Domingo II de Tiempo Ordinario C.

Is 62,1-5; Sal 95; 1 Co 12,4-11; Jn 2,1-11

 

Is 62,1-5 – Tú me llamarás por mi nombre – Siempre es otro el que nos da la certeza de que tenemos una necesidad absoluta: la certeza de valer todavía algo desde el momento en que alguien nos ama. La humanidad no conoce su propio rostro; pero he aquí que Dios hace propia nuestra condición humana, no por una abstracción, sino por un puro acto de amor: tú le agradas al Señor, y él se complace en ti. Gracias a Cristo, la humanidad olvida sus sobrenombres: «la olvidada», «la abandonada»; amada por sí misma aprende su verdadero nombre: «alegría de Dios y compañera del Eterno».

 

Sal 95 – Se trata de un himno al Señor Rey. Se abre un horizonte universal. Leemos los primeros 10 versitos. Los imperativos se suceden, ¡cantad, cantad, bendecid su nombre, proclamad su victoria, contad a los pueblos su gloria! La invitación se extiende a todos los pueblos del orbe. De nuevo una triple invocación del nombre del Señor: los pueblos han de invocar ese nombre, venid a su templo, y traerle ofrendas como acto de reconocimiento y homenaje.

 

Todas estas venidas preparan el gran «adviento» o advenimiento de Dios, que entra en la historia humana, haciendo presente la revelación del Padre; y va celebrando difíciles «victorias» para establecer en el mundo el «reino de los cielos». Los cristianos también tienen esa vocación misionera y han de dar ese testimonio de alabanza, celebrando así y colaborando en el establecimiento del reino de Dios.

 

1 Co 12,4-11 – Unidad en la diversidad – El Espíritu rechaza las cosas de la monotonía prefabricada y estandarizada; él da a los cristianos vocaciones diversas, según la personalidad de cada quien. Estas diversidades pueden inducir a los cristianos a catalogarse, a oponerse unos a otros, a enfrentarse. Es un peligro permanente, ahora como en tiempos de Pablo. El Espíritu exige unidad; esta sin embargo no consiste en un alinearse, sino en ser diversos, conservando cada quien su propia personalidad, en beneficio de todos. El test para saber si un carisma en realidad viene de Dios, es que sirve para edificar la iglesia, el cuerpo; si en el nombre de un supuesto carisma, nos enfrentamos y dividimos, queda de manifiesto que no procede de Dios. En su primera carta, Juan nos invita “a discernir los espíritus”. Todo cristiano, animado por el Espíritu, debe estar unido a los otros cristianos en la fe, para poder vivir la libertad de los hijos de Dios.

 

Jn 2,1-11 – La señal del vino – El buen vino alegra siempre el corazón del hombre. Así la fiesta evangélica inaugurada por Jesús alegra a todos aquellos que se sienten invitados a las bodas. Jesús cambia y transforma todo lo que él toca. Es lo que atestiguan todavía sus discípulos cuando, cada domingo, se reúnen para beber un vino que ha transformado la vida e historia del hombre. Con Jesús, ha llegado «la hora» esperada por los profetas, la hora de las nupcias de Dios con la humanidad. Esta hora sonará definitivamente cuando, del costado de su cuerpo atravesado, saldrán sangre y agua. Pero ya en Caná está presente su gloria. “Manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él”.

 

 

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No deja de llamar la atención el hecho de que leamos hoy un fragmento de Jn., las bodas de Cana. Pareciera más lógico haber continuado con la lectura de Lucas tal como se reporta en el Domingo III del T.O. En realidad, en la teología de los padres griegos prevalece la idea de unidad bajo el tema de revelación-manifestación de las solemnidades de Navidad, Epifanía y Bautismo de Jesús; el episodio de las bodas de Caná es leído también bajo esta óptica: manifestación-revelación. Ahí manifestó su gloria y los discípulos creyeron en él, dice san Juan. Esta teología la vemos hermosamente propuesta en el Oficio de Lectura de todo el tiempo de Navidad.

