• Todos los Santos. B.

    Todos los Santos B

    Ap 7,2-4. 9-14; Sal 23; 1 Jn 3,1-3; Mt 5,1-12

     

    “Todos estamos llamados a la santidad”. B. XVI:

     

    Querido hermano: comenzamos el mes de noviembre, – dichoso mes de noviembre que empieza con todos los santos y termina con San Andrés, recuerdo que decirnos mi padre -; y ahora, la fiesta cae en domingo. Mi entrega, por esta coincidencia, consta de dos partes, una, la ubicación de la fiesta de Todos los Santos en el ciclo litúrgico, y una segunda que es una catequesis de papa B.XVI sobre el tema de la santidad a la que estamos llamados. Te envío esta entrega, incluso con tiempo suficiente, porque puede servirnos para una meditación personal en la que podamos preguntarnos sobre nuestra consciencia consciente a cerca de nuestra vocación a la santidad. Si la santidad no es objetivo de nuestra vida, entonces, ¿qué somos como cristianos? ¿Cómo sacerdotes? Esta es la voluntad de Dios, dice san Pablo, vuestra santificación. ¿Qué es ser santo? Esta catequesis de B. XVI es, de verdad, hermosa.   Al final, como meditación, leeremos una reflexión de G. Bernanos.

     

    Los textos bíblicos que han de leerse tal parece que no son fijos o no se respeta el texto original del Leccionario.

     

     

    a.- Ciclo de espera. El ciclo abierto por la efusión del Espíritu Santo sobre la comunidad apostólica el día de pascua, propiamente hablando no se cierra. Permanece abierto sobre el futuro. El año litúrgico termina en la espera de la gloriosa epifanía del Señor cuando vuelva con gloria al fin de los tiempos (Mt 24,15-30; Mc 13,24-32: propiamente hemos iniciado el final del año litúrgico, y la Palabra de Dios nos irá poniendo en esa perspectiva). «Entonces se habrá consumado el Misterio de Dios» (Ap 10,7; sobre todo la I Lectura de Hoy). Este ciclo tiende hacia una epifanía de glorificación, tiene un decidido sabor “escatológico”.

     

    En este contexto tenemos que celebrar la fiesta de “Todos los Santos”; no solamente es una llamada a la santidad-consagración de carácter personal, simbolizado en los sellados con la marca del Cordero, o descrita en el salmo responsorial (23), sino, también y principalmente, la visión de la escatología cristiana. En la celebración de Todos los Santos, vemos en realidad hacia donde avanza la historia, la Iglesia, bajo el impulso de la fuerza de la resurrección de Cristo. Ese triunfo final, escatológico, es el tema central del Apocalipsis y, a la postre, de la esperanza cristiana. La Iglesia avanza, decía San Agustín, entre las persecuciones del mundo y los consuelos del cielo. Así es que este domingo tenemos que meditarlo dentro de la teología de “El Ciclo Litúrgico”, que toma la recta final. Entonces resulta claro el valor escatológico de la celebración.

     

    El último ciclo del Año litúrgico, el más largo, que llamamos Tiempo Ordinario, es pues un ciclo de esperanza, un ciclo profético, iluminado por la visión «de una muchedumbre inmensa que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua» venidos de «la gran tribulación» a la Jerusalén Celestial. «Y gritan con voz fuerte: la salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero» (Ap 7,9-10). El pueblo de Dios se encamina a través de los sufrimientos de esta vida hacia esa epifanía suprema del amor divino, entonces, escribe san Juan, «el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos» (Ap 22,5).

     

    Esta suprema epifanía del Señor se prepara desde ahora en la iglesia, (I Lectura). San Pablo nos muestra el cuerpo de Cristo «realizando el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor» (Ef 4,16), san Juan, a su vez, habla del vestido de la esposa tejido con vistas a las bodas del Cordero: «la esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino de blancura deslumbrante». Y precisa san Juan: «El lino son las buenas acciones de los santos» (Ap 19,7-9; Mt 5,1-12). Crecimiento del cuerpo en la caridad en vistas al «hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo» (Ef 4,13), preparación del vestido de las bodas, tal es el contenido del tiempo de la Iglesia. Esa es nuestra esperanza (II Lectura). A través de los siglos, la iglesia avanza y trabaja, fija la mirada en su Señor, del que, sea cual sea el tiempo de su historia, sabe que «pronto vendrá» (Ap 22,20).

