• II Domingo de Adviento. C.

    Bar 5,1-9; Sal. 125; Filip 1,4-6. 8-11; Lc. 3,4.6

     

    Oración opcional.

    Oh! Dios grande en el amor, que llamas a los humildes a la luz gloriosa de tu reino, endereza nuestros corazones para que sigan tus caminos, allana las alturas de nuestra soberbia y prepáranos a celebrar con fe ardiente la venida de nuestro Salvador, Jesucristo tu Hijo. Él es Dios….

     

    Bar 5,1-9.- La valentía de creer.- La esperanza del pueblo de Dios es tan grande que, a veces, solo los poetas pueden expresarla. Este texto de Baruc, lleno de luz, fue escrito, mientras Israel vivía en la opresión, disperso, sin esplendor y sin porvenir político, y tal vez ha cedido a ilusiones engañosas de poder y de revancha.

     

    Pero, el oráculo de Baruc, era sobre todo, y como tal permanece, una espléndida evocación de las maravillas que Dios prepara, porque «todo hombre verá la salvación de Dios» a la hora del encuentro glorioso entre el Salvador y la humanidad, encuentro que Dios tiene la audacia de prometer a sus hijos y que nosotros tenemos el valor de esperar.

     

    Sal. 125.- Cuando cambia la suerte – Es una acción de gracias pensando en el regreso del destierro, del desierto. El versito 4 nos hace pensar que ha sucedido una nueva desgracia y, entonces, hay que recordar con confianza el retorno del destierro, el regreso desde Babilonia. El recuerdo es primordial en la historia de los pueblos y en la vida personal; hay que sacar fuerza de nuestro pasado, porque nuestro pasado está grávido de la presencia misericordiosa de Dios.

     

    El recuerdo de la liberación es intenso: aquella alegría inesperada se hace presente. En la liberación reveló el Señor su grandeza, de modo que hasta los gentiles pudieron reconocerla; y esta revelación activa es fuente de gozo para el pueblo, incluso en el recuerdo. La experiencia histórica se transforma en la imagen serena de la vida agrícola: sembrar para cosechar.

     

    Cuando Cristo se apareció resucitado, también los discípulos creían estar soñando o ver un fantasma. Es el cambio inesperado de suerte. Y cuando subió al cielo, volvían llenos de alegría. Cristo ha utilizado la imagen agrícola, invitándonos a sembrar, dejando que otros cosechen; ni una gavilla se perderá cuando el Señor cambie nuestra suerte, en la gran vuelta a casa, porque «sus obras nos acompañan.»

    Filip 1,4-6. 8-11.- Llegar a ser adultos.- Pablo quiere conducir a los cristianos de Filipos a una fe adulta, y se alegra que ellos estén madurando realmente, en la práctica y en la difusión de la buena noticia. También para nosotros, como para los filipenses, es necesario que nuestra vida de hijos de Dios crezca, se consolide, se extienda en el sentido querido por Dios. Basta saber acoger su don: aquél que ha comenzado en nosotros la obra de la salvación, mediante la fe, la llevará a su plenitud.

     

    Lc. 3,4.6.- Juan Bautista, lazo entre el Antiguo y nuevo testamento.- Juan, el último de los profetas de la ley, proclama próxima la «salvación» de Dios para «todos los hombres», no solo para el pueblo hebreo. El precursor se refiere al «libro de la consolación» para anunciar al Mesías y prepararle los primeros discípulos: el tiempo de la preparación anunciada por Isaías ha llegado (Is.40). Lucas, insiste aquí, como en el curso de todo su evangelio, sobre el contenido universal del mensaje de Jesús.

     

     

    Un Minuto con el Evangelio

    Marko I. Rupnik, sj

     

    En un marco lleno de regencias históricas, se sitúa la bajada de Palabra sobre el más grande de los profetas, Juan el Bautista. Este hombre, enjuto y asceta, hombre del desierto, predica un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Juan trata de sacudir a los hombres para que cada uno se implique en la obtención del perdón de sus pecados. La conversión tiene una meta precisa: no se trata simplemente de ajustar y corregir algo de nuestra propia vida; tampoco se trata de un concienzudo y esforzado trabajo sobre uno mismo. La conversión es un movimiento que va de la soledad y del aislamiento al encuentro y la entrega. El signo que distingue una conversión espiritual es la última palabra del evangelio de hoy.

     

    Todo hombre verá la salvación de Dios. La conversión es una experiencia de redención. La redención es la salvación del hombre en su totalidad y no sólo de una parte.

     

     

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    El tema de la preparación domina el Adviento.

    La primera lectura de este domingo está tomada del libro de Baruc. En este libro el nombre de Baruc tiene una justificación especial, y es un vínculo con el destierro. Sabemos que para los apocalípticos en general, con la destrucción del Templo, comienza la era de la cólera divina, y el destierro de Babilonia se vuelve ejemplo y clave simbólica de todos los destierros posteriores, comprendida la diáspora. Babilonia es castigo ejemplar; a partir del destierro se desarrolla el género de las «confesiones de pecado» o, liturgias penitenciales al estilo de Esd. 7 y Neh 9, imitadas en Dan. 3 y 9 y especialmente presentes en este libro. La vuelta del destierro es también modelo de esperanza que cuaja en la pluma del II Isaías, se propaga en sus imitadores, Is. 56-66 y penetra en el final de Baruc.

