Is.8,23-9,3; Sal. 26; ICor.1,10-13.17; Mt. 4,12-23.

Programa Literario se llama a un texto que contiene los elementos característicos conforme a los cuales se desarrollará toda la obra. La palabra programa es muy usada en nuestros días; incluso, existe la ciencia de la programación. Hasta nuestra vida suele estar programada. Hablamos de la programación genética según la cual en el genoma está todos los elementos  que constituirán las características de la persona adulta.

Así también sucede en la literatura; un texto breve suele decirnos bajo qué aspectos se desarrollará la obra en su totalidad. Y es lo que hace Mateo. Al echar andar a su “Personaje”, lo pone bajo el texto programático de Isaías: El pueblo que caminaba a oscuras vio una luz intensa, los que habitaban un país de sombras se inundaron de luz (Is.9,1. El libro del Emanuel). El narrador ha sacado de escena, antes, a otro protagonista; una vez que el Bautista ha sido puesto en prisión, Jesús abandona Galilea luego de 30 años de vida oculta y establece su residencia y centro de operaciones en Cafarnaúm, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Fiel a su técnica, Mateo ve en esta decisión de Jesús el cumplimiento de lo dicho por el profeta (ver introducción al Evangelio que envié en Diciembre pasado).

Así pues, la acción de Jesús está puesta bajo la metáfora de la luz. Esa luz brilla en las tiemblas. En la tiniebla, símbolo del caos o imagen de la muerte, «tierra de sombras» – surge repentina la luz como una nueva creación. Algo milagroso que todavía no se explica. (Luis Alonso. Profetas vol.I)*.  Sobre todo en los escritos de San Juan encontramos el tema de la luz. Comentando 1Jn.1,5-7, R. Bultmann escribe: Juan utiliza diversos símbolos para expresar la realidad de Dios, o mejor dicho, lo que Dios es para nosotros: vida, luz, amor. En un cierto sentido estas cosas son lo mismo: aquello  que Dios es para nosotros. Pero las perspectivas son diferentes. La luz está particularmente relacionada con la verdad, tan es así que en nuestro texto se nota una suerte de paralelismo entre luz/tinieblas y verdad/mentira. Dios es luz no en el sentido de que nosotros lo veamos, sino más bien, en el sentido que él nos ilumina: manifiesta su proyecto, nos revela quiénes somos, nos hace conocer el camino que tenemos que recorrer para alcanzarlo. La luz es en sentido propio la claridad de la que el hombre tiene necesidad para encontrar el camino en las vicisitudes cotidianas y en la vida del Espíritu. De hecho, aquí, 1Jn.1,5-7, como en Jn. 8,12, la luz está acompañada por el verbo caminar. Muy importante sobre el tema de la luz es Jn. 12,46: Yo he venido al mundo como luz, para que ninguno que cree en mí quede oscuras; y todavía más explícito es Jn. 12,35: Todavía os queda un rato de luz; caminad mientras tengáis luz, antes que os sorprenda las tinieblas. El que camina en tinieblas no sabe adónde va. Mientras tenéis luz, creed en la luz para estar iluminados.

Con esta metáfora se dice que Jesús es la salvación de todos los pueblos, la luz que brilla en las tinieblas de nuestra historia y  nuestras vidas, la luz que nos hace ver el camino que lleva a Dios. Luz que ilumina a los viven en tinieblas y sombras de muerte, como dice Lucas, y guía nuestros pasos por el camino de la luz. De sobra sabemos las densas tinieblas de muerte que cubren hoy nuestra realidad, sombras de confusión que existen en nuestra cultura; lo vemos en el cambio de nomenklatura realizado para que podamos digerir el pecado, (la muerte): compañero sentimental, interrupción voluntaria del embarazo, etc. etc. El tema de la luz que brilla en la oscuridad ha sido una constante desde el Adviento, explota en Navidad con especial fulgor; e Isaías es el profeta leído y actualizado en la liturgia que ha expresado con la imagen de la luz los oráculos de salvación.

El salmo 26 toma la misma imagen para decirnos lo que Dios es para nosotros: El Señor es mi luz y mi salvación,/ ¿a quién voy a temer? El Señor es la defensa de mi vida,/ ¿quién me hará temblar? La confianza domina completamente el salmo, suena al principio en boca del salmista, y al final en boca de Dios. Esta confianza vence el temor humano: de lo más terrible que tiene el hombre su carácter de bestia o su crueldad de la guerra. La confianza en Dios es el valor del humilde.

