• VI Domingo T. Ordinario. B.

    DOMINGO VI.  T.O. B.

    Lev.13,1,2.44-46; Sal. 31, 1Cor. 10,31-11,1; Mc. 1,40-45

     

    Oración colecta opcional: Sánanos, oh Padre, del pecado que nos divide, y de las discriminaciones que nos envilecen; ayúdanos a descubrir, incluso en el rostro del leproso, la imagen de Cristo sangrante en la cruz, para colaborar en la obra de la redención y narrar a los hermanos tu misericordia. Por N.S.J…

     

    Síntesis. Lev.13,1,2.44-46. La enfermedad que asusta. Por mucho tiempo la lepra fue el flagelo más temido del hombre. Los hebreos expulsaban de la comunidad al que caía enfermo de este mal contagioso. Pero la lepra era considerada también como el mal por excelencia con el que Dios castigaba a los pecadores, como lo hizo con los egipcios (Ex. 9). Marcado por el signo del pecado, considerado como impuro, el leproso era segregado de la sociedad. Jesús, que no ha venido por los sanos sino por los enfermos, cura a un leproso (evangelio de hoy). Incluso, muere en la cruz como un leproso, apartado del pueblo, desfigurado, para que en el mundo no haya más «leprosos», sino solo hombres que saben amarse y respetarse mutuamente.

     

    Sal. 31. Acción de gracias por el perdón del pecado con elementos didácticos.

    La iglesia reza esta súplica como uno de los siete salmos penitenciales: el texto se adapta muy bien a la situación del cristiano, pecador perdonado por Cristo, en el seno de la comunidad. Pablo cita en Romanos 4, 7-8 los dos primeros versos de este salmo para comprobar el perdón de Dios ofrecido a todos, sin mérito humano. San Juan, 1 Jn 1, 8-2,2 nos invita a confesar nuestros pecados confiando en Jesucristo.

    No olvidemos que “por el hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte”. Morimos a causa del pecado, de tal manera que cuando Dios nos perdona, nos devuelve la vida. En el N.T. la expresión “dar la vida”, “yo he venido para que tengan vida abundante”, es intercambiable con la expresión: “perdón de los pecados”. Dios nos da la vida cuando nos perdona, porque el pecado nos hace reos de muerte. (Puede leerse este salmo al lado del salmo 29 y se complementan perfectamente).

     

    1Cor. 10,31-11,1. Una vida sencilla – San Pablo nos enseña a vivir con simplicidad nuestra jornada, sin sutiles moralismos. La fe no consiste en privarse de la comida. La gloria de Dios es la vida de hombre, la vida cotidiana vivida normalmente, pero en una prospectiva de fe y caridad: acoger a todos, no ofender a nadie; gozar y sufrir con los hermanos. Quien sirve al prójimo en la caridad, sirve al Señor mismo.

     

    Mc. 1,40-45. Jesús rehabilita a los marginados – Cristo cura un leproso, expulsado de la sociedad, destruido en el alma y cuerpo; le devuelve su dignidad de hombre y lo envía a anunciar a los sacerdotes del templo que ha iniciado una nueva época. En efecto, la curación del leproso constituye el signo de la llegada del Mesías (cf. Mt 11, 5). En la fe, y sólo en la fe, estamos en grado de reconocer de qué miserias nos ha curado el Señor. Qué testimonio daremos si, regresando de nuestras eucaristías, tuviésemos un poco más un aire de hombres «sanados».

     

     

     

    Hace ocho días reflexionábamos sobre cómo Jesús entendió su misión. Le dice a sus discípulos: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas para predicar también ahí; pues a eso he venido. Y fue predicando y expulsando demonios en sus Sinagogas por toda Galilea”. (1,38-39), antes había curado a una enferma. Jesús entendió su misión, según Marcos, como la cercanía de Dios al dolor humano en todas sus dimensiones y con todos sus rostros.

