• Rebelarse o morir.

    Que así titula J. Ramos su artículo aparecido en este medio. Pero existe una pregunta anterior: rebelarse, ¿contra quién; o mejor, contra qué, exactamente? Y, morir ¿para qué y por quién? Cierto, muchas veces es preferible cualquiera otra cosa a seguir soportando la supina estupidez y la gran mentira.
    El dato que da Jorge Ramos, según el cual, en México, de diciembre  del 2012 a septiembre de 2014, la suma total de asesinatos asciende a  34, 892, es estremecedor, parece increíble. ¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Podemos hablar de un país en paz, atractivo, que invita a la visita? México ya no es el paraíso. ¿Cómo puede seguir funcionando este país? Porque funciona. Pero funciona a la venta. China ha comprado Argentina. Ahora, tenemos que convencerlo que compre México. Bueno, sus materias primas. Los mexicanos, que se maten entre ellos, over nothing. Que la política siga siendo, antes que vocación y servicio, modus vivendi, enriquecimiento, sed de poder, corrupción, despilfarro de dinero al infinito.

    ¿Hemos pensado, los mexicanos, a cuánto asciende el gasto destinado a enfrentar la inseguridad? El dato existe; yo  no lo conozco; pero, como todo en México, ha de ser estratosférico. E inútil. En el muy poco probable caso de que ese dinero su pudiese destinar a otros fines más humanitarios, y que los hombres, hechos de polvo, dejaran de sembrar el terror, cuántas cosas irían mejor.

    L. Chinchilla, expresidenta de Costa Rica, afirma con razón: “La violencia es la gran epidemia que ha venido golpeando a América Latina. Sus antecedentes hacen presumir que tiende a ser endémica en esta región. En los últimos años se ha manifestado a través de la delincuencia común y organizada; en el pasado lo hizo de la mano de represión política”. Y agrega: “Varias décadas después de esa epidemia de violencia política, el virus de esta enfermedad ha mutado en violencia criminal. Esta última llegó a mostrar sus peores efectos en Colombia y Perú y hoy lo hace en México y el norte de Centroamérica, aunque ningún país está exento de ella y la padecen en diferente escala.

    De acuerdo al PNUD entre 2000 y 2010 se perdieron más de 1 millón de vidas humanas por causa de la violencia criminal, es decir, cerca de 100,000 muertes por año. Como si no fuese poco la pérdida de vidas humanas, la violencia se ensaña de manera particular en la población más joven –el más valioso activo de las naciones latinoamericanas-, para la cual el riesgo de ser víctima de un homicidio doloso es más del doble que para el resto de la población”. Esta “guerra” es más devastadora que las guerras organizadas, hoy mismo, en el mundo islámico. Es muy difícil que una guerra, una de esas guerras, organizadas desde fuera del escenario, presente esas cifras. Ese dato  nos hace pensar en la sangrientas guerras centroafricanas de hace unos años. El denominador común es la ambición política y su ineficiencia. La situación marginal, en todos los aspectos, en que  “vive” esa juventud, determina ese nihilismo empírico y brutal. Si hemos de creer a lo dicho, fueron unos jóvenes quienes asesinaron y calcinaron a otros jóvenes, en Guerrero. Es dato que se repite a lo largo y ancho del país; maduros para matar, inmaduros para vivir. ¿Qué seduce su mente y los embarca en una aventura sin futuro? Las protestas, cada vez más violentas, están protagonizadas en su mayoría por jóvenes.

    Amén de impactar negativamente en la economía, pone de manifiesto lo que es una sociedad enferma: la terrible enfermedad de la violencia. Y una sociedad enferma no puede producir individuos sanos. La violencia ha de ser tipificada como una enfermedad. La Sra. Chinchilla titula su artículo: “El ébola de América Latina”. Este virus ha mutado, de la violencia  ejercida por los gobiernos represivos y dictatoriales a la violencia criminal actual. “Es una enfermedad que no se conforma con cobrar vidas humanas, también corroe los fundamentos mismos de la institucionalidad y pone en riesgo el pacto social fundamental”. Es nuestro caso.

