Los contemplativos y los ascetas de todos los tiempos, de todas las religiones, han buscado siempre a Dios en el silencio, la soledad de los desiertos, de los bosques, de los montes. Jesús mismo vivió cuarenta días en perfecta soledad, pasando largas horas hablando de corazón a corazón con el Padre, en el silencio de la noche. También nosotros estamos llamados a retirarnos de manera intermitente, en un profundo silencio, en la soledad con Dios. Estar a solas con él, no con nuestros libros, nuestros pensamientos, nuestros recuerdos, sino en una perfecta desnudez interior; permanecer en su presencia, de forma silenciosa, vacíos, inmóviles, en actitud de espera.

 

No podemos encontrar a Dios en medio del ruido, la agitación. Fijémonos en la naturaleza: los árboles, las flores, la hierba de los campos crecen en silencio; las estrellas, la luna, el sol se mueven en silencio. Lo esencial no es lo que podamos decir a Dios, sino lo que él nos dice, y lo que dice a los demás a través de nosotros. En el silencio él nos escucha; en el silencio, habla a nuestras almas. En el silencio nos concede el privilegio de oír su voz:

Silencio de nuestros ojos.

Silencio de nuestros oídos

Silencio de nuestras bocas.

Silencio de nuestros espíritus.

En el silencio del corazón, Dios hablará.

 

(Beata Teresa de Calcuta. 1910-1997)