Un sacerdote feliz es el que imita a Jesús el buen pastor. Un sacerdote feliz es el que entra por la puerta, el que tiene recta intención de ser sacerdote imitador de Jesucristo. No es ladrón porque sabe administrar recta y honradamente los bienes de la Iglesia. Es una voz de confianza porque predica la Palabra de Dios y no sus propias doctrinas o doctrinas extrañas. Un sacerdote feliz es el que conoce a las ovejas por su nombre, el que conoce a sus fieles y sabe de sus sufrimientos y alegrías. Es el que va delante del rebaño, sabiendo lo que sucede en la comunidad y los alerta de los riesgos y peligros. Es aquel que proporciona buenos pastos porque se preocupa que haya evangelización, catequesis, predicación, sacramentos, orientación. Es el que da la vida porque se desgasta, porque es creativo y busca nuevos caminos para hacer llegar el Evangelio. Un sacerdote realizado es el que no obra para que lo estén recompensando económicamente a cada rato y atiende a la gente fuera de horarios. El sacerdote que vive en esa línea se sentirá fecundo, feliz, realizado, útil. Así, vale la pena ser sacerdote.