Domingo VI de Pascua, C

Act 15,1-2. 22-29; Sal 66; Ap 21,10-14. 22-23; Jn 14,23-29

“Sin el Espíritu no existirían en la iglesia ni pastores ni doctores. Es el Espíritu el que hace a unos y a otros. Incluso hoy, podéis reconocer aquí su intervención. ¿En qué modo? Si el Espíritu no estuviese presente en este pobre pastor y doctor que soy yo, cuando, poco hace, fui elevado a esta cátedra sagrada y os he dado la paz, vosotros no me habrías respondido a una sola voz: «Y con tu Espíritu»… Las mismas palabras las repetís vosotros cuando me acerco a esta sagrada mesa… Antes de tocar las ofrendas, ¿no comienzo siempre implorando sobre vosotros la gracia de Dios? Y vosotros respondéis: «Y con tu Espíritu», recordándoos a vosotros mismos que la persona que veis delante de vosotros cuenta muy poco, que las ofrendas depositadas en el Altar no son obras de la naturaleza humana, que es la gracia del Espíritu Santo, presente y derramada en medio de vosotros, que realiza este místico sacrificio… Si el Espíritu no estuviese presente en ella, la iglesia no se sostendría: la existencia de la iglesia es por lo tanto un signo evidente de la presencia del Espíritu”. (S. Juan Crisóstomo. 1ª.  Homilía de Pentecostés, 4).

 

Hech. 15,1-2. 22-29 – Concilio de Jerusalén – Dos problemas al orden del día en este primer concilio ecuménico de la iglesia: Los paganos, para llegar a ser cristianos, ¿deben someterse a la ley de Moisés? En caso contrario, ¿cómo imponer a los cristianos de origen hebreo la renuncia a la  Ley y de sentarse a la mesa con personas que comen tranquilamente carne inmolada a los ídolos? La buena conciencia de los apóstoles responde: si los paganos han sido llamados a la salvación, es por voluntad de Dios; ¿por qué, entonces, el hombre deberá poner obstáculos a su conversión? Los cristianos de origen hebreo se despojaron, por lo tanto, de sus tradiciones puramente humanas, para permitir a los paganos sentirse «como en casa» en la iglesia. Por otra parte, el concilio pide a los paganos convertidos no turbar ni ridiculizar ciertas tradiciones religiosas a las que los hebreos se sienten todavía ligados. (¡Cuántas cosas nos enseña esta actitud! Existe un pequeño librito titulado: Tensiones en la iglesia primitiva).

 

Sal 66 – El pueblo pide la bendición, la recibe y alaba a Dios. Es oportuno leerlo completo. Aquí leemos los vv. 2-3; 5; 6.8. v2. Se pide la bendición. Iluminar o hacer brillar el rostro es mostrase afable, benévolo. El rostro como expresión auténtica de la persona. v. 3. El camino es la conducta de Dios, su modo regular de obrar; es, sencillamente, la salvación. Este camino se hace patente en la bendición para todos los que quieren mirar y aceptar. v.5-6. La segunda estrofa amplifica el tema del himno, insistiendo en el horizonte universal del gobierno divino y de la alabanza humana. v.8. Así volvemos a pedir una nueva bendición que sirva de testimonio a todo el orbe. Quizá deba repetirse el estribillo también al final del salmo.

 

Transposición cristiana. Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que por medio de Cristo nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales» (Ef 1,3).

«El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es participación en la sangre de Cristo?» (1 Cor 10,16).

«Cuando vaya a visitaros, iré con la plenitud de bendición del Evangelio de Cristo» (Rom 15,29).

«La tierra, bebiendo con frecuencia la lluvia que cae sobre ella y produciendo plantas útiles para los que la cultivan, recibe de Dios bendición» (Heb 6,7).

 

Ap 21,10-14. 22-23 – Una ciudad abierta – Un día, finalmente, la humanidad será lo que ha querido ser. Luego de un largo errar por el desierto, tendrá una residencia estable, la placentera y segura. Luego de tantas infidelidades y tristezas, vivirá feliz en el amor de Dios, el único digno de ser su esposo. Entonces verdaderamente será una iglesia reunida en la unidad, santa (templo definitivo de Dios), católica (formada por todos y siempre), apostólica (como un árbol nacido de la predicación de los Doce). Pero ya desde ahora, los cristianos están llamados a poner los fundamentos para aquél día que no conocerá el ocaso.

 

Jn 14,23-29 – Jesús promete la presencia íntima y reveladora del Espíritu – Al centro de la perícopa de hoy, está la pregunta de Judas (el otro, no Iscariote): «¿Cómo es que debes revelarte solo a nosotros y no al mundo?» (v. 22. Este versito no se lee en el misal y es importante para entender las palabras de Jesús).

