Su nombre de pila, un poco largo, Giovanni Battista Enrico Antonio Maria Montini, nació en  Brescia, Lombardía; 26 de septiembre de 1897. Nacido en una familia profundamente cristiana, bebió desde su infancia la belleza de la fe concretizada en sus padres. De frágil salud y una inclinación religiosa decidida, fue creciendo en la convicción de su vocación. Fue de esas personas que asumen la vida como totalidad.

 

1er. mov. Pablo VI se instala en esa lista de grandes hombres que cruzaron el s. XX. No solo como papa, sino como hombre de su tiempo, hombre de estado y que supo leer  a profundidad su momento, como lo han hecho, por lo demás, los santos. Giovanni Battista Re, ha señalado con tino, algunos aspectos de la personalidad de Giambatista Montini, que no son meras anécdotas, sino que reflejan la personalidad. “El gesto de quitarse la tiara,  (mitra de tres coronas, símbolo de la autoridad suprema del papa, ricamente adornada. Su origen es persa), era para mostrar al mundo que la autoridad del Papa no está unida a ningún poder temporal y humano. Pablo VI quería venderla, y que lo recaudado lo dieran a los pobres; la tiara terminó en el museo, mientras lo recaudado fue donado a madre Teresa durante el viaje apostólico a India”.

 

“El Papa Montini suspendió además la corte pontificia, reformó la Curia y prosiguió en el diálogo con los ortodoxos que había iniciado con Juan XXIII”. Rechazó la silla gestatoria para indicar su cercanía al pueblo,  gestos que correspondían a la profunda riqueza espiritual del Pontífice. El mismo Pablo VI explicaba esta riqueza diciendo: “A mi madre le debo el sentido de recogimiento y de oración, de la oración que es meditación y de la meditación que es oración”.

 

“Se dice que era un papa indeciso, en realidad, más que duda, lo suyo era una voluntad de profundizar”: Juan XXIII, con su sentido del humor, cuando preguntaba por Mons. Montini, decía: ¿cómo está nuestro hamletiano amigo? En realidad, quería escuchar las diferentes voces, profundizar las razones de los otros, y solo entonces decidía. Se hablaba de la daza de Pablo VI: “Un pasito para delante, otro para atrás; uno a la izquierda y otro la derecha, pero siempre para delante”. (Ugo Vanni). “Se reveló un gran hombre de diálogo, se dio cuenta que la mayor parte de las personas en el mundo no son católicas, por esto la actitud de la Iglesia tenía que ser la del diálogo respetuoso y del anuncio del amor”.

 

“Rico de espiritualidad, agudo en el análisis, genial en el encontrar soluciones, sensible en las esperanzas de los hombres de la época”, a él le toca el mérito de haber guiado el Concilio Vaticano II con mano firme, de haberse comprometido después en su aplicación. Juan XXIII “abrió las ventanas para que entrara aire nuevo a  la iglesia”, pero lo que entró fue un vendaval que amenazó con hundirlo todo, y el papa Juan ya no estaba ahí; el que estaba, ahora al frente de la barca de Pedro, era el “hamletiano” papa Montini. Tal vez por eso, al ser elegido, llorando pidió a los cardenales electores, que reconsideran su voto, y lo que sucedió fue que en la segunda votación más cardenales votaron por él. “Es casi sobrehumana la forma en la que Pablo VI ha guiado el Concilio”, dijo en una ocasión Benedicto XVI. El concilio, y el postconcilio, todavía más difícil. Designó  obispos a  J. Ratzinger y Karol Woytila.

 

Por su parte, el papa Francisco observó en una ocasión que “la herencia de Pablo VI no debería permanecer cerrada en su tumba”. Juan Pablo II dijo de él que “ha sido mi verdadero padre”, “un gran don para la Iglesia, pero también un gran don para la humanidad”.

 

De hecho, el papa Montini pasará a la historia también como un hombre de cultura, que apreció los descubrimientos del propio tiempo. Y que no era una papa ‘triste’ lo testimonia también la imagen del tapiz que fue colocado en la plaza de San Pedro este domingo para la beatificación. “Hemos querido romper la lógica del medio busto”, ha declarado  el padre Antonio Marrazzo. El Pontífice está retratado de pie, de cuerpo entero, sobre un fondo de sampietrini (adoquines típicos romanos), “para dar la imagen de un pastor que condujo a la Iglesia por los caminos del mundo”. “El gesto de Pablo VI”, alegre, con los brazos abiertos, “recuerda el encuentro, la acogida y el diálogo”.

 

“Nosotros no beatificamos un papa, beatificamos a Montini en su entera persona, no en su rol, sino a quien fue un modelo de vida cristiana visible por todos”, ha especificado quien  introdujo la causa de beatificación.  Se le atribuye un milagro acaecido en 2001. Gracias a la intercesión del futuro beato, se dio  la curación inexplicable de un feto. Hoy ese niño tiene trece años y no ha tenido nunca problemas de salud desde el nacimiento.

