Hech. 1.1-11; Sal. 46; Ef.4.1-13; Mc. 16,15-20

El tema de esta fiesta, tal como lo interpreta la liturgia, es la esperanza cristiana. Y con ligeras variantes en la 2ª lectura y el evangelio propio del ciclo, el tema es el mismo. Las oraciones ponen de relieve tal dimensión. Gratitud y plegaria. No debemos olvidar que la liturgia es ámbito propio de la Palabra. La liturgia es el lugar donde han nacido muchos de los textos de la Escritura y el lugar propio donde ésta ha de ser proclamada e interiorizada. Además, la liturgia celebra y actualiza el misterio de la redención; pocas palabras es en ella donde Cristo continua realizando su acción salvífica por medio del gran sacramento de su iglesia y de los sacramentos de nuestra fe.

La mística de la Ascensión. (C. Jean-Nesmy)

“Esta fiesta es, sin más, la fiesta de nuestra esperanza, de nuestro destino final. Cristo sube al cielo por nosotros, como había nacido-bajado por nosotros. “El que descendió es el mismo que ascendió por encima de todos los cielos a fin de llenar todas las cosas. Él es también quien dio los dones de su Espíritu”. (Ef.4,10-11. 2ª Lec). Así pues, la Ascensión, como los otros aspectos del misterio pascual, es para nosotros un asunto de participación efectiva: si deseamos el gozo del cielo, debemos entrar en él desde ahora, como Jesús. Porque, una vez pasado el cortejo de sus nupcias con la humanidad, será demasiado tarde, y se cerrará la puerta ante nuestros golpes desesperados. (cf. Mt. 25,10-11) Ahora o nunca – y en todo caso, ciertamente, no después de la muerte -, podemos tomar parte en la Ascensión del Señor, siempre por medio de la liturgia y de los sacramentos, por tanto, ritualmente, pero no físicamente. Nuestra muerte no cambiará nada. «Eternizará» la situación en que nos halle. Sí pues, en tal momento no hemos realizado nuestra unión con Cristo, no lo hallaremos jamás”.

Cristo, nuestra Patria.

Pues bien, en primer lugar, la Ascensión del Señor no nos permite ya dudar de nuestro destino: estamos hechos para el cielo. He aquí una certeza que no se paga con nada. En adelante no podemos ya ser en esta tierra sino «extranjeros y peregrinos», como declara San Pedro en un pasaje célebre.

Nuestra común esperanza.

La interpretación que hace la iglesia de la liturgia de la Ascensión del Señor, es en clave de nuestra esperanza. En efecto, la oración colecta nos marca el rumbo de la meditación. Comienza por suplicar al Señor que nos conceda los dones de la gratitud y la alegría que brotan de la Ascensión de su Hijo. Muchas veces nuestra vida personal o nuestra vida comunitaria, como es el caso de nuestra ciudad, están marcadas por la depresión, por la falta de esperanza. Padecemos el síndrome del aislamiento y del miedo, que genera la inseguridad. Escuchamos voces venidas de otros ámbitos que nos hablan de la falta de una auténtica esperanza. Cuando la esperanza no marca nuestra vida, entonces la tristeza, el miedo, la depresión, acaban dominándolo todo. No hay más alternativa que una autodefensa extrema y es que la fuerza del mal hará que el amor se apague. Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría, pero el que resista hasta el final, se salvará. (Mt. 24,13).

¿Y por qué la Ascensión tiene que ser esa fuente de alegría y gratitud? De gratitud porque ella es la primicia de nuestra salvación definitiva, en ella brilla lo que esperamos, lo que un día será también para nosotros esplendente realidad, por ello le damos gracias a Dios. Jesús que asciende a los cielos indica cual será nuestro destino final. Dicho con las palabras de la oración colecta: Ya que su triunfo es también nuestra victoria. De aquí brota, entonces, la alegría porque en el Cristo que asciende a la diestra del Padre descubrimos el sentido de nuestra vida, la meta de nuestra fe; comprendemos nuestra esperanza. No ha de extrañar, entonces, la súplica del Apóstol por sus comunidades: Yo le pido al Dios y Padre de nuestro señor Jesucristo….que les ilumine la mente para que comprendan la esperanza que les da su llamamiento. Cuán gloriosa y rica es la herencia que Dios da a los que da suyos y cual la extraordinaria poder de nuestra grandeza para nosotros los que confiamos en él por la eficacia de su fuerza poderosa. (2ª. Lec.).

