Verdad y política.

H. Arendt afirma que el tema es “un lugar común”, o sea que la relación que guardan estas entidades la conocen y hablan de ella la gente más sencilla lo mismo que los grandes teóricos de la política. “Nadie, jamás, ha dudado del hecho que verdad y política guarden una mala relación entre ellas y nadie, que yo sepa, ha contado la sinceridad entre las virtudes políticas. Las mentiras han sido siempre consideradas ‘necesarios y legítimos instrumentos’, no sólo del quehacer de la política o del demagogo, sino también del estadista”.

Pero no es necesario ser gran escritor o politólogo para conocer de esta realidad; los simples datos son demoledores. México está orgullosamente entre el top ten de los países más corruptos. Una nota de El País nos dedica esta cabeza: “Venezuela, el país más corrupto; México, el decimotercero”. El índice de corrupción del F.E.M. se suma a la lista de indicadores que señalan el cáncer mexicano, ahora atizado por la violencia. De tal manera pues que, cuando hablamos de verdad y política, no estamos haciendo una teoría del conocimiento sino constatando un hecho duro y puro. Podrán los filósofos plantearse una serie de preguntas, casi inútiles. ¿Por qué es así? ¿Qué significa que, por un lado, esté la naturaleza y la dignidad del ámbito político y, por otro, la naturaleza y la dignidad de la verdad y de la sinceridad? Tal pareciera que estas dos entidades, en sí mismas, sean perfectas, pero cuando entran en relación, surge el conflicto. Por encima de la verdad y de la sinceridad está el pragmatismo, o todavía peor, la franca y vil corrupción. La verdad tiene la primacía absoluta; decía san Agustín: fiat véritas et péreat mundus, que brille la verdad y que perezca el mundo, es decir, que sin la verdad, el mundo perece. Aquello que salva al mundo es la verdad. La verdad ha de ser la gran pasión. Tampoco la mentira es teoría; decía san Agustín que “el que miente tiene la intención de engañar”; la corrupción, y todo lo que de ella se deriva, es la gran mentira. Y la mentira mata. No es de extrañar que Jesús llame al diablo “el padre de la mentira”, él es “mentiroso desde el principio”; mentiroso porque engaña.

De tal manera que podríamos plantearnos, con la Arendt, unas preguntas: “¿Es, acaso, propio de la esencia misma de la verdad ser impotente y de la esencia misma del poder ser engañoso? ¿Y qué clase de realidad posee la verdad en sí misma si se le priva de su poder en el ámbito público, el cual, más que cualquiera otra esfera de la vida humana, garantiza la realidad de la existencia a los hombres que nacen y mueren, es decir, a los seres que saben que han aparecido del no-ser y que muy pronto desaparecerán, de nuevo, en la nada?” Dicho en cristiano, la Arendt lamenta la mala relación entre verdad y política dado que el quehacer político tiene la gran finalidad, que la dignifica, la de garantizar la existencia de los hombres que nacen y mueren. Una entidad con tal finalidad, ¿por qué se lleva mal con la verdad?

Todo esto que pareciera filosofía es, más bien, una realidad  simple, sencilla y dolorosamente vivida, sobretodo, por los humildes, por  los pobres de la tierra.

La mentira, como la verdad, cristaliza en hechos. Hubo un momento de general regocijo cuando se firmó la paz entre el gobierno colombiano y la sombría realidad guerrillera, que ardió durante 52 años y cobró, tal vez, unas 300 mil víctimas, miles de desplazados, dolor, sufrimiento y un largo etc. de tragedia. Después de los hechos es fácil ser profeta; por lo general, nuestros analistas, – y los economistas más -, nos explican perfectamente los acontecimientos, el cómo y el por qué, así que pasaron. Como se dice, a toro pasado. Viendo estrecharse la mano a ese tal Timoshenko y el presidente de colombiano se siente que algo no va. Ni siquiera el nombre real. Timoshenko. ¿O, así se llamará? Mucha sangre derramada, mucho sufrimiento y ansias de justicia. No se podía hacer tabula rasa de 52 años de llanto, de incertidumbre, de muerte, de una guerrilla inclemente. ¡Qué conflicto! Quién va a negar el deseo de paz, pero quién negará también la sed de justicia. Así es que el referendo colombiano ha dicho no al presidente de la república. Pero mire usted; en un artículo especializado se culpa al expresidente Uribe del fracaso, precisamente con estas palabras: “Para que ganara el ‘no’, Álvaro Uribe, (expresidente), ha dicho muchas mentiras que ni él mismo se cree”. ¡La mentira! Con todo, J.M. Santos ha recibido el Nobel de la paz.

Otro ejemplo luminoso de lo que sucede cuando la política degenera, se desvía de su objetivo, ‘garantizar la realidad de la existencia de los hombres que nacen y mueren’, y se convierte en el medio para satisfacer la propia soberbia, la avaricia, el odio, el rencor, el empecinamiento personal; en ansias locas de dinero o de poder, o de ambos, que juntas van. Pedro Sánchez es hoy mismo un caso patológico que los especialistas en ciencias políticas deben estudiar a la manera de un virus mutante, un virus que se ha hecho ultra resistente. Sobre todo El País está saturado de artículos al respecto. En síntesis, Pedro Sánchez se apoderó del PSOE, lo llevó de derrota en derrota y lo sumió en un cataclismo que este partido no había conocido en sus 137 años de existencia, ni éste ni ningún otro. Se aferró como erizo a la presidencia de su partido y logró sumir a España en una parálisis gubernativa, igualmente desconocida y sorprendente, cual no había vivido en su joven democracia. Paralizó España y dejó herido de muerte a su partido. Una vez obligado a soltar la presidencia, volvió sereno y horondo a su escaño de diputado. También en España es un error vivir fuera del presupuesto. Y todavía, desde ahí, desde su fracaso, está luchando por llevar a España a unas terceras elecciones. Los varones del PSOE, todos ellos, están en contra del tal Pedro y algunos de ellos lo han dicho con claridad: primero está España y luego el partido. Pero Pedrito piensa diferente. Y es que tenemos que saber que se llega a un punto en el que no se dicen mentiras, se es una mentira.

Por último, echemos una mirada a nuestro país; después de todo no estamos solos en el planeta. No hablaremos si entre nosotros hay partidos secuestrados ni si es necesario, ya, firmar un pacto de paz con la CNTE y sus adláteres. Fijémonos tan solo en la advertencia del FMI. “El FMI teme una ola de populismo por la debilidad económica global”. Pero si a esta debilidad añadimos una mala administración en el sector económico oficial, las cosas pueden complicarse. Carstens lo ha admitido sin ambages ni sonrojos: México es un país endeudado. Y las deudas, como las rondas, no son buenas.

Hasta donde las escasas luces de mi entendimiento alcanzan, creo que hay una deuda interna y otra externa, y sin saber absolutamente nada de las ciencias de la economía, algo nos dicen los datos. La agencia Reforma publica lo siguiente: “Al cierre de agosto de este año, la deuda interna neta del Gobierno Federal sumó 5 billones 35 mil 532 millones de pesos. Esto significa un incremento de 221 mil 413 millones de pesos con relación a diciembre del año pasado, informó SHCP y esto se debe, entre otros factores, a que en ese mes el Gobierno Federal asumió el monto pendiente de las obligaciones de pensiones de PEMEX, por alrededor de 134 mil millones de pesos… Además, tendrá que asumir como deuda el apoyo estimado para la CFE que se estima en 160 mil millones de pesos”.

Al día siguiente, la misma fuente nos habla de la deuda externa bajo el título “El dólar y PEMEX duplican la deuda”. Y el asunto es “que la deuda externa del sector público se disparó 109% en pesos desde el inicio de la administración de EPN. Del cierre de noviembre de 2012 a agosto del 2016, el saldo en moneda nacional de las deudas contratadas en moneda extranjera subió de un billón 627 mil millones de pesos a 3 billones 401 mil millones…” ¡E’ pur si muove!

Se atribuye a Fernando I  la siguiente frase: «Fiat justitia et pereat mundus»; se trata de una manipulación de la frase agustiniana citada más arriba. ¡Verdad y justicia! ¿Puede, acaso, subsistir una sociedad donde no existan ni la verdad ni la justicia? El único gran pensador que se atrevió a enfrentar de una manera diferente el significado de esta frase, fue Kant y la tradujo audazmente así: «La justicia debe prevalecer aunque, como resultado, deben perecer en el mundo entero los malandros».

Desde el momento en que los hombres sienten que no vale la pena vivir en un mundo donde no existe la justicia, este «derecho humano se ha de considerar sagrado sin detenernos en el sacrificio exigido a la autoridad constituida, sin considerar las consecuencias físicas que podrían resultar» (Kant).

Y la respuesta de Carstens es más preocupante. ¿De dónde se va a obtener el dinero para pagar esa deuda? Y contestó mansamente: vía impuestos.