• IV DOMINGO DE ADVIENTO “B”. Dic.21,2014

     

    2Sam.7,16; Sal 88; Rom. 16,25-27; Lc. 1,26-38

     

    La respuesta de María es

    la palabra más decisiva

    de la historia.

    (Reinhold Schneider).

    Síntesis.

    2Sam.7,16.-  Dios no habita en el Templo.- David quiere construir un templo, una casa al Señor, pero el Señor declara que su proyecto es construir una casa–dinastía a David. Dios no hace descansar su gloria en los monumentos que le levantamos, sino en el hombre al cual le revela su dignidad. David quiere encerrar a Dios en un espacio concreto para saber dónde encontrarlo; pero Dios está en todas partes y particularmente ahí donde el hombre nutre un sueño y vive una esperanza.

     

    Pero también debemos atender el gesto de David. Él quiere levantar un templo al Señor; David vive en un palacio, el Señor en una tienda de campaña. El gesto de David es hermoso. Pero Dios no se deja ganar en generosidad y hace una promesa a David: «Y cuando hayas llegado al término de tu vida y descanses con tus antepasados, estableceré después de ti una descendencia tuya, nacida de tus entrañas, y consolidaré tu reino. Yo seré para él un Padre y él será para mí un hijo. Tu casa y tu reino durarán para siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre» (1Sam.7,12-16; ICr .17,1-16). Este episodio se vuelve meditación contemplativa en el salmo 131 (132): «Señor, tenle en cuenta a David todos sus afanes: cómo juró al Señor…. No entraré bajo el techo de mi casa…hasta que encuentre un lugar para el Señor».

     

    Sal 88.- Se trata de un salmo muy extenso.- Es una lamentación colectiva en la derrota; con referencia a la alianza de Dios con David y revelación de la misericordia y fidelidad divinas. La trasposición cristiana de la totalidad del salmo es como sigue: “Toda la tradición, desde la generación apostólica, han visto en David rey el gran tipo de Cristo. El es verdaderamente el primogénito del Padre, su trono es eterno, vence a los enemigos y extiende su poder a todo el mundo; él es el Ungido que recibe una descendencia perpetua. La paradoja es que el Padre permitió a su Hijo pasar por la afrenta y la derrota, lo hizo entrar en la zona de la cólera divina, en la dimensión contada del tiempo humano; sostuvo a sus enemigos y lo dejó bajar hasta la muerte. ¿Dónde quedaba la misericordia y la fidelidad del Padre? Todos los títulos y todos los poderes se los da el Padre a su Hijo, de modo nuevo y definitivo, en la resurrección. A esta luz resplandecen más el poder cósmico y el poder histórico de Dios; se ve que la ira y el castigo eran limitados; a esta luz comprendemos finalmente y cantamos en un himno cristiano «la misericordia y la fidelidad de Dios».

     

    Rom. 16,25-27. El misterio de Dios.- Muchos entienden la palabra misterio como algo que no se comprende. En realidad, misterio quiere decir lo mismo que proyecto, plan, estrategia. En Cristo, se manifiesta el proyecto, el misterio de Dios, este proyecto se había revelado en parte, en etapas, ahora, en Cristo se nos revelado la totalidad de plan de Dios, (ver: Ef.1,3-10; Col.1,12-20), ciertamente, se ha manifestado,  no en una manera llamativa y vistosa, sino en el silencio y la humildad, de una forma confidencial, para que nuestra obediencia sea la obediencia de la fe, libre y responsable.

     

    Lc. 1,26-38. El sí que ha salvado al mundo.- Un sí que ha salvado al mundo.- El misterio de la Encarnación viene presentado, aquí, en línea con las antiguas promesas mesiánicas: «Alégrate, hija de Sion, el Señor, tu Dios, está en medio de ti» (Sof.3,14.17); pero la realización desborda todos los planes humanos; el Hijo de Dios nacerá de una mujer. Jerusalén ha sido repudiada, pero Dios no olvida sus promesas: habrá una nueva ciudad en la persona de María. No es ya una persona o un pueblo quien simboliza la alianza con Dios, sino una persona humana, concreta, en su libre adhesión al proyecto divino: María. Ella ha pronunciado las palabras más importantes en la historia de la humanidad; ha decidido, desde el lado humano, la plenitud del tiempo. Está en el cruce de los testamentos.  

     

    «Mi amor es para siempre y mi fidelidad más firme que los cielos».

