• Meditaciones sobre el Espíritu Santo

    MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO

     

    Necesitamos intensificar nuestra oración estos días para preparar la fiesta de Pentecostés. La principal ayuda está en las lecturas del Oficio diario. Este martes, por ejemplo, San Basilio Magno nos presenta una hermosa meditación sobre el Espíritu Santo. El jueves, San Cirilo de Alejandría comenta el pasaje de Juan: “si no me voy, el Abogado, no vendrá a vosotros”. Tenemos también una lectura de LG. sobre la iglesia. Todo esto nos invita de forma personal, primero, y luego unidos a nuestras comunidades a dedicar momentos especiales de oración para la celebración de Pentecostés. El sábado es bueno con nuestros grupos de base, realizar una vigilia como preparación inmediata a la Fiesta.

    Por su naturaleza inasible, el Espíritu es captado, más bien, por los efectos de su presencia, tal como la describe el Santo Padre Capadocio. Un punto de meditación insuperable es la secuencia. “Sin tu presencia los hombres nada podemos y el pecado nos domina”.

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    1.- El Pentecostés es la plenitud de los dones de Dios al hombre. En Navidad, Dios nos dio a su hijo unigénito, Cristo Jesús, el Mediador, El Puente que conecta la humanidad y la divinidad. Durante la Semana Santa, Jesús, por su pasión, se da El mismo enteramente a nosotros, hasta la muerte, y una muerte de cruz. En Pascua, Cristo resucita, y tanto su Resurrección como su Ascensión, son la prenda de nuestra glorificación.

    Él va delante de nosotros a la casa del Padre a prepararnos un lugar, porque en Él y con Él nosotros hemos llegado a ser parte de la Familia Divina; nosotros hemos llegado a ser hijos de Dios destinados a la eterna felicidad. Pero el Don de Dios al hombre no termina aquí: habiendo ascendido a los Cielos, Jesús, en unión con el Padre, nos ha enviado su Espíritu, el Espíritu Santo.

    El Padre y el Espíritu Santo nos aman al grado de darnos la Palabra en la Encarnación; el Padre y la Palabra nos han amado tanto que nos han dado al Espíritu Santo. Así, las Tres Personas de la Trinidad se dan ellas mismas al hombre inclinándose hacia esta pobre nada que es el hombre para redimirlo del pecado, santificarlo y llevarlo hasta su propia intimidad.

    Tal es la excesiva calidad con la que Dios nos ha amado; y el Don Divino a nuestras almas alcanza su plenitud en el Don del Espíritu Santo que es el Don por excelencia. Altissimi Donum Dei, Don del Dios Altísimo. Lucas llama al Espíritu la Promesa del Padre, Fuerza de lo Alto con la que los discípulos serán revestidos (Cf. 24, 49; Hech. 1, 8).

    El Espíritu Santo, vínculo y garantía del amor mutuo entre el Padre y el Hijo, El que acepta, sella y corona su entrega mutua, es dado a nuestras almas por los méritos infinitos de Jesús, de tal manera que El será capaz de completar el trabajo de nuestra santificación. Por su venida sobre los discípulos bajo la forma de lenguas de fuego, el Espíritu Santo enseña cómo, El, Espíritu de Amor, nos es dado para transformarnos por su caridad, y habiendo transformado nos guía de regreso al Padre.

    2.- El Don del Espíritu Santo no es un regalo temporal, sino permanente. De hecho, para un alma que vive en la caridad, Él es el dulce huésped que habita dentro de ella. Si alguien me ama, vendremos a él y haremos en el nuestra morada (Jn. 14, 23-31). Sin embargo, esta inhabitación de la Trinidad, – y por lo tanto del Espíritu Santo -, en el alma que vive en estado de gracia, es un Don que puede y debe acrecentarse; se trata de un Don continuo.

    La primer donación del Espíritu tuvo lugar cuando fuimos bautizados; fue renovada más tarde en nuestra Confirmación, de una manera especial, por el sacramento de la Confirmación, el Sacramento que es, por así decirlo, el Pentecostés de cada alma cristiana. Una renovación progresiva de este Don se realiza con el crecimiento de nuestra caridad.

    ¿Y qué sucede ahora, en nuestro presente? El Espíritu Santo, en unión con el Padre y el Hijo, continúa dándose El mismo al alma más completamente, más profunda y posesivamente. La Liturgia de este domingo, al igual que la Liturgia de los últimos quince días, habla con mucha fuerza acerca de la caridad, de la unidad y de la creación de la comunidad, y al mismo tiempo nos presenta las condiciones y los resultados de la inhabitación del Espíritu en nuestras almas y nuestras comunidades.