 

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Al elegir la Lectura de Isaías, tema nupcial, el Salmo y el episodio de las bodas de Caná, la Liturgia de la Palabra nos presenta una variación o prolongación del tema del bautismo: la revelación–manifestación de Nuestro Señor Jesucristo como Salvador del mundo. Igual que en la teoría musical, el tema se hace evolucionar agregando determinados matices que lo enriquecen prestándole nuevas dimensiones, nuevas formas de comprensión y desarrollando su sentido sin perder unidad.

 

Ahora, el mismo tema se presenta con una variación: el matrimonio. Bajo el símbolo matrimonial, tan querido a la literatura profética, con todas sus implicaciones, a veces dramáticas, Juan nos presenta la revelación de Jesús. En efecto, el simbolismo nupcial ha sido uno de los motivos fundamentales para iluminar y profundizar la relación Dios-hombre. A la categoría de «alianza», sucede aquella más íntima y personal, unión de amor, por la cual Dios y el hombre se encuentran en un diálogo intenso y exultante, «a la manera del joven que se desposa con una joven y de la alegría que el esposo encuentra con la esposa».

 

El amor que existe sobre la faz de la tierra y que reaparece cada vez que dos creaturas se encuentran y se aman, es el signo del amor que Dios tiene a la humanidad entera. Esto es lo que se refleja en las hermosas lecturas de este domingo.

 

Al final de este episodio, el evangelista hace notar que en Caná de Galilea, Jesús realizó el primero de sus signos o señales. Así pues, en un contexto nupcial, Jesús realiza la primera de sus señales milagrosas, revela su gloria y sus discípulos creen en él. Nótese la secuencia señal-revelación-fe. Así, pues, vemos que la presente es la versión joanina de la primera manifestación de Jesús. De lo dicho se deriva la centralidad de la persona de Jesús; de tal manera que podemos decir muchas cosas, después de todo se trata de una lectura muy leída y no siempre bien comentada, pero no debemos de perder de vista lo que la perícopa significa en sí misma: signo-revelación-fe.

 

Otro punto de singular importancia es la presencia de “la Madre de Jesús”, como suele llamar Juan a María. Ella aparece en este episodio como la mediadora de la revelación, incluso adelantando la “hora” de Jesús; aparece como la mediadora de la manifestación de la gloria de Jesús y de la fe de los discípulos. Es interesante, igualmente, notar que Juan nos presenta a Jesús en su misión reveladora del Padre, dentro de un paréntesis materno: María que está “al inicio de sus signos y de la fe de los discípulos” y que volveremos a encontrarla al pie de la cruz, lugar donde se convierte en la Madre espiritual de los creyentes: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. María, pues, forma parte del misterio y de la misión de Cristo. Destaquemos algunos elementos de esta perícopa:

 

  1. Las bodas mesiánicas y el banquete mesiánico. En la Biblia, en efecto, la era mesiánica es descrita como una fiesta nupcial, o sea, como una época feliz en la cual abundan la alegría y la salvación (cf. Is 54,48; 62,4ss; Mt 8,11;22,1-14; Ap 19,7-9. Passim). La abundancia del vino nuevo otorgado por Jesús en Caná en el contexto nupcial, indica la inauguración del tiempo mesiánico, en el cual los bienes de la salvación sobreabundarán.

 

  1. Es importante también “la hora de Jesús”. Este es un tema sobre el que no me extiendo, porque atraviesa todo el Evangelio de Juan; la hora de Jesús llegará al momento de su Pasión-Glorificación. «Ha llegado la hora de que el Hijo de Dios sea glorificado», dice Juan.

 

  1. El vino mejor. El vino mejor que ofrece Jesús no es otra cosa que la revelación perfecta y suprema que aporta Jesús mediante su pasión gloriosa y su resurrección, o sea, con la exaltación de Jesús sobre el trono real de la cruz inundado por la gloria de la resurrección.

 

El vino ofrecido por Jesús indica su revelación que alcanzará su cumbre en la glorificación del calvario. Al vino nuevo, el evangelista contrapone el vino malo, viejo, cuyo final llega con la presencia de Jesús. Ahora bien, el vino en la literatura sapiencial y judía, simbolizaba la revelación mosaica, por lo tanto, la contraposición de los dos vinos en Caná no puede no referirse a la antítesis entre la Ley del Sinaí y la Verdad y la gracia de Jesús.