     

    Si hubiéramos de reducir a su mínima expresión todo lo que la Sagrada escritura dice de Dios, serían esas palabras que cantan su amor y su lealtad, su fidelidad irreversible e indestructible. Creo que estas palabras, que encontramos en muchos salmos expresan lo que Dios es para cada uno de nosotros y para la humanidad toda. Y la expresión máxima de ese amor y esa fidelidad eternos e infinitos es Cristo. Pablo nos dice: Cristo es el sí definitivo de Dios a todas las promesas.

     

    La liturgia de este domingo nos pone frente a esta realidad. El salmo responsorial (88), que por una parte es la lamentación colectiva en la derrota, y por otro celebra la alianza de Dios con David, como revelación de su misericordia y de su fidelidad. Toda la tradición cristiana, desde la era apostólica, ha visto en David-rey el gran tipo de Cristo. El es verdaderamente el primogénito del Padre, su trono es eterno, vence a los enemigos y extiende su poder a todo el mundo; el es el Ungido que recibe una descendencia perpetua. La navidad nos invita a celebrar ese compromiso, fiel, amoroso, irreversible, con el que Dios se a hecho cargo de nosotros (cf. Rom 8,31-39)

     

    En el libro de Samuel encontramos la narrativa histórica de ésta promesa dinástica hecha a David. Una vez instalado en su palacio y disfrutando de paz, David quiere construirle una casa al Señor. El Señor le responde a través del profeta Natán: «¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella?». Por eso el Señor le dice: «Y cuando hayas llegado al término de tu vida….estableceré después de ti una descendencia tuya, nacida de tus entrañas, y consolidaré tu reino. El edificará un templo en mi honor y yo consolidaré su trono real para siempre. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo…..»(cf. 2Sam. 7,12-14). Por casa se entiende aquí, un linaje real, una dinastía. El narrador está pensando en Salomón, el descendiente de David que efectivamente edificará el primer templo levantado al Dios verdadero  por el hombre. Pero nosotros sabemos que Jesús, hijo de David, es el verdadero templo de Dios. Destruya este templo y yo lo levantaré en tres días, le dice a los judíos aludiendo a su cuerpo que se levantará de la muerte.

     

    Esta promesa hecha a David tiene explícitas resonancias en el pasaje evangélico que leemos hoy: la Anunciación. El ángel dice a María: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su antepasado, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos, y su reinado no tendrá fin”. En el Cántico de Zacarías, se dice: «Bendito sea el Señor Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo…» (Lc.1,68-59). Se tiende, pues, un arco entre la promesa y el cumplimiento. Estas en la etapa final de la historia, en la plenitud del tiempo.

     

    En la segunda lectura, final de Rom., Pablo canta, a la manera de una doxología final, como los últimos compases de una gran sinfonía, la misma fidelidad de Dios que en Jesucristo ha cumplido la promesa: «atraer a todas los pueblos a la obediencia de la fe, al Dios único, infinitamente sabio, a él démosle gloria por los siglos de los siglos. Amén».

     

    Pablo se refiere al evangelio proclamado que no es otra cosa que Cristo mismo y que Este es la revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos y revelado hoy por disposición del Dios eterno, predicho en los escritos proféticos y cuya finalidad es que todos los pueblos abracen la fe para obtener la salvación.  La palabra misterio significa proyecto, plan, y en Jesucristo el plan, el proyecto de Dios ha sido revelado y realizado plenamente. San Pablo nos dice que Cristo es el «sí» de Dios, el sí a todas sus promesas. Cristo está presente en todas  las sagradas  escrituras, afirmaba San Agustín;  en el A. T. como promesa,  en el N. T. como cumplimiento.

     

    Cristo, plenitud de la revelación. Cristo, pues, es la realización plena y definitiva, total, la Palabra que encierra todas las palabras dichas por Dios; él nos manifiesta quien es Dios y qué es lo que Dios quiere de nosotros. El es el cúlmen de la revelación; él ha venido para ser salvación nuestra. Todo lo que a él se acerca es luz, es vida, todo lo que de él se aleja, es tiniebla, es muerte. Podemos leer a este propósito una hermosa homilía de Pablo VI pronunciada en  Filipinas el 29.11.1970.  Comparto contigo unos fragmentos:

     

    ¡Hay de mí si no evangelizare! Para esto me ha enviado el mismo Cristo. Yo soy apóstol y testigo. Cuánto más lejana está la meta, cuánto más difícil es el mandato, con tanta mayor vehemencia el amor nos apremia. Debo predicar su nombre: Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo; él es quien nos ha revelado al Dios invisible, él es el primogénito de toda criatura y todo se mantiene en él. El es también el maestro y redentor de los hombres; él nació. Murió y resucitó por nosotros; él es el centro de la historia y del universo; él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y esperanza; él, ciertamente vendrá de nuevo y será finalmente nuestro juez y también como esperamos, nuestra plenitud de vida y felicidad.

