión.

     

    En la I Lectura, vemos que lo sucedido a Abrahán es un modelo de esta “Búsqueda del Rostro”. En este episodio se presenta un momento fuerte de la aventura de la fe que busca al Señor: la estipulación de una alianza, que sella una relación personal de amor entre Abram y Dios. El amor es la fuerza íntima que alimenta e impulsa la búsqueda. La escena se desarrolla en un pasaje nocturno: como si se quisiera subrayar que el encuentro de fe está rodeado siempre de penumbra, no se trata de una luz meridiana. No podemos permanecer siempre en la luz del Tabor, nuestra fe es caminar en un claroscuro. No estamos todavía en la patria, en la luz que no conoce ocaso, en aquel momento en el que no sólo veremos la gloria de Cristo, sino que seremos transformados en él, como nos dice Pablo en la 2ª Lectura. Este es el final, el tramonto del camino de la fe.

     

    El rostro es una imagen de la persona. Encontrarse cara a cara con una persona es entrar en comunión con ella. Decir que Dios tiene un rostro (humano) es una expresión figurada para afirmar que él es una persona, con la que es posible establecer una relación de comunión. A nadie nos gusta entablar conversación con alguien que no tiene rostro; nos molesta hablar con máquinas al llamar a un teléfono, no confiamos en los encapuchados. Dios no es un ser abstracto, es Alguien. Alguien que tiene un rostro, que tiene una voz, que me llama por mi nombre, que me conoce, que quiere ser reconocido por mí. Alguno que se dirige a mí y al que yo puedo dirigirme. Mi pobre yo delante a un Tú divino: un encuentro. Él me ofrece su inefable presencia: Aquí–ahora–a mí. Él no es sólo ausencia y existencia, como quisieran los filósofos: es, sobretodo presencia. Irrumpe en mi vida: si me abro a él con disponibilidad plena, mi existencia se conmueve, cambia. Se instaura con él una relación viva, y su presencia lo transforma todo. La experiencia de fe, en el fondo, no es más que esto.

     

    La vida religiosa no es un complejo de cosas que hacer, (la costumbre tiene el tremendo poder de “cosificar a Dios”), sino Alguien a quien encontrar: un rostro que contemplar. Cierto, no es todavía la visión. Esta es un bien reservado para cuando lleguemos a la Patria. Aquí abajo ese rostro lo podemos ver sólo como un reflejo: “como en un espejo, una sombra” (I Co 13,12). Es la conciencia de la fe: una mezcla de luz y oscuridad. Sin embargo, es conciencia verdadera, encuentro real. El verdadero creyente, en todo encuentra a Dios: todo es un reflejo de su Verbo.

     

    De aquí nace esa forma suprema de oración que se llama contemplación. Esta no exige complicados raciocinios. Solo quiere que abramos los ojos para ver su Rostro: es decir, el misterio de Cristo, que es el único revelador del Padre. Es aquél que el ciclo litúrgico presenta a lo largo del año. No podrá contemplarlo, sin embargo, el que no mantiene delante de él la «capacidad de admiración». Cristo es la novedad de cada día, y puede mirarlo sólo la mirada trasparente, como la mirada de un niño: simple, amante, atento, siempre tenso, para descubrir y redescubrir, con un interés alegra que no se cansa. La admiración está muy cercana al amor y se traduce espontáneamente en canto. Entonces la contemplación se convierte en alabanza.

     

    La alabanza es el canto del amor de los peregrinos hacia la patria; «Amatoria Patriae», decía san Agustín dando esta luminosa consigna: «Caminad cantando». Así es como se va a la búsqueda del rostro de Dios.

     

    Tras esta tirada mística, sin embargo, es necesario tener en cuenta algunos puntos de la exégesis. Primero, darnos cuenta de que el fragmento 9,18-50 se refiere “al Mesías sufriente”; la confesión de Pedro, el primer anuncio de la pasión, seguir a Cristo en la Pasión, son los episodios que preceden al evento de la transfiguración, «Ocho días después de estos discursos». Jesús subió al monte a orar, destaca Lc., antes de recibir de los discípulos la confesión de Mesías y antes de comenzar la revelación de la Pasión y Muerte, había orado Jesús en la soledad. Ahora que va a hacerse visible aquello de lo que ha hablado, vuelve a la oración. La proclamación y la manifestación de Jesús suponen su oración, la comunión con el Padre. Aquello de que habla a los hombres lo trata primero con su Padre.

     

    Y en el contexto de la oración “el aspecto de su rostro se transformó, y su ropaje se volvió de una blancura deslumbrante”. Es cuando aparecen los pilares del A.T., son la Ley y los Profetas que vienen a tratar con él nada menos y nada más que «el Éxodo que le espera en Jerusalén».

     

    Hay conexiones entre el monte Tabor y el Monte de los Olivos. Los tres discípulos duermen en ambos lugares mientras Jesús ora. En el monte de la transfiguración despiertan y perciben su gloria; en el monte de los olivos son despertados por el Señor y aparece el traidor. En lo duro de su camino, Jesús ha vivido este momento especial para reconfortar su espíritu revelando, además, la gloria que como Hijo del Padre le pertenece. Biblistas como H. Marshall afirman que la transfiguración también fue para Jesús una especie de plática privada con su Padre “de alto nivel” como una forma de “agarrar fuerzas” y continuar el camino hacia Jerusalén.

     

    La liturgia, que es el auténtico «Sitz im Leben» de la Palabra, interpreta con acierto el significado de este domingo. La oración colecta hace referencia a nuestra esperanza; esta esperanza refuerza la fidelidad continuada a la gracia de Dios y le pedimos que alimente nuestro espíritu con su Palabra para que así podamos un día contemplar gozosos la gloria de su Rostro. Es un eco de lo rezado en el salmo. Dígase otro tanto del prefacio; ahí se nos dice que el objetivo final de la manifestación de Cristo en el Tabor, testimoniado por la Ley y los Profetas, es manifestarnos «que la Pasión es el camino de la Resurrección». En nuestro camino de fe, el cansancio, el pesimismo, el desencanto, las dudas, las sospechas, la presión cultural, y nuestro propio pecado, pueden persuadirnos de la rendición, del abandono, de la claudicación. Y todo pecado es una forma de claudicación en nuestro camino de fe. Por eso hoy, el II Domingo de la Cuaresma, tras habernos enseñado a vencer las tentaciones, hoy nos dice en qué dirección apunta nuestra esperanza, cuál es el objetivo final al que nos lleva la gracia cuando hace posible que venzamos la tentación del desaliento.

     

     

     

     

    UN MINUTO CON EL EVANGELIO

    Marko I. Rupnik. Sj

    La transfiguración de Jesucristo en el Monte Tabor es quizás uno de los acontecimientos más extraños a la mentalidad de hoy, pues, estamos acostumbrados a pensar conceptos y a imaginar formas. Por eso, intentamos imaginar cómo sería esta nueva forma de Cristo. Los antiguos Padres ya destacaron que la transfiguración de Cristo era un regalo que Dios hizo a los apóstoles presentes, quitando el velo de sus ojos, para hacerles ver en la humanidad de Cristo, en su rostro concreto, la luz de Dios inaccesible. Por tanto, se trata de un gesto de la caridad de Dios hacia los apóstoles para mantenerlos en la relación con Cristo, de manera que cuando vieran este rostro, escupido, ensangrentado y humillado, permanecieran firmes, seguros de que ese mismo rostro era el rostro del Hijo de Dios que no podrá ser vencido por el mal.

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