     

    La enfermedad es uno de ellos. El Papa comentaba de la manera siguiente la liturgia del domingo pasado: “A pesar de que la enfermedad forme parte de la existencia humana, nunca conseguimos habituarnos a ella, no sólo porque a veces llegue a ser pesada y grave, sino esencialmente porque estamos hechos para la vida, para la vida completa. Justamente nuestro “instinto interior” nos hace pensar en Dios como plenitud de vida, es más, como Vida eterna y perfecta. Cuando somos probados por el mal y nuestras oraciones parecen resultar vanas, surgen en nosotros la duda y, angustiados, nos preguntamos: ¿cuál es la voluntad de Dios? Es precisamente a esta pregunta a la que encontramos respuesta en el Evangelio. Por ejemplo, en el pasaje de hoy leemos que “Jesús curó a muchos que estaban afectados por varias enfermedades y expulsó muchos demonios” (Mc 1,34); en otro pasaje de san Mateo se dice que “Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4,23). (A este propósito es muy oportuno meditar en la respuesta de Jesús a los emisarios del Bautista: Mt. 11,2-5). Jesús no deja dudas: Dios – de quien

     

    Él mismo ha revelado su rostro – es el Dios de la vida, que nos libra de todo mal. Los signos de este poder suyo de amor son las curaciones que realiza: demuestra así que el Reino de Dios está cerca restituyendo a los hombres y las mujeres a su plena integridad de espíritu y de cuerpo. Digo que estas curaciones son signos: guían hacia el mensaje de Cristo, nos guían hacia Dios y nos dan a entender que la verdadera y más profunda enfermedad del hombre es la ausencia de Dios, de la fuente de la verdad y del amor. Y sólo la reconciliación con Dios puede darnos la verdadera curación, la verdadera vida, porque una vida sin amor y sin verdad no sería verdadera vida. El Reino de Dios es precisamente la presencia de verdad y de amor, y así es curación en lo profundo de nuestro ser”.

     

    Gracias a la acción del Espíritu Santo, la obra de Jesús se prolonga en la misión de la Iglesia. Mediante los Sacramentos es Cristo quien comunica su vida a multitud de hermanos y hermanas, mientras cura y conforta a innumerables enfermos a través de las tantas actividades de asistencia sanitaria que las comunidades cristianas promueven con caridad fraterna mostrando así el rostro de Dios, Su amor. (cf. mensaje de JMI. 2012). Es verdad: ¡cuántos cristianos, sacerdotes, religiosos y laicos, han prestado y siguen prestando en todas partes del mundo sus manos, sus ojos y sus corazones a Cristo, verdadero médico de los cuerpos y de las almas! Oremos por todos los enfermos, especialmente por los más graves, que no pueden de ninguna forma proveer a sí mismos, sino que dependen totalmente de los cuidados de otros; que cada uno de ellos pueda experimentar, en la solicitud de quienes están cerca, el poder del amor de Dios y la riqueza de su gracia que nos salva. María, salud de los enfermos, ruega por nosotros.

     

    Hemos visto, también, cómo Jesús transfiere estos poderes a sus discípulos; en las palabras del Papa encontramos ya una forma concreta, conforme a la cual, los discípulos pueden realizar la “potestad” que Jesús les ha otorgado. Es capital la idea del Papa, según la cual, Cristo actúa y salva, sana y cura, a través de los sacramentos. “La obra curativa de Jesús se prolonga en la misión de la Iglesia”. Santa Teresa, hablando de la Eucaristía, se refería al poder sanador de Jesús a través de los sacramentos, dicendo; «Pues si cuando andaba en el mundo de sólo tocar sus ropas, sanaba a los enfermos, ¿qué hay que dudar que hará milagros estando tan dentro de mí si tenemos fe, y nos dará lo que le pidiéramos, pues está en nuestra casa? Y no suele Su Majestad pagar mal la posada si se le hace buen hospedaje».

