Vigilia Pascual. Una reflexión.

 

En los evangelios queda claro que ni los apóstoles ni los demás discípulos del Señor esperaban la resurrección. De ahí la sorpresa de María Magdalena, que piensa que se han llevado el cadáver de Jesucristo. San Marcos nos transmite el desconcierto y el miedo de las mujeres las cuales deciden no comunicar nada por el miedo que tenían: «Salieron huyendo del sepulcro, del temor y del desconcierto que les entró, y no dijeron nada a nadie, del miedo que tenían»; (Mc. 16,8); esta parece ser la reacción general de los que, después, llegarían a ser «testigos de la resurrección».

 

Sin embargo, todos ellos acabaron creyendo. Al meditar los textos, nos damos cuenta de que la sorpresa inicial y la fe posterior coinciden con  unos corazones que amaban intensamente al Señor. Este testimonio también está en las escrituras: Pedro, no obstante la negación, ama intensamente a Jesús y llora amargamente su caída. Las mujeres permanecen al pie de la cruz y se fijan dónde han depositado el cuerpo de su Señor; María, en el evangelio de Juan, – símbolo de la iglesia -, busca “a su Señor”; todos ellos, algunos no obstante su miedo y su desconcierto, amaban intensamente a Jesús.

 

La muerte en la cruz era un hecho irrefutable y vergonzoso, pero nunca dejarían de anunciarla. Sabían lo que habían sucedido en la cima del Gólgota y conocían el lugar de la sepultura, pero eso no les impidió conocer la resurrección y creer en ella.

 

A muchos siglos de distancia y habiendo celebrado muchas veces esta solemnidad, que es la más importante del Año litúrgico, se siente cierta añoranza por experimentar la misma emoción que los primeros testigos de la resurrección. La iglesia enriquece su liturgia para darle el máximo esplendor, como lo hemos vivido esta noche: bendición del fuego, proclamación del pregón pascual, liturgia de la palabra, bendición del agua, renovación de las promesas bautismales, y en muchas comunidades en el mundo entero, nacen a la vida nueva por el agua y el espíritu, muchos hombres y mujeres, hemos  entonado solemnemente el Gloria que suprimimos a lo largo de la Cuaresma, todo para volver a captar el resplandor de aquella noche gloriosa. La liturgia, entonces, se nos convierte en el lugar privilegiado donde Cristo resucitado se hace presente en medio de nosotros con su poder salvífico. El hecho de la resurrección, la afirmación de que Jesucristo vive, ilumina todo lo que ha sucedido hasta entonces y también ha de transfigurar con su luz toda nuestra existencia.

 

María Magdalena, Pedro, Juan y los demás apóstoles cambiaron su percepción de las cosas porque se encontraron con el Señor resucitado. Eso también se nos ha dado a nosotros, aunque de otra manera. Jesucristo nos ha comunicado su vida. San Pedro se refiere a ello indicando que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados. (cfr. Hch. 3, 36-39). Ese perdón nos llega por el bautismo, que supone incorporarse a la muerte, a la sepultura y a la resurrección de Jesucristo. (cf. Rom. 6,1ss)  Hay que abandonarse  en el Señor, que nos sorprende entregándonos “una identidad nueva”, como dice Benedicto XVI.

 

San Pablo también se refiere a ello al escribir a los Colosenses: Ya que habéis  resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, aunque señala, que nuestra   vida está con Cristo escondida en Dios. El Apóstol no sólo afirma que Jesucristo ha resucitado, sino que dice que también lo hemos hecho nosotros (por el bautismo). La vida del Resucitado nos ha cambiado al hacernos hijos de Dios. La alegría de este día nos invita también a volver sobre esa identidad nueva que hemos recibido.

 

La aspersión del agua que se realiza durante la liturgia es especialmente significativa: somos sepultados con Cristo y resucitados con Él.

 

Dice el Evangelio  que los apóstoles comprendieron las Escrituras cuando reconocieron la resurrección del Señor. (cf. Lc. 24) Ahí se nos indica también que toda la verdad del Evangelio, que a veces nos cuesta aceptar en la teoría o en la práctica, adquiere su verdadera fisonomía a la luz de la resurrección. La tumba está vacía y Jesucristo vive verdaderamente y es contemporáneo nuestro.  Por eso, la belleza del cristianismo, que muchos contemplan con tristeza porque lo  piensan irrealizable, es posible. Lo canta la iglesia en esta noche en que se nos hace manifiesto que ninguna tristeza y ningún dolor  o contrariedad tendrán la fuerza suficiente para quitarnos esta certeza: Jesucristo vive y con Él todo es nuevo. Todo esto lo revivimos en la liturgia santa.

 

Es, y no debemos olvidarlo, la Escritura Santa y en la Eucaristía, donde los discípulos de todos los tiempos encuentran al Señor. Los discípulos de Emaús, entonces, no son más afortunados que nosotros; ellos reconocieron al misterioso acompañante cuando les explicó las Escrituras y partió el pan para ellos y con ellos. También nosotros lo encontramos en la santa liturgia.

 

Bajo la luz de la resurrección de Cristo, queridos hermanos y hermanas, enfrentemos la situación que vive nuestra ciudad, nuestro Estado y México todo. La violencia con sus rostros protervos del secuestro, de la ejecución, del asesinato, del robo, de la fármaco dependencia, del alcoholismo, del libertinaje sexual, de la disfuncionalidad de la familia, constituyen la negación del misterio que celebramos, son la negación de la vida. Quienes hacen eso, niegan a Cristo y adoran la “nada”, el absurdo, la misma muerte. Se trata del desprecio de la vida, de la cultura de la muerte.

 

Es necesario que nosotros, los que esta noche hemos sido iluminados por Cristo, luz del mundo y líder de la vida, (cf. Hch. 3,15) demos testimonio de esta esperanza y con nuestra vida, no exenta de problemas y dificultades, y mostremos el camino de la esperanza.