• Mi personaje inolvidable

    Mi personaje inolvidable.

    “Un denso ambiente nos envuelve. Nuestro mundo se adormece en una atmósfera cargada y viciosa; un materialismo sin grandeza pesa sobre el pensamiento y estorba a la acción de los gobiernos y de los individuos; el mundo muere de asfixia en su egoísmo calculador y vil, y al morir nos ahoga. En el arte, la norma es lo más bajo. Abramos las ventanas para respirar el aire puro; respiremos el aliento de los héroes.

    La vida es dura. Para los que no se resignan a la mediocridad del alma es un combate diario, triste las más de las veces, librado sin grandeza ni fortuna en la soledad y en el silencio…”

    Palabras que bien pueden ser la síntesis de aquella vida que el 30 de junio de 1959 llegaba a su culmen. Una de las fotos muestra a Carmen Vasconcelos, Eva Sámano de López Mateos y a María Teresa Calderón consolando a Doña Esperanza Cruz, viuda de Vasconcelos. Otra fotografía muestra a Don Adolfo López Mateos, entonces presidente de la República, al momento en que se retira de la casa de la familia Vasconcelos después de expresar su pesar a los deudos; están también Herminio Ahumada, yerno del recién fallecido, y Alfonso Guzmán Neyra, a la sazón, presidente de la Suprema Corte, que flanquean al Presidente. Aquél enorme caudal había llegado por fin a su meta, – nuestra vida son los ríos que van a dar a la mar -, la meta anhelada en lo más profundo de su ser, continuo ardiente deseo que no apagaron los avatares de la vida. Don José Vasconcelos había muerto. El filósofo, había dicho, es un sacerdote de lo Absoluto. El paso a la Vida y la Verdad, su pasión verdadera, había sido franqueado mediante el abrazo fraternal de la muerte que recogía un fruto maduro.

    Uno de sus íntimos plasma en “Pensamientos inéditos” el siguiente testimonio: “Aquella mañana entré a su despacho en la biblioteca de México. Lo vi como siempre sentado en su mesa, no leía los periódicos en esa ocasión. Le miré sin que él se diera cuenta de mi presencia. Me pareció más cansado que nunca, casi encorvado bajo sus dolores artríticos y tal vez con penas que yo ignoraba. Al estrecharle la mano me dijo: «Heme aquí, soldado fiel hasta el último respiro, pero listo para la partida, aunque el cuerpo comience a fallarme. Si la carne cede, el espíritu se ilumina de una luz excelsa. Sereno sobre todo. Es necesario, esto sí, que no me dé prisa – prosiguió, indicando las cuartillas esparcidas por la mesa. Calló un instante y volvió a hojear las cuartillas. Luego mirando el reloj: Ya es hora de dejar el trabajo. Tengo una cita. Y se levantó. Le presenté su sombrero y el bastón que estaban en una silla. En el automóvil reanudó su pensamiento: Es muy sencillo pero no muy fácil. ¿No le parece querido doctor Nicotra? Algún día, tras un ligero pisoteo, la puerta del despacho se abrirá por sí sola y veré lo que los demás no ven: Ya voy, diré. Sólo déjame, si es posible, que termine de corregir estas cuartillas, las pruebas de mi “Ópera omnia” que la imprenta acaba de enviarme. Luego te tenderé los brazos, como S. Francisco de Asís. Bienvenida hermana muerte. Pero llévame contigo, mientras que, con la mirada fija en el cielo salpicado de estrellas y grávido de misterio, adoro la belleza eterna del Universo y en esta adoración olvido la tierra donde viví, sufriendo las decepciones y las injusticias sociales. Llévame allá arriba, donde hay más luz, aquella luz que engendra la luz de la Verdad y dona la felicidad infinita en la visión de Dios»”.

    No soy un converso, decía; soy un reintegrado a la fe. Su vida fue un periplo, de Dios a Dios, a la manera de los filósofos neoplatónicos que hacían coincidir el punto de partida con el punto de llegada, (exitus-reditus), y que en el cristianismo coincide plenamente con la idea de Dios, «en quien vivimos, existimos y somos». De él salimos y a él volvemos. Esa fe se la inculcó la madre de manera indeleble y con ella atravesó su vida azarosamente, intensamente, a momentos con desesperación y siempre dominado por la pasión.

