Los Jóvenes en Brasil. 28.07.13

Jornada Mundial de la Juventud 2013

Jornada Mundial de la Juventud 2013

Juan Arias ha recibido la misión de cubrir la visita del papa Francisco a Brasil. Este periodista de excepción fue un enemigo implacable y ácido de B.XVI, fiel a la política del diario para el que trabaja, El País. Resulta paradójico que estos duros enemigos salgan de la misma iglesia, que en ella se hayan preparado y en ella hayan vivido y terminen siendo enemigos viscerales. Arias es ex-sacerdote de los misioneros del Sagrado Corazón, orden de la que llegó a ser Secretario General en Roma. Realizó estudios universitarios de teología, filosofía, psicología, filología y lenguas semíticas en la Universidad de Roma; o sea, una preparación exquisita. Con esta preparación ha podido poner, también, el contrapunto a la visita del papa Francisco a Brasil. Pero sus entregas, fieles a la política del diario para el que trabaja, han de leerse, y mejor si, además de periodismos, se sabe teología.

Actualmente, y desde hace años, es corresponsal en Brasil. Se ha ocupado además de las relaciones de dicho diario español con las universidades y ha realizado tareas de defensor del lector. El País, pues, ha sabido escoger muy bien y ha venido a usufructuar la inversión  de la orden religiosa en la formación de Juan Arias. Nadie como él para la línea editorial de El País en este campo.

Por ello me llama poderosamente la atención su “benevolencia” con  el papa Francisco y que pueda escribir un texto como éste: “La crisis socioeconómica y consecuentemente el aumento de la pobreza tiene sus orígenes en políticas inspiradas por formas de neoliberalismo que consideran el lucro y las leyes del mercado como

parámetros absolutos por encima de la dignidad de las personas o de los pueblos (…) En la predominante cultura neoliberal, lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial ocupan el primer lugar y lo real cede el terreno a las apariencias”. Son una de las tantas citas de Francisco que resuenan en la prensa antes aún de que llegue a Río, donde en las playas “del pecado” de Copacabana se están quitando todos los símbolos sexuales. El papa va a convertir esas playas en un gigantesco Vía Crucis con un millón y medio de jóvenes a los que les presentará lo que él llama las “nuevas llagas del cuerpo de Cristo”, que son las llagas de todos los que sufren las consecuencias de la falta de libertad y de justicia social de una sociedad de la que según Francisco “está acostumbrada a que ciertas personas sean vistas como objetos de deshecho”. Sean las que fueren las intenciones de Arias, reunir esa cantidad de jóvenes en las “playas del pecado” para rezar un viacrucis, debería de llamar la atención todos los que buscan por distintos caminos ayudar a nuestros jóvenes.

Lo que se ha vivido esta semana en Río invita a una meditación en serio sobre el problema que enfrenta la juventud en nuestros días. La cadena de la droga, desde la producción hasta llegar al consumidor, es una cadena de muerte. Las drogas son nuestro problema porque destruyen el presente y el futuro nuestros. Lo podemos ver en lo que sucede en Michoacán; el tráfico de drogas, su poder de desestabilizar, no sólo una vida, una familia, sino una nación completa. Su impacto, facilitado por el fracaso educativo y la ausencia de auténticas políticas sociales y no solo ocurrencias sexenales, por la desintegración familiar y la pobreza, es demoledor. L. del Carmen Sosa nos presenta el problema de los jóvenes juarenses en la historia de Abbi,  que podemos multiplicar por miles y miles. Sin políticas ni programas de prevención, la salvación de los adictos radica en lo que los organismos civiles aportan (dinero) a la problemática. El problema del narcotráfico en América es descomunal. Es un problema maldito, una úlcera sangrante que aniquila; está detrás del secuestro, del asesinato, de la anarquía social. La lucha contra ese problema ha de ser en distintos frentes simultánea . El principal  es el reforzamiento de la familia. La destrucción de la familia es la destrucción de la sociedad. Todos los organismos que trabajan en este campo no pueden ignorar los mensajes del papa Francisco a los jóvenes del mundo.

Ahora, “el mejor presidente que ha tenido México”, se ha echado a cuestas la cruzada para legalizar la marihuana. ¿Será lo que hace falta? Abbi comenzó a fumarla desde los 12 años porque su familia, si se le puede llamar familia, era un desastre: el padre, alcohólico, la madre, a trabajar para sostener a los hermanitos, violencia, agresiones, y todo ese calvario que viven tantos y tantas jóvenes, todo acompañado por la pobreza material más completa. Legalizada la droga, ¿Abbi no hubiera existido? ¿Qué necesitó Abbi, amor y acogida en su familia o droga legalizada? Ese es el fondo del problema. Si no se contempla el problema en todas sus aristas, nos quedamos cortos. Hay que buscar la causa profunda a la vez que se instalan casas y hospitales para ayudar a los adictos; hay que pensar en la soledad y el vacío existencial que genera nuestra cultura, en la promoción mediática de falsos modelos irreales de vida. En la favela visitada, se mezcló con su gente y lanzó un mensaje muy nítido: “Ningún esfuerzo de pacificación será duradero para una sociedad que ignora, margina y abandona en la periferia a una parte de sí misma. La medida de la grandeza de una sociedad está determinada por la forma en que trata a quien está más necesitado, a quien no tiene más que su pobreza”.

Creo que las palabras del papa Francisco pronunciadas en el hospital San Francisco de Asís,  lugar destinado a la atención de los adictos, vale la pena leerlo íntegro, y vale la pena porque el consumo de drogas entre nosotros es incuantificable y creciente, con todas las consecuencias anejas:

“Dios ha querido que, después del Santuario de Nuestra Señora de Aparecida, mis pasos se encaminaran hacia un santuario particular del sufrimiento humano, como es el Hospital San Francisco de Asís. Es bien conocida la conversión de su santo Patrón: el joven Francisco abandona las riquezas y comodidades para hacerse pobre entre los pobres; se da cuenta de que la verdadera riqueza y lo que da la auténtica alegría no son las cosas, el tener, los ídolos del mundo, sino el seguir a Cristo y servir a los demás; pero quizás es menos conocido el momento en que todo esto se hizo concreto en su vida: fue cuando abrazó a un leproso. Aquel hermano que sufría era «mediador de la luz (…) para san Francisco de Asís» (cf. Carta enc. Lumen fidei, 57), porque en cada hermano y hermana en dificultad abrazamos la carne de Cristo que sufre. Hoy, en este lugar de lucha contra la dependencia química, quisiera abrazar a cada uno y cada una de ustedes que son la carne de Cristo, y pedir que Dios colme de sentido y firme esperanza su camino, y también el mío.

Abrazar, abrazar. Todos hemos de aprender a abrazar a los necesitados, como San Francisco. Hay muchas situaciones en Brasil, en el mundo, que necesitan atención, cuidado, amor, como la lucha contra la dependencia química. Sin embargo, lo que prevalece con frecuencia en nuestra sociedad es el egoísmo. ¡Cuántos «mercaderes de muerte» que siguen la lógica del poder y el dinero a toda costa! La plaga del narcotráfico, que favorece la violencia y siembra dolor y muerte, requiere un acto de valor de toda la sociedad. No es la liberalización del consumo de drogas, como se está discutiendo en varias partes de América Latina, lo que podrá reducir la propagación y la influencia de la dependencia química. (El católico Fox debería repensar su escandalera y  reprimir su descontrolada verborrea; esto lo digo yo). Es preciso afrontar los problemas que están a la base de su uso, promoviendo una mayor justicia, educando a los jóvenes en los valores que construyen la vida común, acompañando a los necesitados y dando esperanza en el futuro. Todos tenemos necesidad de mirar al otro con los ojos de amor de Cristo, aprender a abrazar a aquellos que están en necesidad, para expresar cercanía, afecto, amor.

Pero abrazar no es suficiente. Tendamos la mano a quien se encuentra en dificultad, al que ha caído en el abismo de la dependencia, tal vez sin saber cómo, y decirle: «Puedes levantarte, puedes remontar; te costará, pero puedes conseguirlo si de verdad lo quieres».

Queridos amigos, yo diría a cada uno de ustedes, pero especialmente a tantos otros que no han tenido el valor de emprender el mismo camino: «Tú eres el protagonista de la subida, ésta es la condición indispensable. Encontrarás la mano tendida de quien te quiere ayudar, pero nadie puede subir por ti». Pero nunca están solos. La Iglesia y muchas personas están con ustedes. Miren con confianza hacia delante, su travesía es larga y fatigosa, pero miren adelante, hay «un futuro cierto, que se sitúa en una perspectiva diversa de las propuestas ilusorias de los ídolos del mundo, pero que da un impulso y una fuerza nueva para vivir cada día» (Carta enc. Lumen fidei, 57). Quisiera repetirles a todos ustedes: No se dejen robar la esperanza. No se dejen robar la esperanza. Pero también quiero decir: No robemos la esperanza, más aún, hagámonos todos portadores de esperanza.

En el Evangelio leemos la parábola del Buen Samaritano, que habla de un hombre asaltado por bandidos y abandonado medio muerto al borde del camino. La gente pasa, mira y no se para, continúa indiferente el camino: no es asunto suyo. No se dejen robar la esperanza. Cuántas veces decimos: no es mi problema. Cuántas veces miramos a otra parte y hacemos como si no vemos. Sólo un samaritano, un desconocido, ve, se detiene, lo levanta, le tiende la mano y lo cura (cf. Lc 10, 29-35). Queridos amigos, creo que aquí, en este hospital, se hace concreta la parábola del Buen Samaritano. Aquí no existe indiferencia, sino atención, no hay desinterés, sino amor. La Asociación San Francisco y la Red de Tratamiento de Dependencia Química enseñan a inclinarse sobre quien está dificultad, porque en él ve el rostro de Cristo, porque él es la carne de Cristo que sufre. Muchas gracias a todo el personal del servicio médico y auxiliar que trabaja aquí; su servicio es valioso, háganlo siempre con amor; es un servicio que se hace a Cristo, presente en el prójimo: «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40), nos dice Jesús.

