Este año, el domingo XIII coincide con la fiesta de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. He querido compartir con ustedes una hermosa homilía que pronunció el entonces  Cardenal Arzobispo J. Ratzinger en la Catedral de nuestra Señora de Freising, (27.06.81).  Esta homilía fue con motivo de ordenaciones sacerdotales; desarrolla, por ello, el tema dese una óptica sacerdotal. Por este motivo creo que es muy oportuna para nosotros, sacerdotes, esta meditación. Ojalá sirva tanto para la meditación personal como para la meditación con el pueblo de Dios. Los textos que maneja en su homilía son de la   misa de vísperas Hech. 3,1-10 y el Evangelio de la fiesta Jn. 21,15-19.

“Año tras año, celebramos las ordenaciones sacerdotales invocando a los Apóstoles Pedro y Pablo, por ser los prototipos de la misión sacerdotal, y significar la unidad de la iglesia en cuyo seno se la confiere. Ellos nos hablan en la liturgia de este día, y os marcan, queridísimos hermanos, el camino de vuestro ministerio. Veamos, pues, lo que nos dicen en los textos de las lecturas que acabamos de escuchar.

Había un hombre paralítico pidiendo limosna delante de la llamada «Puerta Hermosa» del Templo. Incapaz de conseguirlo por sí mismo, suplicaba dinero para poder subsistir. Pedía dinero como compensación por su carencia de libertad; como compensación por la impotencia vital a la que se halla sometido. Y aparecen Juan y Pedro, tan pobres en dinero como él: No tengo oro ni plata, dice el segundo. En cambio, son muy ricos en otra cosa que aquel hombre no ha pensado, y que no se le ocurriría suplicar, pero que es lo más cabal para su caso: Lo que tengo, eso te doy. En nombre de Jesucristo Nazareno, ¡levántate y anda! (Hech. III,6). Lo que no ha sido buscado, ni esperado, ni pedido, eso es lo que se da en lugar de la deseada compensación. Ha recibido en plenitud lo que le falta: la propia vida. Se le ha dado el encuentro consigo mismo. Desde ese instante, podrá erguirse sobre sus pies, caminar por sí mismo, y, como señal de libertad según precisa el texto, brincar. Podrá entrar en el Templo para mostrar su reconocimiento al Dios creador, en armonía con el sí de toda la Creación; para firmarse ante sí mismo y decir amén a su Hacedor.

No tengo oro ni plata – dice Pedro -; pero te doy lo que tengo en nombre de Jesucristo Nazareno.  Así ha quedado escrito para todos los tiempos lo esencial del ministerio sacerdotal. Ni oro ni plata: porque nuestra misión no está en cambiar materialmente el mundo. En este tiempo nuestro, que nos habla de tantísimas necesidades materiales, del hambre de millones de personas, y que parece apreciar únicamente lo cuantificable – o sea, lo que se puede contar o es calculable -, nos sentimos inmensamente pobres. Por ello, es comprensible que a menudo se nos presente la tentación de no quedarnos en palabras, unas palabras que son en apariencia inútiles frente a las verdaderas necesidades de nuestro mundo. La tentación nos invita a convertir también el sacerdocio en labor asistencial y acción política para tener algo tangible y efectivo que ofrecer.

Pero caemos, pronto, en la cuenta de que los hombres no sólo tienen hambre de pan y de dinero, sino también de unas palabras que les den un poco de nosotros, un poco de ese amor que todo ser humano necesita esencialmente para vivir. Nos damos cuenta de nuestro pecado cada vez que reprimimos ese don y lo ocultamos de modo vergonzante. Y comprendemos igualmente que también esos millones de hambrientos verdaderos jamás serán tratados con justicia, ni podrán sentirse satisfechos, si les damos únicamente algo de pan y de dinero. También ellos – y quizá ellos sobre todo -, sienten hambre de unas palabras como obsequio de amor. Y no sólo esto: necesitan justamente nuestras palabras, un poco de nosotros como don, por muy escaso que sea. Jamás podremos dar todo lo que hace falta.

