SI YO FUERA CANDIDATO…!

 

En el prólogo a su libro La Revolución Mexicana. Memorias de un Expectador, dice D. José Fuentes Mares: “Entre los muchos problemas que llegué a plantearme con motivo de este libro, uno, sobre todo, me dejó sin dormir noches enteras, y ese fue el de responder a la pregunta de si uno mismo puede llegar a convertirse en un ser imaginario.” Sin discutir, aquí, el problema de la relación entre el autor y su obra, sin duda, convertirse en ser imaginario es para el autor problema serio,; todos los genios lo han hecho. Pero hay que vencer las “servidumbres de toda laya que impone la vida”; y puede resultar algo bueno. Cierto, uno es el yo del poema y otro el yo del poeta; pueden navegar por separado. Usted puede estar segura que García Lorca, jamás se la llevó al río, creyendo o sabiendo que no era mozuela. Pero la pieza es grandiosa. La obra de Fuentes Mares resulta ideal para enseñar historia a nuestros jóvenes. Todo en Fuentes Mares es pasión y la contagia. Muchas obras, mucho he leído sobre la revolución, pero nunca he terminado con las mandíbulas adoloridas de tanto reírme de la revolución. Pero, ¿se puede convertir en un ser imaginario el autor? Voy a ser un intento. Si yo fuera candidato…!

 

Si yo hubiese sido ungido candidato a la Presidencia de la República por mi partido, ese día, el de mi unción, me hubiera gustado decir un discurso más o menos como sigue: ¡Compatriotas! No, no; mejor no; era la expresión preferida de Santa Anna. ¡Ciudadanos! No, tampoco; muy gastado ¡Mexicanos! Eso suena mejor, aunque el discurso, pronunciado el día de mi protesta como candidato, y ante los miembros de mi partido, no permitiría interpelar a la Nación. Dejémosle en el genérico “compañeros de partido”. No usaría el masculino y femenino al unísono y al mismo tiempo pues ya no sabe uno; el mundo anda muy revuelto. Con todo, como dijera Virgilio: Incipiam. Ahí les voy.

 

«Compañeros: Al otorgar la protesta como candidato de mi partido a la presidencia de la República, debo expresar categóricamente que comprendo y aquilato en toda su amplitud la grave responsabilidad que deriva de esta postulación.

 

Significa el compromiso de mantener el ritmo de trabajo organizado, de aprovechamiento de los recursos naturales, y de exaltación de los valores humanos, estimulando siempre el impulso creador, sobre todo en estos tiempos en que se cierne sobre el mundo la inquietud de conflictos que pueden ocasionar ecatombes de proporciones universales, y se sufre en lo interno las consecuencias de un estado latente de inseguridad mundial, que acentúan las causas de la escasez, carestía y desajuste económico.

 

Actualizando ese programa de acción, considero prematuro formular ahora un programa general de gobierno, y abrigo el propósito de elaborarlo al auscultar el pensamiento y el sentimiento de todos los sectores de la nación.

 

En el diálogo que durante la campaña ha de establecerse entre la cuidadanía y el candidato, no debe escucharse otro acento que el de la verdad, porque la autoridad moral y la dirección fecunda solo son posibles en tanto el gobernante merece el respeto y la fe del pueblo.

 

Al referirme a la Revolución, no evoco la etapa cruenta ni los gloriosos hechos de armas con los que el pueblo impuso su decisión de progreso social. Aludo al pensamiento profundo, al sentido impulsor del movimiento social que ha creado la Patria nueva. Evoco su espíritu. Pensamos que la Revolución es permanente en cuanto a la mutación de sus procedimientos, mientras exista injusticia social.

 

De la voluntad nacional debe derivar el Estado como forma de estructuración política, y en vez de convertirlo –fetiche anacrónico- en soberano absoluto, único dispensador de derechos, de bienes, de actividades y de funciones, lo constituye en servidor de la colectividad, en regulador de sus actividades y en equilibrador del bienestar común.

 

Al régimen por venir, como a los que le han precedido, toca la tarea de velar por la efectividad de los preceptos constitucionales, de resguardar los intereses espirituales y materiales del hombre, de la familia y de la nación, y de administrar la riqueza común para servicio de todos.

 

Equidistante del viejo Estado liberal, que contempla indiferente las desigualdades económicas atribuidas por entero a fuerzas ciegas, y de otras formas de organización política que estiman incompatibles las libertades humanas con un nuevo código de distribución de la riqueza, México sigue juzgando que la intervención del poder público en la vida económica nacional no es inconciliable con los derechos del individuo.

 

Cimentada la economía mundial en un sistema de vasos comunicantes, la prosperidad de un pueblo está ligada estrechamente a la prosperidad de otros países. Existe una ley no escrita de solidaridad universal, que no puede violarse impunemente.

 

Nuestra legislación democrática y justiciera, al crear las normas destinadas a tutelar la condición de las clases laborantes, elevó a preceptos de derecho público las relaciones de trabajo. De la vigencia irrestricta de esas normas depende el bienestar del país entero. Es imprescindible que el Estado maneje con la más equilibrada discreción el delicado mecanismo de la legislación obrera, previniendo cualquier desajuste en estas relaciones, que puede interrumpir el proceso de mejoramiento.