     

    Hace ocho día aludía a la E Carta Apostólica Sobre «El Sentido Cristiano del Sufrimiento Humano». “Contemplamos a la luz de Cristo, Varón de dolores, el dolor santificante de los cristianos, más aún, el valor salvífico del sufrimiento de tantos hombres y pueblos que desconocen a Cristo: «Todo hombre está llamado a participar en el sufrimiento de Cristo por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido». (19) En definitiva, el dolor, el sufrimiento y la muerte, como la vida misma, sólo son comprendidos a la luz del misterio Pascual de Jesucristo; sólo ahí son vencidos el pecado y la muerte. Por sí misma la vida se resuelve, muchas veces, en la situación límite que experimenta Job, leída el domingo pasado.

     

    Mc. 1,40-45.

    La predicación debe, sobre todo, reflexionar sobre la comprensión del relato tal como Marcos la transmite.

     

    El acceso adecuado viene en la frase conclusiva que acentúa el éxito del evangelio no obstante la orden de silencio y el que Jesús se aleje de la multitud. El mensaje de este relato se refiere a la “cercanía del Reino de Dios que queda confirmado de manera impresionante por la purificación del leproso” (cf. Mt. 11,5), y adquiere una acentuación cristológica en las solemnes palabras y poder soberano de Jesús: «Quiero, queda limpio». Para Marcos, el milagro es la acción del Hijo de Dios. Jesús se ha manifestado a sus contemporáneos en su historia humana, en sus grandes acciones en Galilea, como el hombre de Dios, “poderoso en obras”, único y que realiza acciones más grandes y maravillosas que aquellas de los hombres de Dios del A.T. El rechazo y la incomprensión de parte de su ambiente, son permitidos por Dios para hacer posible la plena manifestación pascual.

     

    De esta manera, nos es dada la única clave válida para comprender el relato del milagro y la revelación de Jesús que él contiene.

     

    Sólo como oyentes del evangelio tenemos acceso a las grandes acciones de Jesús; precisamente porque el Evangelio está fundado sobre la cruz y la resurrección, el milagro en la historia de Jesús puede ser visto y comprendido exactamente sólo a la luz de la real y decisiva acción pascual de Jesús. La predicación de la iglesia debe captar las numerosas acciones y palabras de Jesús con el lente convergente del Evangelio Pascual para presentar y profundizar una nueva perspectiva. Dicho de manera más simple, los milagros, – curación de los enfermos, expulsión de demonios y resurrección de muertos, entre otros -, apuntan al triunfo de Jesús sobre el mar, la muerte y el pecado mediante su muerte y resurrección.

    Este milagro, en la intención de Marco, tiene otro punto muy importante: se trata de un milagro de «purificación». Jesús demuestra su nueva idea sobre « puro» e «impuro». Grundmann escribe: “Para Jesús, pureza e impureza, no están determinadas en manera de casuística, sino en términos de persona, medida por la intención del corazón”. Después de todo, lo que hace «impuro» al hombre, no es lo que entra por lo boca, sino lo que sale de su corazón. (cf.Mc. 7,14-15). El fenómeno médico no está completamente resuelto por el aspecto cultual y ritual: Jesús reconoce la competencia del código hebreo respecto a la salud, sin embargo, se da un paso esencial hacia la separación de las dos esferas. Nos queda claro que un rito religioso cultual no cura la lepra. Escribe J. Ernst a este propósito que el lema “desacralización” toma un significado positivo en relación a la eliminación de lo demoníaco en el mundo, es decir, que Dios, a la postre, es quien permite y hace posible los adelantos médicos que salen al encuentro de la enfermedad, y en todo caso, la medicina, los laboratorios, los profesionales de la medicina, religiosos y todos, hemos de hacernos sensibles al sufrimiento humano para ver algo más que expedientes y casos en el ser humano atormentado por la enfermedad.

