DOMINGO V TIEMPO ORDINARIO   C.  

Is. 6,1-2.3-8; Sal. 137; 1Cor. 15,1-11; Lc. 5,1-11.

 

Is. 6,1-2.3-8 – Trono y altar – Un hombre nos cuenta el grande encuentro de su vida: ha visto al Dios tres veces santo. Obviamente, expresa esta experiencia a través del lenguaje religioso del tiempo, dueño de un gran simbolismo para expresar la “trascendencia”. Dios se sienta en un trono, soberano majestuoso, rodeado de una corte de querubines y la primera reacción es de miedo ante el Señor del mundo. Este canto solemne de los querubines lo repetimos, nosotros, en nuestras misas. Ahí no hay ningún trono, sino una mesa donde Dios se da a sí mismo, no hay un coro de ángeles, sino un grupo de pecadores invitados por Dios mismo. Aquí reside la gloria de Dios, su santidad desconcertante: él se convierte en una cosa ordinaria como el pan, tan sencillo como el encuentro con un amigo. Amor sobrehumano que se hace una sola cosa con los indigentes y hambrientos. Quien ha conocido este amor, espontáneamente se convierte en testigo.

 

Sal. 137 – Canto de acción de gracias, que concluye con una súplica confiada. vv 1-2a. Introducción. La eucaristía o acción de gracias arranca del corazón y se va expresando hacia afuera: en las palabras, en el canto, en el acompañamiento de instrumentos, en el gesto corporal. Así el culto es sincero y entrañable. Esto sucede en el templo, lugar de la presencia del Señor, donde reside su corte de «ángeles».

vv 2b-3. Expone la razón y el tema del canto: de un modo algo genérico. El salmista ha experimentado en su propia vida esa cualidad universal de Dios: LA MISERICORDIA Y LA LEALTAD.

vv 4-6. La acción de gracias personal no basta, la invitación se extiende a los reyes de la tierra, que escuchan las palabras de Dios. El motivo del canto se hace más concreto y tiene una pizca de amonestación para los grandes de la tierra.

vv 7. Repite la experiencia personal, que adquiere un valor permanente, como indica el estilo sentencioso. La síntesis de dicha experiencia es: «tu derecha me salva».

vv 8. Apoyado en esta experiencia, puede mirar confiado al futuro, y formular esa súplica admirable: toda mi vida es obra de Dios, él la ha comenzado, que él la concluya.

El salmo expresa ese punto que define y articula el movimiento de la gracia: acción de gracias por la gracia recibida – reposo, conclusión -, súplica confiada de gracia continuada – comienzo, dinamismo -. Así es fácil transponer el salmo a nuestra «eucaristía»: en la que nos volvemos a Dios para darle gracias dignamente, y recibimos de Dios toda gracia.

1Cor. 15,1-11 – El primer credo – Este texto, como otros fragmentos de las cartas a los corintios, es una justificación polémica. San Pablo enuncia dos afirmaciones: no existe un evangelio diferente del que os he anunciado; por lo demás, también yo soy un apóstol, es decir, testigo de la tradición. Creer, significa referirse a la fe de la comunidad primitiva, garantizada por los testigos oculares. La fe es una fidelidad a su palabra; la iglesia es el movimiento histórico que continúa dándole vida.

 

Lc. 5,1-11 – Pescadores de hombres – Aún hoy se piensa: el misionero es un pescador de hombres en la medida que salva las almas con la administración del bautismo, y el laico lo será, a su vez, en que da testimonio de la fe en su ambiente. La prospectiva de la pesca, en san Lucas, tiene otra dimensión: él muestra a la humanidad entera, presa de las potencias del mal, que la hunden. Cristo y sus discípulos están comprometidos a salvarla del caos y de la catástrofe. Ser pescadores de hombres, hoy, significa, por lo tanto, comprometerse en todas las iniciativas que buscan evitar al hombre esa perdición; ser llamados por Dios a esta misión quiere decir que donde existen tales iniciativas se revele el amor de Dios por el hombre. Por tanto, es necesario que los cristianos “huelan a rebaño”, es decir, que se metan en la masa: se creerá en ellos si faenan en las aguas de este mundo como todos los demás.

+++

 

Duc in altum!

El tema de la vocación ocupa las dos lecturas afines de este domingo. La primera narración es autobiográfica y debida a la mano del mayor profeta-poeta-escritor de Israel, Isaías. El trasfondo del relato lo constituyen el templo y la liturgia: la Jerusalén terrestre sede de la presencia divina del templo, y la Jerusalén celeste, sede de la corte divina, están verticalmente unidas en una única visión estupenda. Tal es el ámbito de la vocación. La vocación brota dentro de ese arco de alta tensión entre el cielo y la tierra, Dios y el hombre.

