• Primer Domingo de Adviento.

     

     

    “Que el hombre hecho de barro

    no vuelva a sembrar el terror”

    Salmo 9B

     

     

    Este domingo, la iglesia inicia el adviento, un tiempo especial de preparación para la Navidad. Sabiendo que en nuestra sociedad industrial y consumista, este período coincide con el lanzamiento comercial más agresivo del año, el adviento debe ayudarnos a valorar las actitudes trascendentes. Con su mensaje de espera y esperanza, el adviento ha de ayudarnos a afirmarnos como signo alternativo de una sociedad en la que las áreas de la desesperación parecen más extensas que las del hambre y el subdesarrollo. Si la iglesia es capaz de compartir este mensaje, haría un bien muy grande a nuestra sociedad en el contexto actual de desesperanza e incertidumbre.

     

    Adventus designaba, en el mundo latino, el estado de ánimo ante la visita inminente del emperador. De ahí toma la liturgia la palabra para recordar que siempre es adviento. Adviento es mirar al futuro; nuestro Dios es el Dios del futuro, el “Dios del venir”, (J.R. Jiménez). El Dios de las promesas. Adviento es aguardar al que viene: el que está viniendo, el que está cerca, el que está en medio de nosotros; el que vino ya. Adviento es la esperanza, las esperanzas de todos los hombres del mundo. Nuestra esperanza de creyentes se cifra en un nombre: Jesucristo.

     

    Los tiempos no son fáciles. Nos movemos en un ambiente de paz perturbada, rota; se respira violencia, incertidumbre. Desesperados esfuerzos humanos para solucionar los problemas. La política está en bancarrota. El desencanto democrático y los propios conflictos y fracasos personales, han de conducirnos a un redescubrimiento de la oración y del perdón. Menos activismo y una actitud de escucha y compasión, de pasividad adquirida, de serenidad en la acción. El adviento es tiempo de escucha, de silencio, de oración.

     

    Nuestra vida está marcada dolorosamente por el activismo que nos aparta de nosotros mismos; se trata del hombre fáustico, imaginado por Goethe, que cree ver la acción en el principio. Para él, al principio no era el Logos, la Palabra, sino la acción. La sola acción, entregada a sí misma, ha conducido al hombre fáustico al desastre en que hoy se halla el mundo. Y lo que ahora se impone es rectificar el camino volviendo al “principio” ordenador de la creación, al Logos, razón que ordena el caos.

     

    Es entonces el momento de la liturgia. No solo es equivocada una idea genérica de Dios, sino hasta peligrosa. Frente a subjetivismos y relativismos y autosugestiones, ante las privatizaciones de la idea de Dios, está la acción objetiva de la liturgia que nos vincula con lo sagrado. Sin la liturgia, la idea de Dios se convierte en fanatismo, en superstición, en santería, en rezandería, es decir, la idea de Dios se deforma; sin la liturgia, Dios es rebajado a la categoría de ídolo manejable. La liturgia es, entonces, por el misterio que celebra, acción correctora y nos ayuda a situarnos (cristianamente) en el tiempo y por lo tanto en la vida.

     

    No obstante la fuerza poderosísima de la corriente mercantilista de estos días (y de todos los días), no debemos olvidar la profunda naturaleza religiosa de este tiempo. El adviento nos prepara para celebrar el acontecimiento más grande de la historia. El cristianismo es la única religión de un Dios encarnado. Las otras grandes religiones monoteístas, el Islam y el Judaísmo, prefieren mantener a Dios en la absoluta lejanía, allá en el cielo; y, mientras Dios está tan lejos, ellos tratan de arreglar, a su muy especial manera, las cosas aquí en la tierra.

     

    Nosotros nos aprestamos a celebrar “el momento más importante de la historia” y debemos enfrentarnos a “esa terrible reducción de banalidad” (B.XVI) que es el mercantilismo. El Adviento lleva a la epifanía (manifestación) de Navidad: Dios, por amor, se nos manifiesta en la condición humana, bajo los rasgos del “niño envuelto en pañales y recostado en el pesebre”, según expresión temblante y queda de Lucas, como midiendo las palabras, temiendo hablar demás y, así, dejarnos en silencio ante al misterio. Solo cabe la contemplación.

     

    El Adviento está caracterizado por un fuerte llamado a la reflexión personal y comunitaria, nos llama a revisar “el combustible mental con el que vamos caminando nuestra existencia” (G. Marcel). A la manera de la aeronave que va revisando y, en su caso, rectificando constantemente el plan de vuelo, el hombre, y la sociedad misma en su conjunto, ha de abrir espacios especiales para reflexionar sobre los derroteros que van siguiendo. El Adviento nos pone en el estado de espera atenta y activa de un acontecimiento decisivo.

