• IV Domingo “A”

    Sof.2,3;3,12-13; Salmo 145; 1Cor 1,26-31; Mt.5,1-12

     

     

    Ser bienaventurado es lo mismo que ser dichoso, feliz. Las bienaventuranzas siguen interpelándonos hoy: los cristianos, ¿somos dichosos, felices? Si la respuesta es “no”, entonces no somos cristianos.  ¿Es el cristianismo  la religión de la angustia, como decía Nietzsche? Demuéstrenme con su rostro que están salvados y yo creo en su salvador, concluía. Se trata de un reto descomunal; nada menos que del testimonio de la alegría, de la dicha de ser cristianos. Entonces las bienaventuranzas nos obligan a preguntaros por qué no lo somos. Jesús quiere hacer de sus discípulos hombres dichosos; no concibe que puedan ser discípulos suyos sin ser dichosos. Es lo que se desprende del texto. Una dicha que puede darse, incluso, en medio del dolor y de la injusticia, de la incomprensión y la soledad. ¿Cómo puede ser esto?

     

    Hay muchas maneras de concebir la dicha. Para muchos está vinculada a la idea de posesión: es feliz el que posee todo lo que desea. Esto es muy discutible y, en todo caso, no es así como Jesús comprende la dicha. A otros les gustaría reducir la dicha a contentarse con lo que tienen, a aceptar buenamente la situación, pero no es esa la perspectiva de las bienaventuranzas que van dirigidas manifiestamente a personas insatisfechas, a personas que, como los oyentes  de Jesús, vivían situaciones de injusticia,  profundamente insatisfactorias e inaceptables.

     

    La dicha de la que hablan las bienaventuranzas no excluye las contrariedades ni el sufrimiento. Se refieren precisamente a unas personas a las que se considera  desgraciadas: los pobres, los mansos, los aplastados contra el polvo, los perseguidos por ser justos. Es nuestra concepción de la felicidad lo que habrá que revisar. En función de las bienaventuranzas, parece ser que la felicidad de los cristianos implica tres cosas: tener un porvenir en el horizonte, cumplir actualmente ciertas condiciones y apoyarse en alguna cosa que ya ha pasado.

     

    1.- Un porvenir por delante.

    Las personas dichosas de las que habla aquí Jesús son felices ahora en virtud del porvenir que se abre ante  ellas.

     

    La dicha actual de la que tienen que tomar conciencia no excluye, ni mucho menos, la experiencia del sufrimiento; pero lo que el presente contiene todavía de penoso queda iluminado por lo que tiene que venir después.

     

    Esas personas son dichosas porque tienen una esperanza  magnífica, en el sentido en que Pablo habla del gozo de los que esperan: “Alegres en la esperanza” (Rom. 12,12; cf. Spe Salvi. 1).

     

    Las bienaventuranzas se dirigen hacia el porvenir mediante la promesa que contiene su segundo miembro. La construcción gramatical de las bienaventuranzas consta de dos miembros: a) dichos, b) por…. Y es precisamente esa tensión entre la primera parte, que describe situaciones poco halagüeñas, y la segunda parte, que evoca un porvenir totalmente distinto, lo que caracteriza a la esperanza. Por ello no son la invitación a una guerra suicida, desesperada. En tiempos de Jesús existían también los radicales, los zelotas, que fueron, a la postre los que provocaron la ruina total, y existían los fundamentalistas, los monjes de QumRam, equivocados también.

     

    Aquí hay que ponerse en guardia contra todas las interpretaciones que se empeñan en eliminar la dimensión futura de las bienaventuranzas y en reducir al presente el objeto de su promesa. La tensión entre los dos miembros de cada bienaventuranza parece esencial para la comprensión exacta de la dicha de que se habla. No es inútil insistir en ello.

     

    La segunda bienaventuranza promete a los mansos que poseerán la tierra. A veces se la explica de esta manera: los duros intentan hacerse con todo por la violencia, pero el poder así adquirido es necesariamente frágil y está continuamente amenazado; los mansos, por el contrario, obtienen todo cuanto quieren por el afecto que se granjean por parte de los demás. No. Aquí no se trata de ningún dominio terreno, ni de la expresión de una experiencia corriente. La tierra que se promete en posesión pertenece al mundo venidero.

     

    La séptima bienaventuranza declara que los pacíficos serán llamados hijos de Dios. Algunos creen que se trata aquí de la veneración con que los hombres rodean a quienes deben el gran don de la paz. El premio Nobel de la paz, a ¡Obama! No. Esta bienaventuranza afirma que Dios llamará a los que son artífices de la paz y hará de ellos sus propios hijos en el mundo venidero.

