• III Domingo de Pascua, C

    III Domingo de Pascua, C

    Hech 5,27-32.40-41; Sal. 29; Ap. 5,11-14; Jn. 21,1-19

     

     

    (Para los discípulos de Cristo Resucitado, un mensaje particularmente significativo es el mensaje del Apocalipsis, del cual la liturgia presenta este año unos fragmentos fundamentales. Son textos que ofrecen una impresión de fuerza: la fuerza invencible del cordero inmolado, que da seguridad a los creyentes en medio de las dificultades, que pesan sobre ellos pero que no los destruyen, y que les permite triunfar de los poderes del mal. Se habla mucho del cielo, en el Apocalipsis, pero la visión de la ciudad celeste no favorece el escapismo, al contrario, es un estímulo a meterse con valentía en las luchas de hoy, de nuestras circunstancias. En nuestro mundo).

     

    Hech 5,27-32.40-41 – Testimonio en el dolor – Conducido ante el sanedrín, Pedro, visiblemente inspirado, encuentra los argumentos apropiados. Ante este parlamento oficialmente fiel a Moisés, era necesario presentar la muerte y la resurrección de Cristo en términos que respetasen y dieran todo su valor a la persona del patriarca. Los títulos de «líder y salvador» fueron en realidad títulos dados a Moisés antes que Pedro se los atribuyera a Jesús. Ambos llegaron a ser líderes y liberadores del pueblo no sin haber sido rechazados (Ex. 2,14). La historia no cambia: los hombres asesinan siempre a aquellos que podrían o intentan liberarlos.

     

    Sal. 29 – Súplica y acción de gracias por la liberación de un peligro de muerte. vv. 2-3. El tema de los enemigos puede ser real o puede ser imagen convencional del peligro pasado, que parece haber sido una enfermedad grave, como indica el verso 3. v. 4. En el sentido de librar la muerte en el momento extremo. El abismo es la morada de los muertos, el sheol de los hebreos. vv. 5-6. La acción de gracias individual se extiende a otros, transformando la liberación individual  en una doctrina general. La cólera de Dios es su reacción personal frente al pecado. vv. 7-11. El salmista cuenta su propia experiencia a la asamblea, dialogando en voz alta con Dios: la confianza inicial, la prueba que desconcierta el alma, la súplica agitada ante el peligro de la muerte. Los cambios de la vida son obra de Dios: cuando él esconde el rostro, el hombre siente soledad. En el reino de la muerte no hay comunidad de culto ni liturgia de alabanza. vv. 12-13. Concluye recogiendo el tema del principio.

     

    Transposición cristiana. El tema fundamental de la muerte y la vida, la noche y la mañana, el desconcierto y la confianza, el luto y la fiesta, permiten transportar este salmo al momento culminante de estas oposiciones, cuando la muerte llega al extremo de su audacia, y la vida al extremo de su exaltación: en la muerte y resurrección de Cristo. El cristiano, que vive en Cristo, participa con él  de este y fiesta, que forman el ciclo litúrgico y la sustancia de nuestra vida en Cristo. 

     

    Ap. 5,11-14 – La Gloria de Dios – Una multitud inmensa que aclama a su líder (guía o jefe): He aquí el sueño de todos aquellos que quieren gobernar; y tal vez es también el sueño de los cristianos, ansiosos por imponer la presencia de la iglesia. Pero esta imagen de la multitud que aclama a Dios, no es de aquí abajo; el único parecido posible de esta multitud que aclama sería la eucaristía en la que deberíamos participar con más entusiasmo y convicción. Dios es el verdadero dueño de la historia; pero no tiene nada de dominador: es el cordero inmolado, símbolo de la dulzura y de la entrega.

     

    En esta lectura nos encontramos con un himno cósmico. Jesucristo ha unido el cielo y la tierra. La multitud de los ángeles alaba al Cordero. A esa liturgia celestial se une toda la creación al decir: Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. En la celebración litúrgica vivimos más plenamente esa unión,  que nos recuerda que toda nuestra vida es para alabanza de Dios. Así lo vivía san Ignacio con su lema «para mayor gloria de Dios», y se expresa en «la unidad de vida». La vida como totalidad. (Edith Stein). No hay en nosotros dos compartimentos estancos, como si pudiera vivirse algún aspecto de nuestra realidad sin remitirlo a Jesucristo. Todo lo que hacemos está llamado a ser canto de alabanza.

     

    Jn. 21,1-19 – La lección de Jesús – Jesús había prometido a los apóstoles reunirlos en Galilea, después de la resurrección. Ahora lo vemos en la playa del lago, símbolo de la eternidad, mientras sus discípulos sufren en el mar, en la dificultad y en el peligro. No lo reconocen luego. Solo la fe puede hacer que lo reconozcan, a través de los signos que él ofrece y aprenden que el Señor de la gloria es también el siervo que prepara la mesa y los invita a participar del alimento. Jesús manda a los suyos a “pescar hombres”; más es él mismo quien dirige la pesca y llena las redes. En fin, reviste a Pedro de su autoridad de pastor: elige a un hombre frágil, enojón, primario, incapaz de amar a Jesús más allá de su aspecto humano. Pero la fe de Pedro se funda de ahora en adelante en el ejemplo de Cristo, no ya sobre sí mismo; y entonces será capaz del más alto servicio por la causa del evangelio: «Esto le dijo para indicar con qué muerte habría de glorificar a Dios. Y dicho esto agregó: “Sígueme”» (21,19).