     

    El camino inmenso que nos hace recorrer el año litúrgico va del proyecto eterno del amor de Dios (Adviento) y de la encarnación de Cristo (Navidad), hasta su venida gloriosa con la multitud innumerable de los elegidos (Apocalipsis). Sobre ese horizonte se proyecta nuestra vida y nuestra acción.

     

    Así pues, esta fiesta es una consideración escatológica de nuestra historia y la visión de esperanza de los cristianos.

     

     B. XVI: “Todos estamos llamados a la santidad”.

     

    Hoy en la Audiencia General. Miércoles 13 de abril de 2011

    Queridos hermanos y hermanas,

    En las Audiencias Generales de estos últimos dos años, nos han acompañado las figuras de muchos Santos y Santas: hemos aprendido a conocerles desde cerca y a entender que toda la historia de la Iglesia está marcada por estos hombres y mujeres que con su fe, con su caridad, con su vida fueron los faros de muchas generaciones, y lo son también para nosotros. Los santos manifiestan de muchos modos la presencia potente y transformadora del Resucitado; dejaron que Cristo tomase tan plenamente sus vidas que podían afirmar como san Pablo “no vivo yo, es Cristo que vive en mí” (Ga 2,20). Seguir su ejemplo, recurrir a su intercesión, entrar en comunión con ellos, “nos une a Cristo, del cual, como de la Fuente y la Cabeza, emana toda la gracia y toda la vida del mismo Pueblo de Dios” (Conc. Ec. Vat. II, Cost. Dogm. Lumen gentium 50. Al final de este ciclo de catequesis, quisiera ofrecer alguna idea de lo que es la santidad. ¿Qué quiere decir ser santos? ¿Quién está llamado a ser santo? A menudo se piensa que la santidad es un objetivo reservado a unos pocos elegidos. San Pablo, sin embargo, habla del gran diseño de Dios y afirma: “En él – Cristo – (Dios) nos ha elegido antes de la creación del mundo, y
    para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor” (Ef 1,4). Y habla de todos nosotros. En el centro del designio divino está Cristo, en el que Dios muestra su Rostro: el Misterio escondido en los siglos se ha revelado en la plenitud del Verbo hecho carne. Y Pablo dice después: “porque Dios quiso que en él residiera toda la Plenitud” (Col 1,19). En Cristo el Dios viviente se ha hecho cercano, visible, audible, tangible de manera que todos puedan obtener de su plenitud de gracia y de verdad (cfr Jn 1,14-16). Por esto, toda la existencia cristiana conoce una única suprema ley, la que san Pablo expresa en una fórmula que aparece en todos sus escritos: en Cristo Jesús.

    La santidad, la plenitud de la vida cristiana no consiste en el realizar empresas extraordinarias, sino en la unión con Cristo, en el vivir sus misterios, en el hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos. La medida de la santidad viene dada por la altura de la santidad que Cristo alcanza en nosotros, de cuando, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida sobre la suya. Es el conformarnos a Jesús, como afirma san Pablo: “En efecto, a los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo” (Rm 8,29). Y san Agustín exclama: “Viva será mi vida llena de Ti (Confesiones, 10,28). El Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Iglesia, habla con claridad de la llamada universal a la santidad, afirmando que nadie está excluido: “Una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios …siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, a fin de merecer ser hechos partícipes de su gloria” (nº41).