 

Isaías nos habla de una experiencia trascendental en su vida; lo mismo podemos decir de la vocación de los discípulos de Jesús (de entonces y de ahora). Trascendental en su vida, y en el caso de Isaías, trascendental para la vida de la profecía, o de la historia de la evangelización en el caso de los apóstoles. Tendríamos que recurrir a descripciones de nuestros místicos, las dos Teresas, San Juan de la Cruz, Ignacio de Loyola, Francisco de Borja, Foucauld y tantos, para penetrar por analogía esos momentos de iluminación y purificación que nos describe escuetamente Isaías o, hermosamente Lucas, en su narrativa insuperable. Son casos en los que poetas y escritores se arriesgan a formular lo inefable, hablar de una experiencia que es de suyo intransferible. Schoekel dice: “Isaías, sin tales antecedentes, estiliza con sus palabras la tremenda experiencia, de tal modo que el lector corre el peligro de no apreciar ni sospechar siquiera la hondura del misterio”. Tal es la hermosa profundidad inefable de toda vocación al servicio de Dios cuando no se confunde con otras cosas.

 

El primer “credo”. Todos conocemos el «Símbolo de la Fe», que se remonta muy probablemente a la segunda mitad del siglo II. Es el Credo de nuestro bautismo y el que aprendimos sin duda en el catecismo infantil. Yo lo estoy retomando en mi parroquia y recitándolo los domingos en sustitución del denso Credo Niceno-Constantinopolitano cuya densidad supera con creces a fieles y celebrante por igual. (Oiga usted, eso de consustantialem Patri, genitum non factum, natum ante omnia secula…). Muchos han sido a lo largo de la historia del cristianismo los intentos para sintetizar en pocas palabras el amplio contenido de nuestra fe. «Regla de fe»,   llamaba Tertuliano a nuestro Credo. Una leyenda dice que nuestro Símbolo de Fe se remonta a los mismos apóstoles, que antes de dispersarse, pusieron por escrito dicha regla de fe; no podían dejar al garete la situación porque “esa es la fe que nos salva”, y en la que debemos permanecer firmes. Hoy leemos en ICor uno de esos intentos. Yo he destacado ante la asamblea el hecho de que las sectas tan numerosas y socorridas y pujantes en nuestra ciudad y en todas partes, no tengan ni Credo ni liturgia ni historia. Si no se tiene ese dogma fundamental, entonces sí da lo mismo estar en un grupo o en otro, no tiene la mayor importancia, y que es precisamente lo que está sucediendo. Se trata de una desregulación de la religión, fenómeno muy en boga en nuestros días. Por eso Pablo insiste: «les recuerdo el evangelio que yo les predique y que ustedes aceptaron y en el cual están firmes. Este evangelio los salvará si lo cumple tal y como yo lo prediqué. De otro modo, habrán creído en vano». Este es un tema e fascinante e importante para trabajarlo, incluso, en el tiempo de la Cuaresma que está por llegar. El Símbolo de la fe es una síntesis de la verdad revelada que se encuentra en toda la Sagrada Escritura y compendiada en favor de los fieles que no saben leer o no pueden acceder a totalidad de la Escritura, decía San Agustín a sus catecúmenos.

 

 

 

 

El llamado. En la narración encontramos cuatro pequeñas escenas. En los v. 1-2 son presentados los dos protagonistas: por un lado el profeta Jesús que anuncia su mensaje, del otro, un grupo de trabajadores cansados y desanimados por la dificultad de su mísera existencia. En la segunda escena, v.3, los dos grupos se encuentran: Jesús busca la barca de Simón, uno de los pescadores derrotados, fracasados y amargados. Se establece un primer contacto. En la tercera escena, v.4-7 la intimidad entre los dos protagonistas crece. Jesús con la fuerza de su palabra aconseja el riesgo de continuar en la esperanza de un trabajo que parece sin sentido y completamente infructuoso. Pedro, «confiando en la palabra» de Jesús corre el riesgo y el resultado es inesperado y maravilloso. He aquí la cuarta escena, v. 8-11, la que es decisiva y emblemática, centrada en las palabras clásicas de la vocación: «Dejar – abandonar – seguir»; Lucas, el único de los tres evangelistas anota: «Dejaron todo». Como Isaías, también Pedro tiene necesidad de reconocer su indignidad (impureza) y ser liberado de ella y, como Isaías, también a Pedro le es concedido vislumbrar un horizonte de apostolado, una visión de salvación: «de ahora en adelante serás pescador de hombres». Ahora, el que habla no es ya Jesús, es «el Señor» (v.8), el Cristo resucitado, que ha logrado la conversión de Pedro (cf. Lc. 22, 31-32: y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos), y le ofrece la misión apostólica del perdón y de la salvación ante sus hermanos.

