• Necesitamos otra lectura

    Necesitamos otra lectura

    Los acontecimientos en nuestro mundo adquieren una velocidad de vértigo. El mundo de los medios hace desfilar ante nuestros ojos, a diario, en tiempo real, la terrible enfermedad, la locura de la violencia. Tal vez nos hemos acostumbrado a ello. Pero esto nos impide hacer una lectura más profunda de la situación. En nuestra ciudad el aumento y naturaleza de los asesinatos es sencillamente patológico. Pensemos solo en estos dos jovencitos acribillados en su casa. Éstos o las pequeñitas sacadas de los escombros en Alepo, consecuencia de los terribles bombardeos de las potencias occidentales. Tal vez se trate de la profecía de Nietzsche: “El hombre enfermo de sí mismo”.

    “La región, América Latina, es una de las más mortíferas del mundo en cuanto a asesinatos. Tiene el 8% de la población mundial pero contribuye un tercio de todos sus homicidios. Y el problema está empeorando. Si no hacemos nada, calculamos que la tasa regional de homicidios puede pasar de 21 a 35 por cada 100.000 habitantes para 2030. Superaría la actual tasa mundial en siete veces”. (El País). El estudio pone en la lista a Brasil, Venezuela, toda América Central y México.

    Esto presenta un enigma, no sólo para la sociología, la psicología social, sino para la misma religión; incluso problematiza la idea religiosa, y tal vez sea ésta la única clave de lectura que puede acercarnos a comprender y a encontrar un camino de salida.

    El problema radica en que el hombre de hoy no busca su salvación, obviamente trascendente, no piensa ni en el dolor ni en la muerte ni en el destino. Enfrentamos entonces un nihilismo, simplemente vivido, pero igualmente terrible a la manera de El Extranjero. Ante esta pasividad e indiferencia espiritual, cualquier propuesta fracasa. Ante este problema, solo hemos propuesto una acción represiva que lo enardece más. Pero lo que está en el fondo es el hombre actual que se ha abandonado a la corriente de la nada. ¿Se tratará de un cansancio existencial? B. XVI denunciaba  que hoy se ha hecho posible vivir sin ilusión, sin esperanza; vivir sin Dios. Pero esto no puede ser; el hombre, si no encuentra a Dios, fabrica sus propios dioses y los que hemos fabricado en nuestro tiempo son bien conocidos; Fromm los identificó: el partido, la política, la idea de raza, la eficacia, las máquinas. Al lado de esto, el fenómeno escalofriante de las drogas, y me refiero a su consumo que, en definitiva, es lo que hace posible la descomunal producción. ¿Dónde se encuentra el hombre?

    He leído con emoción y con una mezcla extraña de sentimientos, un libro poderoso de Josef Holzner; lo he hecho por muchos años, ni siquiera sé cómo llegó a mis manos este viejo librito cuya primera edición se remonta a 1947, Rings Um Paulus, que bien podemos traducir por El Mundo de San Pablo. Este poderoso historiador de las religiones piensa y escribe sobre las ruinas alemanas de la postguerra y se plantea la misma pregunta: ¿Por qué estas cosas? ¿Por qué semejante locura? Y se remonta al mundo griego en el que san Pablo sembró la semilla del Logos Divino. ¿Qué similitud o diferencia existe entre aquella civilización, aquellos hombres, y nosotros? Aquellos hombres ansiaban, deseaban, buscaban ardientemente la salvación y se habían cansado de las religiones oficiales, las religiones de estado,  – la política, en nuestros días -, y se habían vuelto a los «misterios».

    A su modo buscaban en una vivencia religiosa, más personal y existencial, la solución al problema del dolor, de la muerte, del destino; de la salvación. El problema del hombre. Estamos en la época inmediatamente anterior a Cristo.

    El fenómeno más notable del proceso del desarrollo religioso de la humanidad anterior a Cristo es la aparición e introducción de una corriente religiosa junto a las religiones oficiales, un movimiento religioso que creó una devoción individual más subjetiva y preservó al culto oficial de una petrificación total. Tal fue en Israel el profetismo, y más tarde la devoción a los salmos y el bloque de literatura sapiencial. En la antigüedad griega, fue el culto de los misterios el que atendía a la necesidad religiosa del hombre individual.