 

Debo ahora tocar la entraña lascerada del más angustioso de nuestros problemas, al que ha dedicado fervorosamente sus empeños el gobierno del actual Presidente. Me refiero a los campesinos, a los hombres del campo. La forma de vida de la generalidad de nuestros campesinos es impropia del nivel que México ha alcanzado en otros campos de su economía y en la esfera de la cultura. Es inaplazable el cumplimiento de los postulados de nuestra Revolución que demanda imperiosamente la aplicación de correctivos inmediatos, porque cuando la mayoría de los habitantes vive en condiciones de tan señalada desigualdad frente a otros sectores, la justicia social que perseguimos no queda satisfecha. El escaso poder de compra de los dos tercios de nuestra población, no representa una esperanza de amplios mercados interiores para los productos industriales. Toda la economía nacional tendrá, pues, una base precaria, mientras no se consiga elevar sensiblemente el nivel de vida de la clase campesina.

 

Debemos lograr que la justa sea caballerosa. No tomaré como personales los ataques que se emitan en esta campaña que debe ser aquilatamiento de valores, porque los ciudadanos que van a depositar los destinos del país en las manos de un hombre, tienen el derecho y el deber de conocerlo, de analizarlo y de juzgarlo con objetividad.

 

Por otra parte, quiero dejar claro, compañeros, que la Patria es nuestra misión. Que el trabajo es la mejor garantía de la libertad. La libertad no florece sin la justicia. Ambas no son un regalo, sino fruto de la lucha diaria. Para ello nos es necesaria la honradez. Y desde hoy les digo que seré implacable con los servidores públicos que se aparten de la honradez y la decencia. La corrupción es la herida de la Patria; por ella sangra la Nación. No más corrupción, dispendio, ni amiguismo; esto no tendrá cabida en mi mandato. Habrá responsabilidades. Mis colaboradores se sujetarán, se sujetarán a patrones de honestidad administrativa más rígidos que nunca. Debemos tener presente la modestia de los recursos nacionales y la necesidad de usarlos con moderación y extremo cuidado. Sí, ciertamente nos es necesario un plan de emergencia para poner al alcance del pueblo maíz, frijol y azúcar. Todo esto, siempre y cuando el pueblo me elija. Gracias».

 

Pero no se llame a engaño la multitud de mis lectores. No tengo ni la imaginación genial de Fuentes Mares para convertirme en un ser imaginario. Lo que usted acaba de leer es un extracto del discurso que pronunció D. Adolfo Ruiz Cortínez cuando otorgó la protesta como candidato a la presidencia de la república por el Revolucionario Institucional, según las crónicas, ante más de cien mil de sus partidarios. El discurso ha de estar en los anales del PRI. Ahí lo puede consultar Beltrones.

 

El discurso es sencillamente majestuoso; se mantiene dentro de los límites de la prudencia, de la mesura y el realismo; es bello por la dicción correcta, el manejo del castellano y la atingencia con la que toca los problemas vigentes. Todo esto hace del discurso de Ruiz Cortínez una pieza de antología de la oratoria política. ¡Qué tiempos aquellos, señor Don Simón! Y qué vigente, dolorosamente vigente, el mensaje; parece más urgente hoy que entonces. Una obra es clásica cuando el tiempo no la carcome; y el discurso de Ruiz Cortínez es pieza clásica de oratoria, sabiendo que la oratoria no tiene por objeto la mentira.   Tomar el país tras la loca borrachera y el dispendio escandaloso de M. Alemán, no era nada fácil. Laborioso y eficiente secretario de gobernación, supo sortear la tempestad, superar el intento de relección de Alemán, o el continuismo pretendido con Fernando Casas Alemán, su pariente.

 

Don Adolfo, el presidente caballero, no ostentó ningún título universitario, lo que no le impidió ser graduado “Honoris Causa” de la más exigente y provechosa universidad del mundo: la Universidad de la Vida. En esta universidad, a la que pocos tienen acceso porque el examen de admisión es extremadamente difícil, (Fuentes Mares), el Sr. Ruiz Cortínez se especializó en materias tales como: comprensión, tolerancia y cordialidad. Pero también en mañas, sabiduría y felices ocurrencias. Sea este un recuerdo al viejo Presidente elegido sólo para una trancisión. Queden estos fragmentos como modelo de decencia y proviedad. Las comparaciones son odiosas; no hagamos comparaciones. En el fondo el discurso explica nuestra situación, el fatal error de haber creído que pasamos a la modernidad sin haber solucionado ni siquiera el más “angustioso de nuestros problemas”, el campo. Y, ¿qué decir de la educación?

 

Era un anecdotario. Supo ocultar muy bien, ante todos, sus posibilidades de suceder a Alemán. Incluso al mismo Alemán. Cuando le preguntaban sobre sus posibilidades, astuto y marrullero, les decía, a unos y a otros: “¡Ah qué caray! Solo porque creo en su discreción, voy a confiarles mi certeza de que pronto pasaré a mejor vida.”

 

Y pasó a “mejor vida” el 1º de Diciembre de 1952. Y lo primero que hizo fue cancelar, a raja tabla, toda la obra, cara, mal planeada, ostentosa, costosa, corrupta e inútil, contratada por el anterior presidente. Simpático «el viejito» como le llamaban antes del 1º de Dic. de 1952. A un año, o poco más, expropió la Babícora; y no la hizo ejido, sino colonia.

 

No, no todo fue felicidad. La economía internacional y el lamentable estado de las finanzas públicas, derivadas de la corrupción alemanista, obligaron a la devaluación de la moneda. El 8.65 era insostenible. Sabidor del efecto negativo de la medida, trató de amortiguar lo más posible el golpe. Para evitar la especulación, el Miércoles Santo (1954) con los bancos cerrados, fijó la paridad en 12.50 que se mantuvo por 25 años prestando estabilidad al país, hasta que el peso fue defendido con la furia de un perro y vino el desastre. Magníficos 25 años de México.

 

¡Lástima que esas huellas se hayan perdido y todo haya terminado en vil lucha de intereses inconfesables!