    “Otros efectos de la violencia criminal resultan igualmente devastadores en una multiplicidad de aspectos. Para sociedades con niveles de desarrollo bajo o medio, se distraen recursos en cantidades que en algunos países alcanzan hasta el 10% del PIB. Ciudades y naciones enteras experimentan drásticas caídas en el turismo o en los flujos de inversión, frenando el crecimiento y restando competitividad a sus economías. La desconfianza y el temor se apoderan de los ciudadanos, debilitando el capital social, una de las fortalezas del desarrollo latinoamericano. Como corolario, las instituciones públicas terminan siendo blanco de críticas y descontento y se incentivan respuestas fuera del marco de la ley, poniendo en riesgo los aún precarios procesos de consolidación de la democracia y del Estado de Derecho”, concluye la Sra. Chinchilla M. (El País. 11.11.14).

    Karla Morales R.  ha escrito con razón que “La gravedad de las situaciones que nos afectan no radica exclusivamente en la situación como tal, o en quien la genera, sino también en quienes la permiten, ignoran y toleran, siendo cómplices: “el mal triunfa cuando los buenos no hacen nada”, es la máxima que se le atribuye a Edmund Burke y a tantos más. El caso de los jóvenes desaparecidos está en una fase de desgaste mediático; las primeras noticias apuntan en otra dirección. La polarización no debe impedirnos ver los intereses que están en juego. ¿Quién está jalando el drama hacia un callejón sin salida?

    A la manera de corrientes submarinas poderosas, existen fuerzas que han hecho de esa tragedia, botín. La causa eficiente de ese trágico episodio fue narcopolítica. Es lo único que ha quedado claro hasta el momento, y de lo cual se habla poco. Lo demás dependerá de los resultados en Innsbruck.  Riva Palacio ha documentado, con información privilegiada, el fondo de ese movimiento, sus intereses y los puntos débiles del gobierno.

    “Un caciquismo exacerbado que va más allá de partidos políticos, una desigualdad social lacerante en la que conviven la pobreza más extrema (particularmente de indígenas mixtecos y nahuas) con lujosos destinos turísticos, la corrupción rampante, la violencia política y la impunidad, la tradición guerrillera y de desafío a la autoridad y la represión brutal como respuesta, la geografía accidentada que hace de la región una de la mayores productoras de marihuana y heroína del país y una ubicación estratégica en la ruta de la cocaína sudamericana hacia Estados Unidos. Son los ingredientes de un peligroso cóctel que sólo necesitaba un detonante como lo sucedido en Iguala para explotarle en las manos al gobierno mexicano”, tal es la razón última del conflicto. (P. Pérez A. El País.11.14.14).

    La situación nacional está tomando matices cada vez más surrealistas, contenedores de inmensos riesgos. La problemática tiene ya  un alto costo para el país. Sin embargo, en medio de la gran mentira que nos envuelve, como una atmósfera; en medio de la sospecha y la incertidumbre, la mayoría de los mexicanos sueñan, trabajan, luchan sorteando la adversidad. Antes que añadir más datos, detalles prolijos de la estupidez, el pensamiento se dirige a la pregunta radical y dolorosa, ¿por qué las cosas tienen que ser así? ¿Por qué el odio, la envidia, la avaricia, el rencor han de determinar la acción? ¿Por qué, no pocas veces, nuestros dirigentes han de ser personas afectadas por la enfermedad de la violencia? Nada tan violento como el discurso político porque la política es la nueva religión. Es ahí donde se dan las batallas más sórdidas y devastadoras. ¿Cuál es el componente político de la actual crisis nacional?  ¿Por qué ha de ser así? En última instancia nos preguntamos sobre el origen y la naturaleza del mal.

    Desde todos los ángulos, al hombre no le queda más remedio que preguntarse sobre este tema; las respuestas las encontramos en las mitologías, en la Biblia, en relatos de origen. Bien titula Safranski su estudio sobre el tema: El Mal o el Drama de la libertad.  No hace falta recurrir al diablo para entender el mal. El mal pertenece al drama de la libertad humana. Es el precio de la libertad.

    El hombre no se reduce al nivel de la naturaleza, es el «animal no fijado» como decía Nietzsche, es decir, el hombre no es fatalmente, sino que se define, se hace a sí mismo en su acción cuando elige o rechaza. Y puede elegir equivocadamente. El hombre puede decir «sí» y encaminarse a su plenitud; o puede decir «no» y conocer la experiencia de la nada y puede elegir la aniquilación. Las religiones nacen, sin duda, de la experiencia de esta deficiencia radical del hombre. Y, entonces, es necesario volver la vista a los orígenes. Algo estuvo mal desde el principio. El pecado original, en la biblia, responde a la pregunta. A su manera, el mito expresa lo inefable. Tal es el mito de Pandora.

