Domingo V de Pascua, C.

Hch.  14,21-27; Salmo 144; Ap 21,1-5; Jn. 13,31-33.34-35

 

Hch.  14,21-27 – Relación entre las primeras comunidades cristianas – Pablo, terminado el primer viaje misionero, regresa a Antioquía, a la comunidad de donde había partido para anunciar el evangelio a los paganos. Él se ha preocupado de dar seguridad en las persecuciones a las jóvenes comunidades que ha fundado y de designar «ancianos» que aseguren la unidad y la fidelidad al Evangelio. Contrariamente a las comunidades judías, replegadas sobre sí mismas en espera del gran día de la restauración de la unidad, las comunidades cristianas son esencialmente abiertas: viven en relación constante con el apóstol, que las pone recíprocamente en contacto entre ellas.

 

Salmo 144 – Salmo alfabético. Se trata de un himno con invitaciones a la alabanza y una serie descriptiva de la misericordia de Dios. Leemos los vv. 8-9.10-11.12-13. v. 8. Comienza el segundo tema, la misericordia, con la cita de una fórmula litúrgica clásica. El verso siguiente deja resonar el tema. vv. 10-12. Nueva invitación al himno: el solita invita a toda la creación, a todos los fieles. Domina el tema del reino de Dios. v. 13. Comienza la serie de enunciados, condicionados en parte por el artificio alfabético. Son participios que resumen el estilo de Dios, o adjetivos que lo cualifican. Tema común es la misericordia.

 

Transposición cristiana. Cristo viene a establecer el reino y a someterlo a su Padre: «Un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz».

 

Ap 21,1-5 – Cielos nuevos y tierra nueva – Un rostro, sólo cuando es transfigurado por la alegría, revela su verdadera belleza. El Apocalipsis nos revela una humanidad transfigurada el día de sus bodas definitivas con el Creador. Aquel día el amor, finalmente pleno y participado, borrará toda arruga y cancelará toda amargura en el rostro del hombre. El mundo resplandecerá con la juventud misma de Dios, con una frescura que no se marchitará. La tierra y el mar que desaparecen, recuerdan el Egipto de la esclavitud y el Mar Rojo que dejan lugar a la tierra prometida. Dios estará siempre «con nosotros»; el hombre, desde siempre un enigma para sí mismo, se reconocerá, finalmente, a la luz de Dios.

 

Jn. 13,31-33.34-35 – El valor de la existencia – Jesús ha sido glorificado y participa en la vida del Padre. Dios ya no vive solo en la esfera celeste; de ahora en adelante vive también en el corazón del hombre. Para un hebreo, ser glorificado significa dar valor a la propia existencia, revelar las propias capacidades reales. El valor de la existencia, es decir, aquello por lo que vale la pena ser vivida, es el amor: el amor que Jesús ha manifestado por los hombres, y el amor que nosotros compartimos unos con otros.

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El concepto de glorificación forma parte del lenguaje de Juan  de revelación y predicación. Gloria, pertenece al campo de experiencia religiosa y caracteriza la singular manera conque Dios se aparece al hombre como un poder que resplandece, irradia y salva. Donde aparece el resplandor luminoso y divino ahí se da una manifestación de Dios, y a la inversa. No se trata de un fenómeno únicamente óptico, sino que la gloria divina es a la vez, poder de Dios, acción divina que transforma al hombre sobre el que llega y que él adapta por completo a la esfera divina.

Vista así, glorificación es la exaltación al ámbito divino; es el acto de Dios tal cual se da en la cruz y resurrección de Jesús. La cruz, para Jesús, es el camino hacia la gloria, es decir, es el paso hacia «donde estaba antes».  «….para que vean la gloria que yo tenía junto a ti  antes de que el mundo fuese…..». (cf. J. Blank).

En el umbral de su pasión, Jesús da un mandamiento nuevo: Amaos unos a otros como yo os he amado. Apenas Judas ha abandonado el cenáculo, aquella noche, Jesús da a sus discípulos su testamento espiritual, anunciando así su partida a la casa del Padre, condición indispensable para la glorificación de Dios y del Hijo del hombre.

