• XI Domingo Ordinario, C

    Domingo XI de Tiempo ordinario, “C”

    2 Sam. 12, 7-10. 13; Sal 31; Gal. 2,16. 19-21; Lc. 7, 36. 8, 3.

    «Tus pecados te son perdonados». Jesús no pone etapas sucesivas: renueva las consciencias. Cuando se conoce su misericordia, más grande que el cielo, no nos asombramos más; de un trapo recogido del fango, él hace un espléndido traje nupcial; de un delincuente puede hacer un santo. Si es verdad que los seres son modelados por la mirada que se dirige sobre ellos, no nos olvidemos que nosotros vivimos bajo la mirada del amor de Cristo.

     

    2 Sam. 12, 7-10. 13 – ¡Tú eres ese hombre! – Cuando el hombre ha pecado, las religiones de todos los tiempos prevén, de parte de Dios, una lista de castigos, y de parte del hombre, ritos de purificación. Natán es el primero en anunciar que Dios no piensa en el castigo, y que el rito de purificación no sirve. Cuando interpreta la consciencia de David le recuerda que en materia de pecado no son los castigos por sí mismos o las abluciones rituales las que reparan el mal cometido, sino la relación personal del hombre con Dios y con los hermanos, una relación que el pecado puede, sin más, contribuir para profundizar, mediante la «conversión». El pecado lo destruye todo, al pecador mismo en primer lugar, y trastorna “los instrumentos de navegación” necesarios para hacer el camino.

     

    Sal 31 – Acción de gracias por el perdón del pecado, con elementos didácticos. Hoy leemos los vv. 1-2.5.7.11. vv. 1-2. En forma de bienaventuranza proclama la dicha esencial de haber sido perdonado. Todo hombre es pecador, la iniciativa de Dios se adelanta a salvar. «Apuntar» es lenguaje jurídico, registro de haber y deuda con valor efectivo. v. 5. Confesión preparada por la experiencia del sufrimiento. Cuando el hombre se confiesa pecador ante Dios, Dios le perdona. v.7. Después de la conversión y del perdón, el hombre se ha de dejar guiar por el camino de Dios. v. 11. La experiencia del perdón se convierte en fuente de alegría para el individuo en comienzo de un nuevo camino bajo la enseñanza de Dios, en ejemplo e invitación para los demás.

     

    Transposición Cristiana. La iglesia reza esta súplica como uno de los siete salmos penitenciales: el texto se adapta muy bien a la situación del cristiano, pecador perdonado por Cristo, en el seno de la comunidad. San Pablo cita en Rom 4, 7-8 los dos primeros versos de este salmo para comprobar el perdón de Dios ofrecido a todos, sin mérito humano. San Juan, 1 Jo 1,8-2,2 nos invita a confesar nuestros pecados confiado en Jesucristo. (L. A. Schoekel).

    En el N. T., las expresiones “perdón de los pecados”, y “dar la vida”, son intercambiables. El fruto del pecado es la muerte. “Por el hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado el muerte”, dice S. Pablo. De tal manera pues que, cuando Dios nos perdona los pecados, en realidad nos devuelve la vida. En Cristo nos ha devuelto la vida en cuanto que nos ha perdonado los pecados. Los salmos de este domingo y del domingo pasado hay que leerlos uno a continuación de otro.

     

    Gal. 2,16. 19-21 – La ley es sepultada – Antes de Pablo, la muerte de Cristo era un grosso problema, difícil de digerir para los apóstoles; y, si somos sinceros y meditamos seriamente en ello, lo es también para nosotros, para nuestra cultura. Los apóstoles intentaban justificarla a partir de las Escrituras y declarando culpables de ella a los judíos (cf. Hech. 2,23-30). Pablo supera tales complejos; por primera vez él canta la muerte de Cristo en sí misma. Ésta no solo sanciona la ley sino que la «mata». Para el cristiano no hay ley, llega a decir. En los escritos de Pablo, la cruz se convierte en el modo de crucificar la ley, de destruir en nosotros la connivencia con el legalismo tranquilizador, haciéndonos capaces de vivir el don gratuito de Dios. Siempre es más fácil encerrarse en una observancia fría, sin alma, que romper las cadenas y vivir en la libertad.