 La oración continua: Pues a donde llegó él, nuestra cabeza, tenemos la esperanza cierta de llegar nosotros, que somos su cuerpo. La iglesia hace oración con la fe. Lex orandi, lex credendi. En efecto, nos dice Pablo en su carta a los efesios: Con esta fuerza resucitó a Cristo de entre los muertos y lo hizo sentarse a su derecha en el cielo por encima de todo…. Todo lo puso bajo sus pies y él mismo lo constituyó cabeza suprema de la iglesia, que es su Cuerpo, y la plenitud del que lo consuma todo en todo. (1,17-23).Se trata de la comunidad de destino de Jesús y sus discípulos: Para que donde yo esté estén también los que tú me has dado….El Cristo glorificado es la fuente del Espíritu, lo que quiere decir es la fuente de todo bien; él es el que nutre y provee a su iglesia de todo lo que necesita, hasta que todos lleguemos a estar unidos en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios y lleguemos a ser hombres perfectos, que alcancemos en todas sus dimensiones la plenitud de Cristo. Crecer a la estatura de Cristo, decían las traducciones antiguas; se trata, en cualquier forma, de esa constante e ininterrumpida metamorfosis (cf. Rom. 12,1-2) que es la vida del cristiano, un irse transformando en la mente.

 No de manera diferente se expresa el prefacio de esta fiesta. Luego de la introducción, proclama a Cristo sRey de la gloria, triunfador del pecado y de la muerte que asciende a los cielos como el único Mediador entre Dios y los hombres, juez del mundo y Señor de los espíritus celestiales. La Ascensión, podríamos decir, es el establecimiento del Señorío cósmico e histórico de Jesús.

Es el tema del salmo 46: Himno al Señor Rey. La liturgia cristiana ha aplicado este salmo a la Ascensión del Señor. Partiendo de su abajamiento, cumplió su peregrinación, hasta ser exaltado y sentarse en el trono del cielo; desde allá afirma su dominio sobre todos los pueblos, uniendo a todas las naciones con los hijos de Abraham y preparando el reino definitivo.

Sin embargo, continúa el prefacio, no se fue para alejarse de nuestra pequeñez, sino para que pusiésemos nuestra esperanza en llegar, como miembros suyos, a donde él, nuestra cabeza y principio nos ha precedido. Nada de raro tiene, entonces, que pidamos a Dios los dones de la gratitud y alegría por esta fiesta, nada de raro tiene que Pablo le pida a Dios nos conceda el Espíritu de Sabiduría y revelación para conocerlo. Para conocer la esperanza que nos da su llamamiento.

Pero la Ascensión tiene también otra vertiente sobre la que debemos meditar. Se desprende del fragmento de Hch que leemos este domingo. El Resucitado reúne a sus discípulos para resarcirlos, los llama de nuevo para formar la comunidad original dándoles instrucciones por medio del Espíritu Santo.

Un día, no determinado, no señalado, un día que puede ser cualquier día, en cualquier tiempo, se sentó a la mesa con ellos, en clara alusión a la Eucaristía; y ahí les da una instrucción fundamental. No se alejen de Jerusalén, aguarden aquí a que se cumpla LA PROMESA DEL PADRE de la que ya les he hablado: Juan bautizó con agua; dentro de poco, ustedes serán bautizados con Espíritu Santo. Se habla, pues, de la proximidad de Pentecostés, del acontecimiento fundador. Nunca antes, nunca sin la acción del Espíritu, nunca intentar nada sin contar con el Espíritu. Mientras no llegue esa potencia de lo alto todas nuestras acciones estarán condenadas al fracaso.

Ellos no entienden y todavía hablan de la posibilidad de una restauración política de Israel. Aquí los planos se confunden, se traslapan, entre una escatología consumada y una escatología socio-política. Pero Jesús ataja cualquier interpretación errónea: a ustedes no les toca conocer el tiempo y la hora que el Padre ha determinado con su autoridad; pero cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará con su fuerza, y ustedes serán mis testigos….

