¡SERÉIS DICHOSOS…!

 

El 30 de enero de 1948, Gandhi moría asesinado por el fanatismo religioso. Un musulmán lo asesinó. Su vida interior, desarrollada mediante el ayuno y la oración, fue un proceso ascendente, un desprendimiento continuo de sí mismo, de pobreza hasta llegar, incluso, al voto de castidad conyugal. De esa debilidad radical brotó su fuerza. Indiscutiblemente, poseía una acendrada espiritualidad.

 

El Sermón de la Montaña fue el libro de meditación toda su vida. Cristo me subyuga, decía, los cristianos, no. Y es que en el centro del mensaje de Jesús está la no violencia; la necesidad de aprender a perdonar, la humildad, la confianza, la pobreza como actitud que hacen de la persona un ser pacífico. B. Häring dice que, “quien medita estas palabras de Jesús y sabe interpretar los signos del tiempo, echará de ver cómo en la bienaventuranza de los que trabajan por la paz se entremezclan e iluminan todas las otras bienaventuranzas de Jesús. La llamada de Cristo a la conversión adquiere un sentido y alcance totalmente nuevos, cuando las bienaventuranzas se aplican a las cuestiones de la paz. Los investigadores más destacados de la paz coinciden en que es necesaria una mentalidad completamente nueva y un cambio radical en la manera de pensar de cara al amor de Cristo a los enemigos. «Para mí el peligro decisivo para la paz no está en los misiles, sino en pensar en categorías de enemistad»”. En cuestión de seguridad, de tranquilidad, de descanso, de paz, nuestra Ciudad sufrió mucho. Ahora parece recuperarse penosamente; en este camino, el mensaje cristiano tiene todo qué decirnos. Necesitamos escuchar a los héroes de espíritu.

 

Las bienaventuranzas. (=Bvs.)

El Discurso de la Montaña, la Carta Magna del Cristianismo, el mensaje más grande jamás escuchado por la humanidad, comienza con las Bvs. En él, Jesús llama dichosos, felices a aquellos a quienes normalmente consideramos escoria, desgraciados, infelices. ¿Cómo es esto posible? ¿Quién, y con qué autoridad proclama tal paradoja?

 

Alguien ha dicho: ¿Has intentado alguna vez gritar en uno de esos, cinturones de miseria: Dichosos los pobres? Yo no soporto oír las Bvs. proclamadas de cualquier modo y en cualquier momento de nuestras celebraciones. Los cristianos que las cantan, con bastante inconciencia, con admirables melodías, ¿se dan realmente cuenta de lo que dicen? Las bienaventuranzas son un grito revolucionario. Y las han convertido en un medio para mantener bien protegido el orden social injusto. No creo en realidad, que estemos en una situación en la que podamos usar este texto para sostener el orden establecido; pero también es cierto que no hemos profundizado lo suficiente en un texto tan desconcertante y perturbador; si existe la “inversión de los valores”, ésta serían las Bvs. No por nada, Jacques Dupont, autoridad en la materia, ha dicho que «la lectura de estos textos nos hace daño. Y ojala nos incite por lo menos a la humildad y a pedir perdón».

 

Las Bvs. siguen interpelándonos hoy: los cristianos, ¿somos dichosos, felices? Si la respuesta es “no”, entonces no somos cristianos. ¿Es el cristianismo la religión de la angustia? Demuéstrenme con su rostro que están salvados y yo creo en su salvador. Se trata de un reto descomunal; nada menos que del testimonio de la alegría, de la dicha de ser cristianos, aún ahí donde parece no haber motivos. Entonces las Bvs. nos obligan a preguntarnos por qué no lo somos. Jesús quiere hacer de sus discípulos hombres y mujeres dichosos; no concibe que puedan ser discípulos suyos sin ser dichosos. Es lo que se desprende del texto. Una dicha que puede darse, incluso, en medio del dolor y de la injusticia, de la incomprensión y la soledad. ¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo proclamar las Bvs, aquí y ahora? Este texto que ha inspirado a la humanidad desde hace 2000 años, ¿puede decirnos algo todavía hoy?

 

Hay muchas maneras de concebir la dicha. Para muchos está vinculada a la idea de posesión: es feliz el que posee todo lo que desea. Es muy discutible; en todo caso, no es así como Jesús comprende la dicha. A otros les gustaría reducir la dicha a contentarse con lo que tiene, a aceptar buenamente la situación, pero no es esa la perspectiva de las Bvs. que van dirigidas manifiestamente a personas insatisfechas, a personas que, como los oyentes de Jesús, vivían situaciones de injusticia y opresión profundamente insatisfactorias e inaceptables.