 

Luego de la promesa de la paz, aquella que solo Cristo puede dar, viene la promesa del Espíritu (v.26): ella es una garantía de asistencia sobre todo lo que la iglesia emprende. El Espíritu ha sido dado a la iglesia, cuando ella busca amar a su Señor y obedecerlo. En la obediencia del amor a Cristo, después de la prueba de la Pasión, la iglesia descubre la alegría (v.28). De ahora en adelante, Cristo se manifiesta a través de la iglesia cuando ella ama al Señor en la obediencia de la fe y cuando vive la alegría plena que suscita el Espíritu en ella. No olvidemos aquello de que «el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, tolerancia, agrado, generosidad, lealtad, sencillez, dominio de sí. Contra esto no hay ley que valga». (Gal. 5,22).

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I Lectura. A lo largo del Tiempo Pascual hemos leído el Libro de los Hechos; Hech., es un libro netamente eclesial, yo podría definirlo como una eclesiología en clave narrativa. De la misma manera que podemos leer el relato evangélico con una pregunta clave, a saber, ¿cómo aparece Jesús en este pasaje?, podemos leer Hechos con una pregunta clave: ¿cómo aparece la Iglesia (comunidad) en este pasaje? Así he aconsejado a los fieles de mi parroquia a lo largo de este tiempo pascual. Durante este tiempo hemos leído, todos los días, este libro que refleja la vida y las peripecias de la Iglesia primitiva, sus problemas, su fervor, sus dificultades, sus desalientos y su fidelidad al Resucitado.

De tal manera que en la lectura de hoy podemos guiarnos por este principio: ¿Cómo aparece la Iglesia primitiva en Hech. 15?; más que una respuesta mía, se trata de algo que debemos hacer nosotros mismos. Pero podemos ver las dificultades, cuya gravedad no estamos en grado de comprender, y la necesidad del diálogo y la búsqueda del consenso, bajo la acción del Espíritu, y con una actitud 100% positiva, para encontrar una solución. El libro de los Hechos reviste gran actualidad.

II Lectura.  Con palabras felizmente acertadas, U. Vanni, comenta brevemente el cap. 21 del Ap.: «Una introducción de especial solemnidad (21,9-10a) prepara la descripción propia y verdadera de la Jerusalén celestial. Sobre un trasfondo literario que se remonta a Oseas (Os. 2,19.21), a Isaías (Is. 44,6; 54, Is; 61,10) y Ezequiel (Ez.16), se va desplegando gradualmente la imagen de la nueva Jerusalén como esposa en un entramado deslumbrante de símbolos. Hay un símbolo base, la ciudad.  Este símbolo se ramifica en tres líneas simbólicas, relacionadas siempre con la idea de ciudad: la gloria de Dios ilumina la ciudad y constituye algo así como la atmósfera que se respira (21,10b-11); una muralla grande y alta (21,12ª) delimita la ciudad y determina sus dimensiones; en la muralla se abren doce puertas (21,12b), indicando las doce tribus de Israel por medio de las cuales todo el mundo tiene acceso a la ciudad. A este simbolismo base y a sus tres ramificaciones principales se añaden luego otros elementos: la medición por parte del ángel (21,15-17), el esplendor de la piedras preciosas y del oro (21,18-21), la falta de templo (21,2-27), el río del agua de la vida (22,1), el árbol de la ciudad (22,2). El trono de Dios y del Cordero en la plaza de la ciudad concluye esta síntesis soteriológica perfectamente lograda (22,23-5)

21,11. Gloria de Dios>  indica la realidad de Dios que se nos manifiesta y se nos comunica. Pero esta  manifestación/comunicación no puede  describirse en términos humanos, totalmente inadecuados. El autor se limita entonces a compararla con el resplandor  de las piedras preciosas, lo mismo que había  hecho antes en la presentación de Dios. (cf. 4,3)

21,12-13. Doce puertas; las doce puertas dan acceso a la ciudad santa. Están orientadas hacia los cuatro puntos cardinales, como en la Jerusalén ideal de que habla Ezequiel (Ez. 48,30-35), indicando de este modo la universalidad del pueblo de Dios en su concreción.

21,14. Los doce apóstoles del Cordero; los apóstoles constituyen el fundamento del pueblo de Dios (cf. Ef. 2,19-20). Las doce tribus de Israel y los apóstoles son elementos esenciales del pueblo de Dios también en la última fase de la glorificación.

