• Regalo de Navidad

    Querido hermano: el tiempo del Adviento se ha ido haciendo, momento a momento, más denso en su contenido doctrinal y celebrativo. La presencia de lo femenino, visible en la actitud adventual de María y en todas las mujeres que engendraron hijos, traza la historia de salud. Adviento es siempre un llamado a la esperanza, a la esperanza que no defrauda porque el Espíritu de Dios ha sido derramado en nuestros corazones. En la Liturgia actualizamos el misterio: nos preparamos para recibir a Cristo que viene hoy a nosotros, nos preparamos para celebrar el nacimiento del Redentor en nuestro “hoy”. “Animaos unos a otros, día tras día, mientras dura esto hoy”, aconseja Hebreos (3,13). No se trata de arqueología: “Con el nacimiento de tu Hijo, que viene a salvarnos, llena, Señor, de alegría nuestros corazones, entristecidos por el pecado e indignos de tu amor.” (Oración colecta. Jueves 3ª semana de Adv.)

    Como un presente navideño comparo contigo una antología sobre un Salmo que, a mi juicio, es “un salmo netamente adventual y navideño”. Se trata del salmo 84 (85): “La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan”. He aquí aquello a lo que nos prepara el Adviento, he aquí la manifestación que se nos anunciaba. No resulta tanto de trastornos cósmicos extraordinarios cuanto de una nueva iluminación, de esta nueva luz que nace en Belén y nos permite ver todas las cosas bajo un aspecto nuevo: Hasta en lo que el ser tiene de más pobremente material y más efímero nos invita Dios a captar lo que en él puede haber de más ricamente espiritual y de más perfectamente eterno.

    Texto. Sal. 84 (85)

    Lamentación colectiva, con oráculo de salvación.

    2 Señor, has sido bueno con tu tierra
    has restaurado la suerte de Jacob,
    3 has perdonado la culpa de tu pueblo,
    has sepultado todos sus pecados,
    4 has reprimido tu cólera,
    has frenado el incendio de tu ira.
    5 Restáuranos, Dios salvador nuestro,
    cesa en tu rencor contra nosotros.
    6 ¿Vas a estar siempre enojado,
    o a prolongar tu ira de edad en edad?
    7 ¿No vas a devolvernos la vida,
    para que tu pueblo se alegre contigo?
    8 Muéstranos, Señor, tu misericordia
    y danos tu salvación.
    9 Voy a escuchar lo que dice el Señor:
    «Dios anuncia la paz
    a su pueblo y a sus amigos
    y a los que se convierten de corazón».
    10 La salvación está ya cerca de sus fieles
    y la gloria habitara en nuestra tierra;
    11 la misericordia y la fidelidad se encuentran,
    la justicia mira desde el cielo.
    13 El Señor nos dará la lluvia,
    y nuestra tierra dará su fruto.
    14 La justicia marchará ante él,
    la salvación seguirá sus pasos.
    El poeta inglés, J. Milton en su “Oda a la Navidad” escribe:

    “Sí, la fidelidad y la justicia, entonces,
    volverán hacia los hombres,
    envueltas en un arco iris;
    y, gloriosamente vestida,
    la bondad se sentará en medio
    se sentará con un rayo celeste
    tejiendo a sus pies centellantes un celaje de nubes.
    Y el cielo, como una fiesta
    abrirá totalmente las puertas
    de su grande palacio”.

    Este salmo es una deliciosa composición particularmente querida a la tradición cristiana. En 1902, Kirkpatrick escribía en su comentario a los salmos: “El mensaje de paz (Lc 2,14), la cercanía de la salvación (Mt 1,21; Lc 2,30ss), la gloria divina que habita sobre la tierra (Lc 2,32; Jn 1,14), la unión de la bondad y de la fidelidad, de la justicia y de la paz (Jn 1,17; Rm 5,1), la llegada de Dios precedida de la justicia que traza para su pueblo el camino que ha de recorrer, todas estas bendiciones nos fueron dadas en Cristo con una plenitud y realidad que sobrepasan extraordinariamente todo lo que el salmista podía sospechar”. Este salmo optimista y entusiasta ha entrado, de hecho, alegóricamente en la liturgia del Adviento y de la Natividad, también en el espíritu de Rm 14,17 que citaba las principales virtudes divinas de nuestro salmo: «el reino de Dios no es cuestión de comida o de bebida, sino de justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo».

    Y S. Efrén Sirio no dudaba en ver en María aquella «tierra que da su fruto» del verso 13 de nuestro salmo. “María es el campo que jamás conoció el arado; de ese campo se ha levantado, sin embargo, la gavilla de las bendiciones; sin simiente ha dado al mundo el Fruto. Venid a mí, sabios y profetas, alégrense conmigo porque yo llevo la gavilla de la alegría”. El abate Calmed (1672-1757) explicaba de la manera siguiente ese salmo: “Cuando Cristo apareció en el mundo, él salió como un brote del seno de la tierra y como un puro don del cielo. Salió del seno del Padre, nació del seno virginal de María. María es como una tierra virgen que produce su fruto”. En efecto, tradiciones que se remontan al primer siglo nos hablan de María “como la tierra virgen” que ha recibido la semilla y han germinado para nosotros la justicia, la fidelidad, y el gozo.