     

    El Leit motiv del Adviento se resume en un “estén alertas”. ¿Qué significado tiene esta advertencia pronunciada por el Bautista y por Jesús de Nazaret al inicio de sus respectivos ministerios, hace ya 2000 años? Primero, significa estar atentos a la llamada de Dios en el aquí y el ahora de nuestra existencia; cada momento de la vida nos pone ante una decisión (crisis); todos los acontecimientos son otras tantas voces de Dios. El juicio del Hijo del hombre se refiere al comportamiento presente en relación con el prójimo. Las decisiones equivocadas o justas de hoy pueden significar el juicio o la gracia finales. ¿Qué nos dice, Dios, en los sucesos de violencia criminal, de complicidades y corrupción, vistos hasta la saciedad?

     

    Segundo, significa estar atentos ante un futuro que está más allá de cualquier programación humana, más allá de todo lo que puede contenerse en nuestras programaciones. Programar es la obsesión actual: programar nuestra vida en todos y cada uno de los detalles, es tarea imposible. Pero hay una instancia que no puede olvidarse antes de cualquier intento de programar el futuro. El que agudiza la propia sensibilidad para descubrir aquello sobre lo que no tiene dominio, el que no teme al riesgo y toma en serio la incertidumbre de toda cosa terrena, se abre al Dios que viene. “Al Dios del venir”. La esperanza cristiana es la adecuada actitud fundamental en la cual vale la pena ejercitarse.

     

    Tercero, significa estar alertas por el Dios del futuro que cierra soberanamente la historia humana y que en Cristo Jesús, el Hijo del hombre, que vuelve, recompensará a cada quien según sus obras.

     

    Cuarto, significa, por último, estar preparados para el encuentro personal con Dios, trámite nuestra propia muerte. “Vivir es ese encuentro, «tú por la luz», el hombre por la muerte”. La imagen del Hijo de Dios como juez que nos revela la escritura quiere mostrarnos la instancia entre la cual debemos hacer nuestras opciones operativas en el hoy de nuestra vida.

     

    Pero, hablar en estos términos, ¿no es salirnos de la realidad? Creo que no. De nuevo parece que se valora el consejo de los clásicos del pensamiento sociológico y cultural, de mirar hacia la religión para tratar de husmear en algunos cambios en la sociedad y en la cultura; además, bien sabemos que la solución a los grandes y variados problemas que enfrentamos no es exclusivamente de orden político o económico.

     

    La solución a los grandes problemas de hoy mismo, exige considerar seriamente la alternativa de índole religiosa, en su mejor acepción. No deja de asombrarme el análisis que desde las ciencias humanas se hace de la problemática actual; se trata de un brillante despliegue de la razón. Pero tal parece que ver, querer y ansiar el bien, la belleza, la justicia, la verdad, la paz y la reconciliación, está al alcance de la razón, realizar tal ideal, ya no. Necesitamos otra alternativa. El filósofo francés André Glucksmann refiriéndose a los disturbios callejeros en Francia de hace algunos años – y que han vuelto a revivir casi idénticos-, hace una reflexión que nos incumbe a todos y que va más allá del caso particular. Quemar vehículos vacíos es un delito, dice. Incendiar autobuses, vaciar galones de gasolina debajo de los pasajeros y prender una cerilla es un crimen. ¿Hace falta ser filósofo para distinguir entre la violencia contra las cosas y el terror contra las personas? Se ha traspasado un límite. “Ha llegado la hora del nihilismo”. ¿Por qué, ahora, la sociedad es agredida por los “protestantes”?

     

    Se toma en serio el eslogan hasta ahora fantasioso de “!que se joda todo!”. Los casos de crueldad no suscitan el menor sentimiento de horror o de repulsa en los insurrectos. Dos jóvenes africanos que se electrocutan al huir de la policía (ahora dos jóvenes africanos, se matan al huir en su moto, de la policía), es el detonante de la violencia en las ciudades francesas; y el hecho es deplorable, pero no tienen una palabra ni una mirada para las victimas y los muertos que ellos causan. Como si, traspasado el umbral de la dignidad humana, la lucha se volviese normal.

