• II Domingo Ordinario. B.

    II Domingo Ordinario. B.

    1 Sam 3,3-10.19; Sal 39; 1 Cor 6, 13-15.17-20; Jn 1, 35-42

     Oración colecta opcional: “Oh! Dios, que revelas los signos de tu presencia en la iglesia, en la liturgia y en los hermanos, has que no dejemos caer en el vacío ninguna palara tuya para poder reconocer tu proyecto de salvación y llegar a ser apóstoles y profetas de tu reino”. Por nuestro Señor Jesucristo…

     Síntesis.

    1 Sam 3,3-10.19.

    Habla, Señor, tu siervo te escucha. Samuel, todavía niño, ha sido consagrado por su madre al servicio de Dios; por ello vive en el templo y es ahí donde Dios le habla, como ha hablado a los profetas, en la noche, todo es poco claro, y Samuel se engaña: el oído humano no se educa fácilmente para escuchar a Dios. pero Dios insiste, y el niño responde; de esta manera puede escuchar la palabra de salvación para todo un pueblo. Para escuchar la voz de Dios es necesario ir más allá de los “sonidos habituales, conocidos” haciéndose disponible a la novedad de la Palabra.

     

    Salmo 39.- La primera parte 2,11 es una acción de gracia pública la segunda parte es una súplica en el peligro grave; los vv. 14-18 se encuentran independientes como el salmo 70.

    Trasposición.-

    La carta a los Hebreos pone en la boca de Cristo hecho hombre los vv. 7-9. Cristo, aceptando plenamente el plan del Padre, realiza el gran sacrificio, aboliendo y dando sentido a todos los precedentes. Cristo paciente suplica al Padre y es escuchado, Heb 6,7. Pasando a través de la muerte a la nueva vida, se hace modelo y compañero de todos los que dan gracias a Dios por la liberación. Contemplando a Cristo aprende el hombre el sentido de su propio sacrificio, que es la entrega total del Padre.

     

    1 Cor 6, 13-15.17-20.- El cristiano y su cuerpo. El razonamiento de Pablo respecto a la pureza se funda en dos convicciones: antes que nada la sexualidad no es una necesidad como otras; expresan de hecho todo el ser, en una relación de persona a persona. En segundo lugar, el cuerpo ha sido santificado por la muerte y resurrección de Cristo. Desde aquél momento, también la sexualidad le pertenece; mediante nuestro cuerpo nos expresamos no solamente a nosotros mismos, sino al hombre perfecto, Jesucristo. Por lo demás, la eucaristía que nos hace miembros del cuerpo de Cristo, confiere a nuestro cuerpo un nuevo significado y una nueva prospectiva, como instrumento de Dios para la edificación y crecimiento de la iglesia en el amor.

     

    Jn 1, 35-42.- El encuentro con el Mesías.- Desde el momento en que Juan reconoce en Jesús al Mesías, dirige hacia él a sus propios discípulos: solo él merece ser seguido. Y seguir a Cristo, significa hacer una opción decisiva, dejar a Juan Bautista y más tarde romper con los judaísmo. El encuentro con el verdadero Mesías tienen tales signos de evidencia, que el hombre no puede eximirse de reconocerlo.

    «Hemos encontrado al Mesías». Al mismo tiempo, este encuentro transforma nuestra vida y nuestra persona, el nombre nuevo que Jesús da a Simón es un auténtico bautismo, una nueva dirección que Dios le da a su vida. Y el hombre, aceptándolo, se declara disponible como lo hicieron Abraham y María.

     

     

     

    En tanto llegamos al tiempo de Cuaresma, la liturgia dominical nos propone los primeros siete domingos del tiempo ordinario.

     

    1ª Lectura. Al centro de la liturgia de este domingo segundo encontramos dos relatos de vocación. El tema es vocacional. El primer relato, la vocación de Samuel, personaje clave en la historia de Israel. Samuel es un jovencito que a través de una serie de lecciones, de ayudantías, es llamado por Dios, llega a la comprensión de su destino. No se trata de una vocación repentina, sino de un lento y progresivo aprendizaje. Esto se refleja en las tres llamadas que recibe de Dios y que el atribuye a Elí.