 

En estos cuantos renglones tenemos la naturaleza y misterio de la vocación profética y apostólica, de nuestra vocación de cristianos, de bautizados, y la vocación específica a la vida consagrada y sacerdotal. Mejor que todos los manuales derivados de las “pastorales vocacionales”, los relatos de vocación que encontramos en la Biblia, y que podemos descubrir fácilmente, constituyen el entramado de una verdadera vocación.

 

La vocación se da siempre en un contexto, llamémoslo teofánico, es decir, en un contexto en el que Dios se manifiesta con su tremenda majestad imponente, pero, a la vez, con la suavidad del murmullo, como una tenue brisa que acaricia. Se planta en nuestro horizonte y nos invita a dar a nuestra vida una nueva orientación, un nuevo sentido, a cambiar de rumbo. Él toma la iniciativa, él es el que llama y su llamado es siempre gracia. Es imponente, y la experiencia, como tal, y cuando es verdadera vocación, se revela como algo que supera infinitamente nuestras fuerzas, se experimenta una inadecuación total, una suerte de indignidad fundamental que solamente Dios con su gracia puede superar. Donde no se dan esos elementos y la vocación se asume con el mismo grado de emoción y dramatismo como cuando se decide si se ha de ser ingeniero en informática o administrador de empresas, por lo menos estamos ante una grave inconciencia muy peligrosa. La experiencia de lo “numinoso”, a la manera de los profetas y videntes del A.T., el presentimiento de lo Divino que está detrás, marca la solidez y la fuerza, la autenticidad de toda vocación.

 

Lucas en su estupenda narrativa nos presenta la dinámica de la vocación y podemos destacar algunos pasos: la multitud que escucha la enseñanza de Jesús; Jesús ve dos barcas en la orilla. Los pescadores están lavando las redes y Jesús sube, precisamente a la barca de Simón, lo cual no puede tener más que un denso sentido simbólico, la aleja un poco de tierra y desde ahí, «desde la barca de Pedro» enseña a la multitud. Podemos estar seguros que cuando Lucas escribía su relato, a mediados de los 80s, pensaba en algo muy concreto.

 

Jesus ordena a Pedro llevar la barca mar adentro: duc in altum. Es invitado a echar la barca hacia adelante, a desatar las amarras, a adentrarse en lo desconocido y peligroso. Esto da ocasión para que Pedro ponga inmediatamente una objeción, si algo sabe hacer él, es pescar y este predicador itinerante no tiene mucho que decirle al respecto. Pedro piensa en su trabajo cotidiano, en lo que él sabe hacer. Pero el mandato de Jesús se impone. Así es la vocación. Recuerdo que en los años 70s, en aquella crisis sacerdotal, muchos de los sacerdotes que abandonaron el ministerio, nos confesaba el Sr. Talamás, le decían: es que hemos trabajado mucho y no cambia nada, todo sigue igual. Era tanto como confesar el fracaso, la dificultad de la pesca, el descorazonamiento, el cansancio, la irritación. En ese estado de ánimo, más vale abandonar la barca, salirse del mar. Pedro obedece, sin embargo, y CONFIANDO EN TU PALABRA, echa las redes. Aquí está el secreto de toda vocación, no en nuestras fuerzas, sino en la Palabra del Señor debemos poner nuestra confianza. Aquí no elegimos nosotros, somos elegidos y llamados por él. El resultado es asombroso y revela a Pedro su indignidad, su pesimismo, su cobardía; es necesario que sea sanado interiormente, que experimente una verdadera conversión y así confirme, un día, sus hermanos. Es lo que hace Pedro: Señor, apártate de mí porque soy un pecador! A Pedro le llevará tiempo comprender que no se debe confiar tanto en las propias fuerzas; el espíritu está pronto, pero la carne, el hombre es débil.

 

 

 

UN MINUTO CON EL EVANGELIO.

Marko I. Rupnik.

Al hablar, Cristo provocaba una gran fascinación. La Palabra de Dios encarnada se convierte en una atracción irresistible. La Palabra llama, y dichoso quien se adhiere con entusiasmo a la palabra que se le ha dirigido. En efecto, este Evangelio explica la dinámica vocacional: el entusiasmo por el Señor y su palabra llevan a la acción. Cristo hace ver que, al confiarse en su palabra, ocurre realmente lo que dice esta palabra: «”Echad las redes” e inmediatamente se llenaron de peces». La eficacia de la Palabra hace humilde el corazón de quien sigue la Palabra. «Aléjate de mí que soy un pecador». Sin embargo, una vez comprobada la primacía de la Palabra y su fuerza teúrgica, el corazón del hombre está dispuesto para aceptar la explícita llamada: «Serás pescador de hombres».