 

Un milagro que refleja la atención de todo el pontificado de Montini hacia los más débiles, si se piensa que fueron estas las últimas palabras proféticas de la homilía que hizo antes de morir: «En este compromiso ofrecido y sufrido de magisterio al servicio y en defensa de la verdad, nosotros consideramos imprescindible la defensa de la vida humana. El Concilio Vaticano II ha recordado con palabras duras que ‘¡Dios dueño de la Vida, ha confiado a los hombres la altísima misión de proteger la vida!’ Y nosotros, que consideramos nuestra puntual entrega y absoluta confianza a las enseñanzas del mismo Concilio, hemos hecho del programa de nuestro pontificado la defensa de la vida, contra todas las formas en las que pueda ser amenazada, molestada o incluso suspendida».

 

2º Mov. En 1978, Pablo VI estaba agotado. El último año había estado enfermo de gravedad, dos veces. El 14 de julio de ese año fue llevado a Castel Gandolfo, consciente de que no volvería a Roma. El 6 de agosto, le fue celebrada la santa misa en su recámara. En el transcurso de la misa, sufrió dos convulsiones. Se le ayudó para que recibiera la sagrada comunión antes de quedar semiinconsciente. Murió dos horas más tarde. Aquellas convulsiones anunciaba el infarto masivo a miocardio.

 

La fotografía más antigua que he visto de Mons. Montini lo presenta a lado de la mesa donde se están firmando los Tratados de Letrán, acuerdos firmados el 11.02 1929 por el cardenal P. Gasparri, secretario de Estado, en nombre de Pío XI, y por el primer ministro de Italia, Benito Mussolini. Delgado, mínimo, fino, de educación exquisita, se movió siempre en la diplomacia vaticana. A las 6 am, celebraba diariamente la misa y escuchaba la siguiente como acción de gracias. Desayuno frugal y a las obligaciones.

 

Muy de cerca trabajó con Pío XII. Don Carlo, un viejo amigo de siempre de Montini, me platicaba cómo escondió en los cuarteles de la Guardia Suiza a las princesas, entonces unas niñas, de la familia real de Saboya sin que Pío XII lo supiera  y ni los gobiernos italiano y alemán. Fue una acción temeraria.

 

Se distanció de Pío XII por un desafortunado incidente. Un familiar del papa estaba haciendo un uso indebido de recursos económicos de radio vaticana. Monseñor Montini se enteró y se sintió obligado a comunicárselo al papa. El papa tomó las medidas pertinentes, pero Monseñor Montini fue enviado como arzobispo de Milán. (Al llegar a Milán, besó el suelo de su diócesis; JP.II, adoptó el gesto). Dios escribe derecho en nuestros renglones chuecos. En esa circunstancia aviene el deceso de Pío XII. Lo sucede Juan XXIII. Cuando se celebró la ceremonia de visita de cardenales y arzobispos para saludar  al nuevo papa, – solía entonces besarse el pie de pontífice -,  cuando le tocó el turno al arzobispo Montini, Juan XXIII le dijo: “Levántese, Excelencia. Si yo estoy aquí es porque usted no era cardenal”. Humildad y el sentido del humor del papa Roncalli. En el primer consistorio, lo hizo cardenal.

 

Intermezzo. Yo recibí de sus manos el ministerio sacerdotal en 1975, en la fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo. Ya me he referido a ello. Una de las experiencias más profundas de mi vida fue, cuando me arrodillé ante él, para que me impusiera las manos; vi en su ojos, intensamente azules, un ternura infinita, reflejaba un amor que parecía venir de muy lejos,  como un encuentro ansiado, esperado desde siempre, y su sonrisa inspiraba la confianza plena en aquella meta de salida. Así, pero infinitamente más, debe ser Dios. Sí, hay quienes reflejan a Dios: la mirada transparente de los niños, por ejemplo, y el gesto y la actitud de los que aman.

 

Durante mis solitarios años de estudio en Roma, con mucha frecuencia, solía bajar a las criptas de la Basílica de S. Pedro. Con los ojos irritados por las horas largas de lectura, cansado, en silencio, con una rebeldía inexplicable que bullía en mis adentros,  me sentaba durante horas ante la tumba del Pablo VI. Una simple loza a ras de suelo; había terminaba la era de los mausoleos de los papas muertos. Entre más grande el mausoleo, menos santidad del difunto. Recuerda que eres polvo, y al polvo has de volver. Allí, en aquella humilde tumba, austera, mínima, están los restos de un hombre, de un papa, de talla histórico universal. Había pedido que su ataúd fuera se simple madera. Y yo, ahí, como Dostoievski ante la imagen de la Virgen y el Niño, de Rafael, en Dresde,  sentía, ante aquella tumba solitaria, en la penumbra apenas mitigada por la luz artificial, que me reconciliaba con la humanidad. Y conmigo. Vocación y destino; fidelidad, parecía decirme desde el silencio. “Jamás se arrepientan de esta elección”, nos había dicho en 1975.