Tenemos que dar más: porque ésta es la grandeza del ministerio sacerdotal. Y hemos de dar precisamente lo que tal vez los hombres no han pensado, y ni tan siquiera conocido, pero que es en el fondo su auténtica necesidad. En consecuencia, no podemos limitarnos a ofrecer correspondiendo únicamente a lo que se nos pida: porque hacerlo significaría rebajar al otro ser humano, adormecerlo mediante sucedáneos, y privarlo de lo esencial, que es recobrarse ante sí mismo. Nuestro don habrá de ser el nombre de Jesucristo: porque es precisamente este Nombre lo que la humanidad busca con hambre, aunque lo ignore, bajo su desazón por las penurias de este mundo. Él es el Don que se convierte para el hombre en libertad: la libertad de incorporarse, caminar, brincar y dirigirse al Templo del Señor para alabar y pronunciar un amén ante el Creador, que sigue siendo nuestro Salvador entre las pesadumbres de este mundo, y nos quiere para Sí.

Dar a otros hombres el nombre de Jesús es el objeto imperecedero del ministerio sacerdotal. Yo me conmuevo cada día cuando, al dar la Comunión, cumplo con el deber de pronunciar: El Cuerpo de Cristo. Entonces estoy dando a los hombres algo que vale infinitamente más que mi propio ser o cualquier cosa que posea o pueda poseer: les estoy dando al Dios vivo para que lo reciban en sus cuerpos y se aloje en sus corazones. Y no es menos inaudito que podamos declarar en el Sacramento de la Penitencia: Yo te absuelvo.  Y es a ti a quien absuelvo, no a cualquiera perdido en esas colectividades que se mientan al decir que todos somos pecadores,  o que Dios tendrá piedad de nosotros;  esas colectividades en cuyo seno, como ha escrito un poeta moderno, no cesamos de rumiar nuestro pasado mal digerido.  No; nada de colectividades en las que, al fin y a la postre, mi persona, con su pasado, sus culpas y sus miserias, no se sienta interpelada. Yo te absuelvo.

 Un amigo me ha contado el caso de un sacerdote, prisionero de guerra de los rusos, al que pidió la Confesión un clérigo no católico. A la pregunta del primero: ¿Y por qué acude usted a mí?, el segundo respondió: Lo que deseo no es alivio, sino la absolución. Esto es precisamente dar el nombre de Jesús a otro, darle al mismo Jesús, y asegurarle: Quedas libre; tus culpas ya no cuentan; la carga de tu pasado te ha sido retirada; ya puedes levantarte, y caminar por ti mismo, e ir en busca de Dios brincando y dando gritos de alabanza.

Y no menos inaudito es que podamos, en la hora de la muerte, dar la unción con que anunciamos el único remedio verdadero de la muerte: la resurrección; que justamente en esa hora de máxima impotencia sobre la tierra, tengamos el poder de dar la orden: ¡Levántate! Porque has de levantarte y caminar por tu sendero; y has de ver con tus ojos los de Dios; y alabarás, y nadie podrá ya privarte de tu libertad.

Hemos de dar el nombre de Jesús; mas, para ello, es condición indispensable que lo llevemos en nosotros, porque sobre nosotros ha sido invocado. Y aquí está, queridos candidatos, el fondo misterioso de la ordenación  sacerdotal. Nadie puede de suyo comunicar el nombre de Jesús: ha de ser Él quien nos confiera el necesario poder. Al comenzar su llamamiento a Jeremías, Dios le dice: Yo he puesto mis palabras en tu boca. (Jer. I,9).  Es justamente lo que dice a cada uno de vosotros en esta hora: Yo pongo mis palabras en tu boca.  Desde ahora, podrás y deberás comunicarlas. Lo harás cuando pronuncies: Este es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre.  Y cuando digas: Yo te absuelvo. ¿Será  así porque os lo diga yo mismo? No, en modo alguno: porque no es cosa de un hombre, ni de una comunidad, conferir ese poder. Son las palabras personales del mismo Jesucristo; y es Él mismo el único que puede hacer esa habilitación mediante el Sacramento. Sólo así podrá el otorgamiento de su Nombre mantenerse como una realidad actual en este mundo.

Yo pongo mis palabras en tu boca, nos dice. Aquí tenemos el último fundamento de nuestra libertad. No pretendamos descubrirlo en la Iglesia; ni creamos que el secreto resida en nuestras aptitudes, nuestra piedad y nuestra limitada caridad. Yo pongo mis palabras en tu boca.  Es Él quien lo hace. Por esto pudo Dios no contrariarse ante la contestación de Jeremías: ¡Ay, Señor, no! Soy todavía un niño, y no sé hablar. (Jer. I,6). Nos hallaremos muchas veces discutiendo con el Señor, y su respuesta será siempre la misma: No eres tú. Yo pongo mis palabras en tu boca. Por esto serás libre, y hablarás con ánimo tranquilo para difundir el nombre de Jesús. Precisamente porque hablamos en Su nombre, podemos proceder con esa íntima serenidad, con esa paz y libertad que son indispensables para nuestro ministerio. Pero esto es muy distinto, como es lógico, de funcionar como simples altavoces inconscientes. La verdad de la idea se realiza desde el momento en que nosotros mismos comenzamos a pensar sus pensamientos y decir sus palabras con las nuestras.

Fijémonos ahora en lo que dice el Evangelio de este día. Dos frases de Jesús se corresponden entre sí: Pedro, ¿me amas?….Apacienta mis corderos. (Jn. 21, 15-17). Amar y apacentar, en estas admirables palabras del Señor, no son cosas distintas; porque pastorear, cuidar las almas, es algo que se hace con un amor que significa estar fundido con el amor de Jesucristo. La eficacia de los Sacramentos no depende de nosotros; ni el valor de la Palabra pierde nada porque seamos nosotros mismos reprobados por ella. Muchas veces habremos de consolarnos recordando estas verdades. En todo caso, seremos curas  de almas en la medida en que sepamos pastorear esto es, amar con el amor del propio Jesucristo.  Dirijámonos, pues, a Él para decirle: Señor, ya que Tú quieres que yo hable por ti, ¡dame tu Nombre, y que yo me dé a tu Nombre! Señor, ¡dame tu Nombre!

Desearía, mis queridos hermanos, que leyeseis a menudo las palabras magníficas que el Santo Padre nos dirigió a los sacerdotes en Fulda respecto a la amistad con Jesucristo, y que se cumplan de verdad en vuestras vidas. Y os añado esta frase que el Papa San León Magno dijo en cierta ocasión: Has de aprender a descubrir el Corazón de Dios en la Sagrada Escritura, y escuchar los latidos de ese divino Corazón. Pastorear es amar. Cuidar las almas es amar con el amor de Jesucristo: amar a Jesucristo y ser amado por Él. Porque es así como Él nos apacienta.

Pero este amor de Jesucristo no es fácil, dulce y cómodo. Nos conduce por esos derroteros en los que puede cumplirse lo que dice el Evangelio: Otros te ceñirán y te llevarán adonde tú no quieras ir. (Jn. 21,18).  Necesitamos descubrir la amistad con Jesucristo, encontrando y reconociendo los latidos del Corazón de Dios en la Escritura. Y así, cuando Él nos ate y nos lleve por donde no queramos ir, no dejaremos de reconocerle como el Amigo; seguiremos percibiendo los latidos del Corazón de Dios, con la certeza de que, incluso cuando sus manos nos arrastren con rigor, nos estará llevando por caminos de salvación, amor y libertad.

Y voy a terminar con una anécdota que cuenta Henrich Mann en su autobiografía. Cierto día, caminó un largo trecho por los caminos polvorientos de Italia en compañía de un hermano capuchino. Cuando el fraile le preguntó por sus creencias, nuestro hombre le contestó que ni creía ni se negaba a creer, porque ambas cosas le parecían demasiado elevadas. En el  momento de separarse, el capuchino le dijo de improviso: En adelante rezaré por usted. También aquí tenemos una imagen del ministerio sacerdotal. Nuestra misión es que sepamos de continuo, porque Dios así lo quiere, recorrer por extenso los senderos polvorientos de nuestro mundo en compañía de otros hombres. Y nos exige que, seguidamente, los tengamos presentes ante Dios para que sus caminos y los nuestros acaben confluyendo en los de Él.

Al mismo tiempo, veo en ello una imagen del misterio de Jesucristo. Él va siempre a nuestro lado acompañándonos por las rutas de este mundo. Y al final nos dice a cada uno, y a vosotros, queridos candidatos, os dice en esta hora: Pensaré siempre en ti. Nos tiene presentes siempre, como huéspedes de su pensamiento, de aquí nace nuestra gran seguridad porque es así como se cumple la verdad de que Él nos da su Nombre, y que nosotros estamos entregados a su Nombre. Y jamás nos faltarán la libertad y la alegría en los apuros de  nuestros derroteros. Quiera Dios, que en este día en el que os recibe entre sus manos, otorgaros la gracia necesaria para reconocer en todo instante su presencia. Que os ayude, en vuestro ministerio sacerdotal, a repartir por este mundo su Nombre todos los días de vuestra vida.

Gracias”.