    El elevado idealismo de los filósofos griegos había preparado el terreno a los misterios al socavar los cimientos de la banal religión de estado, que tan sólo era una especie de patriotismo. Con la muerte, aceptada voluntariamente, de Sócrates, emergió por primera vez en el espíritu de los griegos la idea de que debía haber una salvación del alma, ultraterrena e independiente de la comunidad estatal, de que el hombre está determinado en el núcleo más íntimo de su ser por una ordenación metafísica. Platón y Aristóteles defendían la vida contemplativa (bios teoretikós) como la forma más digna de la existencia humana por su analogía con el modo de ser de la divinidad. La comunión con lo divino, la «mayor igualación posible con la divinidad» es lo que constituye el alma de la sabiduría platónica y pitagórica. El núcleo del platonismo es su grandiosa concepción de un imperio de la idea, un imperio de valores supraterrenos hacia los que tiene que orientarse el hombre si ha de conseguir la plenitud de su existencia. En Aristóteles, el cosmos está regido por espíritu impregnado de ideas. El ser humano presenta una maravillosa estructura espiritual. En resumen, el hombre y su dignidad ocupan el punto central de la filosofía griega.

    Pero esta filosofía era demasiado elevada para la masa, era un manjar para finos paladares literarios. El hombre medio no creía ganar su salvación mediante el conocimiento, sino mediante la participación en el culto de los misterios y mediante la comunión con el ser divino, que debía servir de mediador entre el dios supremo y el hombre. El alma tiene sus secretos privados y no sabe dónde ir con sus súplicas más íntimas. ¿Qué le importan a los bienaventurados olímpicos los mortales individuales con sus miserias anímicas? Así surge la necesidad de entrar en más estrecha comunidad y en más íntima relación con los dioses, de ser admitidos en su familia y de rogar una parte de su inmortalidad. La masa del pueblo necesitaba señales seguras y garantías de salvación.

    Pero lo que condujo a los griegos al culto de los misterios fue, ante todo, el problema del dolor y de la muerte. A pesar de la belleza de sus dioses olímpicos o precisamente por ella, ya que estos dioses eran incapaces de sentir dolor y sólo se preocupaban de su bienaventuranza, los griegos llegaron a hastiarse de estos dioses egoístas, y a su indiferencia ante el dolor humano respondieron también, por su parte, con la indiferencia. Se dirigieron a los dioses orientales, procedentes de Tracia, Frigia, o Egipto, que se compadecían del dolor humano y lo comprendían. Eran dioses trágicos, hechos al dolor, con rasgos genuinamente humanos. Aquí había consuelo, que por cierto consistía con frecuencia tan sólo en un estado de embriaguez, en un éxtasis salvaje. Por eso aceptó el pueblo con verdadero entusiasmo a estos dioses pacientes, mortales y renacientes, tomó parte en sus dolores, lloraba en sus ausencias y se regocijaba en sus reapariciones. Las fiestas cíclicas. Precisamente por eso se pueden llamar los misterios «religiones de la inmortalidad». Otro problema por resolver era el problema del destino, la cuestión de la culpa y la expiación, que no había sido resuelta satisfactoriamente por los grandes trágicos. En la cuestión del destino se exterioriza la esencia íntima de la psique pagana y de su miseria abismal. En muchos nombres que tenían los griegos para designarla (ananké, ate, moira, heimarmene = fatalidad) se muestran ya los múltiples aspectos de este problema.

    Los misterios en sentido propio son fiestas de culto, en las que se invocan los dones de una divinidad mediante ceremonias sagradas ante un círculo de iniciados, a fin de otorgar a estos, participación en la recompensa de la divinidad y en la salvación intercedida por ella.

    En su desesperación aquellos hombres buscaban la salvación, una salvación definitiva y esto los hace muy diferentes a nosotros. Esa cultura la interpreto yo, como lo hace Holzner, como un gran «presentimiento», un estado de ánimo especial, misteriosamente preparado, para recibir la respuesta definitiva del Dios Bíblico.

    Jesucristo, Hijo de Dios, que se ha hecho hombre, semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, es la presencia de Dios que comparte con el hombre toda la aventura hasta la muerte misma, para vencer la muerte y darnos una vida definitiva. El cristianismo que Pablo trajo a occidente a través de Grecia cayó en un terreno que la Providencia había preparado en el alma griega. Esa simpatía en los anhelos más profundos del hombre, que los griegos tenían a flor de piel, no obstante su expresión perturbadora, hizo posible la expansión fulgurante del cristianismo primitivo.

    Pero hoy esto es tremendamente difícil porque el hombre de hoy ya no piensa en su salvación como hombre, se ha abandonado a una fatalidad terrible que Nietzsche profetizó con sorprendente claridad.

     

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