• IV DOMINGO DE CUARESMA .- Marzo 30,2014

    Sam. 16,1.6-7.10-13; Sal. 22; Ef. 5,8-14; Jn. 9, 1- 41

                                                                                                                         En otro tiempo erais tinieblas;

    ahora sois luz en el Señor.

    El Cuarto domingo, el episodio del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz». (Mensaje de Cuaresma del 2011)

     El Cuarto Domingo nos hace reflexionar sobre la experiencia del “ciego de nacimiento” (cfr Jn 9,1-41). En el Bautismo somos liberados de las tinieblas del mal y recibimos la luz de Cristo para vivir como hijos de la luz. También nosotros debemos aprender a ver la presencia de Dios en el rostro de Cristo y así (ver ) la luz. En el camino de los catecúmenos se celebra el segundo escrutinio. Audiencia General (09.03.2011).

     El relato. Abordamos, este domingo, el tema de «la luz». “El vivísimo episodio de la curación del ciego de nacimiento, con los interrogatorios que lo integran revela la asombrosa ceguera espiritual de los judíos. Este capítulo, que en su género es una pequeña obra maestra de arte dramático, pone de frente al ciego que ha sido curado y a los judíos espiritualmente incapaces de ver, y pone de relieve – con escenas y diálogos llenos de vida -, la obstinación de los intérpretes oficiales de la ley en la ceguera de su incredulidad. Los fariseos se rehúsan a abrir los ojos a la luz, no quieren rendirse ante la evidencia de los hechos. Esclavos y prisioneros de las tinieblas de su incredulidad, quieren permanecer ciegos.

    El contraste ante la actitud simple de una persona del pueblo, sin instrucción, pero rica en sentido común, y el comportamiento altanero de los doctos fariseos que raya en la estupidez y el ridículo, subraya fuertemente la ceguera espiritual de los maestros de Israel. El ciego de nacimiento, abierto a la luz de la verdad, no sólo ha sido curado de su desgracia física, sino que ha llegado también, a la luz de la fe. Al contrario los judíos que, en su actitud orgullosa que presumen ser los guías del pueblo y los intérpretes y jueces de la ley, viven en la ceguera más profunda, están envueltos en las tinieblas de la incredulidad.

    El capítulo 9 de San Juan es una joya de arte dramática y de teología profunda. También en este capítulo, doctrina cristológica y arte literaria, se funden de un modo admirable. El diálogo es siempre vivaz, la acción es simple y plena de vida, la enseñanza es por lo demás, sublime, profunda y al mismo tiempo transparente. En este capítulo, Juan ha mostrado, una vez más su raro talento artístico y su genio teológico. (cf. S.A. Panimolle. II. 377). Estas palabras del biblista, benedictino e italiano, nos ponen, ya, en una buena pista de homilía: la ceguera es la incredulidad, teórica o práctica;  la fe es poseer la vista, la capacidad de ver, es el signo de la fe, de creer en el “Hijo del hombre”. Luz y tinieblas, es el tema. ¿Cuánta tiniebla hay en nuestro derredor, en nuestro ambiente, en nuestra vida? ¡Cuánta ausencia de fe!  La curación del ciego indica el don de la fe, la iluminación de la mente, el encendido de esa chispa divina en el corazón humano. Creer es estar iluminado, es tener luz, es ver; sin la fe todo es tiniebla. Estamos ciegos.

    La Luz. “La vida que se dio en la creación es luz, es decir, solo es auténticamente vida la vida que está en la claridad,  que no se cierra en sí misma, sino que vive en la verdadera realidad: en la sumisión a Dios y obediencia a su palabra. Y viceversa: el mundo no es tiniebla en el sentido de que las tinieblas fuesen un poder hostil a Dios y preexistente a él, sino que se convierte en tinieblas porque se cierra en sí mismo, porque rechaza la iluminación que le viene de la palabra de Dios y, con ello, la verdadera vida. Si la vida sólo es vida cuando se conoce a sí misma en su ser llamada por Dios,  necesariamente ha de tener la posibilidad de negarse a esa comprensión y consiguientemente de convertirse en tinieblas.

    Las tinieblas no son en Juan como en la gnosis una sustancia eterna hostil a Dios, sino un acto histórico: la rebelión, presente a lo largo de la historia del hombre contra el llamamiento de la palabra divina y el replegamiento de este hombre sobre sí mismo. Por eso Juan dice del hombre que se ha instalado o se instala en sí mismo, que da muerte a la verdad y que es mentiroso.