     

    Sabemos que Elí y su familia habían llegado a ser despreciables a los ojos de Dios por la indignidad y el abuso que habían hecho del sacerdocio; sin embargo, a través de este indigno sacerdote, y no obstante la conducta depravada de su familia, Dios llama al joven Samuel. En la vocación de Samuel está también la piedad familiar que lo lleva al templo para entregarlo al Señor. Es necesario ver los relatos de vocación y descubrir en ellos todos los elementos que la configuran. Nosotros, los sacerdotes, jamás debemos olvidar la historia de nuestra vocación. Pablo VI nos instaba a escribir “nuestra propia autobiografía” y descubrir en ella el modo imprevisible y amoroso mediante el cual Dios nos ha llamado. Son muchos los elementos que vienen a formar parte en la vocación de una persona. Y estas historias se siguen repitiendo y nosotros, no obstante nuestra debilidad y tal vez la falta de testimonio, debemos tener la valentía para decir a los jóvenes que respondan, como Samuel, a la llamada de Dios: «Habla, Señor; tu siervo escucha». Samuel se convertirá «en boca» de Dios, es decir, en su profeta y portavoz, inicia el camino exacto de su vida, un camino en que todo es precioso y decisivo porque el Señor estaba con él (v.19)

     

    El relato de la vocación de los primeros discípulos que leemos hoy en el evangelio de Juan es paralelo al de Samuel. (En realidad el relato de la vocación de los primeros discípulos en Jn abarca 1,35-51). También aquí la llamada tiene lugar en la trama de los hechos cotidianos y en los lugares de las vivencias ordinarias. Es el bautista el que, en el relato, hace un señalamiento muy importante; señala a Jesús como el «cordero de Dios». Este título cristológico contiene una carga inmensa: define la verdadera visión de Jesús. Múltiples resonancias bullen en la mente de los lectores y discípulos cuando Juan señala a Jesús con ese título. Si alguien se decide a seguirlo ha de saber que se hace discípulo de un condenado a muerte, de alguien que habrá de cargar sobre sí los pecados del pueblo y de la humanidad. No hay engaños, no hay falseamientos, no existe manipulación alguna ni falsas promesas al momento de la invitación.

     

    2ª Lectura. El texto paulino de este domingo es de especial importancia y actualidad; por sí solo puede ser el tema de la homilía. Pablo se refiere en el a un problema humano muy profundo: El hombre creado a imagen y semejanza de Dios y, en Cristo, hecho nueva creatura e integrado a su cuerpo. Este texto sirve para una “teología del cuerpo” que J.P. II desarrolló en 120 catequesis. Pablo emplea la palabra griega «poneria» que engloba todos los graves desórdenes y desviaciones de la sexualidad humana, no solo la fornicación. Por esta razón nuestro texto al traducirlo como fornicación la empobrece. Esta palabra llega a indicar, incluso, la idolatría. Y los desordenes sexuales, los impulsos sexuales desordenados o descontrolados revisten una forma de idolatría. Se parte de un hecho fundamental: el cristiano no se pertenece a sí mismo, sino que pertenece a Cristo que lo ha rescatado del pecado y de la muerte mediante un precio de sangre. Bien sabemos que los promotores de libertinaje sexual se apoyan en el sofisma de que “mi cuerpo es mío y hago con el lo que quiera”. Esto reviste un problema muy grave y es una actitud diametralmente opuesta a la verdad el Evangelio.

     

    Comparto contigo un comentario a las dichas catequesis de Juan Pablo II: “Es imposible fundar una ‘teología del cuerpo’ sin integrar la certeza de la resurrección. Nos ayuda en este sentido el texto esencial de san Pablo en la primera carta a los Corintios: ‘El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder (1 Cor 6, 13-14). En el contexto de una enseñanza sobre el uso equivocado y pecaminoso del cuerpo que es la fornicación, el Apóstol saca las consecuencias morales de esta forma: ‘¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? Y ¿habría de tomar yo los miembros de Cristo para hacerlos miembros de prostituta? ¡De ningún modo! ¿O no sabéis que quien se une a la prostituta se hace un solo cuerpo con ella? Pues está dicho: Los dos se harán una sola carne. Más el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él (1 Cor 6, 15-17). En verdad, para ser completos, deberíamos prolongar la lectura de san Pablo, en particular recordar estas dos ideas secundarias de que el cuerpo es ‘templo del Espíritu Santo’, y de que el hombre ya no se pertenece , desde el momento en que ha sido ‘comprado a caro precio por el Señor’. El caro precio ha sido el del Calvario, de la pasión y de la muerte de Jesús en el leño de la cruz.

     

    Para resumir en pocas palabras estos fundamentos de la ‘Teología del cuerpo’, es necesario no olvidar ninguno de los elementos apenas evocados: creación del hombre por Dios y por tanto creación de su propio cuerpo, asunción del cuerpo humano por el Hijo eterno del Padre, resurrección de Jesús y resurrección de los hombres en su persona, presencia del Espíritu de Dios como en un templo, dando al cuerpo una dignidad excelsa”.