    Para J.P.  Vernant, especialista en la materia, el rol de mito de Pandora  es el de la justificación teológica de la presencia de fuerzas oscuras y contradictorias presentes en la historia de la humanidad. Al intentar Prometeo obtener para los hombres más de lo que debían recibir, arrastra a la humanidad a la desgracia: Zeus le da a los mortales un don ambiguo, mezcla de bien y mal, una peste difícil de tolerar pero de la que no se puede prescindir. Es el engaño mismo disfrazado de amante, de mujer hermosa; es el poder de seducción del mal, de lo ambiguo. Prometeo se equivoca al querer ser el redentor de los  hombres.

    Pandora es la responsable de comunicar al mundo humano los poderes representados por la estirpe de la Noche, de las tinieblas: de ahora en adelante, toda abundancia convive con Pobreza, a la juventud sigue Vejez, y la justicia contrasta con Discordia. Pero, sobre todo, ante la verdad estará siempre la anti-verdad, la mentira, el anti-Dios. En el griego clásico, estos males son nombres propios. En aquella mítica caja estaban todos los males de la humanidad. Y es que el mal y esa extraña y fatal estupidez humana, no son explicables con la Lógica de Aristóteles; siempre queda un resto que no cuadra, algo de misterioso que se resiste a toda explicación. El mito tiene la función de hacer accesible lo que de suyo es inaccesible; en este caso, es intento de aproximación al misterio del mal. Así pues, cuando alguien inicia una acción o adelanta una iniciativa que degenera en la fuente de infinitos males, se dice de él que abrió la caja de la tal Pandora.

    La mentira, el anti-dios, siempre estará ahí para enturbiar la realidad. El diablo es el padre de la mentira, es mentiroso desde el principio.  La mentira nos es familiar desde los albores de la historia escrita. El hábito de decir la verdad jamás ha sido enumerado entre las virtudes políticas, y las mentiras son siempre consideradas instrumentos justificables en el quehacer político. Tal vez aquí está la perversión radical, cuando se crean las condiciones necesarias para desarrollar una mentalidad que permita realizar las peores atrocidades sin que tiemble la mano. Y cuando esto, por razones múltiples, se va haciendo una cultura, la sociedad llega a un punto de no retorno, porque no se tienen los mecanismos de revisión, de evaluación, y no se siente la necesidad, desde ningún punto de vista, de la rectificación. Una frase de Arendt es conclusiva, ilumina nuestra realidad: «La triste verdad es que el mal es realizado, la más de las veces, por aquellos que no han decidido estar o actuar ni por el mal ni por el bien».

    Sería interesante rastrear la genealogía del humanismo de nuestros días, un humanismo que el diablo ya no quiere comprar. Sin duda su gran antepasado es Nietzsche. En la rebelión de este autor  contra todo orden hay una grandeza innegable. Pero Nietzsche es el primero en haber afirmado que sólo se puede construir al hombre sobre la muerte de Dios. Y así vino a definir ya él la actitud que ahora examinamos. Nietzsche experimentaba frente a Dios una especie de envidia. Le resultaba insoportable tener que reconocer una grandeza que él no podía poseer.

    Verdaderamente es en él en quien se expresa el ateísmo positivo, para el cual el hombre sólo existe si es el valor supremo. Nietzsche vio también con claridad el vínculo que existe entre Dios y una moral objetiva. Fue el primer representante de la moral de situación. Vio muy bien que la moral era inseparable de Dios, que no era una ley abstracta, sino la expresión de una voluntad personal. Y su trasmutación de valores consiste en sustituir una moral recibida de otro por una moral que se da él mismo.

    En esto se resuelve la tentación diabólica del paraíso: «seréis como dioses, capaces de determinar lo que es el bien y lo que es el mal». En esa tentación cayó Nietzsche; y el humanismo contemporáneo que ha decidido eliminar a Dios y, así eliminar el problema del bien y del mal. Lo que queda es el caos original.

    La disyuntiva no es, entonces, rebelarse o morir, sino elegir entre la vida y la muerte. “Escoge la vida y vivirás”, dice el texto sagrado.

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