    En Juan, el simbolismo de la luz hay que considerarla en un contexto más amplio: la interpretación de los grandes símbolos de la humanidad: pan, agua, vida, luz, que el cuarto evangelio hace aplicándolos a Jesús de Nazaret.  El momento culminante de este simbolismo es el relato de la curación del ciego de nacimiento, en el que expone de manera fascinante todo el drama de la historia humana que en el prólogo aparece sólo en unas palabras: «la luz verdadera, la que alumbra a todo hombre, estaba llegando al mundo» (Jn. 1,9); o también  en el v. 4: «la palabra contenía la vida, esa vida era la luz de los hombres; esa luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la han comprendido”.  La luz es para Juan la verdad, que en Jesús se ha hecho de nuevo accesible al hombre, las tinieblas son la mentira que es la situación real del hombre antes y después de Jesucristo, pues el hombre, de una u otra forma, vive siempre contra la verdad. La alegoría de la luz queda así radicalmente desnaturalizada y, al mismo tiempo, elevada a la más alta significación. (cf. Ratzinger J. Conceptos Fundamentales de la Teología I. ad locum)

    El mismo tema desarrolla el apóstol Pablo en la Segunda lectura de hoy, con singular profundidad existencial: “En otro tiempo ustedes fueron tinieblas, ahora, unidos al Señor, son luz”.  Esa es la posibilidad maravillosa del hombre. Y como dice J. Ratzinger en la obra citada, el hombre es luz cuando acepta ser la creatura de Dios y vivir sumiso y obediente a la ley de Dios. Por el contrario, él se convierte en tinieblas cuando hace una opción por la mentira, y la mentira es hacer lo que Dios no quiere que hagamos. Y no existen ni las mentiras pequeñas ni las mentiras piadosas. Y el hombre puede llegar al punto, no sólo de mentir, sino de ser él mismo mentira.  Los frutos de la luz son la bondad, la santidad  y la verdad. El que hace una opción por la mentira, se convierte en tinieblas. Pablo exhorta a los cristianos a buscar lo que agrada al Señor «y a no tomar parte en las obras estériles de los que son tinieblas». La frase siguiente de San Pablo es estrujante: “al contrario, repruébenlas abiertamente; porque, si bien las cosas que ellos hacen en secreto da vergüenza aún mencionarlas, al ser reprobadas abiertamente, todo queda en claro, porque todo lo que es iluminado por la luz, se convierte en luz”. Frases semejantes se convierten en principios interpretativos de la historia humana. En la medida en que, ni siquiera, expresemos nuestro desacuerdo con “el mundo”, nos hacemos cómplices de su maldad.

    No podemos olvidar lo que dice San Juan: “.El juicio consiste en esto: en que la luz vino al mundo y los hombre amaron más las tinieblas que a la luz, porque sus acciones eran malas. Todo el que practica lo malo detesta la luz, y no se acerca a la luz para que no se descubran sus acciones. En cambio, el que obra conforme a la verdad, se acerca a la luz para que se vean sus acciones, porque están hechas como Dios quiere”. (Jn, 3,19-21).

    El tema de la luz se extiende por toda la primera mitad de Jn. Podemos decir que la primera parte del IV evangelio está comprendido entre dos citas  que determinan lo que los especialistas llaman “inclusión temática”, una especie de paréntesis que encierra un tema. Dicho tema es la luz. Jn.1,4 y 12,35-36 constituyen esta inclusión:

    La Palabra era la vida,

    y la vida era la luz de los hombres”.

    (Jn.1,4)

     

    “Jesús les dijo:

    Aun les queda un poco tiempo de luz.

    Caminen,

    Mientras tienen luz,

    A fin de que no los sorprendan las tinieblas.

    El que camina en tinieblas no sabe a donde va.

    Mientras tienen luz

    Crean en la luz, para que lleguéis a ser hijos de la luz”.

    (12,35-36)

    Estas palabras de Jesús están casi al final de su vida ministerial. “Así habló Jesús y se apartó de ellos y se escondió”. (v.12,36b). La luz, – Cristo revelador -, se estaba ya ocultando para aquella gente que no eran más que ciegos voluntarios, que no quisieron ver en él al Mesías de Dios.  Con la imagen de la luz, la sagrada escritura nos revela lo que Dios es para nosotros.

    Tampoco podemos olvidar lo que el mismo evangelista nos dice en el capítulo 8,12.

    De nuevo les dijo Jesús:

    Yo soy la luz del mundo,

    quien me siga no caminará en tinieblas,

    antes, tendrá la luz de la vida.

    Igual es oportuno recordar la reacción del hombre ante la presencia de la luz:

    …la luz brilló en las tinieblas,

    y las tinieblas no la recibieron.