     

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    Hoy nos narra el evangelio la tercera aparición de Jesús resucitado a sus discípulos. El domingo pasado leíamos el relato de las apariciones “a puerta cerrada”, ahora, es a campo abierto. Los discípulos, decepcionados, vuelven a sus ocupaciones anteriores: a pescar para ganarse la vida; todo fue un sueño, parecen decirnos. Ahora vuelven a lo de antes, al lugar de trabajo, a su tierra de donde nunca debieron salir. Desilusión y tristeza, tal vez, nostalgia. Recordamos el: «nosotros creíamos» de los de Emaús. En la secuencia de apariciones vamos tomando conciencia de que el Resucitado está presente en medio de nosotros; aprendamos a reconocerlo en nuestra vida diaria.

     

    En planos literarios diferentes vemos, por un lado el desconcierto y la incredulidad y, por otro, la convicción de que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Son procesos y tiempos diferentes. En el tiempo, la vida de los apóstoles es ya toda para el Resucitado, hasta el punto de estar contentos por haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús. Viven totalmente la presencia del Resucitado. Juan y Lucas subrayan temas diferentes pero que convergen a un mismo punto. El concordismo es improcedente.

     

    Alegóricamente se nos muestra también cómo, para el cristiano, la vida sólo alcanza plenitud viviendo en Cristo. La pesca en la que se afanan resulta completamente infructuosa. Cuando el Señor les pregunta si han pescado algo, la respuesta es «No». Ahí el pescado simboliza el alimento, que es también la satisfacción de la vida. Más allá del hecho de que han trabajado en vano está él de que no tienen alimento.

     

    Después será el Señor quien, en una imagen que remite a la Eucaristía, les muestre que toda actividad conduce a ella. La Eucaristía, alimento del alma, es también el lugar donde ha de confluir toda la vida: pasa a ser el centro. Es la fuente y la cima de la vida cristiana. Todo remite a ella, y en ella nos encontramos con el Señor. El Señor les da el pan, que no han puesto los apóstoles, y les devuelve el pescado, que ahora ha pasado por su mano. “Fruto de la tierra y del trabajo del hombre que hemos recibido de tu generosidad”. Toda nuestra vida ha de ser llevada ante el altar, desde donde recibimos el alimento que da la vida eterna.

     

    La vida realizada en nombre de Jesucristo, como las redes tiradas al agua por obediencia a su palabra, se ve colmada. La red se llena de peces y, sin embargo, no se rompe. Es una imagen de la fecundidad de la Iglesia en su desarrollo histórico y en la multitud de carismas que surgen de ella. La red rebosante de peces es la parábola viviente del apostolado que el Resucitado encomienda a los suyos y que él hará fecundo.

     

    Pero también podemos ver en esta imagen una indicación sobre nuestra propia vida. Cuando somos dóciles a la gracia y obedecemos sin excusarnos en la experiencia fracasada o en el cansancio, como podían haberlo hecho los apóstoles, a pesar de que el trabajo supere nuestras fuerzas, no nos rompemos. El test es el amor.

     

    El relato evangélico culmina con las preguntas de Jesús a Pedro. El único test que el Resucitado hace a Pedro versa sobre el amor. Igual a nosotros, lo que le interesa a Jesús es nuestro amor; lo demás lo hace él. No quiere conocer nuestras estrategias pastorales, planes y proyectos, “obras de caridad” (¿!!?), sino el amor. El amor es el alma de todo apostolado. De ese rico texto podemos extraer hoy una enseñanza sencilla: la invitación al diálogo con el Señor después de la comunión. En él podemos experimentar el amor ilimitado de Jesús, que nos quiere a pesar de nuestras debilidades y también se nos ofrece el poder decirle con sencillez y emoción, que nosotros también le amamos.

    UN MINUTO CON EL EVANGELIO.

    Marko I Rupnik.

     

    En el evangelio encontramos a los discípulos reanudando de alguna manera la vida, el trabajo, después de los acontecimientos de la Pascua. Pedro era pescador y por eso retoma la pesca. Van juntos a pescar, pero es un intento fallido. Luego llega Cristo que, aún sin ser reconocido, interviene en su trabajo. Cristo, después de la resurrección, camina con nosotros, en nuestra vida, también en lo más cotidiano. También cuando la tristeza y el desaliento nos invaden, cuando no logramos nada. Algunos sacerdotes que dejan el ministerio, alegan que “han trabajado mucho y el mundo no cambia”.

     

    Cuando descubre que es precisamente él quien está allí presente, en su trabajo, Pedro se tira al agua para alcanzarlo, escena que recuerda  aquella en la cual Pedro camina  sobre las aguas. No es propio de nuestra naturaleza humana caminar sobre el agua, pero en virtud de la relación con Cristo, en virtud de su llamada, podemos hacerlo. Si él nos llama caminaremos sobre los obstáculos. Haremos lo imposible unidos a él. Esto quiere decir que la relación con Cristo nos libra de muchos determinismos y por ello podemos permanecer unidos en comunidad: distintos, pero juntos con Cristo en medio de nosotros.

     

     

     

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