    La condición es el Amor. Esta es la condición, porque, de acuerdo con Jesús mismo, las Tres Divinas personas habitan solo en el alma que ama. Pero también, nuestra caridad es el resultado del Espíritu porque, el Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom. 5,5). El Amor Divino nos ha precedido completamente en el Bautismo; sin méritos por nuestra parte, y sólo por los méritos de Cristo, el Espíritu Santo nos ha sido dado, y su amor fue gratuitamente derramado en nosotros. Por lo tanto, cada vez que correspondemos a sus divinas inspiraciones, haciendo generosos actos de caridad, El renueva su invisible visita a nuestras almas, dándonos siempre nueva gracia y caridad. Así, nuestra vida sobrenatural se desarrolla bajo la acción del Espíritu Santo; el alma es atrapada en esta corriente transformante de vida que es su amor. De esta manera entendemos como la fiesta de Pentecostés puede y debe representar una nueva efusión del Espíritu Santo en nuestras almas, en nuestras comunidades, en nuestra Iglesia; una nueva efusión que transforme la faz de la tierra, una nueva visita en la que Él nos llene con sus dones: Veni, Creator Spiritus – mentes tuorum visita, Imple superna gratia – quae tu creasti pectora. Tu septiformis munere: tú derramas sobre nosotros tus siete sagrados dones!

    3.- Pero jamás debemos olvidar la dimensión eclesial del Pentecostés. El Pentecostés podemos titularlo también: el nacimiento de la iglesia.

    El Pentecostés Judío, que originalmente era una fiesta de la cosecha, poco antes de la era cristiana se había convertido en la conmemoración del Don de la ley de Dios en el Sinaí, por lo tanto, era una fiesta de la alianza, que recordaba como el pueblo liberado de la opresión se había convertido en el pueblo de Dios. Adivinamos ya el paralelismo con el Don del Espíritu Santo que forma al nuevo pueblo de Dios. Juan en el Evangelio de hoy, nos dice que el resucitado sopló sobre los discípulos, para formar al hombre nuevo, para comenzar la nueva creación, y Pablo gusta de hablar del Espíritu como la única ley del cristiano.

    La Pascua era el memorial de la gran liberación, y el Pentecostés completaba su contenido salvífico recordando la promulgación de la Ley, a través de la cual había sido dado al pueblo la posibilidad de vivir en la libertad de los Hijos de Dios. Como la Pascua, también este memorial no era un simple recuerdo del pasado, sino la ocasión para volver hacer presente el Don de Dios y renovar el compromiso de la alianza. Así, pues, Lucas “historiza” la liturgia judía de ese tiempo en el relato que extiende en los dos primeros capítulos de Hech. Historia y Liturgia, es el recurso de Lucas para hablarnos del Espíritu Santo que es derramado sobre toda carne en cumplimiento de las Escrituras. No ha de extrañarnos que Lucas llame al Espíritu simplemente “Promesa del Padre”.

    Ahora bien, Jeremías había anunciado que vendrían días en los que el Señor haría una Alianza Nueva, escribiendo su Ley en sus corazones (31, 31-33). La misma renovación profunda de la alianza había sido profetizada por Ezequiel en los siguientes términos: Pondré mi Espíritu dentro de vosotros y os haré vivir según mis mandatos (Ez. 36, 27). Todo este trasfondo bíblico tiene un peso determinante en la elaboración de la pneumatología del NT.

    HOMILÍA.

    La Liturgia de hoy prevé una Misa de vigilia y otra del día. Ello nos da idea de la importancia de esta celebración de Pentecostés, a la vez que nos habla de la profundidad del Misterio. En el Evangelio del día se nos dice que Jesús exhaló su aliento sobre los discípulos infundiéndoles el Espíritu. Hay un paralelismo con el relato de la creación, cuando Dios sopló sobre los primeros hombres para darles vida. Así, podemos hablar de la redención como de una nueva creación. San Pablo alude a ello señalando que toda la creación gime con dolores de parto. Asimismo, el Espíritu Santo que se nos ha dado intercede por nosotros con gemidos inefables.

    El mundo y los hombres sufren por la contradicción y el dolor que ha introducido el pecado. Pero no acabamos de ser conscientes de cuál es nuestra verdadera carencia y lo que deseamos en plenitud. El Espíritu Santo, que nos es comunicado a través de la humanidad de Jesús, dilata nuestro corazón por la comunicación de la gracia, haciéndonos conscientes de que estamos hechos para Dios. Es el Espíritu quien introduce en nosotros la vida divina que nos lleva a darnos cuenta de que el mundo y nuestra historia personal dependen, no de un poder ciego o de un destino impersonal, sino de Alguien que nos ama y que nos ha hecho hijos de adopción. Eso nos conduce a la confesión de que Jesús es Señor, afirmación que, como dice San Pablo, sólo podemos hacer bajo la acción del Espíritu.

    Nuestra relación con el Espíritu Santo no es algo abstracto que queda en el mundo de las ideas y que conlleva una religiosidad vaga en la que todo es posible. Esto me hace recordar el título de un libro de espiritualidad: «El Espíritu es concreto». El Espíritu Santo, con su acción transformante, nos vincula con Jesucristo. La primera acción renovadora que el Señor comunica a sus discípulos es el perdón de los pecados. Así se empieza a manifestar el señorío de Cristo. Su victoria pascual se muestra, por el bautismo, en la remisión de los pecados y en la nueva vocación que recibimos para vivir como hijos de Dios.

