La Lectura y…..

 

Es arriesgado hablar sobre la lectura sabiendo que somos un país de escasa lectura. Y leer en cualquier soporte: medios electrónicos o libros de papel. La lectura es, no solo un gran placer, tiene además el efecto de una liberación. Qué sentimiento más sublime que entrar en contacto con los genios y los santos; con los filósofos y los creadores de la narrativa moderna y de otros los tiempos, con los poetas y los hacedores de la novela y con los que han recreado la historia.

 

Es lamentable que por diversas razones no se tenga acceso al gran amigo, el libro, lo que ha producido una escalofriante superficialidad generalizada. Bien por desafecto o por lo caro, bien por la cultura de la imagen, – el homo videns -, se lee poco. De aquí deriva que ni en el mundo de la política ni en el mundo de la economía, de las planeaciones, de los proyectos de ciudad o nación, se tengan ideas más exactas y viables. En la política, camarillas que luchan por el poder simple, en la economía, solo la forma de ganar más y más dinero. Otras dimensiones, otros valores no alcanzan lugar en el casino de la vida.

 

Leo Messi.

Habrá a quien no se le da eso de leer. Relata Savater en un su artículo “que cierto día algún osado preguntó a Messi por sus preferencias literarias y el pequeño gran jugador repuso: “Una vez quise leer un libro y a la mitad no pude más”. Le comprendo perfectamente, a mí me pasó lo mismo cuando intenté ver en televisión un partido de fútbol. Ni su confesión deroga la lectura ni desde luego la mía el fútbol. Todo entusiasmo que nos subleva contra la muerte y sus rutinas merece aprecio. Cuando su prosaico amigo comerciante preguntó a Stendhal para qué servía la cúpula de San Pedro del Vaticano que tanto acababa de encomiarle, el escritor repuso: “Sirve para conmover el corazón humano”. Ese objetivo siempre debe ser tenido por noble, aunque como los humanos somos afortunadamente distintos nuestros corazones tengan diferentes preferencias emocionales…”

F.J. Sheen.

Pero abrir un libro es siempre refrescante. Por ejemplo he aquí el pasaje de un ensayo de J. V. que versa sobre nuestro propósito: “La Reforma, al confiscar y destrozar las magníficas bibliotecas de los conventos, que para su época eran completas, nos dejó sin pasado, pero también, al perseguir las fundaciones, las manos muertas, al desamortizar sin ton ni son, nos dejó sin presente. Desde hace ya más de un siglo no existe en México una biblioteca que posea la producción intelectual de su tiempo. De suerte que el público en general no tiene ocasión de informarse de ella. Dentro de esta situación, culturalmente pavorosa, hay un alivio y es la generosidad con que revistas y periódicos permiten a sus colaboradores dedicar páginas al comentario y la crítica de todos los libros que leen, y con libertad indiscutida. De esta manera, aunque sea por trasmano y en forma reducida, los estudiosos se enteran de lo que se piensa en el mundo”. Y, ¡cuánta razón hay en ello! Hoy están publicando en los diarios del mundo, en forma de ensayo breve, los mejores intelectuales del momento; filósofos, literatos, poetas, profesores universitarios, economistas, políticos retirados, algunos arrepentidos; sencillamente lo mejor está en los mejores diarios del mundo en su sección de opinión. De ellos se nutre esta columna, en gran parte.

 

Las librerías, bien surtidas, contienen demasiada basura, y muy cara. De tal manera que debemos ser selectivos. En una célebre reunión, el Gabo decía a Clinton: “En el Quijote está todo”. Y uno vuelve a los clásicos. Para avalar su tesis, J.V, escribe: “En el libro que hoy nos ocupa, el Padre Sheen se empeña en echar abajo algunos mitos modernos, y lo hace con éxito. Se trata de mitos científicos o seudocientíficos puesto que no representan las verdaderas conclusiones de la ciencia, así por ejemplo: el marxismo y el psicoanálisis – Marx y Freud -, la pareja comunistoide.