En nuestra época, la palabra amor se entiende de muchas maneras y a veces su significado actual está muy lejos de lo que Jesús nos pide. Jesús no nos deja un mandamiento abstracto, aunque anuncia su pasión con el lenguaje de la glorificación. Lo hace así porque la suya es una entrega por amor al Padre, que éste corresponderá con el mismo amor, ya que sentará al Hijo, con su humanidad, a su derecha. Pero no entendamos que se trata de un asunto entre el Padre y el Hijo únicamente; el verdadero centro del problema es la redención del hombre, mejor aún, mi redención, mi salvación y la de toda la humanidad.

En la vida de Jesús, y más precisamente en su pasión y muerte, se nos muestra la verdadera naturaleza de lo que el Señor nos pide. Ha escrito Benedicto XVI: «Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar».

Por eso, como señalará san Juan en una de sus cartas, el mandato de Jesús es que creamos en él y nos amemos los unos a los otros. La fuente, el modelo y  el motivo inspirador para amar están en él. Decía el santo Cura de Ars que la caridad es «una preciosa virtud sin la cual nuestra religión es sólo un fantasma». Si quitamos a Jesucristo, no sabemos qué es el amor; y si no descubrimos el amor que él nos tiene y no correspondemos a ese amor, nuestra religión es una simple carcasa.

Pero no debemos entender el mandamiento del amor sólo como una norma que indica la pertenencia a un grupo. El amor y la posibilidad de amar como él mismo, es lo que Jesús nos da. Así entendemos la unidad de este evangelio con las otras lecturas que se proclaman este domingo. El Salmo responsorial (144,8-13) así lo revela: es el tema de la misericordia de Dios, de su generosidad en el perdonar y su amor por todas sus creaturas.

En el Apocalipsis se nos describe la consumación del mundo como el encuentro amoroso entre la esposa y el esposo: es la unión definitiva, en el amor, de la Iglesia con Jesucristo. El amor es lo que hará posible el cielo nuevo y la tierra nueva, la nueva creación. Es mediante el amor  que Dios ha hecho nuevas todas las cosas en Cristo. La Iglesia, viva y fiel, se convierte en la morada de Dios con los hombres, lugar del encuentro de los hermanos entre sí y con Dios. Lugar de reconciliación y de esperanza.

La vida eterna consiste en gozar del amor de Dios. En ese amor infinito se disuelven todas las lágrimas y es aniquilado todo dolor e incluso la muerte. Amar sin límites y en plenitud es lo que se nos manda y se nos promete. El mandamiento de Jesucristo es, para nosotros, camino y anticipo. La vida eterna, que está en él, se nos comunica por ese amor en el que somos reconocidos como discípulos suyos.

Por su parte, en los fragmentos del Apocalipsis del capítulo 21 del pasado y del presente domingo, ponen a nuestra consideración un tema neurálgico en la revelación cristiana. «Todo lo hago nuevo», (Ap. 21,5), es el tema de esta “visión de final”. Se trata de la novedad radical que se ha inaugurado con la resurrección de Cristo, cuya plenitud “aguardamos con firmísima esperanza”. Comparto con ustedes un fragmento del libro “Apocalipsis” de Ugo Vanni.

“El deseo entonces de una renovación radical acompaña constantemente a la experiencia apocalíptica de la vida cristiana. En contacto con las innumerables insuficiencias y lagunas con que se encuentra la vida cotidiana, el cristianismo que intenta leer su historia para mejorarla choca a menudo con el obstáculo de una extraña inercia que enerva y aploma. (empantana y enfrena). Y entonces se hace urgente la exigencia de una renovación: « ¡Si fuéramos distintos! ¡Si fuéramos mejores todos los demás, todo este mundo que nos rodea!

Dios conduce al mundo hacia la novedad original. Dios hace suya esta aspiración y la toma tan enserio que parece como si retara al hombre a soñar; él realizará siempre más de lo que el hombre puede concebir: «Vi entonces un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar ya no existía» (Ap. 21,1).

El primer cielo y la primera tierra son el cielo y la tierra que experimentamos ahora. (Completamente insatisfactorio, dominada, más bien, por las distintas formas de mal, por el pecado del hombre). Ya había hablado de ello la Biblia en la primera página: había presentado un mundo sin mal, un mundo tal como debería ser, pero, como de hecho, no  es ahora (cf. Gn 1,2-12,4), contraponiéndole el mundo imperfecto y lleno de lagunas de nuestra experiencia de cada día, un mundo sobre el que grava pesadamente la hipoteca del mal, es decir, un mundo como de hecho es, no como debería ser (cf. Gn 2,4b-3,24).

