Dios ha ordenado que los hombres sean pacíficos y cercanos en el corazón, que vivan “unánimes en su casa”. Quiere que, una vez regenerados por el bautismo, perseveremos en la misma condición en que nos ha puesto este segundo nacimiento. Puesto que somos hijos de Dios, quiere que nos mantengamos en la paz de Dios y, puesto que hemos recibido un mismo Espíritu, que vivamos unidos de corazón y pensamiento.

Por eso Dios no recibe el sacrificio del hombre que vive en la desavenencia. Ordena que deje el altar y primero vaya a reconciliarse con su hermano para que Dios pueda acoger las oraciones presentadas en paz. El sacrificio más grande que se puede ofrecer a Dios es nuestra paz, es la concordia fraterna, es el pueblo reunido por esta unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

San Cipriano (hacia 200-258), obispo de Cartago y mártir de la Iglesia Católica