     

    Pero permanece la pregunta: ¿Cómo podemos recorrer el camino de santidad, responder a esta llamada? ¿Puedo hacerlo con mis fuerzas? La respuesta está clara: una vida santa no es fruto principalmente de nuestro esfuerzo, de nuestras acciones, porque es Dios, el tres veces Santo ( (cfr Is 6,3), que nos hace santos, y la acción del Espíritu Santo que nos anima desde nuestro interior, es la vida misma de Cristo Resucitado, que se nos ha comunicado y que nos transforma. Para decirlo otra vez según el Concilio Vaticano II: “Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron” (ibid., 40). La santidad tiene, por tanto, su raíz principal en la gracia bautismal, en el ser introducidos en el Misterio pascual de Cristo, con el que se nos comunica su Espíritu, su vida de Resucitado, san Pablo destaca la transformación que obra en el hombre la gracia bautismal y llega a cuñar una terminología nueva, forjada con la preposición “con”: con-muertos, con-sepultados, con-resucitados, con-vivificados con Cristo; nuestro destino está vinculado indisolublemente al suyo. “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva” (Rm 6,4). Pero Dios respeta siempre nuestra libertad y pide que aceptemos este don y vivamos las exigencias que comportan, pide que nos dejemos transformar por la acción del Espíritu Santo, conformando nuestra voluntad a la voluntad de Dios.

     

    ¿Cómo puede suceder que nuestro modo de pensar y nuestras acciones se conviertan en el pensar y en el actuar con Cristo y de Cristo? ¿Cuál es el alma de la santidad? De nuevo el Concilio Vaticano II precisa; nos dice que la santidad no es otra cosa que la caridad plenamente vivida. “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él” (1Jn 4,16). Ahora, Dios ha difundido ampliamente su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que nos ha sido dado (cfr Rm 5,5); por esto el primer don y el más necesario es la caridad, con la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por amor a Él. Para que la caridad como una buena semilla, crezca en el alma y nos fructifique, todo fiel debe escuchar voluntariamente la Palabra de Dios, y con la ayuda de su gracia, realizar las obras de su voluntad, participar frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía y en la santa liturgia, acercarse constantemente a la oración, a la abnegación de sí mismo, al servicio activo a los hermanos y al ejercicio de toda virtud. La caridad, de hecho, es vínculo de la perfección y cumplimiento de la ley (cfr Col 3,14; Rm 13, 10), dirige todos los medios de santificación, da su forma y la conduce a su fin. Quizás también este lenguaje del Concilio Vaticano II es un poco solemne para nosotros, quizás debemos decir las cosas de un modo todavía más sencillo. ¿Qué es lo más esencial? Esencial es no dejar nunca un domingo sin un encuentro con el Cristo Resucitado en la Eucaristía, esto no es una carga, sino que es luz para toda la semana. No comenzar y no terminar nunca un día sin al menos un breve contacto con Dios. Y, en el camino de nuestra vida, seguir las “señales del camino” que Dios nos ha comunicado en el Decálogo leído con Cristo, que es simplemente la definición de la caridad en determinadas situaciones. Me parece que esta es la verdadera sencillez y grandeza de la vida de santidad: el encuentro con el Resucitado el domingo; el contacto con Dios al principio y al final de la jornada; seguir, en las decisiones, las “señales del camino” que Dios nos ha comunicado, que son sólo formas de la caridad. De ahí que la caridad para con Dios y para con el prójimo sea el signo distintivo del verdadero discípulo de Cristo. (Lumen gentium, 42). Esta es la verdadera sencillez, grandeza y profundidad de la vida cristiana, del ser santos.

     

    He aquí el porqué de que San agustín, comentando el cuarto capítulo de la 1ª Carta de San Juan puede afirmar una cosa sorprendente: “Dilige et fac quod vis“, “Ama y haz lo que quieras”. Y continúa: “Si callas, calla por amor; si hablas, habla por amor, si corriges, corrige por amor, si perdonas, perdona por amor, que esté en ti la raíz del amor, porque de esta raíz no puede salir nada que no sea el bien” (7,8: PL 35). Quien se deja conducir por el amor, quien vive la caridad plenamente es Dios quien lo guía, porque Dios es amor. Esto significa esta palabra grande: “Dilige et fac quod vis“, “Ama y haz lo que quieras”.