    Pero la acción del Espíritu también va constituyendo un cuerpo, la Iglesia, donde se puede percibir el encuentro con el Señor. De ello nos habla el texto de los Hechos de los Apóstoles. Siendo invisible, el Espíritu Santo realiza obras reconocibles tanto a nivel personal, en cada uno de nosotros, como en la Iglesia. En el signo de que todos entendían la predicación de los apóstoles en su lengua, se nos indica la desproporción entre la apariencia de la Iglesia, la fragilidad de los apóstoles, y los efectos de su acción.

    La Iglesia realiza una misión en el mundo guiada por el Espíritu Santo, pero también su vida y su crecimiento son conducidos por el Espíritu. A ello se refiere el apóstol en la carta a los Corintios. Aparecen en el seno de la Iglesia multitud de carismas, todos ellos dispuestos para el servicio común y para la edificación de la Iglesia. Frente a la fragmentación que introduce el pecado, nos encontramos ahora en la unidad, rica en dones diversos que nos vienen de lo alto.

    Para la oración personal puede ser muy útil leer pausadamente y meditar la secuencia de este día. En ella se nos recuerda la vaciedad que hay en nosotros sin Dios y cómo sólo el Señor, por su Espíritu, puede calmar nuestras ansias y colmar nuestros anhelos.

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    COLOQUIOS

    “Oh! amor del eterno Dios, comunicación sagrada entre el Padre omnipotente y su Hijo bendito, Paráclito todopoderoso, misericordiosísimo Consolador de los afligidos, penetra hasta lo más profundo de mi corazón con tu poderosa virtud; ilumina con tu luz radiante todos los rincones oscuros de esta despreciable habitación que es mi alma. Visítala, hazla fructificar con la abundancia de tu rocío, todo lo que éste largo período de sequía ha marchitado y sofocado. Traspasa con el dardo de tu amor, la profundidad de mi alma; penetra hasta el núcleo de mi enervado corazón e inflámalo con tu saludable fuego; fortalece a tu creatura iluminando con la luz de tu santo fervor lo más profundo de mi mente y de mi corazón.

    Cada vez que vienes a mi alma, preparas en ella una morada para el Padre y el Hijo. Bendito aquel que es digno de tenerte a Ti como huésped! Por ti el Padre y el Hijo establecen su morada en él. Ven entonces, benigno Consolador de las almas que sufren, protector en todas las circunstancias y ayuda en las tribulaciones. Ven, Purificador de las faltas, Sanador de las heridas. Ven, fortaleza de la debilidad, restaurador de los que caen! Ven, Maestro de los humildes, Rechazador de los orgullosos! Ven, Oh! Padre amoroso de los huérfanos, Juez misericordioso de las viudas! Ven, esperanza del pobre, fuerza del débiles! Ven, estrella de los navegantes, puerto para los náufragos! Ven, Oh! suprema belleza de todo lo que vive, y la única salvación para los muertos!

    Ven, Oh! Santo Espíritu, ven y compadécete de mí! Vísteme de ti mismo, escucha benignamente mis súplicas y ya que tu misericordia es tan grande, que mi pequeñez le agrade a tu grandeza y mi debilidad a tu fuerza, por Jesucristo, mi Salvador, el cual, con el Padre, vive y reina en unión contigo por los siglos de los siglos. Amén.” (San Agustín)

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    “Oh! Divino Espíritu, divino Huésped de nuestras almas, tú eres el más noble y valioso de todos nuestros huéspedes. Con la premura de tu bondad y tu amor por nosotros vuelas presuroso hacia todas las almas dispuestas a recibirte. ¿Y quién puede describir los maravillosos efectos que produces en aquellos que te reciben?

    Tú hablas sin palabras y tu sublime silencio se escucha por doquier. Estás inmóvil y siempre en movimiento, y en tu inamovible movilidad te comunicas con todos. Siempre estás en reposo y siempre estás trabajando, y en Tu reposo realizas las obras más admirables. Siempre estás en movimiento pero nunca cambias de lugar. Tú penetras, fortaleces y preservas todo. Tu inmensa y poderosa omnisciencia lo sabe todo, lo entiende todo, todo lo penetra. Sin prestar oído a nada, Tú escuchas la más pequeña palabra dicha en lo más secreto de los corazones.

    Oh!, Divino Espíritu, Tú estás en todo lugar del que no has sido expulsado porque Tú te comunicas y te das a todos, excepto a los pecadores que no quieren levantarse del fango de sus pecados; en ellos no puedes encontrar un lugar para reposar porque Tú no puedes tolerar la maldad de un corazón que se obstina en hacer el mal. Pero Tú permaneces en las creaturas que por su pureza, son receptivas de tus dones. Y Tú permaneces en mí comunicándome sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Amor, caridad, pureza; en pocas palabras Tu misericordia y Tu bondad. Al difundir estas gracias en Tu creatura, te preparas, Tú mismo, una habitación para recibirte” (Sta. María Magdalena dei Pazzi).

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