 Luego viene el episodio propiamente hablando de la Ascensión. Cabe una aclaración elemental. Debemos fijarnos en la expresión: y una nube lo ocultó a sus ojos. No podemos imaginarnos la Ascensión de Jesús a la manera del vuelo de superman que poseía la facultad de elevarse hasta perderse en el cielo. Estamos más bien, frente a un elemento teológico. En el lenguaje bíblico, cifrado, como por ejemplo en el libro del Éxodo, las nubes, señalaban la misteriosa presencia de Dios cerca de su pueblo, un Dios que se revelaba permaneciendo escondido. En Éxodo 40,34-38, la nube estaba estrictamente unida a la gloria de Dios que reposaba en el santuario en el desierto y avanzaba a la cabeza del pueblo. En el episodio de la Transfiguración, que anticipa la gloria del Resucitado, es también una nube el signo de la presencia de Dios, que atestigua la autoridad de su Hijo de la cual Moisés y Elías habían anunciado en el Éxodo. La Ascensión realiza tal éxodo como partida de este mundo, pero el signo de la nube recuerda una vez más que en aquél hombre Jesús se ha manifestado la gloria de Dios.

Igualmente, en la Ascensión, los hombres de blanco, explican a los discípulos algo fundamental. Se abre un paréntesis, un arco: ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo vieron alejarse, es decir, comienza el tiempo de la iglesia, tiempo en el que la comunidad de discípulos tendrá que cumplir la misión del testimonio, de la evangelización.

En esa dirección se mueve el texto del evangelio de Mc., que leemos hoy: La misión universal. Sobre este particular, comparto contigo las palabras de BXVI al Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización, que bien puede ser la homilía de al fiesta de la Ascensión: “El término “nueva evangelización” recuerda la exigencia de una renovada modalidad de anuncio, sobre todo para aquellos que viven en un contexto, como el actual, en el que los desarrollos de la secularización han dejado pesadas huellas también en países de tradición cristiana. El Evangelio es siempre nuevo anuncio de la salvación realizada por Cristo para hacer a la humanidad partícipe del misterio de Dios y de su vida de amor y abrirla a un futuro de esperanza fiable y fuerte. Subrayar que en este momento de la historia la Iglesia está llamada a realizar una nueva evangelización, quiere decir intensificar la acción misionera para corresponder plenamente al mandato del Señor. El Concilio Vaticano II recordaba que “los grupos en que vive la Iglesia cambian completamente con frecuencia por varias causas, de forma que pueden originarse condiciones enteramente.

 Anunciar a Jesucristo, único Salvador del mundo, parece ser hoy más complejo que en el pasado; pero nuestro deber es idéntico al de los albores de nuestra historia. La misión no ha cambiado, así como no deben cambiar el entusiasmo y la valentía que empujaron a los Apóstoles y a los primeros discípulos. El Espíritu Santo que los alentó a abrir las puertas del cenáculo, haciéndoles Evangelizadores (cfr Hch 2,1-4), es el mismo Espíritu que mueve hoy a la Iglesia en un renovado anuncio de esperanza a los hombres de nuestro tiempo. San Agustín afirma que no se debe pensar que la gracia de la evangelización se haya extendido sólo a los Apóstoles y que con ellos esta fuente de gracia se ha agotado, sino que “esta fuente se deja ver cuando fluye, no cuando deja de fluir… De tal modo que la gracia a través de los Apóstoles alcanzó a los demás, que fueron enviados a anunciar al Evangelio…incluso, llega a llamar en estos últimos días, a todo el cuerpo de su Hijo Unigénito, es decir su Iglesia difundida sobre toda al tierra” (Sermón 239,1). La gracia de la misión necesita a nuevos evangelizadores capaces de acogerla, para que el anuncio salvífico de la Palabra de Dios no disminuya nunca, en las condiciones cambiantes de la historia.

Existe una continuidad dinámica entre el anuncio de los primeros discípulos y el nuestro. En el transcurso de los siglos la Iglesia no ha dejado nunca de proclamar el misterio salvífico de la muerte y resurrección de Jesucristo, pero este mismo anuncio necesita hoy, un renovado vigor para convencer al hombre contemporáneo, a menudo distraído e insensible. La nueva evangelización, por esto, deberá hacerse cargo de encontrar los caminos para hacer más eficaz el anuncio de la salvación, sin el cual, la existencia personal permanece en su contradicción y privada de lo esencial.