El hombre hacia la transparente convivencia con Dios. El mundo tiende hacia esa comunión transparente con Dios, hacia la superación de toda forma de mal. El autor del Apocalipsis, desplazando poco a poco la tensión de la dimensión cósmica a la dimensión humana escribe: «Y vi bajar del cielo, de junto a Dios, a la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, ataviada como una novia que se adorna para su esposo».

Es el símbolo de la Iglesia, de la comunidad de los creyentes. En las vicisitudes y contrariedades de la historia cotidiana, ¿dónde encontrará la comunidad de creyentes que escucha aquella confianza animosa y aquél sentido del riesgo que habrán de permitirle aguardar la renovación prometida por Dios e incluso descubrir sus comienzos en la confusa situación presente?

El discurso del autor toma en este punto un acento más inmediato. Siente que está hablando en nombre de Dios y que interpreta proféticamente el mensaje; y le hace entonces a la asamblea que le escucha y que le sigue, una promesa comprometedora: todos podrán encontrar en la sacramentalidad de la iglesia la abundancia de la ayuda de Dios, con la única condición de desearlo sinceramente y de quererlo con amor: «al sediento, (al que lo desea y lo quiere), yo le daré de beber de balde de la fuente de agua viva. Quien salga vencedor, heredará esto, porque yo seré su Dios y él será mi hijo» (21,7).

La fuerza de renovación que se deriva del «agua de la vida» – la Eucaristía, los otros sacramentos, el don de la vida -, le permitirá al cristiano resultar permanentemente vencedor. Superará sus dificultades personales, que no serán ciertamente ligeras, y además colaborará activamente con Cristo vencedor (cf. 6,2) a fin de superar las dificultades de los demás”.

Se trata, pues, de la visión gloriosa de final, de la esperanza del cristianismo; de esa visión escatológica sin la cual el cristianismo sería menos que una ideología, visión, sin la cual, según la expresión de Pablo, “seríamos los más vilmente engañados de los hombres”.

Ese amor es también la medida de la vida de la Iglesia en este mundo y de todas sus actividades. Lo vemos en la primera lectura en la que se nos habla del dinamismo misionero de los primeros cristianos. Hay que anunciar a Jesucristo a todos los hombres. Ése es el deseo de Dios que, con su gracia, abre a los gentiles la «puerta de la fe». Sólo el amor a Dios y a los hombres explica el afán de aquellos primeros cristianos y de los misioneros de todos los tiempos. El amor es el alma de todo apostolado. Con el anuncio de la fe y la conversión de los pueblos crece la Iglesia, que es el lugar donde vivimos el amor. En ella se derrama la gracia de Dios hacia su amada, que nos salva de nuestros pecados. En ella, también nos hacemos capaces de amar a Dios y aprendemos a amar a los demás hombres.  El encuentro de Pablo y Bernabé con los cristianos de Antioquia, donde narran su experiencia misionera, es un signo de que el motor de sus vidas es ver que hay más gente que conoce el amor de Dios. Ese amor, que se nos da como gracia y como mandamiento, es el que permite perseverar en la fe, porque hay que sufrir mucho para entrar en el reino de Dios.

La glorificación de la que habla Jesús refiriéndose a su pasión se revive también, de alguna manera, en la iglesia. Buscar la gloria de Dios es amarle por encima de todo. La gloria que Dios nos dará es estar junto a él para  siempre.

 

UN MINUTO CON EL EVANGELIO.

Marko I. Rupnik. Sj

 

Dios es amor, y el hombre ha sido creado a su imagen. Por tanto, también el hombre realiza su propia identidad en el amor. Tras el pecado, el hombre ya no es capaz de amar de manera gratuita como Dios; Dios educa al hombre en el amor, en la relación fiel a muchos pactos de alianza. Dentro de la Alianza, los pactos deben ser entendidos como los mandamientos de Dios. Pero sólo su Hijo, nuestro Señor Jesucristo hecho hombre, ha llevado a cabo, por parte de la humanidad, el amor al Padre, constituyendo la Nueva Alianza, fiel eternamente. En él se ha volcado sobre la humanidad todo el amor del Padre, y siendo amados de forma tan radical por fin podemos amar. Amaos con el amor con que yo os he amado: éste es el mandamiento nuevo, el mandamiento que realiza la verdad del hombre.