 

En cierta ocasión, escribió J. Ratzinger: “he afirmado muy a menudo que estoy convencido de que la verdadera apología de la fe cristiana, la demostración más convincente de su verdad, contra toda negación, son de un lado los santos y de otro la belleza que la fe ha generado. Para que la fe pueda hoy crecer debemos guiarnos a nosotros mismos y a los hombres con los que nos encontramos a conocer a los Santos y entrar en contacto con lo bello”. “Los que aman son los que más saben de Dios, es a ellos a quienes los teólogos tienen que escuchar”. (U.H. von Balthasar). Y no sólo los teólogos, todos deberíamos escucharlos. Nada qué ver con el arte de los hombres, por sublime que sea; los santos son obra de Dios, no son estatuas inmóviles, son los auténticos intérpretes del evangelio, hombres y mujeres que han determinado la marcha de la humanidad. Pablo VI es uno de ellos.

 

3er. mov.- A principio de los 70s., el gobierno mexicano permitió, por primera vez, que el papa, Pablo VI, dirigiera un mensaje a los mexicanos con motivo de las fiestas guadalupanas. Solo recuero una frase: «No podemos estar tranquilos mientras haya un hermano que pase necesidad». Ni los obispos se la esperaban. Y aquí estamos, ahora, con la república en vilo porque la mayoría de los hermanos pasan necesidad. Estamos en un país que ocupa los primeros lugares en corrupción e impunidad. Lo que está sucediendo no sería posible sin la corrupción, en sus mil formas, y la impunidad. El presidente creyó que el problema de México era económico, e impulsó las reformas.

 

La situación de inestabilidad social entre nosotros, que se ha evidenciado en el microcosmos de Iguala,  queda patente en los artículos de Riva Palacio, y el contra punto de Sarmiento; ahí nos pintan la tenebrosa realidad de Guerrero y de todo México: Crimen de Estado o Crimen sin Estado. Guerrero es un cementerio clandestino ante el cinismo grotesco de los políticos y el papel detestable de los partidos. ¿Qué será más terrible? No sé si fue sueño; ahí mismo fue asesinado el presidente de un partido  por sus correligionarios por no “cumplirles”. Llama la atención el silencio mediático. Descomposición total de la política. Y el silencio cómplice. La dictadura perfecta. Mejor hablamos del ébola. Ante ese abismo se balancea México

 

El mundo noticioso son los árboles que nos impiden ver el bosque. Pero, si leemos bien, descubrimos  la clave.  Una nota perdida por ahí: “Ébola impulsa ganancias de farmacéuticos en la Bolsa”. (“Un día nos desayunaremos  oyendo las noticias sobre la Bolsa”. Nietzsche).  “Títulos de fabricantes registraron alzas de más del 100%”. Entonces, nos explicamos la escandalera. Los farmacéuticos ganan, mientras los murciélagos transmiten el ébola en las zonas donde se concentra la miseria más escandalosa,  vergüenza y escándalo de nuestro tiempo. En lenguaje bíblico, a esta generación se le va a pedir cuenta de tanto dolor. Es evidente la mentira, la gran mentira.  Occidente les ha robado todo y les ha pagado con armas y ha aupado los odios tribales, más elementales y rabiosos.  Puede usted ver un pálido reflejo de ello en el filme: Hotel Rwanda.

 

Por si fuera poco, a esto hay que unir el fanatismo y el radicalismo  del Islam. Lo único que sabemos se debe a  comunicados de las misiones católicas de esa zona. Los salesianos han lanzado su S.O.S. Suicidas que se hacen estallar durante la misa, aniquilándolo todo, escuelas que deben cerrar, jovencitas secuestradas, terror y más terror. Erradicar el cristianismo, a cualquier precio, tal es el objetivo.  En esta situación tan confusa e inexplicable tiene que haber, por fuerza, un “tercero en discordia”. ¿Quién sea? No me atrevo a decirlo aquí.

 

4º. mov.- Anuncio y alegría. Pablo VI, ante el panorama sombrío de la historia llamó siempre a la alegría, esa alegría que brota de la esperanza y de la certeza de un amor que nos aguarda.  El 6.04.1969, un domingo de Ramos, daba este mensaje: “Y sin embargo, hermanos e hijos carísimos y vosotros hombres reflexivos a quienes llega nuestra voz, el nuestro es un mensaje verdadero y es mensaje de alegría. El cristianismo, lo repetimos, no es fácil, pero nos hace felices.

 

Es feliz, no ya por las formas externas y temporales de las que se reviste la felicidad humana, desgarrada hoy por las «contestaciones» que surgen de su mismo corazón y que revelan su insuficiencia, su inconsistencia, su injusticia, su caducidad; sino por las razones invencibles sobre el horizonte humano donde esparce sus destellos, signos y llamadas hacia una plenitud superior, golpeando las puertas del corazón del hombre (cf. Ap. 3,20) para una inefable comunión sobrenatural; razones de toda la economía de la salvación que nos ha sido ofrecida precisamente para liberar nuestras más graves y de por sí insanables miserias interiores, nuestras faltas, y que se nos ha comunicado para dar una solución positiva a todas las cosas (Rm. 8,28), aun las más negativas: el dolor, la pobreza, la fatiga, la desilusión, la muerte”.