    Se trazaban entonces la línea divisoria entre México y EE.UU. Niño, al lado de su padre, aduanal, vivían en el Sásabe. Su madre le decía: “un día pueden venir los apaches. A las niñas las van a matar, pero a los niños se los van a llevar para que crezcan dentro de su tribu. Pero tú nunca te olvides, nunca, de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra santa Madre María”. Y esta fue la carta de navegación de esta vida que conoció todo, hasta el exceso.

    En 1940 regresa a la iglesia católica. Algunos intelectuales de la época, que entonces los había, lo invitaron a unos ejercicios espirituales que dirigía un padre jesuita de cuyo nombre no me acuerdo, y J.V. aceptó la invitación. Sorpresa que nos llevamos, cuenta uno de los testigos, cuando lo vimos, como todos nosotros, haciendo fila para confesarnos. Cómo no acordarme de Carlos de Foucauld o de Julien Green. Había regresado.

    Desde mi primera adolescencia he leído a J.V. La primera obra que cayó en mis manos fue “La flama”, obra póstuma del filósofo. Su narrativa, su fuerza de convicción, la difícil facilidad con que describe los momentos cruciales de nuestra historia, la pintura de los paisajes, la psicología de los personajes, todo, todo era seductor; subyugaba la fuerza y el fervor de su palabra. Él no amaba la literatura en cuanto tal, la utilizaba para dar cauce a su permanente inconformidad buscando, intentando trazar o trazando el futuro de la patria y de la raza.

    Que J.V. fue una paradoja viviente está bien, porque ¿hay algo o alguien en la vida que no lo sea? Pero, ¿es realmente paradójico J.V. o la paradoja es solo el resultado de los que creyendo ver no son sino víctimas de su propia miopía? La grandeza de Vasconcelos radica en el hecho de que sigue siendo un proscrito, un desconocido, máxime para una generación que ya no lee, y por lo tanto, carece de pasado. Después de todo, no es fácil comprender a los genios.

    Cómo explicar a nuestra joven generación: «El ritmo perenne de la Naturaleza nos lleva, en su conjunto de armonía, a la convicción de que cada parte del todo desempeña una función suya y que todas las partes se dirigen a una meta única». O este: «No existe un ritmo de vida que no esté incluido en uno más amplio; así dentro de este ritmo, el alma se dilata hasta el infinito para llegar a la presencia de Dios». Platón, Pitágoras, Plotino, Porfirio, Agustín resuenan en estos pensamientos.

    “Cierto día, comprando confites en Eagle Pass, me vi el rostro reflejado en una de esas vidrieras convexas que defienden los dulces del polvo. Antes, me había visto en espejos distraídamente; pero en aquella ocasión el verme sin buscarlo me ocasionó sorpresa, perplejidad. La imagen semiapagada y deforme de mi propia figura me planteaba preguntas inquietantes: ¿Soy eso? ¿Qué es eso? ¿Qué es un ser humano? ¿Qué soy?”

    Tales preguntas han desaparecido del campo mental de nuestra época; entonces se las podía plantear un adolescente.

    Vasconcelos muere el 30 de junio y es sepultado en el panteón Jardín el 2 de julio. En 1957 había hecho clara su voluntad de no ser inhumado en la Rotonda de los Hombres Ilustres por varias razones: “Porque no están todos los que son ni son todos los que están”,  “porque no podría descansar junto a los asesinos de las juventudes vasconcelistas” y por que “México no tiene derecho a reconocerme como escritor mientras no se reconozca oficialmente mi triunfo en las elecciones de 1929”.

    Poco después fue exhumado y llevado a la capilla de la Inmaculada Concepción en la Catedral Metropolitana. Sus restos reposan en el mismo nicho que antes ocupó Fray Antonio Margil de Jesús, (1657-1726),  venerable sacerdote franciscano, misionero en Nueva España (México), uno de los grandes evangelizadores de América, es considerado como el apóstol por antonomasia de Centroamérica.

    La educación fue su preocupación y su obra genial. Y su gran fracaso. Todo terminó en mano de sindicatos. El abismo que media entre aquella época y la nuestra lo apreciamos si medimos a D. José Vasconcelos y a Nuño, o bien, a la pléyade de maestros rurales, que a la manera de los misioneros, recorrieron el país en su lucha contra el analfabetismo, y los poderosos sindicatos que han secuestrado el país y la educación.

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