     

    Yo nunca me cansaría de hablar de él; él es la luz, la verdad, más aún, el camino, la verdad y la vida; él es el pan y la fuente de agua viva que satisface nuestra hambre y nuestra fe; él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. El, como nosotros y más que nosotros, fue pequeño, pobre, humillado, sujeto al trabajo, oprimido, paciente. Por nosotros habló, obró milagros, instituyó el nuevo reino en el que los pobres son bienaventurados, en el que la paz es el principio de la convivencia, en el que los limpios de corazón y los que lloran ensalzados y consolados, en el que los que tienen hambre de justicia son saciados, en el que los pecadores pueden alcanzar el perdón, en el que todos son hermanos….. A vosotros, pues, cristianos, os repito su nombre, a todos lo anuncio: Cristo Jesús es el principio y el fin, el alfa y la omega, el rey del nuevo mundo, la arcana y suprema razón de la raza humana y de nuestro destino; él es el mediador, a manera de puente, entre la tierra y el cielo; él es el Hijo del hombre por antonomasia porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito y el hijo de María, bendita entre todas las mujeres, su madre, según la carne; nuestra madre por la comunión con el Espíritu del Cuerpo Místico.

     

    ¡Jesucristo! Recordadlo: El es el objeto perenne de nuestra predicación, nuestro anhelo es que resuene hasta los confines de la tierra y por los siglos de los siglos. (cf. Liturgia de las Horas. Vol. 3. Dom. XIII). Lo anterior se resume en lo dicho por Pedro ante el Sanedrín: «La salvación no está en ningún otro, es decir, que bajo el cielo no tenemos los hombres otro salvador diferente a él al que podamos invocar para salvarnos» (Hehc. 4,12).

     

    María en el misterio de Cristo.

    Pero tenemos que preguntarnos cómo ha sido posible éste acontecimiento. Cómo ha realizado Dios este proyecto de salvación.

     

    Pablo VI, en una homilía, en el santuario de Nuestra Señora de Bonaria (Cagliari), el día 24 de abril de 1970, se preguntaba: «¿Y cómo ha venido Cristo entre nosotros? ¿Ha venido por sí? ¿Ha venido sin alguna relación, sin cooperación alguna por parte de la humanidad? ¿Puede ser conocido, comprendido, considerado, prescindiendo de las relaciones reales, históricas, existenciales, que necesariamente implica su aparición en el mundo? Está claro que no. El misterio de Cristo está marcado, por designio divino, de participación humana. El ha venido entre nosotros siguiendo el camino de la generación humana. Ha querido tener una madre; ha querido encarnarse mediante el misterio vital de una mujer, de la mujer bendita entre todas… Así, pues, ésta no es una circunstancia ocasional, secundaria, insignificante; ella forma parte esencial, y para nosotros, hombres, importantísima, bellísima, dulcísima, del misterio de la salvación: Cristo para nosotros ha venido de María; lo hemos recibido de ella; lo encontramos como la flor de la humanidad abierta sobre el tallo inmaculado y virginal que es María: “así ha germinado esta flor” (Dante, Paradiso, 33,9)»

     

    En el camino de Adviento llegamos a la figura maternal de María. María, la Virgen Madre, es el camino que Dios mismo se ha preparado para venir al mundo con toda su humildad. María camina a la cabeza del nuevo Israel, la iglesia, en el éxodo de cada exilio, de cada opresión, de cada esclavitud, moral y material, hacia “los nuevos cielos y la tierra nueva donde habita la justicia” (2Pe, 3,13).  María, pues, está en el cruce de los testamentos y el Adviento nos acerca y nos invita a contemplar la figura adventual de María, la oyente de la Palabra, la mujer de la fe, la mujer de la espera, la mujer fiel, la mujer disponible, el modelo de acogida y de respuesta a toda iniciativa venida de Dios.

     

    María, la mujer del Adviento.