 

Debemos superar la trampa de oponer vino y agua, y fijarnos en que, lo que Juan opone, es el vino malo del principio, y el vino bueno del final. Sin embargo, ha de tenerse presente que las tinajas llenas de agua estaban destinadas a las “abluciones” de los judíos, es decir, tenían una función religiosa, simbolizan el culto y el rito antiguos, por lo tanto, si contraponemos el agua del principio y el vino bueno del final, la oposición es todavía más radical. Pero es conveniente mantener la oposición entre el vino del principio y el vino del final.

 

El don de la ley, dado por medio de Moisés, contiene sólo imperfectamente la revelación divina; únicamente la gracia de la verdad constituye la revelación plena y perfecta de la vida de Dios (cf. Jn 1,17). Con la venida de Jesús el vino de la revelación mosaica ha sido sustituido por el vino de la revelación de Jesús. Este cambio, este proceso de superación, nos viene presentado en un contexto nupcial, al que ya nos hemos referido.

 

Tal es el mensaje teológico del texto que leeremos el próximo domingo, y soy el primero en reconocerlo, que nos plantea un problema para la homilía. Pero hemos de pensar, que si bien, la homilía es una exposición sencilla, lo es del texto leído; conocer el texto, su mensaje, su contenido teológico, y poder traducirlo significativamente a nuestra asamblea, he ahí el reto. Porque podemos caer en el peligro de decir muchas cosas, muy bonitas y muy buenas, pero que pueden estar perfectamente desconectadas de lo que el texto dice, y entonces podríamos preguntarnos sobre la validez teológica de nuestra homilía. Lo teólogos discuten, hoy, si la homilía no será una parte integrativa y que adquiere el valor mismo de la liturgia; la homilía es una acción litúrgica, y para su eficacia es necesario que esté conectada con la Palabra de Dios. De lo contrario estaríamos en la situación del párroco aquel que promovía la kermés y la rifa que a la sazón se llevaban a cabo en su parroquia; comenzó en ese momento a llorar un niño, como lloran los niños, con una fuerza e importancia muy superior a lo que se podía esperar de sus tiernos pulmones, lo cual motivó al sacerdote para amonestar a la mamá diciéndole: “saca a ese niño, mujer, porque no deja oír la Palabra de Dios”. O más directamente, como el señor cura párroco de mi pueblo, célebre y muy querido por el Don Renato, cuando obispo de Ciudad Madera, que en cierta ocasión le dijo a la comunidad con tono solemne: “Hoy la Palabra de Dios no dice nada; vamos a profesar nuestra fe”. Más bien, era el caso que solía amanecer un poco indispuesto.

 

El contexto nupcial de la liturgia viene expresado, también, en la 1ª lectura. Luis Alonso comenta el texto de la siguiente manera: Tenemos ante nosotros la conocida imagen de la ciudad como esposa del Señor. Lo original es que no se trata aquí de una reconciliación tras la ruptura, sino de algo inaugural, del día de bodas. Si hay alguna alusión a la situación precedente, es en sordina, de modo que no turbe el tono gozoso del conjunto; las alusiones son «abandonada, devastada…ya no, ya no…el Salvador». Expresamente se habla de jóvenes que se casan, no de adultos que se reconcilian; de modo que incluso las alusiones al pasado sirven para realzar la novedad y frescura del acontecimiento. No se puede decir con más fuerza la fuerza del amor, su capacidad de rejuvenecer, su novedad inagotable.

 

UN MINUTO CON EL EVANGELIO.

Marko Ivàn Rupnik.

«No tienen vino» es prácticamente la declaración del final de una religión. En los textos sapienciales podemos descubrir que el vino significa la alegría del amor, lo que da sabor a la vida. María, por lo tanto, dice «ya no tienen amor», y por ello la iconografía nos muestra a los novios tristes. Por el Cantar de los cantares sabemos que el novio y la novia simbolizan la relación entre el hombre y Dios. «Ya no tienen amor» quiere decir, pues, que una religión se ha anquilosado sólo en los preceptos y en las prescripciones. En efecto, en las seis tinajas los Padres de la Iglesia veían el símbolo de la ley que se ha petrificado y agotado. Cristo representa la novedad de la alianza fundada y realizada en el amor, que también incluye la ley. En efecto, el modo correcto de comprender la ley es el amor a Dios y a los hombres.