Dios otorga su protección, sobre todo, en el asilo de su templo: ahí experimenta el hombre la dulzura de convivir con Dios, ahí robustece su confianza, ahí da gracias a Dios por la protección recibida.

El final resume toda la actitud del salmo: esperanza. El país de la vida es la tierra prometida donde se realiza la vida verdadera, cerca de Dios. Un oráculo sacerdotal rubrica la plegaria: en forma imperativa, eficaz, equivale a una promesa de Dios: Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.

  La segunda parte del texto evangélico nos reporta las primeras palabras que Jesús pronuncia en el Evangelio: Desde entonces comenzó Jesús a proclamar: Arrepiéntanse, que está cerca el reinado de Dios. Ante la cercanía del Reino, la única actitud coherente es la conversión, el cambio de mentalidad, el vaciamiento de los propios juicios y abandono de las propias seguridades, para abrirnos a la acción de Dios que salva. Para poder recibir el Reino de Dios, a Jesús con la salvación que trae, entonces ahora y siempre, será necesaria una revisión de nuestra vida, una revisión de nuestra escala de valores, una revisión del “combustible mental” con el que vamos recorriendo el camino de nuestra vida. Es necesario presentar odres nuevos para el vino nuevo; desechar todo lo antiguo y abrirnos, humildes y confiados, a la iniciativa de Dios en su Hijo querido. Él es la luz que brilla en nuestras tinieblas. Y lo primero que tenemos que reconocer es la necesidad de ser curados de nuestra ceguera. Jesús dice a los judíos reticentes: eso es lo grave, que dicen que ven; por eso permanecen en su pecado (Jn. 9,41). Tenemos necesidad de luz, de la claridad que viene de Dios y que permite vernos a nosotros mismos, ver nuestra situación y ver el camino a recorrer. En este sentido, es Dios quien revela el hombre al hombre.

Solamente así, luego de la conversión, luego de haber aceptado la propuesta de Jesús, podremos ser también apóstoles, seguidores de Jesús que hará de nosotros “pescadores de hombres”. Tendremos entonces la fuerza necesaria para seguirlo y anunciar y ser  testigos de la luz. Podremos andar con él por las sinagogas y poblados proclamando la Buena Nueva de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia.  Luego del programa literario y de la proclama inicial, Jesús llama a los primeros discípulos.  Podremos proclamar la necesidad del amor fraterno para consumar la unidad en un mundo divido por la envidia, los celos, los egoísmos, el culto a la personalidad, las visiones distorsionadas; podremos hacer un llamado urgente a la unidad en un pueblo tristemente divido por la violencia, el racismo, la guerra, a la manera de Pablo en Corinto. Así, pues, luego del programa literario y de la proclama inicial, Jesús llama a los primeros discípulos.

Estamos al inicio del Tiempo Ordinario, y el programa que se nos ofrece, así, sintetizado, encapsulado en este texto programático, irá desarrollándose a lo largo del año. Cristo, y su Misterio Pascual, son el centro de la celebración Litúrgica. Todo apunta a ese momento estelar, a esa peripecia suprema de la historia de la salvación. Guiados por la Palabra, leída, proclamada, meditada e interiorizada, iremos profundizando en el misterio de nuestra salvación tal como nos lo relata Mateo y lo actualizamos en nuestras Eucaristías.

Nuestras asambleas dominicales, nuestra participación en la liturgia, me hace pensar en los contemporáneos de Jesús que lo seguían fascinados por su palabra y su persona; por lo milagros a favor de los humildes, los enfermos, los pecadores. Cómo no recordar las palabras de Pío XII que dice del Año Litúrgico: El Año Litúrgico es Cristo mismo que persevera en su iglesia y que prosigue aquél camino de inmensa misericordia que inició en esta vida mortal cuando pasaba haciendo el bien, con el bondadosísimo fin de que las almas de los hombres se pongan en contacto sus misterios y en cierta forma vivan. Estos misterios están presentes y deben obrar constantemente como nos lo enseña la Doctrina Católica. Son fuente de la divina gracia por los méritos y oraciones de Jesucristo, y perduran en nosotros por sus efectos. (Mediator Dei)

*Is. 8,21-23, describe muy bien nuestra situación:

Pasará por allí, el agobiado y el hambriento,

Y rabioso de hambre maldecirá a su rey y a su Dios.

Volverá la cabeza a lo alto y mirará a la tierra:

Todo es aprieto y oscuridad sin salida,

Angustia y tinieblas densas, sin aurora;

No habrá salida para la angustiada.

Sobre una situación así, brillará la gloria del Señor.