A Freddy.

In memoriam.

 

Ha concluido su carrera en este mundo el amigo, el hombre; la muerte tocó a su puerta llenando de dolor a los suyos, a los amigos, a la ciudad. ¡Pero es Navidad! ¡Qué hermosa es la Navidad! Freddy ha consumado la verdad última de lo que es la Navidad: encuentro definitivo y amoroso con aquel que la vida sin término, la felicidad plena, el por qué y el para qué de nuestra vida.  Y es que la navidad no se agota en “románticos” consuelos. Es bella la envoltura en que la hemos envuelto, y legítima; después de todo, sentimos un poco de lástima por nosotros mismos. Lucha, incertidumbre, tentación, duda: “Y la carne que tienta con sus frescos racimos/ y la tumba que aguarda con su fúnebres ramos/. (Darío). Sin embargo, más allá de todo es Navidad.

Pero el dolor profundo, ahora el de la familia de la Vega, igual al de todos aquellos que estos días enfrentan semejante dolor, nos permite acercarnos al verdadero significado de la Navidad: “ha nacido la Vida”. La muerte, destino ineluctable, ha dejado de ser la última palabra. “Yo he venido para que tengan vida abundante”. Es navidad. Una serena certeza lo invade todo: la vida es bella porque tiene sentido. Porque la Misericordia se ha manifestado y por ella vivimos. Lacónico Lucas, como temiendo las palabras del gran secreto, solo alcanza a decir: “Estando allí, en Belén, le llegó a María el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre”. Es todo. Todo ha quedado resuelto. Es Navidad.

Inmenso S. Agustín. Con palabras insuperables nos dice qué es la Navidad, no un estado de ánimo, no un fácil consuelo, sino la respuesta al misterio del hombre y su salvación. “Despierta, hombre: Por ti Dios se hizo hombre. Despierta, tú que duermes, surge de entre los muertos; y Cristo con su luz te alumbrará. Te lo repito: Por ti, Dios se hizo hombre.

Estarías muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca hubiera sido liberado de la carne del pecado, si él no hubiera asumido una carne semejante a la del pecado. Estarías condenado a una miseria eterna, si no hubieras recibido tan gran misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no se hubiera sometido voluntariamente a la muerte. Hubieras perecido, si él no te hubiera auxiliado. Estarías perdido sin remedio, si él no hubiera venido a salvarte.

Celebremos, pues, con alegría, la venida de nuestra salvación y redención. Celebremos este día de fiesta, en el cual el grande y eterno Día, (el Hijo), engendrado por el que también es grande y eterno Día (el Padre), vino al día tan breve de nuestra vida temporal”. Es Navidad, es la manifestación de la Vida para nuestra pobre vida amenazada. Para Freddy, y para todos los que mueren a la luz de este mundo y todos los que habremos de morir, es Navidad. La negra luz de la muerte ha de ser vista desde la Navidad, desde el llanto del Niño que llora en fría y oscura noche de nuestra historia, de nuestra vida.

Esa es la alegría que nadie puede quitarnos porque Dios mismo nos la ha dado; el mundo y su figura pasa, la Palabra permanece. Es navidad. Aunque el dolor y el desconcierto puedan envolvernos, siempre brilla la aurora de la resurrección porque ya es Navidad. El denso misterio de hombre se esclarece en misterio de Niño de Belén, “del único Niño, del que vive todo”. (K. Rahner).

  1. León Magno, (s. V), el papa que dio estructura teológica a la fiesta de la navidad, escribía estas palabras: “Nuestro Salvador, amadísimos hermanos, ha nacido hoy; alegrémonos. No puede haber, en efecto, lugar para la tristeza cuando nace aquella vida que viene a destruir el temor a la muerte y a darnos la esperanza de una eternidad dichosa.

Que nadie se considere excluido de esta alegría, pues el motivo de éste gozo es común para todos; nuestro Señor, en efecto, vencedor del pecado y de la muerte, así como no encontró a nadie libre de culpa, así ha venido a salvarnos a todos, alégrese, pues, el justo, porque se acerca la recompensa; regocíjese el pecador, porque se le brinda el perdón; anímese el pagano, porque es llamado a la vida”.