También en quien permanece el lazo con las raíces cristiana, pero vive la difícil relación con la modernidad, es importante hacer comprender que el ser cristiano no es una especie de traje que ponerse en privado o en ocasiones particulares, sino algo vivo y totalitario, capaz de asumir todo lo hay de bueno en la modernidad. Espero que en el trabajo de estos días podáis diseñar un proyecto que sea capaz de ayudar a toda la Iglesia y a las distintas Iglesias particulares, en el compromiso de la nueva evangelización; un proyecto donde la urgencia por un renovado anuncio se haga cargo de la formación, en particular de las nuevas generaciones, y se conjugue con la propuesta de signos concretos para hacer evidente la respuesta que la Iglesia pretende ofrecer en este especial momento. Si, por una parte, la comunidad entera está llamada a revigorizar el espíritu misionero para dar el anuncio nuevo que los hombres de nuestro tiempo esperan, no se podrá olvidar que el estilo de vida de los creyentes necesita una genuina credibilidad, tanto más convincente cuanto más es dramática la condición de aquellos a los que se dirigen. Y es por esto que queremos hacer nuestras las palabras del Siervo de Dios el Papa Pablo VI, cuando a propósito de la Evangelización afirmaba: “Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo, en una palabra de santidad”, (Exhortación Ap. Evangelii nuntiandi, 41).

UN MINUTO CON EL EVANGELIO.

Marko Iván Rupnik,sj.

Jesús resucitado envía a sus discípulos por todo el mundo a predicar el Evangelio a toda criatura. Él, después de haberles confiado esta misión, sube al Padre. A través del bautismo somos injertados en Cristo; nuestra humanidad se hace filial en él. En Cristo somos presentados al Padre y reconocemos que somos verdaderamente hijos. Constatamos que nuestras raíces están allá arriba, en Jesucristo, cimentando esta comunión de amor inquebrantable y misteriosa con el Padre. Sin embargo, seguimos viviendo en la historia, y aunque cojamos serpientes con la mano, no nos muerden ni los venenos nos hacen daño. La comunión con Cristo, que ha pasado su muerte y vive con el Padre, nos hace inmunes al mal del mundo. Podemos estar inmersos en el mundo, podemos estar en contacto con el mal, pero Cristo nos da la gracia de no dejarnos involucrar, de permanecer a una distancia de indiferencia hacia el mal, porque somos de Cristo.

 1. « SPE SALVI facti sumus » – en esperanza fuimos salvados, dice san Pablo a los Romanos y también a nosotros (Rm 8,24). Según la fe cristiana, la « redención », la salvación, no es simplemente un dato de hecho. Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino. Ahora bien, se nos plantea inmediatamente la siguiente pregunta: pero, ¿de qué género ha de ser esta esperanza para poder justificar la afirmación de que a partir de ella, y simplemente porque hay esperanza, somos redimidos por ella? Y, ¿de qué tipo de certeza se trata?

La fe es esperanza

2. Antes de ocuparnos de estas preguntas que nos hemos hecho, y que hoy son percibidas de un modo particularmente intenso, hemos de escuchar todavía con un poco más de atención el testimonio de la Biblia sobre la esperanza. En efecto, « esperanza » es una palabra central de la fe bíblica, hasta el punto de que en muchos pasajes las palabras « fe » y « esperanza » parecen intercambiables. Así, la Carta a los Hebreos une estrechamente la « plenitud de la fe » (10,22) con la « firme confesión de la esperanza » (10,23). También cuando la Primera Carta de Pedro exhorta a los cristianos a estar siempre prontos para dar una respuesta sobre el logos –el sentido y la razón– de su esperanza (cf. 3,15), « esperanza » equivale a « fe ». El haber recibido como don una esperanza fiable fue determinante para la conciencia de los primeros cristianos, como se pone de manifiesto también cuando la existencia cristiana se compara con la vida anterior a la fe o con la situación de los seguidores de otras religiones. Pablo recuerda a los Efesios cómo antes de su encuentro con Cristo no tenían en el mundo « ni esperanza ni Dios » (Ef 2,12). Naturalmente, él sabía que habían tenido dioses, que habían tenido una religión, pero sus dioses se habían demostrado inciertos y de sus mitos contradictorios no surgía esperanza alguna. A pesar de los dioses, estaban « sin Dios » y, por consiguiente, se hallaban en un mundo oscuro, ante un futuro sombrío. « In nihil ab nihilo quam cito recidimus » (en la nada, de la nada, qué pronto recaemos)[1], dice un epitafio de aquella época, palabras en las que aparece sin medias tintas lo mismo a lo que Pablo se refería. En el mismo sentido les dice a los Tesalonicenses: « No os aflijáis como los hombres sin esperanza » (1 Ts 4,13).