21,16. La forma cúbica de la ciudad indica la perfección de la misma: las cifras mencionadas expresan la plenitud alcanzada. Medición, dimensión, formas, todo ello tiene un valor simbólico. No es posible reconstruirlas con la fantasía y trazar un cuadro de ellas; el lado del cubo mediría 550 km., las murallas tendrían un espesor – no se trta de altura – de 144 brazos, es decir, 62, 36 metros.

21,18-21. Este carácter precioso en que insiste el autor con especial complacencia indica una especie de contagio divinizante. Tanto los basamentos como las puertas de la Jerusalén celestial, sus murallas y todo lo que en ella existe, pertenecen ya a la esfera divina.

21,22. Templo no vi ninguno; no se necesita para nada u lugar privilegiado, sagrado, para el encuentro del hombre con Dios. Ese encuentro se lleva a cabo directamente y en todas partes, ya que ahora todo es sagrado: Dios y el Cordero lo son todo en todos. Tenemos aquí el punto de llegada de la «teología del templo», que interesa a todo el Antiguo y el Nuevo Testamento. Dios aquí se convierte en un templo para el hombre.

22, 1-2. El río de agua viva; se trata más exactamente del río del agua de la vida. La imagen expresada en el Génesis (Gn 2,9;22,5) y reelaborada por Ezequiel (cf. Ez. 47, 1-12) nos dice que la Jerusalén celestial realizará de hecho el estado ideal indicado como paraíso terreno en el Génesis. La vida divina sin interrupción alguna –durante todo el año – queda asegurada mediante la participación del árbol de la vida. La expresión se base en el Génesis (Gn. 2,9), pero tiene su propio valor particular y quizás aluda también al árbol de la cruz; se recogen ahora, lejos de toda maldición y en la plenitud de la vida, los frutos maduros de la obra redentora.

Evangelio.

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos.  (14,15)

Tal como aparece en nuestro misal, la sección 14,15-26 de Jn., aparece muy fragmentada y de muy difícil interpretación por lo mismo. El segmento 14,27-31 es el final del primer discurso y toca el tema de la paz como don de Jesús en su despedida;  el fragmento anterior, aparece, igual, muy fragmentado en nuestro leccionario. Podemos decir que lo que se destaca en el leccionario son los temas del amor y del Espíritu más la inspirada invitación a no acobardarse, a no temer ante la partida del Señor.

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Este versito se explicita en nuestro texto. Dice Bultmann respecto a esta sección. “El amor dirigido a Jesús, el revelador, se convierte en un tema explícito”. El versículo trata del amor a Jesús y en qué consiste: amar a Jesús equivale a guardar sus mandamientos, o también, sus palabras. Es lo mismo. Creer y amar se entienden como una unidad, como un todo completo y vivo. De ahí que puedan intercambiarse el singular y el plural: palabra, mandamiento, las palabras, los mandamientos, sin que nada cambie el sentido. No se trata de los Diez Mandamientos, sino del único mandamiento. La idea del amor de los discípulos a Jesús se encuentra en el NT muy ¡rara vez! El texto más explícito es 1Pe 7,8.

J. Blank dice al respecto que “en este pasaje se echa de ver una vez más cómo los discursos de despedida sirven para formular un problema de la comunidad post pascual. No se trata simplemente de «si quien han nacido después, y no tuvo una relación personal con Jesús» puede amar a Jesús. (Bultmann). Pues esto evidentemente es posible, incluso puede uno entusiasmarse emocionadamente con todo el corazón por ese Jesús; se le puede amar. El problema es lo que sigue de ahí. ¿Se reduce todo a un entusiasmo sentimental, o se pide algo más? El texto da a la pregunta una respuesta clara: amar a Jesús quiere decir guardar sus mandamientos.

 

Ello indica ante todo que la doctrina de Jesús sigue siendo obligatoria para la comunidad de los discípulos. La vinculación de Jesús, según la crea y acuña el amor a él, significa siempre un estar obligado a su palabra. La fe no es un reconocimiento alegre y sin compromiso de Jesús, como el que se atributa a otros personajes históricos importantes y que ellos mismos pudieron ambicionar; es más bien la aceptación obligatoria a sus mandamientos como norma de vida. Se trata de la aceptación de la forma de proceder de Jesús, y ahí, justamente se demuestra el amor a él. La afirmación hay que entenderla pues, en consonancia con 1Jn. 4,20: «Si alguno dice: yo amo a Dios, y odia a su hermano, es mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no puede ver». Esta es también la idea presente aquí: quien no guarda el mandamiento de Jesús, tampoco puede amarle.  (cf. J. Blanc. ad. loc)

 Ante la proximidad de Pentecostés, el tema del Espíritu Santo se irá haciendo más explícito cada día. Hoy leemos un texto en el que Jesús, en la cena de despedida, habla del Espíritu Santo. Nos centraremos en dos puntos.

