Europa es el viejo continente, no sólo por ser la cuna de la civilización occidental, sino porque se ha convertido en un continente de ancianos. Allá las parejas tienen, en promedio, uno o dos hijos. La desaparición de los lazos familiares fuertes ha erosionado la vida familiar a tal grado que hoy son más las personas de 40 años que temen pasar la vejez en soledad y a merced de los servicios públicos. A la soledad crónica se sumará la pobreza, ya que tendrán que jubilarse para vivir con una pensión mínima y una deficiente atención el Estado, debido a que las arcas públicas no están preparadas para atender la creciente demanda. Hoy la esperanza de muchos europeos adultos es que sus nietos los cuiden y ayuden económicamente cuando ellos no trabajen. La búsqueda de bienestar material a toda costa empieza a pasarle una costosa factura al viejo mundo.