     

    “El odio hacia sí mismos, el odio hacia los demás y el odio hacia el mundo son compañeros de viaje. Se revalidan aterrorizando a su entorno a golpe de coctel molotov transformando las tuberías de gas en antorchas, contribuyendo a la destrucción general. “Quemo, luego existo”. Todo movimiento contestatario violento es presa de estas tentaciones. Pero éstas triunfan cuando el odio toma el mando y los incendiarios defienden su fuerza únicamente en función de su capacidad para hacer daño. Reflejan su poder y celebran la asunción de su virilidad en las llamas que devoran su lugar de nacimiento.

     

    Nosotros estamos viviendo en México tales situaciones con costos sociales muy altos. Simplemente en la educación donde se ha causado daños irreversibles. Hace unos dos años veíamos la escena patética, sin más, del viejo campesino mexicano que ante las oficinas donde residen los poderes que manejan del desastre del campo mexicano, como signo de impotencia y de desesperación, amenazaba con clavarse un cuchillo en el vientre. Se trata de acabar de una buena vez con la muerte lenta y desesperante a la que se ven sometidos nuestros campesinos. O el rumano inmigrante en Madrid que se prendió fuego ante las puertas de las autoridades migratorias, delante de su esposa e hijos pequeños. Impotencia y desesperación.

     

    El filosofo se refiere a una situación muy concreta pero que, sin embargo, es una situación que de distinta manera vivimos en todo el mundo y vivimos también en México. Con toda naturalidad, leemos: Decapitan a once en Guerrero. Se trata del absurdo en que la vida se convierte para muchas personas, para muchos de nuestros jóvenes.

     

    Entre nosotros, el nihilismo toma sus propias formas, no es teórico, es vivido simplemente. Nihilismo es la filosofía de la nada y de la desesperación. El odio a sí mismo, a los demás y al mundo y el desprecio a Dios, tiene expresiones muy concretas y se echa de ver en las ejecuciones, en los asesinatos, en el tenebroso mundo del llamado crimen organizado, en el mundo sombrío de la pandilla, en el abuso infantil en todas sus formas, en esa violencia generalizada que se hace ya forma de convivencia, en la cultura en que estamos inmersos que nos obliga a vivir en la periferia de nosotros mismos.

     

    Sé que es demasiado pedir aventurarnos hasta las causas últimas. Ciertamente, lo que está sucediendo estos días en México, poco tiene qué ver ya con Ayotzinapa; en todo caso, es la expresión del hartazgo social. Cuando se publica que, de los noventa y tantos municipios de Guerrero, 86 están infiltrados por el narco, a lo que se añade dos guerrillas, tres o más grupos del crimen organizado luchando por las plazas, el conflicto magisterial recrudecido, más la delincuencia común, la pobreza y la marginación, sabemos que estamos ante la tormenta perfecta.

     

    En un psicodélico artículo, J. F. Fernández, escribe: “En diversos paisajes de México era común ver los campos alfombrados por rojas amapolas, pero al parecer de la especie Papaver somniferum, pequeño manantial del opio, de cuya goma se transpira la heroína. A diferencia de la Papaver rhoeas (llamada Red Poppy en inglés y Coquelicoten francés) la somnífera heroína de las flores rojas no se asocia a los extensos prados verdes de los cementerios perfectamente cuadriculados por cruces blancas, sino a las barrancas anónimas, parajes ignotos y cañaverales escondidos como los que ahora apenas dicen estar descubriendo las autoridades y policías de México en el estado de Guerrero. Allí donde durante décadas han sido tirados cadáveres anónimos o supuestamente olvidados de cientos de muertos, guerrilleros, campesinos inconformes y al parecer, también estudiantes aspirantes a maestros, se sabe ahora que proliferan ricos campos de amapolas –rojas y de otros colores—que son el manantial del verdadero negocio del crimen organizado posmoderno que durante los últimos años, desde hace décadas, ha cogobernado Guerrero en siniestras alianzas con políticos corruptos, caciques despiadados y otras momias de la peor calaña. Todos asesinos. (El País. 18.11.14). Tal es la situación, a secas.

     

    La auténtica toma de conciencia de la dimensión espiritual y trascendente ha de incrementar el compromiso de redimir la historia y de preparar, mediante el servicio a la verdad y al hombre sobre la tierra, la materia del reino de los cielos. El cristianismo verdadero, no el deformado por escapismos, mediante el Espíritu actúa en el corazón del hombre, no solo inspira el anhelo del mundo futuro, sino que robustece el compromiso para hacer más humana la “ciudad terrena”. La espiritualidad del adviento, su mística, es una inmensa fuerza que nos invita a la esperanza. Es una invitación a mirar “Al que viene, al está en medio de nosotros; al que ha venido ya”. Ojala mi iglesia viva y transmita esta verdad.

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