     

    Quizás podríamos preguntarnos: ¿podemos nosotros, con nuestras limitaciones, con nuestra debilidad, llegar tan alto? La Iglesia, durante el Año Litúrgico, nos invita a recordar a una fila de santos, quienes han vivido plenamente la caridad, han sabido amar y seguir a Cristo en su vida cotidiana. Ellos nos dicen que es posible para todos recorrer este camino. En todas las épocas de la historia de la Iglesia, en toda latitud de la geografía del mundo, los santos pertenecen a todas las edades y a todo estado de vida, son rostros concretos de todo pueblo, lengua y nación. Y son muy distintos entre sí. En realidad, debo decir que también según mi fe personal muchos santos, no todos, son verdaderas estrellas en el firmamento de la historia. Y quisiera añadir que para mí no sólo los grandes santos que amo y conozco bien son “señales en el camino”, sino que también los santos sencillos, es decir las personas buenas que veo en mi vida, que nunca serán canonizados. Son personas normales, por decirlo de alguna manera, sin un heroísmo visible, pero que en su bondad de todos los días, veo la verdad de la fe. Esta bondad, que han madurado en la fe de la Iglesia y para mí la apología segura del cristianismo y la señal de dónde está la verdad.

     

    En la comunión con los santos, canonizados y no canonizados, que la Iglesia vive gracias a Cristo en todos sus miembros, nosotros disfrutamos de su presencia y de su compañía y cultivamos la firme esperanza de poder imitar su camino y compartir un día la misma vida beata, la vida eterna.

     

    Queridos amigos, ¡qué grande y bella, y también sencilla, es la vocación cristiana vista desde esta luz! Todos estamos llamados a la santidad: es la medida misma de la vida cristiana. Una vez más san Pablo lo expresa con gran intensidad cuando escribe: “Sin embargo, cada uno de nosotros ha recibido su propio don, en la medida que Cristo los ha distribuido…  El comunicó a unos el don de ser apóstoles, a otros profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores o maestros. Así organizó a los santos para la obra del ministerio, en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo” (Ef 4,7.11-13). Quisiera invitaros a todos a abriros a la acción del Espíritu Santo, que transforma nuestra vida, para ser, también nosotros, como piezas del gran mosaico de santidad que Dios va creando en la historia, para que el Rostro de Cristo resplandezca en la plenitud de su fulgor. No tengamos miedo de mirar hacia lo alto, hacia la altura de Dios; no tengamos miedo de que Dios nos pida demasiado, sino que dejemos guiarnos en todas las acciones cotidianas por su Palabra, aunque si nos sintamos pobres, inadecuados, pecadores: será Él el que nos transforme según su amor. Gracias.

     

    He aquí una hermosa meditación de G. Bernanos. (París, 20 de febrero de 1888 – Neuilly-sur-Seine, 5 de julio de 1948).

     

    « La casa de Dios es una casa de hombres, no de súper hombres. Los cristianos no son súper hombres. Y ni siquiera los santos, y menos todavía éstos, porque son los más humanos de los hombres. Los santos no son sublimes, no tienen necesidad de lo sublime, es más, en todo caso es lo sublime lo que tendría necesidad de ellos. Los santos no son héroes a la manera de los personajes de Plutarco. Un héroe da la ilusión de superar la humanidad, mientras que el santo no la supera, la asume. Se esfuerza por realizarla de la mejor manera. ¿Entendéis la diferencia? Se esfuerza en acercarse lo más posible a su modelo, Jesucristo, es decir, aquél que ha sido perfectamente hombre con una simplicidad perfecta, al grado de desconcertar a los héroes, reconfortando a los débiles, porque Cristo no ha muerto solo por los héroes, ha muerto también por los débiles. Si sus amigos lo olvidan, no lo olvidan sus enemigos. Sabemos que los nazis siempre han opuesto a la santa agonía de Cristo en el Huerto de los Olivos, la muerte gloriosa de tantos jóvenes, héroes hitlerianos masacrados en los campos de batalla en aras de un falso ideal. El hecho es que Cristo quiere abrir a sus mártires el camino glorioso de un paso sin miedo, pero quiere también preceder a cada uno de nosotros en las tinieblas de la postrera agonía mortal.

     

    La mano firme, impávida, puede buscar apoyo en su espalda para dar el último paso, pero la mano que tiembla puede estar segura de encontrar su mano… Aquellos que experimentan mucha dificultad para entender nuestra fe son aquellos que se hacen una idea demasiado imperfecta de la grande dignidad del hombre en la creación, al lugar al que Dios la ha elevado para poder descender a ella. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios porque somos capaces de amar. Los santos tienen el genio del amor.»

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