 

La dicha de la que hablan las Bvs. no excluye las contrariedades ni el sufrimiento. Se refieren precisamente a unas personas a las que se considera desgraciadas: los pobres, los humillados, los aplastados contra el polvo, los perseguidos por ser justos. Es nuestra concepción de la felicidad lo que habrá que revisar. En función de las Bvs. parece ser que la felicidad de los cristianos implica tres cosas: tener un porvenir en el horizonte, cumplir actualmente ciertas condiciones y apoyarse en alguna cosa que ya ha sucedido.

 

1.- Un porvenir por delante.

Las personas dichosas de las que habla aquí Jesús son felices ahora en virtud del porvenir que se abre por delante de ellas. La dicha actual de la que tienen que tomar conciencia no excluye ni mucho menos la experiencia del sufrimiento; pero lo que el presente contiene todavía de penoso queda iluminado por lo que tiene que venir después.

 

Esas personas son dichosas porque tienen una esperanza magnífica, en el sentido en que Pablo habla del gozo de los que esperan: “Estén alegres en la esperanza” (Rom. 12,12). “Según la fe cristiana, la redención, la salvación, no es simplemente un dato de hecho. Se nos ofrece la salvación en el sentido en que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva a una meta, si podemos estar seguros de esa meta y si esa meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino. ¿De que género ha de ser esta esperanza para que pueda justificar la afirmación de que ha partir de ella, y simplemente porque hay esperanza, somos redimidos por ella? Y, ¿de qué tipo de esperanza se trata? (B.XVI). En este terreno hunden sus raíces las Bvs.; no son pues un programa revolucionario, un programa de revueltas y de luchas fraticidas, sino la invitación para abrirnos a la salvación ofrecida a todos por igual.

 

La construcción gramatical de las Bvs. consta de dos miembros: a) dichosos, b) porque…. Y es precisamente esa tensión entre la primera parte, que describe situaciones poco halagüeñas, y la segunda parte, que evoca un porvenir totalmente distinto, lo que caracteriza a la esperanza. “Porque de ellos es el Reino, porque serán llamados hijos de Dios”. Si es otro horizonte el que domina, entonces todo puede suceder, hasta tomar los visos de un suicidio colectivo. En tiempos de Jesús existían también los radicales, los zelotas, que fueron, a la postre los que provocaron la ruina final, prefirieron la violencia; y existían los fundamentalistas, los monjes de QumRam, equivocados también al intentar poner a Dios al servicio de su concepción religiosa.

 

Lo dicho nos advierte sobre la importancia de sostener con claridad

la dimensión futura de las Bvs. y el peligro de reducir al presente el objeto de su promesa. La tensión entre los dos miembros de cada bienaventuranza parece esencial para la comprensión exacta de la dicha de que se habla. No es inútil insistir en ello.

 

La segunda bienaventuranza promete a los mansos que poseerán la tierra. Los mansos son la antípoda de los violentos. Jesús se inspira en el salmo 37: “los que obran mal son excluidos; los que esperan en el Señor poseerán la tierra, el malvado desaparece, ya no está, en cambio los mansos poseen la tierra”. Los duros, los violentos, intentan hacerse con todo por la violencia, pero el poder así adquirido es necesariamente frágil y está continuamente amenazado. Los malvados, a los que mejor les ha ido, están en la cárcel o a salto de mata; los otros están muertos. Los mansos, o sufridos, han aceptado su condición y desde ella invocan a Dios; saben sufrir y esperan la salvación del que protege y es garante de los oprimidos.

 

La séptima bienaventuranza declara que los pacíficos serán llamados hijos de Dios. Algunos creen que se trata aquí de la veneración con que los hombres rodean a quienes deben el gran don de la paz. El premio Nobel de la paz. No. Esta bienaventuranza afirma que Dios llamará a los que son artífices de la paz y hará de ellos sus propios hijos en el mundo venidero. Vimos el caso Gandhi o de Santa Juana de Arco o Madre Teresa.

 

El sentido de la primera bienaventuranza no es distinto, aún cuando la promesa se formule allí en presente: de ellos es el reino de los cielos. Sí, el reino pertenece a ustedes los pobres, aunque no lo disfruten todavía. Les toca a ustedes, pero no se les entregará efectivamente más que cuando el Reino llegue de forma definitiva; por ello tenemos que orar: “¡Venga a nosotros tu reino!”

 

La dicha de que hablan las Bvs. se presenta entonces ante todo como vinculada a una promesa, como el resultado de una maravillosa esperanza. Es una felicidad vuelta necesariamente hacia el porvenir, que anticipa por la esperanza lo que queda por venir.

 

2.- Cumplir actualmente ciertas condiciones.

Esta esperanza no puede separarse de una realidad vivida en el momento presente.

 

Entre el primer miembro de cada bienaventuranza, “dichosos”, y la promesa que se formula en el segundo miembro, hay ciertas indicaciones que se refieren al presente. Se trata de personas que se encuentran en una situación de pobreza material o espiritual, de privación (de pan o de justicia), personas que no tienen nada que ver con la violencia ni ocultan ninguna falsía en su corazón. La última bienaventuranza tiene en cuenta una dicha futura, que coincide con el momento en que sus destinatarios tendrán que sufrir, incluso, la muerte por su fe, por su fidelidad: Dichosos ustedes cuando los injurian y los persigan y los calumnien de todo por causa mía”. Estén contentos y alegres porque su premio en el cielo será abundante.

 

En la perspectiva del reino venidero, las Bvs. no invitan a alegrarse a todo el mundo ni a cualquier individuo. Van dirigidas a ciertas categorías de personas, caracterizadas por sus situaciones o sus disposiciones de espíritu. A ellas es a las que se ofrece la esperanza. Suponen, por tanto, ciertas condiciones. Esta dicha no se arraiga en un terreno cualquiera. Necesita un suelo en donde echar raíces, un suelo de una calidad especial que le permita cobrar vida y transfigurar la existencia del hombre.

 

3.- Apoyarse en el pasado.

Arraigada en el presente y abierta hacia el porvenir del reino de Dios, la dicha de que hablan las Bvs. tiene también ciertas adherencias con un pasado concreto: aquel momento en que se pronunciaron por primera vez. O mejor dicho, lo importante no es aquí el tiempo, sino la persona de aquél que, al proclamarlas, se presenta como garantía de las mismas. ¿Quién es ese que pretende decir a los hombres dónde está la verdadera dicha? “¿Quién soy yo, para ustedes?”; preguntaba ya a sus primeros discípulos. A esta pregunta no basta con responder con un nombre o con un título; cuando Pedro le respondió “Tú eres el Cristo”, poco después oyó que Jesús le trataba de “Satanás”. Sin embargo, la respuesta “Tú eres el Cristo” es correcta; pero hay que darse cuenta de lo que esto significa; tú eres aquél que había anunciado los profetas, aquél que Dios nos había prometido, aquél que los hombres aguardan. El hecho de que tú lo seas lo cambia todo en la historia humana y en la vida de cada uno de nosotros. Tú anuncias el reino de Dios; pero como tú estás ahí, el reino de Dios se ha hecho muy cercano a nosotros. Todavía seguimos rezando para que llegue ese reino; pero, como tú has venido, ese reino ha comenzado ya. No es simplemente objeto de anhelo y de esperanza; se ha convertido en objeto de fe, es fe que te reconoce por lo que eres, el Cristo, aquél después del cual ya no hay que esperar a ningún otro. El porvenir dichoso que prometen las Bvs. se ha hecho realidad presente en la persona de Jesús. Encuentra en él su garantía.

 

Pero Jesús no es solamente aquél en quien el porvenir se ha hecho presente. Es aquél que da al presente una figura nueva. Ese presente que anuncian las Bvs. se caracteriza como un tiempo de pobreza y de privaciones, de mansedumbre y de pureza de corazón, es decir, un corazón sin dobleces ni mentiras, sin traiciones ni hipocresías, de persecución por la fe y por ser justos; es también el presente que Jesús ha asumido en su existencia terrena. Las Bvs. no son la expresión de un ideal abstracto, sino que reflejan la experiencia vivida por Jesús en su existencia humana. Jesús ha vivido, él primero, como hombre, encarnado también en la historia, el espíritu de las bienaventuranzas.

 

Jesús sabe de qué habla y es su experiencia de hombre lo que hay que saber reconocer en las bienaventuranzas; una experiencia que nos invita a compartir. La dicha a la que se refiere Jesús es ante todo su propia dicha. Una dicha donde queda sitio para la cruz. Una dicha que para nosotros, brota de la esperanza que él nos da por su cruz. Una dicha que será a la medida de nuestra fe en él. ¿No dijo acaso a sus discípulos que había venido “para que compartan mi alegría y así su alegría sea total? (Jn. 15,11) Por tanto, que sea él quien nos enseñe a ser dichosos.