 

El hombre moderno – dice Sheen -, después de negar sus relaciones con Dios y con el Diablo, ha buscado refugio en sí mismo y se ha convertido en su propio prisionero. En la Edad Media, el hombre común sabía que todos somos hijos del mismo Dios que nos ama a todos y nos prepara para la dicha eterna; cada quien sabía exactamente lo que debía hacer para ascender desde un mundo corruptible a una existencia incorruptible y dichosa. Un destino de este género ya no nos parece posible ni siquiera en sueños. El alma moderna ha limitado sus horizontes y al negar su destino eterno, ha perdido también la confianza en la naturaleza, porque la naturaleza sin Dios es traicionera”. En efecto, ya no existe el misterio del mal, el diablo, – que no deja de ser un pobre diablo – sino que todo se debe a los impulsos ciegos y soterrados almacenados en el subconsciente y que se reflejan en las conductas trastornadas y caóticas de la vida; en cuanto a Dios, lo sustituimos mejor con la sociología; después de todo, nosotros tenemos mejores ideas y proyectos. Esto dicho a grosso modo. Ahora debemos actualizar los datos del problema, tal vez ya no sea el subconsciente sino el mentado genoma.

 

Thomas Merton.

El contacto, pues, con los buenos libros son alimento del alma; la vida y el pensamiento de quienes los escribieron, formando un conjunto coherente, ilustran el valor y el sentido de la vida. Thomas Merton es un bello ejemplo que, de conocerse, sería de gran provecho para todos, pero sobre todo para nuestros jóvenes que podrían leerlo a partir de la secundaria hasta la universidad ya que les ayudaría a comprender el hermoso sentido de la vida, lo que significa “quemar las naves”, para seguir un ideal, es decir, vivir con sentido. Este joven era estudiante en la Universidad de Columbia cuando un día creyó sentir el llamado a la vida religiosa, se operó en él una conversión que dejó plasmada en su obra “La Montaña de los Siete Círculos”. Literato y poeta, el libro relata su juventud extraviada, su año en Cambridge, sus primeras incursiones en la poesía, su alocada vida de estudiante en la universidad de Columbia, su conversión al catolicismo y su llamado a ingresar a un Monasterio Trapense, es decir, uno de esos Monasterios de extrema disciplina y severa observancia. Su historia inspiro a veteranos de guerra, a estudiantes y también adolescentes de todo Estados Unidos a acercarse a los Monasterios, ya fuera como postulantes o para hacer retiros espirituales. Merton vivió de 1915-1968; su vida y sus escritos determinaron una gran influencia religiosa en los Estados Unidos. Pacifista, crítico duro en contra de la guerra y el armamentismo, gozó de un enorme prestigio e influencia moral en su país. Pero nos es completamente desconocido. De tal manera, pues, que en las montañas de libros intrascendentes que llenan las librerías modernas, nos costará mucho encontrar “La montaña de los siete círculos”. Tanta basura nos obliga a ser selectivos.

 

En un libro sobre la Eucaristía nos ha dejado palabras inolvidables: “Todo el problema espiritual de nuestro tiempo, es el problema del amor: ¿cómo podremos recobrar la capacidad de amarnos a nosotros mismos y de amarnos unos a otros? La razón por la que nos odiamos y nos tememos unos a otros es que, secreta o abiertamente, nos odiamos y nos tememos a nosotros mismo. Y nos odiamos a nosotros mismos porque las profundidades de nuestro ser son un caos de frustración y de miseria espiritual. Solitarios y desvalidos, no podemos estar en paz con los otros porque no estamos en paz con nosotros mismos, y no podemos estar en paz con nosotros mismos porque no estamos en paz con Dios.

 

El materialismo moderno ha llegado a un punto en que, sistemáticamente o no, todas sus técnicas tienden a convergir en la desintegración del hombre en sí mismo y en la sociedad. Los Estados totalitarios manipulan inhumanamente a los seres humanos, degradándolos y destruyéndolos a discreción, sacrificando cuerpos y espíritus en el altar del oportunismo político, sin el más mínimo respeto por el valor de la persona humana. Realmente, casi se puede decir que las modernas dictaduras han desplegado por dondequiera un odio deliberado y calculado por la naturaleza humana en cuanto tal. Las técnicas de degradación empleadas en campos de concentración y en procesos espectaculares son demasiado conocidas para que hablemos aquí de ellas minuciosamente. Todas tienen un solo propósito: violar la persona humana hasta dejarla irreconocible, con objeto de trasformar las mentiras en evidencias.