Y quisiera repetir a todos los que luchan contra la dependencia química, a los familiares que tienen un cometido no siempre fácil: la Iglesia no es ajena a sus fatigas, sino que los acompaña con afecto. El Señor está cerca de ustedes y los toma de la mano. Vuelvan los ojos a él en los momentos más duros y les dará consuelo y esperanza. Y confíen también en el amor materno de María, su Madre. Esta mañana, en el santuario de Aparecida, he encomendado a cada uno de ustedes a su corazón. Donde hay una cruz que llevar, allí está siempre ella, nuestra Madre, a nuestro lado. Los dejo en sus manos, mientras les bendigo a todos con afecto. Muchas gracias”.

Tres actitudes sugirió a los jóvenes en Aparecida. 1. Mantener la esperanza. Cuántas dificultades hay en la vida de cada uno, en nuestra gente, nuestras comunidades. Pero, por más grandes que parezcan, Dios nunca deja que nos hundamos. 2. La segunda actitud: dejarse sorprender por Dios. Quien es hombre, mujer de esperanza —la gran esperanza que nos da la fe— sabe que Dios actúa y nos sorprende también en medio de las dificultades. 3. La tercera actitud: vivir con alegría. Queridos amigos, si caminamos en la esperanza, dejándonos sorprender por el vino nuevo que nos ofrece Jesús, ya hay alegría en nuestro corazón y no podemos dejar de ser testigos de esta alegría..

 

En la reunión especial con jóvenes argentinos, dijo: “Quisiera decir una cosa: ¿qué es lo que espero como consecuencia de la Jornada de la Juventud? Espero lío. Que acá adentro va a haber lío, va a haber. Que acá en Río va a haber lío, va a haber. Pero quiero lío en las diócesis, quiero que se salga afuera… Quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad, de lo que sea instalación, de lo que sea comodidad, de lo que sea clericalismo, de lo que sea estar encerrados en nosotros mismos.

Las parroquias, los colegios, las instituciones son para salir; si no salen se convierten en una ONG, y la Iglesia no puede ser una ONG. Que me perdonen los Obispos y los curas, si  algunos después les arman lío a ustedes, pero.. Es el consejo. Y gracias por lo que puedan hacer”. Después, se giró significativamente hacia los prelados que lo acompañaban y les dijo: “Que me perdonen los obispos y los curas si los jóvenes les arman lío, pero ese es mi consejo…”

 

Entre los 50.000 homicidios con armas de fuego anuales perpetrados en Brasil, el 80% son de jóvenes. Dicen que ellos no creen en los mayores. Menos aún en los políticos. Se dice que son fundamentalmente egoístas, corruptos y hedonistas. Y sobre todo consumistas. Que carecen de valores. Dicen algunos de estos jóvenes que les gusta el papa Francisco porque “no representa un papel. Es lo que dice”. ¿Cómo lo saben? Lo intuyen. (J. Arias).

Juan Pablo, BXVI, ahora Francisco, son líderes históricos, que trascienden las fronteras de las creencias. ¿Cómo es esto? Timothy Garton Ash, historiador británico, profesor en Oxford y especialista en asuntos europeos, que se confiesa, además, agnóstico y liberal, hablando de la multitud que acompañó la agonía (universal, la llamó él), y la muerte de JPII, escribió impresionado: “¿Qué nos dice esto?  Que el Papa Juan Pablo II fue el primer líder mundial. Hablamos de Bush, de Blair o de Hu Jintao y los llamamos líderes mundiales, pero no son más que dirigentes nacionales que ejercen un impacto mundial, nunca llegan a la categoría de líderes mundiales”.  Francisco, el jesuita franciscano, que ha unido dos carismas, Francisco de Asís e Íñigo de Loyola, es, en ese sentido, un líder de verdad.

“Me gustaría hacer un llamamiento a quienes tienen más recursos, a los poderes públicos y a todos los hombres de buena voluntad comprometidos en la justicia social: que no se cansen de trabajar por un mundo más justo y más solidario. Nadie puede permanecer indiferente ante las desigualdades que aún existen en el mundo. Que cada uno, según sus posibilidades y responsabilidades, ofrezca su contribución para poner fin a tantas injusticias sociales. No es la cultura del egoísmo, del individualismo, que muchas veces regula nuestra sociedad, la que construye y lleva a un mundo más habitable, sino la cultura de la solidaridad; no ver en el otro un competidor, sino un hermano”.

Lo aquí señalado y el resto de los discursos de Francisco son una referencia obligada si queremos prevenir y enfrentar el problema de nuestra juventud. Si seguimos apostando al binomio maquila-antros, estamos perdidos.