Is. 58,7-10; Sal.111; 1Co. 2,1-5;Mt. 5,13-16.

El ayuno que yo quiero …….!

 El fragmento evangélico de hoy hace la función de unir las bienaventuranzas con el resto del discurso. Jesús ha dicho quienes, o cómo,  pueden ser dichosos, felices, bienaventurados. Nos ha dicho que la humildad, la pobreza, la confianza, la invocación del nombre del Señor, la ausencia de maldad y de doblez en la vida, son el único camino de la felicidad.

Una vez que los apóstoles, ese pequeño “resto”, han aceptado esa perspectiva, están en posibilidad de ser testigos: luz y sal. Con frecuencia Jesús se manifiesta como un predicador fascinante: ligado a la concreta experiencia cotidiana, hombre del pueblo, sabe conducir a los oyentes casi inadvertidamente hacia una propuesta nueva e interior. El discurso de la montaña, que la liturgia propone estas semanas a la reflexión eclesial, con frecuencia está animado por estos motivos sencillos, humildes, elementales, tomados de la vida cotidiana del pueblo, imágenes sencillas, pero profundas e inagotables, que todos comprenden.

Sin ninguna especial formación literaria el pueblo entiende la metáfora, adivina la imagen, sabe de qué realmente está hablando el predicador.  Ser sal, es decir, ser ese elemento que no solamente sirve para condimentar, sino sobre todo, para preservar los alimentos de la putrefacción, es una franca alusión a la misión testimonial del discípulo. Sin este testimonio de los discípulos, la sociedad acaba corrompiéndose.

Y la luz, ese elemento tan manejado, tan querido en el mundo bíblico, que nos permite, no ver a Dios, sino lo que Dios es para nosotros, a nosotros mismos, que nos permite ver el camino que hemos de hacer para llegar a Él.(cf. Is.60 1-3), imagen muy querida y muy usada en la Biblia tal como ha quedado de manifiesto en domingos precedentes.

Pablo dirá a la comunidad:  “ …ustedes antes eran tinieblas pero ahora son luz en el Señor; y también dice a los filipenses: “Haced todo sin protestar ni discutir. Así seréis íntegros e intachables, hijos de Dios sin falta en medio de una generación depravada, ante la cual brilláis como estrellas en el mundo ostentando el mensaje de la vida. (2, 14-16) Estas palabras de Pablo constituyen ya un comentario al texto evangélico de hoy.  De igual manera, pues, bajo la imagen de la luz, en este paso se hace referencia a la necesidad testimonial de los discípulos. Los discípulos de Jesús han de ser luz en un mundo oscurecido y devaluado, en un mundo que ha perdido el camino que conduce a Dios.  Sin la presencia de los discípulos, la sociedad se encuentra en tinieblas.

En una de sus obras, G. Bernanos hace que un ateo se dirija a una comunidad de fieles con estas palabras: Ustedes dicen que son la sal de la tierra. Si el mundo huele mal, ¿a quién voy a echarle las culpas? Y San Juan Crisóstomo, parafraseando estas palabras decía: El mensaje que se os comunica no va destinado a vosotros solos, sino que habéis de transmitirlo a todo el mundo. Porque no os envío a dos ciudades ni a diez ni a veinte; ni siquiera a una nación, como en tiempos de los profetas, sino a la tierra, al mar y a todo el mundo; y a un mundo, por cierto muy mal dispuesto.

Así pues, no nos extraña la conclusión de esta perícopa: Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres de modo que al ver sus buenas obras glorifiquen al Padre que está en los cielos. Indiscutiblemente estamos hablando del discipulado entendido primordialmente como testimonio. Sobre este particular podemos leer algunos pasajes de Evangelii Nutiandi, la carta magna de la evangelización en un mundo, ya no contemporáneo, sino post moderno y post humano.

La primera lectura tomada de Isaías constituye el transfondo perfecto de la perícopa evangélica de hoy. Decía hace ocho días que Jesús no fue muy «original»; en realidad, él bebió de la milenaria religión de su pueblo, purificándolas y llevándolas a plenitud, las propuestas que luego presentará al mundo. En efecto, el capítulo 58 de Isaías versa sobre el ayuno y el sábado. Es conveniente leer 58,1-12 para que el contexto nos permita entender mejor el mensaje.