     

    El sentido de la primera bienaventuranza no es distinto, aún cuando la promesa se formule allí en presente: de ellos es el reino de los cielos. Sí, el reino  pertenece a ustedes los pobres, aunque no lo disfruten todavía. Les  toca a ustedes, pero no se les entregará efectivamente  más que cuando llegue, según se dice en la oración. “¡Venga a nosotros tu reino!”

     

    La dicha de que hablan las bienaventuranzas se presenta entonces ante todo como vinculada a una promesa, como el resultado de una maravillosa esperanza. Es una felicidad vuelta hacia el porvenir, que anticipa por la esperanza lo que queda por venir.

     

    2.- Cumplir actualmente ciertas condiciones.

    Esta esperanza no puede separarse de una realidad vivida en el momento presente.

     

    Entre la primera palabra de cada bienaventuranza, “dichosos”, y la promesa que se formula en el segundo miembro, hay ciertas indicaciones que se refieren al presente. Se trata de personas que se encuentran en una situación de pobreza material o espiritual, de privación (de pan o de justicia), personas que no tienen nada que ver con la  violencia ni ocultan ninguna falsía en su corazón. La última bienaventuranza tiene en cuenta una dicha futura, que coincide con el momento en que sus destinatarios tendrán que sufrir por su fe: “Dichosos serán cuando los insulten y los persigan y calumnien por causa mía…!

     

    En la perspectiva del reino venidero, las bienaventuranzas no invitan a alegrarse a todo el mundo ni a cualquier individuo. Van dirigidas a ciertas categorías de personas, caracterizadas por sus situaciones o sus disposiciones de espíritu. A ellas es a las que se ofrece la esperanza. Suponen, por tanto, ciertas condiciones sobre las que volveremos más adelante. Esta dicha no se arraiga en un terreno cualquiera. Necesita un suelo en donde tomar raíces, un suelo de una calidad especial que le permita cobrar vida y transfigurar la existencia del cristiano.

     

    3.- Apoyarse en el pasado.

    Arraigada en el presente y abierta hacia el porvenir del reino de Dios, la dicha de que hablan las bienaventuranzas tiene también ciertas adherencias con un pasado concreto; aquel momento en que se pronunciaron por primera vez. O mejor dicho, lo importante no es aquí el tiempo, sino la persona de aquél que, al proclamarlas, se presenta como garantía de las mismas. ¿Quién es ese que pretende decir a los hombres dónde está la verdadera dicha? “’¿Quién soy yo, para ustedes?”; preguntaba ya a sus primeros discípulos. A esta pregunta no basta  responder con un nombre o con un título; cuando Pedro le respondió “Tú eres el Cristo”, poco después oyó que Jesús le trataba de “Satanás”. Sin embargo, la respuesta “Tú eres el Cristo” es correcta; pero hay que darse cuenta de lo que esto significa; tú eres aquél que habían anunciado los profetas, aquél que Dios nos había prometido, aquél que los hombres aguardan. El hecho de que tú lo seas lo cambia todo en la historia humana y en la vida de cada uno de nosotros. Tú anuncias el reino de Dios; pero como tú estás ahí, el reino de Dios se ha hecho muy cercano a nosotros. Todavía seguimos rezando para que llegue ese reino; pero, como tú has venido, ese reino ha comenzado ya. No es simplemente objeto de anhelo y de esperanza; se ha convertido en objeto de fe, es la fe que te reconoce por lo que eres, el Cristo, aquél después del cual ya no hay que esperar a ningún otro.

     

    El porvenir dichoso que prometen las bienaventuranzas se ha hecho realidad presente en la persona de Jesús. Encuentra en él su garantía.

     

    Pero Jesús no es solamente aquél en quien el porvenir se ha hecho presente. Es aquél que da al presente una figura nueva. Ese presente que las bienaventuranzas caracterizan como un tiempo de pobreza y de privaciones, de mansedumbre y de pureza de corazón, de persecución por la fe y por la justicia; es también el presente que Jesús ha asumido en su existencia terrena. Las bienaventuranzas no son la expresión de un ideal abstracto, sino que reflejan la experiencia vivida por Jesús en su existencia humana.

     

    Jesús sabe de qué habla y es su experiencia de hombre lo que hay que saber reconocer en las bienaventuranzas; una experiencia que nos invita a compartir. La dicha de que aquí habla Jesús es ante todo su propia dicha. Una dicha donde queda sitio para la cruz. Una dicha que para nosotros, brota de la esperanza que él nos da por su cruz. Una dicha que será a la medida de nuestra fe en él. ¿No dijo acaso a sus discípulos que había venido “para que compartáis mi alegría y así vuestra alegría sea total? (Jn. 15,11).  Por tanto, que sea él quien nos enseñe a ser dichosos.

