“Oh! amor del eterno Dios,  comunicación sagrada  entre el Padre omnipotente y su Hijo bendito, Paráclito todopoderoso, más Consolador misericordiosísimo de los afligidos, penetra  hasta lo más profundo de mi corazón con tu poderosa virtud; ilumina con tu luz  radiante todos los rincones oscuros de esta despreciable habitación que es mi alma. Visítala, hazla fructificar con la abundancia de tu rocío, todo lo que éste largo período de sequía ha marchitado y sofocado.  Traspasa con el dardo de tu amor, la profundidad de mi alma; penetra  hasta el núcleo de mi  enervado corazón e inflámalo con tu saludable fuego; fortalece a tu creatura iluminando con la luz de tu santo fervor lo más profundo de mi mente y de mi corazón.

Cada vez que vienes a mi alma,  preparas en ella una morada para el Padre y el Hijo. Bendito aquel que es digno de tenerte a Ti como huésped! Por ti el Padre y el Hijo establecen su morada en él.  Ven entonces, benigno Consolador de las almas que sufren, protector en todas las circunstancias y ayuda en  las tribulaciones. Ven, Purificador de las faltas, Sanador de las heridas. Ven, fortaleza de la debilidad, Restaurador  de los que caen! Ven, Maestro de los humildes, Rechazador de los orgullosos!  Ven, Oh! Padre amoroso de los huérfanos, Juez misericordioso de las viudas! Ven, esperanza del  pobre,  fuerza del débiles! Ven, estrella de los navegantes, puerto  para los náufragos! Ven, Oh! suprema belleza de todo  lo que vive, y la única salvación para los muertos!

Ven, Oh! Santo Espíritu, ven y compadécete de mí!  Vísteme de ti mismo, escucha benignamente mis súplicas y ya que tu misericordia es tan grande, que mi pequeñez le agrade a tu grandeza y mi debilidad a tu fuerza, por Jesucristo, mi Salvador, el cual, con el Padre, vive y reina en unión contigo por los siglos de los siglos. Amén.” (San Agustín)