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La aceptación más grande de la historia es el FIAT de María; por Ella, María es la Madre del Dios encarnado. (M. Bretón).

 

El adviento es tiempo especialmente mariano; la salvación que Dios nos ofrece llega a nosotros por el ministerio materno de María. Comparto contigo unas ideas al respecto. La idea me ha nacido por el hermoso sermón de S. Agustín sobre la presencia de María en el misterio de Cristo y de la iglesia; agudo y fino sermón que inspira la verdadera devoción a María. Pero antes veamos unos textos de magisterio de los papas Pablo VI y JP. II.

 

1.- “Así, como el tiempo del Adviento, la Liturgia recuerda frecuentemente a la Santísima Virgen – aparte de la solemnidad del día 8 de diciembre en que se celebran conjuntamente la Inmaculada Concepción de María, la preparación primigenia a la venida del Salvador y el feliz exordio de la iglesia sin mancha ni arruga-, sobre todo en los días feriales del 17 al 24 de diciembre y, más concretamente, el domingo anterior a la Navidad, en que hace resonar antiguas voces proféticas sobre la Virgen Madre y el Mesías, y se leen episodios evangélicos relativos al nacimiento inminente de Cristo y del Precursor”. Así se expresa Pablo VI en el documento trascendental sobre el culto a la Virgen María en la Liturgia.  (M.C. 3). En efecto leemos: Ciclo A: “Jesús nacerá de María desposada de José, hijo de David. Mt. 1,18-24; Ciclo B: Concebirás y darás a luz un Hijo. Lc. 1,26-38; Ciclo C: ¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a verme? Lc. 1,39-45.  Esto sin considerar las otras lecturas y el salmo.

 

Y añade: De este modo, los fieles que viven en la Liturgia el espíritu del Adviento, al considerar el inefable amor con que la Virgen Madre esperó al Hijo, se sentirán animados a tomarla como modelo y a prepararse, «vigilantes en la oración y…jubilosos en la alabanza», para salir al encuentro del Salvador que viene. Queremos, además, observar cómo la Liturgia del Adviento, uniendo la espera mesiánica y la espera del glorioso retorno de Cristo al admirable recuerdo de la Madre, presenta un feliz equilibrio cultual que puede ser tomado como norma para impedir toda tendencia a separar, como ha ocurrido a veces en algunas formas de piedad popular, el culto a la Virgen de su necesario punto de referencia: Cristo. Resulta así que este período como han observado los especialistas en Liturgia, debe ser considerado como un tiempo particularmente apto para el culto a la Madre del Señor: orientación que confirmamos y deseamos ver acogida y seguida en todas partes.

 

2.- La Liturgia, nos ofrece, esta magnífica oportunidad de celebración, oración, de contemplación, de catequesis. J.P. II afirmaba lo siguiente: En la liturgia, en efecto, la iglesia saluda a María de Nazareth como su exordio ya que en la concepción Inmaculada ve la proyección, anticipada en su miembro más noble, de la gracia salvadora de la Pascua y, sobre todo, porque en el hecho de la Encarnación encuentra unidos indisolublemente unidos a Cristo y a María: al que es su Señor y Cabeza y a la que pronunciando el primer Fiat de la nueva alianza, prefigura su condición de esposa y madre. (R.M.1)

 

3.- DIO FE AL MENSAJE DIVINO Y CONCIBIÓ POR SU FE.   

(S. Aug. Sermón 25, 7-8: PL 46, 937-938). 

 

Os pido que atendáis a lo que dijo Cristo el Señor, extendiendo la mano sobre sus discípulos: Estos son mi madre y mis hermanos; y el que hace la voluntad de mi Padre, que me ha enviado, es mi hermano y mi hermana y mi madre. ¿Por ventura no cumplió la voluntad del Padre la Virgen María, ella, que dio fe al mensaje divino, que concibió por su fe, que fue elegida para que de ella naciera entre los hombres el que había de ser nuestra salvación, que fue creada por Cristo antes que Cristo fuera creado en ella? Ciertamente, cumplió santa María con toda perfección, la voluntad del Padre, y por esto es más importante su condición de discípula de Cristo que la de madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo. Por esto María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz a su maestro, lo llevó en su seno.