    En la Exhortación Apostólica “Marialis Cultus”, afirma el Papa Pablo VI: «Así, durante el tiempo del Adviento, la liturgia recuerda frecuentemente a la Santísima Virgen – aparte de la solemnidad del día 8 de diciembre que se celebran juntamente la Inmaculada Concepción de la Virgen maría, la preparación primigenia de la venida del Salvador y el feliz exordio de la iglesia sin mancha ni arruga -, sobre todo en los días feriales desde el 17 al 24 de diciembre, y más concretamente al domingo anterior a la Navidad en que hace resonar antiguas voces proféticas sobre la Virgen Madre y el Mesías, y se leen episodios evangélicos relativos al nacimiento inminente de Cristo y del precursor. De este modo, los fieles que viven con la liturgia el espíritu del Adviento, al considerar el inefable amor con que la Virgen Madre esperó al Hijo, se sentirán animados a tomarla como modelo y  a prepararse «vigilantes en la oración y jubilosos en la alabanza», para salir al encuentro del Salvador que viene.

     

    Y uniendo el horizonte de la espera mesiánica y la espera del glorioso retorno de Cristo, el culto a la Virgen es explícitamente referido a Cristo. Resulta así que este período, como han observado los especialistas en liturgia, debe ser considerado como un tiempo particularmente apto para el culto a la Madre del Señor. ([cf. nn. 3 y 5]).

     

    Si Dios mandó a su Hijo «nacido de mujer» (Gal. 4,4), se deduce que el don de sí mismo al mundo pasa a través del seno de una mujer. Un seno de mujer, el de María, se convierte en el lugar de la bendición más alta concedida por Dios al mundo. Con razón Isabel, llena del Espíritu Santo, puede exclamar dirigiéndose a María: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre». (Lc. 1,42)

     

    Dios ha querido hacernos un regalo.

    Comparto también con ustedes una carta pastoral de los obispos de Suiza del 16 de septiembre de 1973: «La Redención, es el don del Hijo al mundo mediante la encarnación y la muerte en cruz. Pero no es suficiente para que exista un verdadero regalo que alguien tenga la bondad de hacerlo; es necesario también que alguien tenga la confianza de aceptarlo. Sin duda el Padre que da al Hijo, el Hijo que obedece, el Espíritu que derrama éste don, los tres, son infinitos, y la pobre Virgen que lo recibe es una humilde criatura, como una nada ante la Divinidad. Pero sin esta pobre nada, sin la fe de María, el amor de Dios hacia los hombres no se habría convertido en el don que se manifestó en Cristo Jesús. He aquí la razón de porque la Virgen con su sí se desposa realmente con el amor que Dios quiere manifestar a los hombres y permite que éste amor se manifieste. Así Ella es, para nosotros, la Madre de todo humano consentimiento. Su función en la historia de la salvación es única e indispensable».

     

    María nos ayuda a vivir el Adviento.

    Pablo VI decía en MC. (n.21) que «el sí de María es para todos los creyentes lección y ejemplo para hacer de la obediencia a la voluntad del Padre el camino y el medio de la propia santificación».

     

    Me parece importante, en la medida de lo posible, recalcar en estos días, – (A partir del día 17, el IV domingo de Adviento, Navidad, fiesta de la Sagrada Familia, y la fiesta de la Maternidad Divina de María, auténtica densidad mariana en la liturgia,) – la figura y presencia de María en el misterio de Cristo y de la iglesia. Al hacerlo debemos de tener presente que salimos al encuentro de nuestros fieles bombardeados por la propaganda de las sectas, uno cuyos punto de ataque es nuestra devoción a la Virgen. Es una buena oportunidad de afianzar en nosotros y en el pueblo la figura de María en la historia de la salvación.

     

     

    Un minuto con el Evangelio.

    Marko I. Rupnik.

     

    Para que la palabra se tradujera en la realidad de la vida, la antigüedad conoció varios caminos, como la magia o el destino, por ejemplo. Los tiempos modernos, al elaborar sistemas de teorías complejas, inevitablemente han creado diferentes formas de moralismo. La novedad radical del evangelio es que la palabra asume el cuerpo, entra en la historia para transfigurarla a través de la acogida personal. La Virgen María es una respuesta de amor al amor de Dios. Al estar llena de gracia, abre toda su persona a la palabra de Dios que ella ama. Y su acogida se convierte en un tejer la carne al Verbo. Sin embargo, la transición de la palabra a la concreción de la vida que se hace conforme a esta palabra es obra del Espíritu Santo, que da el amor, y el amor transforma la vida. Cuando el ángel la dejó, se da un momento de soledad universal de María y el Verbo. El amor también prevé esa soledad que resulta densa de presencia.

     

     

     

     

     

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