 

La caridad y la confianza que nos unen a los otros hombres, sólo por este hecho, nos hacen crecer y desarrollarnos dentro de nosotros mismos. Gracias a un contacto bien ordenado y a la relación con los demás, nos convertimos en personas maduras y responsables. Las técnicas de degradación fomentan sistemáticamente la desconfianza, el resentimiento, la separación y el odio. Mantienen a los hombres espiritualmente aislados unos de otros, mientras los hacen agolparse físicamente en un nivel superficial, el plano de los encuentros masivos. Tienden a corroer, por el miedo y la sospecha, todas las relaciones personales entre los hombres, de suerte que el vecino, el compañero de trabajo no sea un amigo y una ayuda, sino siempre un rival, una amenaza, un perseguidor, un embaucador que, si no andamos con cuidado, terminará por meternos en la cárcel.

 

Hasta en aquellos lugares en que el totalitarismo no ha desterrado completamente todo vestigio de libertad, están los hombres sometidos a los efectos corruptores del materialismo. El mundo ha sido siempre egoísta, pero el mundo moderno ha perdido toda capacidad de dominio sobre su egoísmo. Y, sin embargo, habiendo adquirido el poder de satisfacer sus necesidades materiales y sus deseos de placeres y bienestar, ha descubierto que todas estas satisfacciones no bastan. No le traen la paz, no le traen la felicidad. No traen la seguridad, ni para el individuo, ni para la sociedad. Vivimos en el momento preciso en que el exorbitante optimismo del mundo materialista se ha hundido en una ruina espiritual. Nos encontramos viviendo en una sociedad de hombres que han descubierto su propia nulidad donde menos podían imaginárselo: en medio del poder y de las conquistas de la técnica. El resultado es una ambivalencia agónica en la que cada hombre se ve forzado a proyectar sobre su vecino una carga de odio a sí mismo demasiado grande para ser soportada por su propia alma.

 

Sometidos constantemente al inexorable proceso de erosión espiritual que destruye gradualmente el entendimiento y la voluntad, sabemos, en lo más profundo de nuestro ser que nuestra vida debe recobrar alguna unidad, estabilidad y sentido. Instintivamente, sentimos que esto sólo puede venir de la unión con Dios y de unos con otros. Pero bajo el continuo bombardeo de propagandas insensatas, abdicamos nuestro privilegio de pensar, esperar y decidir por nosotros mismos. Pasivos y desesperados, nos dejamos caer en la inerte masa de objetos humanos que sólo existen para ser manipulados por los dictadores o por los grandes poderes anónimos que dirigen el mundo del negocio. Pero nunca encontraremos a Dios si no somos personas maduras. Para encontrar a Dios, hay que ser, antes, libres”. J.V. acuñó la frase: “Libros que se leen de pie”. Este libro de Merton merece el dictado de J.V. (The living bread. N.Y.1955).

 

El Gral. Cedillo y Lucita.

Magdalena Mondragón recopiló un bello anecdotario del México que ya se fue, “México pelado….pero sabroso”. Una anécdota se refiere a Doña Luz Corral, viuda del Gral. Villa. Sucedió que, en cierta ocasión, esta mujer solicitaba ayuda al Gral. Saturnino Cedillo, taimado rufián, a la sazón Secretario de Agricultura, para publicar una obra que la citada Lucita había escrito sobre su marido. Al oír que Cedillo le decía con sorna: “Bueno, yo te ayudaré con gusto para los gastos; pero dime la “verdad”: ¿escribiste tú ese libro?” Dña. Lucita, que no se dejaba pisar la sombra, le contestó en tono zumbón: “¿Y por qué no lo habría de escribir yo? ¡Ya lo ves! Tú no sabes leer, eres cien veces más pendejo que yo, y sin embargo, llegaste a General y Secretario de Estado.

 

No cabe duda que la lectura es un placer.