 

Mira si no es tal como digo. Pasando el Señor, seguido de las multitudes y realizando milagros, dijo una mujer: Dichoso el seno que te llevó. Y el Señor, para enseñarnos que no hay que buscar la felicidad en las realidades de orden material, ¿qué es lo que respondió?: Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. De ahí que María es dichosa también porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió; llevó en su seno el cuerpo de Cristo, pero más aún guardó en su mente la verdad de Cristo. Cristo es la verdad, Cristo tuvo un cuerpo: en la mente de María estuvo Cristo, la verdad; en su seno estuvo Cristo hecho carne, un cuerpo. Y es más importante lo que está en la mente que lo que se lleva en el seno.

 

María fue santa, María fue dichosa, pero más importante es la Iglesia que la misma Virgen María. ¿En qué sentido? En cuanto que María es parte de la Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminente, pero un miembro de la totalidad del cuerpo. Ella es parte de la totalidad del cuerpo, y el cuerpo entero es más que uno de sus miembros. La cabeza de este cuerpo es el Señor, y el Cristo total lo constituyen la cabeza y el cuerpo. ¿Qué más diremos? Tenemos, en el cuerpo de la Iglesia, una cabeza divina, tenemos al mismo Dios por cabeza.

 

Por tanto, amadísimos hermanos, atended a vosotros mismos: también vosotros sois miembros de Cristo, cuerpo de Cristo. Así lo afirma el Señor, de manera equivalente, cuando dice: Estos son mi madre y mis hermanos. ¿Cómo seréis madre de Cristo? El que escucha y el que hace la voluntad de mi Padre celestial es mi hermano y mi hermana y mi madre. Podemos entender lo que significa aquí el calificativo que nos da Cristo de «hermanos» y «hermanas»: la herencia celestial es única, y, por tanto, Cristo, que siendo único no quiso estar solo, quiso que fuéramos herederos del Padre y coherederos suyos».

 

4.- Pablo VI, en el Santuario de Nuestra Señora de Bonaria (Cagliari. 24.03.1970), nos dejó una hermosa reflexión sobre la presencia de María en el misterio de Cristo. Se preguntaba: «Y cómo ha venido Cristo entre nosotros? ¿Ha venido por sí? ¿Ha venido sin alguna relación, sin cooperación alguna por parte de la humanidad? ¿Puede ser conocido, comprendido, considerado, prescindiendo de las relaciones reales, históricas, existenciales, que necesariamente implica su aparición en el mundo? Está claro que no. El misterio de Cristo está marcado por designio divino, de participación humana. El ha venido entre nosotros siguiendo el camino de la generación humana. Ha querido tener una madre; ha querido encarnarse mediante el misterio vital de una mujer, de la mujer bendita entre todas….Así, pues, ésta no es una circunstancia ocasional, secundaria, insignificante; ella forma parte esencial, y para nosotros, hombres, importantísima, bellísima, dulcísima, del misterio de la salvación: Cristo para nosotros ha venido de María; lo hemos recibido de ella; lo encontramos como la flor de la humanidad abierta sobre el tallo inmaculado  y virginal que es María: “así ha germinado esta flor” (Dante, Paradiso, 33,9)»

 

Si Dios mandó a su Hijo «nacido de una mujer» (Gal. 4,4), se deduce que el don de sí mismo al mundo pasa a través del seno de una mujer. Un seno de mujer, el de María, se  convierte en el lugar de la bendición más alta concedida por Dios al mundo. Con razón Isabel, llena de Espíritu Santo, pudo exclamar dirigiéndose a María: «Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre». (Lc. 1,42). Resulta imposible separar al Hijo de la Madre; desafortunadamente muchas denominaciones emergentes, llamadas cristianas, así lo hacen. Concluía Pablo VI: “También el mundo de hoy, como los pastores y los magos, según se refleja en la imagen bendita de nuestra Señora de Bonaria, ha de recibir a Cristo de los brazos de María. Si queremos ser cristianos, tenemos que ser Marianos”.

 

  1. María, tierra virgen. María es tierra húmeda, fértil, preparada, dispuesta para recibir la semilla. Una de las imágenes literarias más antiguas, que se remontan a las mismas primitivas comunidades de Jerusalén, habla de María como la tierra virgen.

 

En una célebre homilía, el entonces Cardenal Ratzinger, comentaba el pasaje de Is. 55,10-11: “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que de semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo”.  María es esa tierra que recibe la humedad bienhechora del cielo en donde la Palabra de Dios habrá de tomar forma y tornarse en principio vital para el hombre.