Y la navidad es el nacimiento entre nosotros del que es el Camino, la Verdad y la Vida, del que es la Luz que ilumina todo el camino del hombre, del que es la respuesta, desde Dios, que satisface  los anhelos más profundos del hombre. Pablo dirá que “Cristo es el sí de Dios”, o sea, el cumplimiento de su promesa. Bien, celebrar, pues, la navidad es celebrar ese “sí” último, definitivo e irreversible de Dios. Pero,…. dejemos que nos lo digan los que saben, los que plasmaron en la debilidad del lenguaje humano la densidad del misterio.

“Navidad es algo más que un estado de ánimo consolador. En este día, en esta santa noche, se trata del Niño, del único Niño. Del Hijo de Dios que se hizo hombre, de su nacimiento. Todo lo demás o vive de ello o bien muere y se convierte en ilusión. Navidad quiere decir: Él ha llegado, ha hecho clara la noche. Ha hecho de la noche de nuestra oscuridad, de nuestra ignorancia, de la noche de nuestra angustia y desesperación una noche de Dios, una noche santa. Eso quiere decir navidad. El momento en que esto sucedió, realmente y por todos los tiempos, debe seguir siendo realidad, a través de esta fiesta, en nuestro corazón y en nuestro mundo.

Si decimos con fe decidida, escueta, y por encima de todo, valiente: «es navidad», entonces estamos diciendo que en el mundo y en mi vida ha irrumpido un hecho que ha transformado todo eso que llamamos mundo y vida nuestra, que acaba con el «nada nuevo bajo el sol» del orador antiguo y con el cruel eterno retorno del filósofo moderno; hecho por el cual nuestra noche, la terrible, fría y desierta noche, puesto que el cuerpo y el espíritu esperan morirse de frío, ha llegado a ser la noche de Dios, la santa noche. Él está aquí. El Señor de la creación y de mi vida. Ese Dios no mira ya desde su eternidad, el eterno cambio de mi vida destrozada. La eternidad se hace tiempo, el Hijo se hace hombre, la eterna razón del mundo, lo que da sentido a toda realidad, se hace carne. Hermano y compañero de camino hasta compartir mi misma muerte para que yo tenga vida. Vivirlo, eso quiere decir que es Navidad. (Karl Rahner. 1904-1984. Jesuita alemán. “Kleines Kirchenjahar”. 1954).

Después de todo, no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a aquel que nos rescató, a cuya voluntad ha de estar siempre sometida la nuestra, tal como decimos en la oración: Hágase tu voluntad. Por esto, con ocasión de la muerte, hemos de decir como Job: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor. Repitamos ahora estas palabras de Job y así este trance por el que ahora pasamos hará que alcancemos después un premio semejante al suyo. Porque es Navidad

Nos falta alegría, no cabe duda; pero, hoy podemos decir que existe el motivo más grande para la alegría. Muy pocos, sin embargo, podrán ver en la navidad la fuente única de alegría. Debemos comenzar por ver lo más evidente. Se trata de una fiesta cristiana, es más, de la fiesta cristiana por excelencia, la que expresa la singularidad del cristianismo: la Encarnación del Hijo de Dios; o en otras palabras: “la manifestación en carne mortal del Hijo de Dios.

El lema, – “Dios se ha hecho hombre para que el hombre llegara a ser Dios” -, está en el centro de toda la rica liturgia de la iglesia católica. Esta es la verdad que nos salva, esta es la verdad nuclear que celebramos con especial y explicable alegría en la fiesta de la navidad. Cualquier otra forma de celebración que no tenga en cuenta esta verdad es todo lo que se quiera, menos una fiesta cristiana. Esta verdad es a donde tenemos que llegar, esta comprensión y definición de lo que es el cristianismo, es la meta: ni una filosofía, ni una simple filantropía, ni altruismo, ni religión, sino la celebración de la Vida, de un Amor que viene de más allá de nosotros y que se hace cargo de nosotros. Por ello podemos decir con León Magno: “No puede haber tristeza cuando la Vida nace”.

Descanse en paz Federico y todos “los que han muerto en el Señor, porque sus obras los acompañan”.

¡Feliz navidad!