    El Papa B.XVI, comenta el v. 7 del salmo 66, paralelo al nuestro, de la manera siguiente: “La tierra ha dado su fruto» (Sal 66,7). En esta imagen del salmo que hemos escuchado, en el que se invita a todos los pueblos y naciones a alabar con júbilo al Señor que nos salva, los Padres de la Iglesia han sabido reconocer a la Virgen María y a Cristo, su Hijo: «La tierra es santa María, la cual viene de nuestra tierra, de nuestro linaje, de este barro, de este fango, de Adán […]. La tierra ha dado su fruto: primero produjo una flor […]; luego esa flor se convirtió en fruto, para que pudiéramos comerlo, para que comiéramos su carne. ¿Queréis saber cuál es ese fruto? Es el Virgen que procede de la Virgen; el Señor, de la esclava; Dios, del hombre; el Hijo, de la Madre; el fruto, de la tierra» (S. Jerónimo, Breviarum in Psalm. 66: PL 26,1010-1011). También nosotros hoy, exultando por el fruto de esta tierra, decimos: «Que te alaben, Señor, todos los pueblos» (Sal 66,4. 6). Proclamamos el don de la redención alcanzada por Cristo, y en Cristo, reconocemos su poder y majestad divina”. (12.12. 2011)

    Sobretodo, el final del salmo, con todo el cortejo de las virtudes del amor divino, en la relectura cristiana se convertía en un campo de ejercicios tipológicos. Así Berllamino veía en el v. 10 como un preludio de Jn 1,14: “el Verbo puso su tienda en medio de nosotros y nosotros hemos visto su gloria”. Bossuet en los vv. 11-14 proclamaba que en la redención de Cristo la paz y la virtud cantadas por el salmo se han instaurado plenamente sobre la tierra (Lc 1,69; Jn 1,17; 14,27;16,33; 17,22; Rm 14,17; Ef 1,3-14; 2,11-22; Col 1,15-23). A estas virtudes divinas que centellean en el salmo, Orígenes dedicaba una larga porción de su homilía sobre el Libro de Josué, el Crisóstomo exaltaba el encuentro entre bondad y justicia como la única vía para la salvación del pecador, Tomás de Aquino recordaba sobre la base del v. 11 que, “el rigor de la justicia está siempre subordinado a la caridad”, y S. Bernardo, en su sermón (XXIX) sobre Romanos , escenificaba vivamente un debate entre las virtudes citadas en nuestro salmo y el Padre de las luces, ante el doloroso hecho del pecado de Adán. La victoria será la victoria del amor más fuerte que la muerte a través de Cristo.

    Una pieza dramática que solía representarse en la región de los Balcanes, refiriéndose a este salmo, decía: “Si no hay nada más justo que la justicia, hay sin embargo uno más justo que la justicia. Aquél que ha hecho la justicia, aquél en el cual la justicia es misericordia, la justicia y la misericordia se han abrazado en forma tal que es imposible reconocerlas o separar una de otra”. Y S. Agustín, refiriéndose al v. 9, en su comentario a este salmo escribe: “Ea, pues, hermanos ¿Queréis esta paz de Dios? Entonces, convertid a él vuestro corazón”. De hecho, también la parte inicial del salmo que celebra el perdón divino de los pecados (“aversus est ab ira propter clementiam”. S. Jerónimo) era a los ojos del lector cristiano una preparación penitencial a la alegría del encuentro de la paz con Dios. Escribía S. Roberto Bellarmino a propósito del v. 3 de nuestro salmo: “haz escondido nuestros pecados para no castigarlos y dado que Dios no puede no ver lo que realmente es por cuanto se les oculte o cubra, así, cuando Dios cubre los pecados es porque los cancela y los perdona. Los cubre, no con un velo que los esconda, sino con un medicamento que los cura y los sana”.

    He querido ofrecer esta antología de la interpretación cristiana, haciendo a un lado el bagaje técnico de la exégesis, de este salmo, “uno de los más notables del salterio” (Jacquet).