El Padre Luis Alonso S. en su «Profetas», (vol.1.ad locum), nos habla de este texto diciendo que este capítulo se presenta como una requisitoria de Dios contra el pueblo con varios elementos típicos del género: invalidez del culto, denuncia de pecados contra el prójimo…. En una jornada de ayuno litúrgico la voz denunciadora del Profeta hará de trompeta litúrgica… Estos son los elementos que el pueblo aduce en su descargo: las prácticas de culto y las consultas a sacerdotes y profetas, pero no hay cambio de corazón. El Señor desenmascara la farsa piadosa, la contradicción de ayunar y perseguir el negocio, entre mortificarse uno y golpear al prójimo, la ironía de Dios se expresa insistiendo en la palabra ayuno en consonancia con otras palabras cercanas que en hebreo pueden significar tentación, lucha.

Realmente, ¿eso es ayuno? El ayuno que yo quiero es éste: comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano. Entonces aparece el tema de la luz; cuando se observa “el ayuno que Dios quiere” entonces, y sólo entonces, el discípulo se convierte «en luz». El verdadero ayuno, que es la misericordia, transfigura al hombre, casi lo diviniza, lo hace como un sol que amanece. Tal es el tema del salmo responsorial de este domingo.

Entonces el ayuno no puede convertirse en algo trivial, en esa farsa de la que habla el padre Alonso, sino tiene que responder necesariamente a un cambio interior, a la expresión concreta de misericordia y de paz en la línea de las bienaventuranzas. Sólo entonces el discípulo podrá ser luz. Sólo entonces podrán ser realidad las palabras de Jesús: Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres de modo que al ver sus buenas obras glorifiquen al Padre que está en los cielos. O  Isaías: Entonces tu luz brillará en las tinieblas y tu oscuridad se volverá como el mediodía.

 De mil maneras se habla hoy de la falta de valores de la sociedad, de la descomposición social, etc., etc., para indicar nuestra situación. El ateo, en la obra de Bernanos, ¿no tendría derecho de decirnos que tal descomposición, que tal oscuridad, no es más que el reflejo de la ausencia testimonial de los discípulos de Jesús?

La sal luminosa.

En los evangelios de los próximos domingos vamos a ir escuchando el comentario que Jesús mismo hará al sermón de las Bienaventuranzas que escuchábamos el domingo pasado. Será Él quien vaya desarrollando lo que significa una vida dichosa, feliz, bienaventurada, según la lógica de su Buena Noticia.

La felicidad cristiana, quiere el Señor que se parezca a la sal: para dar sabor, para evitar la corrupción. La bienaventuranza de los cristianos, su dicha, quiere Jesús que se parezca a la luz: para disipar toda oscuridad y tenebrismo. Y esta es la relación que hay entre el evangelio de este domingo y el del domingo pasado. Ciertamente, que hay muchas cosas desabridas en nuestro mundo que dejan un pésimo sabor, o se corrompen. E igualmente constatamos que en la historia humana, la remota y la actual, hay demasiadas cosas oscuras, apagadas, opacas. No es un drama de éste o aquél país, de ésta o aquélla época, sino un poco el fatal estribillo de todo empeño humano cuando está viciado de egoísmo, de insolidaridad, de aprovechamiento, de cinismo, de injusticia, de mentira, de inhumanidad…

La presencia cristiana en un mundo con tantos rincones desaboridos y oscureci­dos, no es un alarde sabihondo. Los cristianos en tantas ocasiones hemos sido prota­gonistas o al menos cómplices de un mundo tan poco bienaventurado e infeliz. Por eso, lo que pide el Señor en este evangelio, no es una posición presuntuosa. No pretendemos decir a la gente insípida y apagada: miradnos a los cristianos. Sería arrogante e incluso hipócrita. Nuestra indicación es otra: miradle a Él, mirad a la Luz, acoged la Sal. Es lo que dice Pablo en la 2ª lectura: he venido a vosotros a anunciaros el testimonio de Dios, no el mío, y lo he hecho no con ardid humano sino en la debilidad y el temor en los que se ha manifestado el poder del Espíritu (cfr. 2Cor 2,1-4).

Pero esa Luz y esa Sal que constituyen la Buena Noticia de Jesús, son visibles y audibles cuando se pueden reconocer en la vida de una comunidad cristiana, en la vida de todo cristiano. Ya lo decía Isaías: en ti rom­perá la luz como aurora, y se volverá mediodía la oscuridad cuando partas tu pan con el hambriento y sacies al indigente (cfr. Is 58,8-10). Jesús nos quiere felices, dichosos, bienaventurados, nos quiere con una vida llega de sabor y plena de luminosidad. Una luz que ilumina toda zona oscura, y una sal que produce un gusto de vida nueva. Es decir, una “luz salada” que puesta en el cande­lero de una ciudad elevada hace que el testimonio de Dios sea visible y audible, para que quien nos vea y escuche pueda dar gloria a nuestro Padre del cielo (cfr. Mt 5,16).

 

Por mons. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo