Ecclo. 15,16-21; Sal. 118; ICor.2,6-10; Mt.5,17-37.

Si el hombre peca

el cosmos sufre.

(Sta. Hildegarda de Bingen).

1.- W.D. Davies en su célebre obra El Sermón de la Montaña nos da algunas guías para poder leer los caps. 5-7 de San Mateo. Dice al inicio: esta pieza ha sido objeto de diversas interpretaciones. Para unos es un pernicioso documento que ha causado un mal incalculable al presentar una ética absolutamente imposible. Para otros, es la más pura expresión de la moral más sublime que jamás conoció la humanidad. Es el rango de movimiento interpretativo de esta pieza. Pero esta opinión de gran biblista inglés tiene un error de base: el S. de la M. no tiene un propósito moralista.

Existe, igualmente, el peligro de que, si no se hace una lectura correcta, aún apreciando la belleza del ideal ético, el S. de la M. produzca frustración. Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto, es, en realidad, una demasía para los pobres mortales. Si le aceptamos, en cambio, como un ideal que ejerce una saludable tensión hacia un estilo de vida nueva inspirado en la persona y la vida de Jesús, el S. de la M. se convierte en un programa de vida cristiana siempre vigente que exigirá un “sociedad contrastante”, es decir, un comunidad que opte vivir conforme  el modelo que es Jesús. El S. de la M. no es, a la postre, otra cosa que vivir el evangelio, vivir como Jesús vivió, hacer propios sus valores y sus propuestas. No se trata, entonces, de moralismos.

 El primer punto para leer El sermón de la Montaña, según Davis, es el siguiente: para Mateo la vida cristiana es una vida de seguimiento o aprendizaje bajo la palabra de Cristo (9,9). La iglesia es una comunidad de discípulos (13,52; 23,8; 28,20) que reconoce profetas, sabios y escribas (23,34): la escuela de formación cristiana que ejerce el derecho de atar y desatar (18,18), es decir, de dar normas de conducta. Entonces, el Sermón, tiene que ser leído en el contexto del discipulado, del seguimiento; solamente es entendido por quienes quieren ser en realidad discípulos de Jesús. Los destinatarios del discurso del S. de la M. son «los discípulos», y aquellos que quieran serlo y que estén dispuestos, por ello, a ser “luz y sal” para el mundo que vive, en realidad, en tinieblas y experimenta procesos de descomposición.

 Segundo punto. La ley que los discípulos obedecen está personificada en Jesús… Toda la vida cristiana está personalizada de este modo: es ante todo una vida de «fe-confianza» en Jesús (23,23), una vida centrada en su seguimiento (19,16-20). Esto implica la imitación de Cristo, no en un sentido material y literalista, sino en el sentido de que los rasgos de la vida de Cristo se pueden descubrir en la vida y en la comunidad de sus discípulos. Así, en sus consejos a los doce (Mt.10), Jesús parece afirmar de la vida de los apóstoles lo que le aconteció a él en su pasión.

 Tercer punto. Pero además de la pasión, propiamente dicha, hay en su vida otros rasgos semejantes que deben caracterizar a los cristianos: estar dispuestos a sufrir (10,17. ss; 16,24 ss), a ser pobres, a ser humildes, a amar, a rechazar honores mundanos (23,7 ss), a servir (20,20 ss), a confiar en la providencia amorosa del Padre bueno que viste las flores del campo y alimenta a los pájaros del cielo. Así, pues, la norma ética de los cristianos no consiste solo en unas palabras si no en la vida de quien las pronunció. La sombra de la vida de Jesús se extiende sobre todo el Sermón.

De esto deriva otro punto, el cuarto, para leer el S. de al M.: si nosotros leemos El S. de la M. al margen de la gracia del ministerio de Jesús, lo hacemos contra su intención. En todo caso, las palabras del Sermón nos remiten en definitiva a quien las pronunció. Los imperativos del Sermón de la Montaña son en sí indicativos (apuntan hacia Alguien). El énfasis en la vida, muerte y resurrección de Cristo, si bien es central y esencial en el N.T., no está totalmente libre del peligro consistente en prescindir de la vida (de Jesús). Los profundos preceptos de Jesús nos impiden interpretar su vida, igual que su muerte y resurrección, en términos morales. En este sentido, sus palabras forman parte del evangelio, y Mateo interpreta fielmente la intención del Señor: El evangelio es a la vez don y exigencia, una exigencia que debe ser cumplida.

 

Así pues, primero, al acercarnos a este fragmento tenemos que verlo a la luz de la vida de Cristo. Él, el primero, ha hecho realidad en su vida el Sermón. Además, el Sermón está presente en todo el evangelio de Mateo lo cual es muy importante tenerlo en cuenta si no queremos caer en la tentación de hacer de Mt. 5-7 una especie de bloque autónomo; no, el S. de la M. lo podemos encontrar en todo el evangelio; y segundo, debemos contar con la gracia de Dios para poder mantener, en una saludable tensión, hacia esa meta.

2.- No deja de llamar la atención encontrar textos como el que leemos este domingo en la 1ª lectura. Impresiona su actualidad. Es muy importante leer todo el segmento, 15,11-20; el leccionario omite los vv. 11-14 de importancia decisiva en la interpretación. “No digas: «mi pecado viene de Dios», porque él no hace lo que odia; no digas: «Él me ha extraviado», porque no necesita de hombres inicuos; el Señor aborrece la maldad y la blasfemia, los que le temen, (respetan), no caen en ellas. El Señor creó al hombre al principio y lo entregó en poder de su albedrío” (vv. 11-14).

 El fragmento vv.11-20 constituye una disgresión de tipo filosófico, extraña al Espíritu del N.T.; la espiritualidad del hombre bíblico descansa siempre sobre la obediencia a Dios, nunca sobre la racionalización de sus mandamientos. En el A.T. nunca se advierte, como aquí, la necesidad de conciliar la omnipotencia de Dios con la libertad del hombre. Esa objeción, que debía circular en el ambiente del Ben Sirá, viene citada en los vv. 11-14. El autor responde en este texto igual que en 33,14-15: “Frente al mal está el bien, frente a la vida la muerte, frente al honrado el malvado, frente a la luz las tinieblas. Contempla las obras de Dios: todas de dos en dos, una corresponde a otra”.  También podemos tener presente el texto de Deut 31,15-20.  No nos cabe duda de que ciertas corrientes filosóficas pertenecientes al mundo griego, sobre el bien y el mal, sobre el destino de los buenos y los malos, sobre las consecuencias de las acciones humanas, ya se conocía en el mundo bíblico.

 Yo jamás he encontrado un texto que con tan pocas palabras y en una forma tan dramática exprese el significado tremendo de la libertad. En el juego de nuestra libertad nos jugamos, simplemente la vida, aquí y en la eternidad. Frente a nosotros están el bien y el mal, la vida y la muerte y el hombre tiene la escalofriante posibilidad de escoger equivocadamente,  a veces culpablemente, el mal y la muerte. Esto hacía exclamar a Dostoievski que la libertad es el don más terrible que Dios pudo conceder al hombre. Existe indudablemente una idea perversa de la libertad; ésta, está a la base de las más profundas revoluciones de nuestro tiempo, tales como una determinada forma de feminismo, de familia o ideología de género.  Hoy, la revolución no es contra  tal o cual emergencia, es contra el hombre mismo; es el hombre enfermo de sí mismo. La libertad es para escoger el bien, para eso nos libertó Cristo; pero cuando haciendo mal uso de nuestra libertad escogemos el mal, entonces, perdemos la libertad y somos reos de muerte. «A nadie mandó pecar ni enseñó mentiras a los embusteros; no deja impune a los embusteros ni se apiada del que practica el fraude» (v.16), concluye nuestra lectura.

3.- Las seis antítesis.  En el evangelio leeremos el amplio segmento de las antítesis. Complejo y difícil texto que rebasa con amplitud la naturaleza y el espacio de una homilía. Sin embargo, nosotros, que estamos al frente de la comunidad, debemos tener un conocimiento mejor logrado sobre el texto. De hecho, comparto contigo el resumen de su comentario a este fragmento, de Alexander Sand en su comentario al evangelio de Mateo:

En las antítesis se ha puesto ante los ojos de la comunidad aquello que el Reino de los cielos, cuando llega, exige a los que quieren entrar en él. La verdadera voluntad del Padre viene predicada en la forma de enunciaciones antitéticas, podríamos decir que sirven tanto para distinguir como para motivar; y esto en controversia con la interpretación tradicional de la Ley, alejándose de las discusiones del momento, y sobre todo en forma de enseñanza directa a la comunidad que se interroga y busca orientación.  

 La acentuación de “lo que distingue” no sirve para provocar una presunción de auto justificación, sino que orienta siempre hacia Dios, que, como Padre de todos, determina el comportamiento de la comunidad de Mateo con el trasfondo de su amor y de su misericordia que abraza a todos. La exigencia de ser perfectos como el Padre Celestial, es perfecto, (v. 48) representa ciertamente para la comunidad una provocación, pero no es una pretensión exagerada. Los discípulos saben, ciertamente, que la perfección de Dios es inalcanzable para los hombres; sólo Él es santo, delante de Él todos los hombres somos no-santos. La comunidad comprende, por tanto, justamente este imperativo cuando la interpreta del modo siguiente: Sed (en cuanto a hombres) tan perfectos en vuestra esfera humana y terrena como Dios, en su esfera divina es el perfecto, el Santo.

 4. En uno de sus mensajes de Adviento, el Papa B. XVI hacía referencia a la mediocridad moral de nuestro tiempo, de nuestra cultura, lo cual es un hecho incontestable. También en el ámbito de la exigencia ética nos movemos bajo la ley del menor esfuerzo; hacemos de la moral una cuestión “de cálculos de riesgo”. El Papa BXVI ha denunciado, y así pasará a la historia, el pecado de nuestro tiempo: el relativismo moral. Vivimos bajo la “dictadura del relativismo”, con todo lo que esto implica. En su libro Luz del Mundo alude en forma sencilla y clara a este fenómeno de nuestro tiempo. Cuando el periodista afirma que la mayoría de los casos de abuso de los sacerdotes pedófilos se dio en la década 70-80´s  el Papa responde: Por supuesto, a ello contribuyó la constelación espiritual de los años 70 que se fue abriendo camino ya en los 50. En ese entonces se desarrolló especialmente la teoría de que la pedofilia debía considerarse como algo positivo. Sobre todo se sostuvo  la tesis, que se introdujo también en la teología moral, de que no hay algo que sea malo en sí mismo, sino sólo cosas «relativamente malas». Lo bueno y lo malo, depende, de las consecuencias. La moral fue una cuestión de cálculo.

En el capítulo V de la  “Dictadura del relativismo”, el periodista, más que una pregunta, hace una magnífica descripción del estado filosófico de nuestra cultura. El escritor inglés Aldous Huxley predijo en 1932, en su novela sobre el futuro, titulada Un mundo feliz, afirmaba que el aspecto característico de la modernidad sería la falsedad. En la falsa realidad con su falsa verdad – o, en general, con la ausencia de verdad -, al final nada es importante. No hay verdad alguna, no hay posición alguna. Y realmente, entretanto, se ha llegado a considerar la verdad como un concepto demasiado subjetivo como para que todavía se pueda encontrar en él un parámetro de vigencia general. La distinción entre lo auténtico y lo inauténtico parece haber sido suprimida. Todo es, en cierta medida, negociable. ¿Es éste el relativismo contra el cual advierte usted con tanto ahínco?  Y el Papa afirma: Gran parte de la filosofía actual consiste realmente en decir que el hombre no es capaz de la verdad. Pero, visto de este modo, tampoco es capaz de la ética. No tendría parámetro alguno. En tal caso, sólo habría que cuidar del modo en que uno más o menos se las arregla, y el único criterio que contaría sería, en todo caso, la opinión de la mayoría. Pero qué destructivas pueden ser las mayorías nos lo ha mostrado la historia reciente, por ejemplo, en sistemas como el nazismo y marxismo, los cuales han estado particularmente en contra también de la verdad.

 Al hombre metido en éste ambiente cultural, a los fieles que este domingo nos visitarán en nuestras iglesias, tenemos que leerles el Sermón de la Montaña. Pero antes, nosotros, los pastores, debemos leerlo y meditarlo mucho. Para nosotros constituye una exigencia existencial sin la cual resulta imposible hablar de él.

5. Una homilía. He aquí una queja que se oye a menudo y una tendencia muy nuestra: «Sólo haces lo mínimo». «La ley del menor esfuerzo». Puede suceder que alguno entienda la vida moral como la búsqueda de un equilibrio entre lo malo y lo bueno de modo que todo, finalmente, quede compensado.

Detrás de esas actitudes se esconde nuestra limitación y pecado. (mediocridad). Nos gustaría ser más libres para hacer las cosas mejor. Envidiamos a los que llegan más lejos que nosotros y que, para colmo y a pesar de que se han esforzado más, están más alegres. No añoramos sólo sus logros, sino también lo que les impulsó a emprenderlos. Por eso admiramos a los santos y, aunque no todos los aspectos de su vida nos parezcan imitables, desearíamos ser como ellos, porque han buscado algo más grande y han alcanzado una felicidad mayor.

En la primera lectura leemos: Delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja. Sabemos que es así, pero también que nuestra libertad está atada y que hacemos menos de lo que nos gustaría. Es más, que muchas veces hacemos no lo que no queremos y dejamos de hacer lo que queremos. Querer el bien está en m´, dice Pablo, realizarlo, ya no.  Por eso no sólo necesitamos que el Señor nos haga conocer dónde está nuestro bien, sino que, con el salmista, le pedimos: Enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón.

 En el evangelio, Jesús se presenta como el nuevo legislador, que no destruye la antigua ley de Moisés, sino que la lleva a su plenitud. Sólo en él se da la libertad perfecta que permite cumplir todos los preceptos. De hecho, el Señor nos alerta frente a la justicia de los fariseos y los letrados. Dice que ella es insuficiente para entrar en el reino de los cielos. Los fariseos cumplían la letra, y ni siquiera atendían al espíritu del al ley, pues la deformaban a su medida. Por eso Jesús, al leer de nuevo los mandamientos, extrae de ellos toda su belleza y sentido. No basta con no matar, sino que es preciso no ofender; quien desea al cónyuge del prójimo ya comete adulterio, y al hablar hay que ceñirse totalmente a la verdad sin buscar subterfugios.

El Señor nos muestra así que nuestra vida está llamada a una plenitud más grande. Pero no sólo lo indica, sino que
lo cumple; no sólo saca todos los contenidos de la ley a la luz, sino que nos da la gracia para que nosotros podamos cumplir los preceptos. Nos muestra con su vida lo que significa vivir rectamente y nos da con su gracia la posibilidad de ser imitadores suyos.

Ante las enseñanzas de Jesucristo es importante considerar otra cosa. Todo lo que el Señor nos enseña es para nuestro bien. Pero no sólo porque en el futuro vayamos a obtener una recompensa, sino porque ya ahora experimentamos el gozo del bien obrar. La ley que Jesús nos muestra está a la altura de lo que exige nuestro corazón y además nos da su Espíritu Santo para que vivamos según ella. Jesús nos da la libertad para que sus mandatos no sean una carga insoportable, sino un modo de vida gozoso.

El salmo nos anima a abrir nuestros ojos para contemplar la belleza de las enseñanzas de Dios. Nuestro corazón ha de ser desatado para vivir según esa belleza que expresa las maravillas destinadas al hombre por el designio de Dios. Todo ello lo vislumbramos en la medida en que se intensifica nuestra amistad con Cristo y vamos caminando a su lado. Jesús no nos desvela un camino intransitable, sino que está aquí para recorrerlo con nosotros.

La ley enraizada en nuestros corazones. (S. Ireneo).

“En la ley hay preceptos naturales que nos dan ya la santidad; incluso antes de que Dios diera la Ley a Moisés, había hombres que observaban estos preceptos: quedaron justificados por su fe y fueron agradables a Dios. El Señor no abolió estos preceptos, sino que los extendió y les dio plenitud. De eso nos dan prueba sus palabras: Se dijo a los antiguos: no cometerás adulterio. Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada  deseándola ya ha sido adúltero con ella en su interior. Y también: Se dijo: no matarás. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano sin motivo tendrá que comparecer ante el tribunal. Estos preceptos no implican ni la contradicción ni la abolición de los precedentes, sino su cumplimiento y extensión. Tal como el mismo Señor dice: Si no sois  mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos

 ¿En qué consiste este ir más allá? Primeramente, en creer no sólo en el Padre, sino también en el Hijo manifestado en lo sucesivo, porque él es quien conduce al hombre a la comunión y unión con Dios. Después, en no decir tan sólo, sino en hacer – porque dicen pero no hacen -, y guardarse no sólo de cometer actos malos, sino también de desearlos. Con estas enseñanzas, el Señor no contradecía la Ley, sino que la llevaba a su cumplimiento, a su plenitud, y ponía en nosotros la raíz de las prescripciones de la Ley”.