     

    La primera lectura de hoy, junto con el Salmo, constituye el claro trasfondo véterotestamentario de las bienaventuranzas. Jesús no inventa las bienaventuranzas; Jesús, después de todo no era «muy original»; Jesús bebe de las fuentes más puras de la piedad judía, tal como se refleja en la  primera lectura de hoy y en el salmo. Jesús purifica y lleva a plenitud la doctrina del A.T., bebe en las fuentes de la sabiduría de Israel, de la doctrina de los profetas y de la Ley. Las bienaventuranzas son una síntesis de lo que expresa la primera lectura de hoy, cuyos elementos dominantes son: la humildad, (que cumple los mandamientos). Hay que buscar la justicia y la humildad.

     

    Quedará un resto, un pequeño grupo de fieles pobre y humilde. Esta pobreza hará posible la confianza en el Señor. Y de ahí derivará una conducta. El concepto de pobreza, aquí, rebasa ampliamente la noción sociológica o económica, si bien no la excluye. De hecho las nuevas traducciones aluden a ello: bienaventurados los que deciden ser pobres. Hay una pobreza que se sufre y otra que se elige. No cometerá maldades ni dirá mentiras; no se hallará en su boca una lengua embustera, y la bienaventuranza, el premio, será: vivirán tranquilos y descansarán sin que nadie los moleste.  Se puede hacer un vaciado de las virtudes, como primer miembro de las bienaventuranzas, y el premio de las mismas, como segundo miembro. Dichosos…..porque.

     

    Es absolutamente entender que las bienaventuranzas están íntima e inseparablemente unidas al «reino de los cielos»; separadas del reino no se sostienen. Son el camino y la consecuencia del reino que se hace presente en Jesús. Las bienaventuranzas se proyectan, por lo mismo, sobre todo el evangelio. Con razón ha escrito J. Jeremías que “a cada palabra del Sermón de la Montaña, le precede algo. Precede la predicación del reino de Dios. Precede la asistencia y consuelo de ser los discípulos, hijos del Padre. (Mt. 5,16. 5,45. 5,48, passim). Precede el testimonio sobre sí mismo dado por Jesús con sus palabras y sus obras. El modelo de Cristo está detrás de cada palabra del Sermón de la Montaña”.

     

    Partiendo de ésta concepción totalmente decisiva para el recto entendimiento del Sermón de la Montaña, se aclaran muchas cosas, dice el autor citado. La primera es la dificultad de las exigencias de Jesús. “Ahora es cuando podemos comprenderla. La doctrina que Jesús propone a sus discípulos va dirigida a hombres liberados ya de los poderes del demonio merced a la buena nueva. A hombres que ya están dentro del reino de Dios cuya calidad irradian. A hombres que han sido perdonados, que encontraron la perla preciosa y han sido invitados a las bodas. A hombres pertenecientes por su fe en Jesús a la nueva creación, al mundo nuevo de Dios. Doctrina dicha a hombres en cuyas vidas irrumpió ya ese gran gozo del que nos habla la parábola del tesoro escondido en un campo, cuando quien la encuentra se llena de alegría, va y vende todo lo que tiene, dirigida a hijos pródigos recibidos nuevamente en la casa del Padre”. (J. Jeremías. Parábolas del Reino).

     

    Es Jesús mismo, el Reino, el que hace inteligibles y “posibles” las bienaventuranzas con las que se inicia el Sermón de la Montaña. Hay quienes están afuera y no las entenderán jamás; para ellos serán algo imposible, excéntrico, impráctico; serán sólo un bello ideal irrealizable.  Pero hay quienes están adentro y para ellos constituirán el eje de sus vidas. (cf. Mc. 4,10-12; Mt. 13,11-17).  De tal manera, pues, que es la persona de Jesús, el Reino, la clave que hace inteligible el Sermón de la Montaña. Para el hombre que vive prisionero del pecado, de la materialidad, el Sermón de la Montaña es un llamamiento a la libertad; el anuncio del evangelio es, por ello mismo, profundamente liberador. Los milagros, que prueban la presencia del Reino, son siempre liberadores: de las enfermedades, de las obsesiones, de las esclavitudes de todo género que padecemos los mortales. Solamente los que están sanos y no son pecadores, no necesitan a Cristo. Solo quien vive el espíritu de las bienaventuranzas puede rezar el Padre Nuestro.

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