     

    Esta temática nos es presentada en el Adviento para expresar la necesidad de la conversión; el pecado es alejamiento, por el pecado rompemos nuestra comunicación con Dios y somos el pueblo de la diáspora, un pueblo disperso. En la anáfora III leemos: “Reúne en torno a ti, Padre misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el pecado”. (cf. Jn. 11, 51-52). El pecado es una fuerza dispersora.

     

    En el fragmento de Baruc que leemos hoy, podemos descubrir una antología de textos de Isaías que se mueven precisamente en esa dirección. Podemos recordar al II Isaías que declara terminado el tiempo del castigo e invita a la esperanza. De múltiples resistencias tiene que triunfar el Señor. Y triunfa por su amor-misericordia siempre fiel: «Consolad, consolad a mi pueblo, dice Dios: hablad al corazón de Jerusalén, gritadle que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble castigo por sus pecados» (Is. 40,1) Es el tema del Adviento; y no debemos olvidar que siempre es Adviento.

     

    El retorno del cautiverio se convierte en la clave interpretativa de la historia de Dios con su pueblo. Cuando Dios nos perdona, recreándonos así, el Señor nos hace volver del cautiverio. Ya Orígenes decía que era más difícil liberar a un pueblo del pecado que liberarlo del Faraón. El salmo 125 convierte en oración esta certeza. Se trata de una acción de gracias pensando en la vuelta del destierro. Quizá ha sucedido una nueva desgracia, que provoca la súplica del v. 4 y hace recordar con confianza la vuelta desde Babilonia.

     

    El fragmento de Fil. Nos muestra la ley de oro de la evangelización: una relación personal, impregnada por el amor, por la oración, por las ansias de comunión. Pablo agradece lleno de alegría la colaboración de los filipenses en el trabajo de la evangelización. No es simple camaradería, se trata, de la unión en el amor y en el propósito de Cristo. Aquí encontramos las palabras que nos fueron dichas, abreviadas, el día de nuestra ordenación sacerdotal: «Estoy convencido de que Aquél que comenzó en ustedes la obra buena, la irá perfeccionando siempre hasta el día de la venida de Cristo Jesús». Aparece, entonces, el tema del final (telos); un tema que jamás debemos olvidar, porque, si lo quitamos explícita o implícitamente, de nuestro horizonte mental, de nuestro quehacer pastoral, del cristianismo no queda absolutamente nada. No podemos analizar aquí detalladamente el fragmento, pero la oración del Apóstol por su comunidad revela algo muy importante: primero, antes que otra cosa, tenemos que hablar a Dios de nuestra comunidad, hacer oración por ella; enseguida viene la oración de Pablo: que su amor siga creciendo más y más y se traduzca en un mayor conocimiento y sensibilidad espiritual. De esta manera podrán escoger siempre lo mejor y llegar limpios e irreprochables al día de la venida de Cristo, llenos de los frutos de la justicia que nos viene de Cristo Jesús para gloria y alabanza de Dios. En el texto notamos la tensión escatológica.

     

    La unidad Lc. 3,1-20 es el ciclo del Bautista, que y culmina con el bautismo de Jesús. Entre al unidad de este domingo 3,1-6, y la del próximo, 3,10-18, se da una ruptura cuando se suprimen los vv. 7-9 que son necesarios para el sentido. Siempre es oportuno leer toda unidad recordando que una unidad menor tiene sentido dentro de una unidad mayor.

     

    Al centro de la narración de Lc. sobre el Bautista, está la predicación que ha de ser entendida como una explicación del sentido de la acción bautismal, evocada marginalmente. El tema es el arrepentimiento en vistas al juicio total. Se trata de la llamada definitiva de Dios al hombre a fin de que se prepare para recibir el evento salvífico igualmente definitivo. Como lo sabemos, el Bautista es puesto bajo los textos programáticos del II Isaías que en un lenguaje de construcción de carreteras, (ingeniería vial), alude a la rectificación de los caminos reales de nuestra vida. Son necesarios, entonces, el arrepentimiento y la fe. Es la única actitud coherente hacia el hecho que se avecina.

     

    El Adviento, y toda nuestra vida es Adviento, es el esfuerzo de fidelidad continuado, a la gracia de Dios. Siempre estaremos en ese proceso de conversión y en el crecimiento de la fe, esperanza y amor, preparándonos para el día de la venida de Cristo. Tal es el espíritu, del Adviento.

     

    Josef Ernst, comenta así este pasaje: El discurso enfático tiene una intención pastoral: quiere destruir la estúpida confianza de los hebreos que creían que el juicio no podía tocarlos personalmente. La urgencia de la salvación es exigida a cada uno y a todo el pueblo de Israel. Nadie podrá escapar del juicio.

     

    La salvación no esta garantizada con el signo exterior del bautismo, sino por los «frutos de conversión». Las exigencias concretas serán precisadas en el siguiente paso; mientras tanto la exhortación a la conversión no es más que una fórmula vacía en espera de ser llenada cada vez por las exigencias de las situaciones concretas. La expresión semítica «dar frutos significa» significa lo que Dios busca en las pruebas de la vida. El arrepentimiento es por lo tanto, algo que va más allá de un puro cambio de mentalidad. Tiene que hacerse realidad en los hechos que teje la vida.

     

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