    El mismo clima del salmo impone un estado de espera, de tensión, de esperanza, lo cual hace de él un salmo adventual. El pasado ha sido cancelado, ha terminado la tormenta que nos envolvía a causa de nuestros pecados, Dios no sabe sentirse despreciado para siempre (Sal 77,8-10). Inicia la resurrección que Ezequiel había perfilado en la visión surrealista y barroca del valle cubierto de huesos calcinados, blanqueados al sol, porosos, sobre los cuales pasaría el Espíritu del Señor transformándolos en carne, vida y futuro (Ez 37; cf. nuestro salmo v. 7). La comunidad restaurada experimenta la embriaguez y el compromiso de la libertad (Is 40,1-2). La paz mesiánica, síntesis de toda alegría y de todo bien (vv. 9.11 de nuestro salmo), la salvación radiante (v.10; Is 55,5; 56,1), la bondad, la fidelidad, la justicia, el bien (vv. 11-14), es decir, los atributos salvíficos personificados de Dios, la prosperidad de la naturaleza, son los trazos de este cuadro idílico del nuevo Israel salvado. Retorna a Jerusalén la gloria del Señor (v.10), es decir, su “tienda” (shekiná) en el templo y a este retorno “teológico” debe corresponder el retorno humano de la conversión con todo el corazón (v.9). Nace así un mundo nuevo en el que el amor apasionado de Dios y la fidelidad se abrazan, la justicia y la paz se besan, la verdad brota como una renovada primavera y la justicia se deja ver desde el cielo para iniciar el camino sobre la tierra junto a la salvación: “delante de ti caminará la justicia, y la gloria del Señor seguirá tus pasos” (Is 58,11). ¿A qué categoría literaria pertenece este salmo? ¿A qué época histórica pertenece? ¿Cuál sea su impostación y su objetivo?, son preguntas cuya respuesta dejamos a los especialistas; lo que es cierto es que en este salmo el Adviento y la Navidad se abrazan, Dios y el hombre se besan.

    El P. Alonso hace la siguiente transposición cristiana del salmo: Todos los actos de salvación del Antiguo Testamento quedan incompletos, preparando la salvación culminante, cuando en Jesús venga la gloria de Dios al mundo, y nuestra tierra germine al Justo. En ese momento se realiza el gran encuentro de la justicia con la fidelidad y la misericordia y la salvación, frutos de una tierra fecundada por el Espíritu. Pero de nuevo la salvación realizada en Cristo se abre hacia la consumación, produciendo y sustentando nuestra esperanza.

    Que nos sirva este salmo como meditación durante este tiempo de navidad. Este tiempo, más que otra cosa, requiere de nuestra experiencia de fe y de nuestra sensibilidad. Que tengas una Feliz Navidad, y, también, a su tiempo, un buen y merecido descanso.
    Homilía para Navidad.

    Cuando los pastores llegan a adorar al Niño se nos dice que María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. A esa contemplación de la Madre de Jesús se han unido millones de cristianos a lo largo de todos los siglos. En Belén nos introducimos en el silencio. En los evangelios no se conserva ninguna palabra de lo que allí se dijo. Está la Palabra que se ha hecho carne. Dios también habla en el silencio: la pequeñez del Niño lo dice todo sobre la infinitud del amor divino. La Palabra se traduce en un hecho absolutamente inesperado que, por más que lo intentemos entender, permanece indescifrable: es el Amor de Dios. A cierta distancia, los ángeles proclaman el misterio que ha acontecido en un canto de entusiasmo que une el cielo y la tierra. Se ha manifestado la gloria de Dios y baja la paz a los hombres. Y todos los que llegan hasta el portal proceden de la misma manera: se maravillan y adoran. Se admiran de que el Todopoderoso se haya abajado hasta nosotros y se postran para que su amor transforme totalmente sus vidas.

    El pesebre indica el lugar más recóndito en que puede encontrarse el hombre que se siente solo y abandonado. La Sagrada Familia ha llegado hasta allí porque nadie les dio posada. Este hecho nos lleva a pensar en todos los hombres y mujeres que se sienten abandonados, que no encuentran acogida en ningún sitio. Hasta allí llega el amor de Dios. Es más, Jesús quiere que su nacimiento sea en ese lugar. Así muestra su accesibilidad a todos los hombres. Llega para disipar las tinieblas más espesas que hay en el corazón de cada hombre y lo va a hacer con la luz de su amor.

    La alegría de la Navidad nace de un reconocimiento: Dios me ha amado y me lo muestra de una manera tangible haciéndose presente en mi historia. Ante este hecho ya no cabe duda decir nada y toda protesta enmudece, porque en la humildad del pesebre está la respuesta a todas las inquietudes humanas: Dios está ahí. No ha venido con toda su grandeza, porque el hombre se hubiera asustado, como Adán y Eva en el paraíso, sino que viene en debilidad. Pero en la pequeñez del que yace envuelto en pañales reconocemos la grandeza que se ofrece a todos los hombres. Desde el silencio de la contemplación comprendemos que lo primero que hay que hacer es no tener miedo. Los últimos pontífices lo han recordado con insistencia porque el hombre de hoy sospecha de Dios y cree que quiere quitarle algo. Jesús, desde el pesebre, no pide nada; sólo se ofrece. Está allí para que nos acerquemos con confianza y lo contemplemos sin prejuicios dejándonos invadir por su amor.

    Ante el misterio de la Navidad también se acrecienta el horizonte del hombre. Contemplando a Jesús se nos invita a mirar a lo más alto. San Juan en el inicio de su evangelio nos lleva hasta el misterio mismo de Dios: la Palabra que está eternamente ante el Padre. Por eso todo queda redimensionado. En la Navidad se redescubre la belleza de todo lo bueno, de la vida virtuosa, de la práctica del bien, de la generosidad. Dice san Pablo que por la manifestación de la gracia de Dios se nos enseña a renunciar a los deseos mundanos. Porque ante Jesús, nacido pobre, el corazón del hombre, desde el silencio, redescubre su gran ansia de felicidad y reconoce a quien viene a dársela.

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