Al P. Isidro Payán

En su LXII Aniv.

 ¡Era un domingo, señores! Y las seis de la tarde en todos los relojes de Roma. ¡Qué seis de la tarde aquellas! Las seis de la tarde más importantes y decisivas de mi vida junto a mí nacimiento y mi bautismo. A las seis de la tarde, cuando el sol se hundía en el Mare Nostrum y la tarde era suave y tibia. ¡Qué inolvidables seis de la tarde! El gentío, unas cien mil almas anhelantes y devotas se aprestaban a seguir la ceremonia. Cuatrocientos diáconos estábamos al pie de la escalinata de la Plaza de San Pedro. El último sol arrancaba destellos de la Cúpula. El escenario listo. El altar hermosamente engalanado, los candelabros encendidos, humeante el incensario; y el coro de la Capilla Sixtina…… ¡Qué cantos! El cuerpo diplomático apostado en su sitio. El viento traía una suave brisa arrancada al mar y refrescaba el ambiente.

A las seis de la tarde en punto inició la procesión que salía de la puerta principal de la Basílica; al final, el Santo Pontífice, mínimo y humilde, pero imponente santo y sabio, Pablo VI, hacía su aparición. La ceremonia dio inicio. Momentos después, también, mi sacerdocio ministerial daría inicio cuando el Santo Padre me impusiera sus manos. De ello, este domingo se cumplen 39 años.

Pero eso fue solo un momento cuya densidad ni siquiera teníamos la capacidad de comprender; en realidad, no sabíamos a ciencia cierta el camino que habría que recorrerse, los retos que habría que enfrentar. Si bien las palabras del Papa eran diáfanas y claras como la tarde, su significado nos parecía lejano. «Hay una palabra en la que se resume la celebración que estamos realizando: esta palabra es: misión. Lo sabemos bien, – se oía por los altavoces la voz fina, delicada pero enérgica, del Papa -. Pero ahora nos dejamos penetrar completamente por el significado, por la exigencia del sacerdocio católico. El sacerdocio no es para aquél que es investido como tal, no es una dignidad solo personal; no es un fin en sí mismo. El sacerdocio es ministerio, es servicio, es mediación entre Dios y el pueblo. El sacerdocio está destinado a la iglesia, a la comunidad a los hermanos; está destinado al mundo… El sacerdocio es ejercicio de mediación. El sacerdocio es esencialmente social….el sacerdocio es caridad. Hay de aquél que cultive la opinión de poder hacer de él un egoísmo útil. El don total de la propia vida abre ante el sacerdote generoso una nueva maravilla: el panorama de la humanidad. Si hay un servicio que exige la inmersión de quien lo ejercite en la experiencia multiforme y tumultuosa de la sociedad, todavía más que el del maestro, del médico o del hombre político, este es el servicio del ministerio sacerdotal. Ustedes son, dice el Señor, la sal de la tierra, ustedes son la luz del mundo».

¿Podíamos en realidad captar la profundidad de tal mensaje en aquellos momentos? Creo que no. La emoción es engañosa. Y es, que en realidad, nosotros somos, hombres míseros, hombres de poca talla y caducos, pecadores, que no estamos seguros ni de nosotros mismos. Cuando recibimos el sacerdocio de manos del obispo éramos aún jóvenes y no podíamos hacernos cargo de lo que habría de venir. Lo más que podíamos hacer era confiar y esperar que era Dios quien nos llamaba con Jesucristo, que Dios lo quería y que en consecuencia él nos ayudaría en la misión, misión que supera ampliamente las fuerzas humanas. Esta sí era una certeza inamovible, de lo contrario, no hubiéramos dado ese paso. Sabíamos demasiado bien y muchas veces habíamos meditado las palabras con las que Jesús responde a Pablo deprimido y agobiado por su “debilidad”: «mi gracia te basta».

Y así nos decidimos, pobres y débiles y nos ordenamos sacerdotes para esta santa iglesia católica. No podíamos prever lo que había de venir; no conocíamos por anticipado los sucesos políticos, las profundas transformaciones sociales, las revoluciones más profundas jamás imaginadas. ¿Cómo íbamos a imaginar una confrontación con el sacerdocio católico a los niveles que alcanzó en los años 2010-2012? Son de esas situaciones en las que, si no está Dios, no se superan jamás. Y la ola revierte porque ahora se levanta un extraño silencio sobre los millones de niños refugiados y muriendo de hambre y sed, o sobre la crisis de los niños migrantes en la frontera entre EEUU y México, víctimas de todos los abusos y abandonados. Son los extraños caminos de Dios. Nosotros no podríamos prever nada porque el futuro jamás nos pertenece, ni siquiera en parte.