     

    Evangelio. Dos de los discípulos de Juan de desprendieron del grupo y siguieron a Jesús. La escena es sugestiva. Habla del arrojo, de la decisión de aquellos dos discípulos, cuyos nombres no sabemos, pero que están dispuestos a jugar su vida en algo tan inseguro, tan falto de certezas y claridades. Jesús, sabiendo que lo seguían se volvió hacia ellos para hacer la pregunta capital: « ¿Qué buscan?» Es la pregunta de Jesús a cada uno de nosotros, a todos: ¿qué buscan? ¿Qué buscamos, en realidad en la vida? ¿No es esta la pregunta fundamental de toda vida que se respeta?

     

    En esta secuencia vocacional es indiscutible la preeminencia de la iniciativa divina, sin embargo, las mediaciones humanas son absolutamente necesarias. Los primeros discípulos desarrollan una dinámica fundamental en toda vocación: «ir – ver – permanecer». Dice el texto: fueron, pues, vieron donde vivía y se quedaron con él ese día. He ahí la experiencia fundamental de toda vocación.

     

    Tras esta experiencia, cuando es auténtica, no puede menos que surgir el afán de compartirla. Así, Andrés que era uno de los que oyeron a Juan el Bautista, fue a buscar a su hermano Simón y le dice sin más: “hemos encontrado al Mesías” y lo llevo a dónde estaba Jesús. Es muy importante notar la concatenación de los verbos: el testimonio y luego llevarlo personalmente a donde está Jesús. Y así será sucesivamente. En la grave crisis vocacional que vivimos, en esta penuria de vocaciones, no hará falta esa capacidad de testimonio, esa capacidad de compartir la experiencia, ese poder agarrar de la mano a un hermano para decirle: ven; hemos encontrado al Mesías, y llevarlo hasta su presencia para que el lo transforme. La pastoral vocacional es algo infinitamente más que mera estrategia, planes y técnicas. Es necesario estar en una consonancia estrecha con Jesús, ir, ver y permanecer, luego poder decirle al hermano la gozosa experiencia. ¿Podremos hablar hoy, más que de crisis vocacional, de crisis de fe? ¿De falta de testimonio, de un convencimiento propio y de un amor personal a nuestra vocación?

     

    La vocación es, pues, un diálogo entre dos voluntades que se unen para realizar juntas un proyecto común. No es la invitación a seguir una idea, un principio abstracto, sino una llamada a entrar en relación con una persona. No es una adhesión genérica a un partido o a un movimiento, sino un compromiso vital que transforma la mente, la voluntad, el corazón. De esto nos hablan las dos primeras lecturas.

     

    La carta a los hebreos comenta parte del salmo que leemos este domingo. Pone en boca de Cristo hecho hombre los versos 7-9. Cristo aceptando plenamente el plan del Padre, realiza el gran Sacrificio, aboliendo y dando sentido a todos los precedentes. Cristo entra en el mundo con esta conciencia: «Aquí estoy para hacer tu voluntad». Cristo es el modelo perfecto de respuesta al proyecto de Dios que sostiene toda vocación.

     

    Así pues, este domingo nos pone frente a esa importante realidad de la vocación. La llamada a los primeros discípulos tiene un valor ejemplar para todas las vocaciones cristianas. Todos los bautizados, de hecho, son discípulos, o sea, seguidores de él. “Discípulo es aquél que acepta el testimonio, sigue, busca, viene, ve, permanece, y se convierte a su vez en testigo”. (B. Maggione).

     

    De esta situación deriva la consecuencia de seguir a Jesús cada día, llevando nuestra cruz. Debemos imitar en todo a Jesús hasta el calvario, para ser verdaderos discípulos suyos. Nuestra secuela de Jesús debe llegar hasta la muerte, hasta el sacrificio supremo de la vida: Si el grano de trigo que cae en tierra no muera, permanece infecundo. (Ver LG. 42).

     

    Oración en el desierto– A nuestros mares devastados, a nuestros huertos sin frutos, a nuestros pueblos abandonados, a nuestros desiertos sin pozos, a nuestros lugares familiares donde se cruzan nuestros pasos, en las calles que recorremos cada día, tú quieres, Señor, que te conduzcamos.

    Sí, tú esperas, Señor, que te llamemos: «Ven, síguenos; Ven, no tardes. Ven y ve. Ve dónde habitamos, quédate con nosotros hasta que nuestros ojos e abran y renazca la esperanza». Entonces, si tú quisieras, te seguiremos a cualquier lugar. (J. Y. Quellec).

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