El paráclito. Entre los elementos más característicos de la pneumatología de Jn 14,15-31, tenemos la presentación del Espíritu como Paráclito. Al inicio de esta primera sección, Jesús asegura a sus amigos que no los dejará solos porque él rogará al Padre y éste les dará “otro paráclito”, a fin de que permanezca con ellos siempre (14,16). Esta persona divina será mandada por Dios en el nombre de Jesús (14,26). El Espíritu Santo, por lo tanto, es el segundo paráclito de los discípulos, es decir, el segundo abogado defensor. El término paráclito vendría a ser el defensor de oficio, el defensor que se le asigna a un imputado, al que está sometido a un proceso judicial.

El sustantivo paráclito, aplicado al Espíritu Santo, evoca el grande proceso entre Jesús y el mundo, en el cual, el primer abogado defensor ha sido Cristo, el testigo de la verdad y de la luz (cf. Jn 3,11.32; 18,37). Más la acción de Jesús, mientras él permanece en la tierra, no se ha mostrado eficaz, de aquí la necesidad de la intervención del Espíritu Santo, el cual tomará la defensa de Cristo verdad, en lo íntimo de la conciencia de los creyentes, viviendo en ellos para siempre, convenciendo al mundo en lo que se refiere al pecado, a la justicia y al juicio (Jn 16,8ss). El Espíritu Santo, por lo tanto, es el Paráclito, en cuanto abogado defensor de Jesús en el proceso instaurado por las tinieblas en contra de la luz.

El término paráclito, por lo tanto, indica la función de defensa de la luz contra las tinieblas (incredulidad) y de la virtud contra la mentira. En realidad, el Espíritu Santo cumple la misión de dar testimonio de Cristo–Verdad (15,26) y de probar al interno de la conciencia de los discípulos, el burdo pecado y la enorme injusticia cometidos por el mundo incrédulo contra Jesús, cuando le han negado la adhesión de la fe y lo han condenado a muerte con una sentencia injusta.

Maestro interior. En la segunda promesa, Jesús declara que el Espíritu Santo les enseñará todo a los creyentes, y esto sucederá mediante el recuerdo de cuanto Cristo ha revelado (14,26).

Enseñar y recordar, se trata de un paralelismo que muestra la acción didáctica del Espíritu, y orienta hacia la palabra de Jesús. El Espíritu de la verdad, por lo tanto, no enseña una palabra nueva, no ofrecerá una revelación personal, diversa de la de Jesús, porque cumple la misión de traer a la memoria de los discípulos la verdad de Jesús, mediante su acción interior en sus corazones y en su mente. Obviamente, la memoria viene a ser la forma de unión con la persona recordada; no se trata de su simple recuerdo nostálgico, sino de la memoria, – memorial -, que actualiza, que vuelve a hacer presente a alguien o algo.

Durante su revelación terrena, Jesús ha sido el maestro de sus discípulos, pero su acción ha sido más bien externa. El Espíritu Santo trabajará desde dentro, porque estará siempre con los creyentes, es más, morará en ellos (14,16); él hará que la verdad de Cristo se interiorice: esta es su misión y función específica. El recuerdo de las enseñanzas de Jesús por parte del Espíritu, no debe ser entendido en sentido mecánico, sino en sentido global, en referencia al conjunto de la revelación de Cristo. El Espíritu santo dará a sus discípulos la inteligencia de la fe, haciendo entender la palabra de Jesús desde el interior; él será, por lo tanto, el maestro interior de los creyentes.

En el fondo, esta teología bíblica es la que inspira la hermosa secuencia que debería constituir a partir de este domingo, y siempre, una oración nuestra. Comparto con ustedes la siguiente traducción:

 

Ven, Espíritu divino,

manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre;

don , en tus dones espléndido;

luz que penetra las almas;

fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,

descanso de nuestro esfuerzo,

tregua en el duro trabajo,

brisa en las horas de fuego,

gozo que enjuga las lágrimas

y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,

Divina luz, y enriquécenos.

Mira el vacío del hombre,

si tu le faltas por dentro;

mira el poder del pecado,

cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,

sana el corazón enfermo,

lava las manchas, infunde

calor de vida en el hielo,

doma el espíritu indómito,

guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,

según la fe de tus siervos;

por tu bondad y tu gracia,

dale al esfuerzo su mérito;

salva al que busca salvarse

y danos tu gozo eterno.