A lo más que podíamos aspirar es a sospecharlo. Los años de vida transcurridos antes de la ordenación sacerdotal, nos habían servido para comprender al menos hasta cierto punto que somos pobres y pequeños, cortos y débiles, que no estábamos a la altura de la tarea y el cargo que tomábamos ante nosotros. Pero bien miradas las cosas, mal podíamos saber entonces lo que habría de venir. Pero nuestra vista no abarcaba los tiempos ni toda nuestra realidad ni nuestra vida. No podíamos darnos completa cuenta de las exigencias de nuestra misión. En el fondo, no conocíamos a los hombres, a quienes habíamos sido enviados ni sabíamos lo que esperaban de nosotros. Y sin embargo, nos decidimos, Dios nos enviaba. Eterna gratitud merece su gracia misericordiosa pues no nos ha abandonado durante todos estos años y por eso podemos decir: no lo hemos lamentado.

«Nos atrevemos a indicar con acento profético, continuaba diciendo Pablo VI, el panorama apostólico que está delante de cada uno de ustedes. ¡El mundo tiene necesidad de ustedes! ¡El mundo los espera! Aún en el grito hostil que el mundo lanza, tal vez, contra de ustedes, denuncia un hambre de verdad, de justicia, de renovación, que solo su ministerio podrá satisfacer. ¡Sepan acoger como una invitación el reproche mismo que tal vez, y con frecuencia injustamente, el mundo lanza contra el mensajero del evangelio! ¡Sepan escuchar el gemido del pobre, la voz cándida del niño, el grito atormentado de la juventud, el lamento del obrero fatigado, el suspiro del sufriente y la crítica del pensador! ¡Jamás tengan miedo! ha repetido el Señor. El Señor está con ustedes. Y la iglesia, madre y maestra, los asiste, los ama, y espera mediante la fidelidad de ustedes y su actividad, que Cristo continúe la edificación de su obra de salvación». Palabras en verdad proféticas y poco tranquilizadoras. Sin embargo, aquí estamos. ¡Cuántas cosas dependen del ministerio fiel del sacerdote! ¡Qué responsabilidad!

No, claro que no nos arrepentimos de aquél «sí». Pobre del sacerdote que comienza a vacilar en su vocación. No, no nos arrepentimos de lo que hicimos entonces ni albergamos dudas sobre si seríamos capaces de repetirlo. Hay una verdad fundamental, misteriosa y divina detrás de esto, y que se dice en el rito de ordenación. Pertenece a Pablo: “el que inició en ustedes la buena empresa, la irá llevando a la perfección hasta el día de Cristo Jesús”.(Fil. 1,6). Esta es la única garantía, la única certeza, la única seguridad. La única esperanza. No existe otro apoyo. No sabemos, pues, cuánto tiempo habremos de peregrinar por esta tierra hasta realizar lo que Dios ha dispuesto; puede durar mucho tiempo o puede acabar pronto. Así como ignorábamos entonces el camino por el que Dios habría de llevarnos, del mismo modo seguimos ignorándolo aún hoy, seguimos siendo tan débiles, pobres y desvalidos como antes. Y seguramente lo seremos aún más, pues no solamente se adelanta en madurez y experiencia de la vida, sino que también se hace uno más viejo, y el terreno que se ha cultivado mucho tiempo, no siempre está dispuesto a dar más fruto. No sabemos lo que será en el futuro, pero sabemos que Dios es fiel y misericordioso, que es condescendiente y que lo que él ha iniciado lo llevará a plenitud. Y debe consolarnos siempre, en medio del duro trabajo, de la propia debilidad, del propio pecado, pues participamos de la incredulidad del mundo, las palabras del apóstol: «Dios no se arrepiente de sus dones».

El camino que no se debe recorrer. Ese es el camino de la desesperanza, el camino de la desilusión, del desencanto. De la peligrosa tendencia a la autocompasión; pero es del todo posible hacer esa andadura. ¿Qué quiere decir que el sacerdote es un ser humano, que sigue siendo un ser humano? ¿Qué quiere decir que es débil y caduco, que participa del pecado del mundo, que está hecho de la misma pasta? Bastante más realista, la carta a los hebreos dice: «Todo sacerdote es tomado de entre los hombres y nombrado su representante ante Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Puede ser indulgente con ignorantes y extraviados, porque también él está rodeado de debilidad y a causa de ella, tiene que ofrecer por sus propios pecados, lo mismo que por los pecados del pueblo» (5,1-3). Contra esta verdad se levantan las voces mal intencionadas e hipócritas unas, otras, a la mejor de buena fe, pero ignorantes, que quisieran que el sacerdocio lo ejercieran ángeles; y esto desata una incomprensión dolorosa.