 

Y continúa: La maternidad de María significa que aporta su propia sustancia, su cuerpo y su alma, en la semilla para que pueda formarse nueva vida. La imagen de su espada que atraviesa su alma, (Lc.2,35) denuncia mucho más que cualquier martirio, un misterio más grande y profundo: María se entrega completamente como tierra en manos de Dios, se deja usar y consumir para convertirse en aquél que ha necesitado de nosotros para ser fruto de la tierra. En la actual oración de la iglesia se habla de que debemos ser deseo de Dios. Los Padres de la Iglesia opinan que orar no es otra cosa que convertirse en ansia de Dios. En María estas plegarias han sido escuchadas: en cierto modo ella es la corteza abierta del anhelo, en la cual la vida será oración, y la oración vida. San Juan insinúa este proceso maravillosamente, cuando en su evangelio nunca llama a María por su nombre. Solamente es llamada la Madre de Jesús. Igualmente, podría decirse, cedió lo personal para estar solamente disponible para él, y justamente por eso llego a ser persona”.

 

 

Activismo y contemplación.

Este párrafo del Cardenal Ratzinger es genial: “Opino que esta conexión entre el misterio de Cristo y el de María que nos hacen entender las lecturas de Isaías y Mateo, es muy importante en nuestro tiempo de actividad, en el que la mentalidad occidental ha llegado al extremo. Porque en el actual mundo de la mente prevalece la norma masculina: el hacer, el vender, la actividad que pretende planificar y proteger el mundo, pero que sólo apuesta por el propio poder.

 

Creo que no es coincidencia el que nuestra mentalidad occidental haya separado cada vez más a Cristo de su Madre, sin comprender que María, como Madre, tiene un significado teológico y de fe. Nuestra relación con la Iglesia adolece también de esta mentalidad. Tratamos a la Iglesia como un producto técnico, que podemos planificar con una increíble perspicacia y que nos proporciona un derroche de energías; y nos extrañamos, si ocurre lo que san Luis María Grignon de Montfort ya indicó sobre unas palabras del profeta Ageo: «Sembrasteis mucho y cosechasteis poco». (1,7). Cuando el hacer se convierte en algo fundamental, no pueden subsistir las cosas que no se pueden hacer, aunque estén verdaderamente vivas y quieran madurar.

 

Debemos librarnos de nuestra parcialidad occidental de perspectivas activistas, para no hacer degenerar a la Iglesia en el mero resultado de nuestro planear y hacer. La iglesia no es un producto fabricado, sino la semilla de Dios, que quiere crecer y madurar. Por eso necesita la iglesia el misterio mariano y por eso ella misma es misterio de María. Solamente puede ser fértil, si se pone bajo este signo, si se vuelve tierra santa para la palabra de Dios. Tenemos que aprender a acoger el signo de la tierra fecunda, debemos convertirnos en hombres que esperan, vuelto hacia lo interior, en la profundidad de la oración, el deseo y la fe, dejen en ellos un espacio para el crecimiento…..”

 

Quiero terminar con un bello ejemplo, una especie de metáfora prolongada; se trata de una carta pastoral de los Obispos de Suiza  (16.09. 1973): «La redención…es el don del Hijo al mundo, mediante la encarnación y la muerte de cruz. Pero no es suficiente, para que exista un verdadero don que alguien tenga la bondad de hacerlo; es necesario también que alguien tenga la confianza de aceptarlo. Sin duda el Padre que da al Hijo, el Hijo que obedece, el Espíritu que derrama este don, los tres son infinitos, y la pobre Virgen que lo recibe es una humilde criatura, como una nada ante la Divinidad. Pero sin esta pobre nada, sin la fe de María, el amor de Dios hacia los hombres no se habría convertido en el don que se manifestó en Cristo Jesús.  He ahí la razón de por la cual la Virgen con su «sí» se desposa realmente con el amor que Dios quiere manifestar a los hombres y permite que este amor se manifieste. Así ella es, para nosotros, la  Madre  de todo humano consentimiento.  Su función en la historia de la salvación es única e indispensable».

 

Al año siguiente, el 2 de febrero, Pablo VI escribía en la M.C.21 que «el “sí” de María es para todos los creyentes lección y ejemplo para ser de la obediencia a la voluntad del Padre el camino y el medio de la propia santificación».

 

El Papa Juan Pablo II nos exhortaba de la siguiente manera: “Pidamos a la Virgen que haga siempre iluminado y generoso el fiat de nuestro bautismo, y que lo renovemos en los compromisos cotidianos de nuestro testimonio de fe. Así viviremos dignamente nuestra alianza con el Señor en nuestra iglesia, corazón del mundo.