    (Jn.1, 5).

    Incluso, “El juicio versa sobre esto: que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron (amaron más), las tinieblas a la luz. Y es que sus acciones eran malas (3,19).

    Y, obviamente, el cap. 9 de Juan, es, todo él, el desarrollo de esta idea; se trata de una teología narrativa: la revelación divina realizada por Jesús,  y la respuesta, negativa o positiva, del hombre que determina la salvación o la condenación. (cf. Jn. 3, 36).

    Bástenos estas alusiones para comprender la importancia que Juan da a este tema que, a su vez,  hereda del A.T. y del judaísmo en donde Dios es luz y su ley y mandatos también son luz que iluminan nuestro camino. Como punto de interpretación, no olvidemos que siempre se habla de luz en orden al camino; se trata de caminar, de avanzar con sentido, en una dirección, y en la búsqueda de ese camino, quien es a la vez camino e ilumina el camino, es la revelación divina, es Cristo mismo. Este es el significado del tema de la luz.

    La imagen está tomada de la naturaleza. La luz natural de hecho, se presenta como el medio indispensable para ver los objetos y las personas; los colores y las cosas se manifiestan con la luz. En la obscuridad todos los gatos son pardos, las cosas se desperfilan, los colores se pierden, las personas resultan incognoscibles. Sin luz, uno camina a tientas en las tinieblas, no se puede actuar, no puede uno moverse; la belleza de la creación queda escondida e invisible. De manera análoga, la luz de la Palabra divina indica con plasticidad la acción de revelar, de mostrar las realidades cuotidianas y las cosas espirituales y celestes. El Señor  con la luz de su palabra aclara el camino del hombre, ilumina las tinieblas del mal y revela el auténtico significado de las realidades terrestres.

    Rudolf Bultmann, en su comentario a Primera de Juan, dice: También en 1Jn., como en Jn. luz (fws) es una característica de la salvación. Característico de 1Jn como también de su evangelio, es el hecho de que la salvación escatológica dada al creyente no constituye una posesión, sino que incluye una instancia ética, una exigencia moral, de modo que el creyente no ha «llegado jamás a ser perfecto», sino que siempre va de camino. En otros términos: la afirmación de que Dios es luz no significa que podamos apoderarnos de él en una visión, sino que él es una determinante de la existencia humana.

     

    La concepción de fondo, que subyace a todas las variaciones sobre la luz es ésta: La luz es, en sentido propio, la claridad que el hombre necesita para encontrar su camino en las vicisitudes cotidianas tanto como en la vida del espíritu.  La iluminación de la existencia, está ligada necesariamente a la vida, de tal manera que, desde siempre y en todas partes, la luz está asociada a la vida y las tinieblas a la muerte…..

    Salmo 22 (23)

    El contexto sacro del salmo facilita la transposición al contexto cristiano sacro. Esta transposición global se articula en esta serie de imágenes o símbolos arquetípicos: el agua, la comida, la unción, la copa, la morada. En este nivel de símbolos arquetípicos se encuentra nuestro salmo con los sacramentos de la nueva alianza, símbolos de salvación  en la «pastoral» de Cristo: «fuentes tranquilas» del bautismo, «el reparar las fuerzas» en la confirmación, la «mesa y la copa» de la eucaristía, «la unción» del sacerdocio, acompañan y guían al cristiano por «el sendero justo», hacia la «casa del Señor, por años sin término». (cfr. Jn.10)

    Un Minuto con el Evangelio.

    Marko I. Rupnik, sj.

     El padre Jacob ha excavado un pozo en el desierto, todos acuden a sacar agua del pozo; por eso, antes o después, todos vuelven al pozo. También Cristo se detuvo en el pozo de Jacob precisamente cuando la mujer de Samaria vino a sacar agua y hasta le pidió que le diera de beber. En un coloquio íntimo y sapiencial, Cristo la conduce al umbral del misterio, mostrándole que él  es el verdadero pozo  de un agua que quita la sed para siempre. Cuando la mujer intuye que sacando agua del pozo de Jacob ha encontrado en Cristo el agua para la vida eterna, corre a su ciudad y lleva a Cristo a toda la gente para vivir, se va al pozo; para vivir eternamente, se va a Cristo. Cristo encuentra a la humanidad herida y sedienta por la vida allí donde la humanidad trata de beber para salvarse, revelando que él es la salvación a la cual estamos llamados a acudir. La salvación consiste en el hecho de que Cristo lo sabe todo de nosotros y, a pesar de esto, nos considera, nos ama, nos quiere cerca.

     

     

     

     

     

     

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