Sí, ese es un camino por el que no debemos entrar. Es el camino de Emaús. Nosotros creíamos! El camino de dos hombres cuya mente estaba embotada y tenían los ojos obnubilados por la tristeza. Caminan por el camino de la desesperanza, con la cabeza baja, mirado al suelo, apenas intercambiando palabras como dichas al viento. Habían tenido una ilusión, conocieron a Jesús. Pero ahora Jesús está muerto y con él sus ideales, sus propuestas. Apóstoles para los que Jesús está muerto. Esta actitud depresiva impide ver que él está vivo y camina a nuestro lado y que al caer la tarde, en la fracción del pan, lo reconoceremos. Entonces la mente se abrirá y de unos ojos enceguecidos y una actitud acobardada, brotará una mirada luminosa y el brío para la misión. Ellos se habían convertido en dos seres humanos perdidos que caminaban hacia su hogar sin tener hogar, que regresaban hacia lo que se había transformado en un triste y oscuro recuerdo. Entonces la tristeza lo envuelve todo.

Sí, que el sacerdote sea humano quiere decir que también sufre pérdidas, que es un ser expuesto y débil. Y la debilidad no se refiere sólo a lo que Rahner llama “la amarga voluptuosidad de la carne”. No, el punto delicado está en el desaliento, en el ocaso de las ilusiones, en el abandono del primer amor. La dureza de corazón, el resentimiento anidado en el corazón. El viejo obispo Talamás solía decirnos que el desaliento es la tentación del apóstol.

Aquí tocamos el punto vital. Henri J. M. Nouwen ha descrito esta actitud con acierto. Si hay una palabra que resuma nuestro dolor, es la palabra «pérdida» ¡Hemos perdido tantas cosas! Y estas pérdidas forman parte de nuestra vida ordinaria. Pero, ¿quién tiene una vida ordinaria? De hecho, las pérdidas que se instalan profundamente en nuestros corazones y en nuestras mentes son la pérdida de la intimidad por culpa de la separación; la pérdida de la seguridad por culpa de la violencia; la pérdida de la inocencia por culpa del abuso; la pérdida de la amistad por culpa de la traición; la pérdida del amor por culpa del abandono; la pérdida del hogar por culpa de la guerra; la pérdida del bienestar por culpa del hambre, el calor, el frío; la pérdida de los hijos por culpa de la enfermedad o el accidente; la pérdida del país por culpa de la corrupción; la pérdida de la vida por la culpa del terremoto, la inundación, el accidente, el terrorismo, la enfermedad, la guerra. El ser humano debe contar con ello. Y también el sacerdote.

Al caer la tarde, aquellos dos peregrinos desalentados, llegaron a su aldea e invitaron al compañero a entrar y partir el pan con ellos. Por el camino les había explicado las Escrituras Santas haciendo arder su corazón. La esperanza comenzaba a renacer, los ojos podían contemplar mejor, las mentes comenzaban a abrirse; todo aparecía con una nueva claridad, como una nueva alborada. En la mesa, el desconocido tomó el pan, pronunció la acción de gracias y lo partió. Entonces se abrieron sus ojos del todo y vieron que no fue una ilusión.

Tendremos pérdidas, caminaremos por cañadas oscuras, habremos de saborear el amargo sabor del pecado, pero el desaliento, la tristeza, el desencanto, la desilusión, no deben enraizar en nuestras vidas. Incluso, el odio del mundo debe sernos familiar. Somos, después de todo, discípulos de un condenado a muerte, de un hombre que fracasó, que colgaron desnudo de una cruz, fuera de la ciudad. Y no nos prometió mejor suerte. Pero de ese acontecimiento, brota la plenitud de la historia y de toda vida; es la revelación de un amor infinito, irreversible, incondicional, del que hasta donde su capacidad se lo permita, el sacerdote debe testimoniar. Ahora sabemos y creemos que tú eres!

Rindo homenaje admirado a todos los sacerdotes que a pesar de todas las contrariedades y limitaciones, comprendidos o incomprendidos, aceptados o rechazados, están ahí. Mucho se habla hoy del sacerdote, no bien; es noticia, no buena. Ni una voz se ha alzado en su defensa. (Solo los padres Salesianos están atendiendo a 400 mil refugiados. No es noticia). Admiro a los sacerdotes de esta Diócesis que en el estado de guerra que vivimos hace unos años, estuvieron en sus puestos atendiendo a víctimas y victimarios como capellanes de guerra y ninguno se fue de la ciudad. Nadie huyó. Admiro a sacerdotes viejos, por su entrega prolongada, sin monumentos, sin títulos, sin reconocimientos, ni día del…, sin homenajes, que están ahí dispuestos a dejar la vida en el surco. Entre ellos, al P. Payán que hoy cumple 62 años de servicio. Es de los padres fundadores de esta iglesia y a sus 86 años sigue activo. Y muy activo! Enfermos, Vega y Villanueva; Renato, Obispo. Espero no restarles méritos ante Dios por hablar así, pero creo que la gratitud es también una virtud. ¡Sed agradecidos!, aconseja el Apóstol.