     

    La acción de Jesús tiene un significado humanitario. Viene en ayuda del que sufre en el cuerpo y es discriminado socialmente. Cierto, hay que agregar de inmediato: se trata de un solo leproso; en aquel tiempo muchos leprosos morían miserablemente, y no obstante los progresos médicos, todavía hoy existen enfermos de lepra y de otras muchas enfermedades ante la indiferencia y el carácter privativo de la medicina e insensibilidad de la industria farmacéutica. Esta evidente discrepancia entre la ayuda dada a la miseria y al dolor que existen en el mundo resulta comprensible si se entiende la función indicativa del milagro de Jesús: será así cuando el Reino de Dios se haya realizado. En esa dirección apunta el milagro. En esa dirección tenemos que caminar para hacer resplandecer en el mundo de la pobreza, de la enfermedad, del dolor y de la muerte, con nuestra ayuda y nuestra presencia, la cercanía del Reino. Estamos lejos de ese punto, pero debemos tener esperanza porque Jesús nos ha dado signos claros. Esta es la perspectiva en la que han de entenderse los milagros con los que Jesús socorre al hombre necesitado.

     

    En su catequesis del domingo pasado (05.11.12), dice el Papa:

    Los cuatro evangelistas coinciden en testimoniar que la liberación de enfermedades y padecimientos de cualquier tipo, constituían, junto con la predicación, la principal actividad de Jesús en su vida pública. De hecho, las enfermedades son un signo de la acción del mal en el mundo y en el hombre, mientras que las curaciones demuestran que el Reino de Dios –y Dios mismo–, está cerca. Jesucristo vino para vencer el mal desde la raíz, y las curaciones son un anticipo de su victoria, obtenida con su muerte y resurrección.

     

    Un día Jesús dijo: “No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal” (Mc.2,17). En aquella ocasión se refería a los pecadores, que Él había venido a llamar y a salvar. Sigue siendo cierto que la enfermedad es una condición típicamente humana, en la cual experimentamos realmente que no somos autosuficientes, sino que necesitamos de los demás. En este sentido podríamos decir, de modo paradójico, que la enfermedad puede ser un momento que restaura, en el cual experimentar la atención de los otros y ¡prestar atención a los otros! Sin embargo, esta será siempre una prueba, que puede llegar a ser larga y difícil. Cuando la curación no llega y el sufrimiento se alarga, podemos permanecer como abrumados, aislados, y entonces nuestra vida se deprime y se deshumaniza. ¿Cómo debemos reaccionar ante este ataque del mal? Por supuesto que con la cura apropiada –la medicina en las últimas décadas ha dado grandes pasos, y estamos agradecidos–, pero la Palabra de Dios nos enseña que hay una actitud determinante y de fondo para hacer frente a la enfermedad, y es la fe en Dios, en su bondad. Lo repite siempre Jesús a la gente que sana: Tu fe te ha salvado (cf. Mc 5,34.36). Incluso de frente a la muerte, la fe puede hacer posible lo que es humanamente imposible. ¿Pero fe en qué? En el amor de Dios. He aquí la respuesta verdadera, que derrota radicalmente al mal. Así como Jesús se enfrentó al Maligno con la fuerza del amor que viene del Padre, así nosotros podemos afrontar y vencer la prueba de la enfermedad, teniendo nuestro corazón inmerso en el amor de Dios. Todos conocemos personas que han soportado terribles sufrimientos, debido a que Dios les daba una profunda serenidad. Pienso en el reciente ejemplo de la beata Chiara Badano, segada en la flor de la juventud de un mal sin remedio: cuantos iban a visitarla, ¡recibían de ella luz y confianza! Pero en la enfermedad, todos necesitamos del calor humano: para consolar a una persona enferma, más que palabras, cuenta la cercanía serena y sincera.

     

    Queridos amigos, este próximo sábado 11 de febrero, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, se celebra la Jornada Mundial del Enfermo. Hagamos también, como la gente en tiempos de Jesús: presentémosle espiritualmente a todos los enfermos, confiando en que Él quiere y puede curarlos. E invoquemos la intercesión de Nuestra Señora, en especial por las situaciones de mayor sufrimiento y abandono. María, Salud de los enfermos, ¡ruega por nosotros!

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