     

    Lc. 7, 36.8, 3 – Hacer acogedora la mesa – A Lucas le gusta narrar escenas de banquetes. Para los hombres, en efecto, comer a la misma mesa quiere decir encontrarse, tener un diálogo, aprender de los otros. Pero la comida en la que participa Jesús es ya por sí misma una trampa: lo acogen para golpearlo, le hablan con el odio en el corazón, le tienden una trampa. Entra en la sala una prostituta: es acogida peor, todavía, que Jesús. Encerrados en sus virtudes y en su conformismo, los convidados son incapaces de acercarse a la intrusa. Jesús, por el contrario, va a su encuentro y el diálogo entre ellos es riquísimo, ese diálogo, esa relación, sustituyen los ritos tradicionales de purificación de los pecados. (Al final, pongo un comentario a este pasaje en el contexto del Año de la Misericordia).

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    El tema de este domingo, es, claramente el tema del perdón del pecado; la primera lectura, el salmo y el evangelio de hoy están en esta tesitura y lo mismo la lectura de Gálatas. Ante el pecado caben diversas formas de reacción; en la liturgia de hoy, vemos la actitud del fariseo, (que representa una forma religiosa, y la actitud de Jesús, que ve el pecado desde Dios).

    La I Lectura nos relata el pecado de David; se trata de una pieza clave para entender la naturaleza y la fuerza del pecado. La circunstancia la conocemos todos. Es un tratado en clave de narrativa sobre el pecado y sus consecuencias, pero también de la forma como Dios perdona el pecado.

    Es oportuno ver algunos puntos. David ha cometido un grave pecado, ha asesinado a un esposo para esconder el fruto del adulterio, primero, y adueñarse de la viuda después. El pecado de David connota un abuso de autoridad y una prepotencia inadmisibles. Dios no es indiferente ante el pecado; es más, él es el primer ofendido. A Dios le duele el pecado de sus hijos en cuanto que el pecado es ingratitud. Esto se echa de ver en «la queja» con la que reprende a David. El pecado no se da al alto vacío; el pecado presupone la ruptura de una alianza, la traición a un amor, es una amistad traicionada. «Yo te consagré Rey de Israel, le dice Dios a David por medio del profeta Natán, y te libré de las manos de Saúl, te confié la casa de tu señor y puse sus mujeres en tus brazos; te di poder sobre Judá e Israel, y si todo esto te parece poco, estoy dispuesto a darte más cada día».

    Esta queja de Dios tiene un sabor de triste decepción, es la queja de alguien que se siente traicionado. El pecado reviste siempre una gran injusticia, se traiciona a quien nos ha dado todo, se abusa de sus dones, y lo que nos ha sido dado para su gloria es usado para ofender. El profeta Natán, como Jesús en su momento, llama pecado al pecado; no hay eufemismos, al pan, pan y al vino, vino;  no hay rebajas ni componendas. Y el fruto del pecado es la muerte: «pues bien, la muerte por espada, no se apartara nunca de tu cada, pues me as despreciado, al apoderarte de la esposa de otro y hacerla tu mujer», sentencia  Natán. El pecado tiene consecuencias inimaginables, por ello le pedimos a Dios que nos libre, no solo del pecado, sino también  de las consecuencias del pecado. Dios rechaza el pecado con toda su fuerza divina, y un día lo aniquilará completamente, pero al pecador le dejará siempre una puerta abierta para el retorno, para el perdón, para la reconciliación, para que se deje perdonar, para que reciba la gracia del perdón. David reconoce la enormidad de su falta y confiesa su pecado, (Salmo 50): «He pecado contra el Señor», esta actitud de arrepentimiento, de confesión, es decir, de reconocimiento del propio pecado, le devuelve la vida (el salmo convierte en bella oración agradecida esta actitud humilde). «Natán le respondió: el Señor te perdona tu pecado. No morirás».

    Se podrán escribir miles de libros desde la teología, desde los sacramentos, desde las pastorales, desde las psicologías y desde todos los puntos de vista, pero es imposible lograr la belleza concisa de este relato en el que se plasma el drama de toda existencia, que es un drama de redención. El hombre rodeado por su propia debilidad, la fuerza del pecado que lo arrastra, la gracia del arrepentimiento, de la confesión, y el perdón de Dios que se le ofrecen. Tal es la dinámica de la salvación.

     

    Teología narrativa. Todos los evangelios son un hermoso ejemplo de literatura aplicada. La teología y las pastorales de escritorio, son inventos muy posteriores. Las escuelas actuales de exégesis hacen hincapié en la dimensión literaria, el análisis retórico, le llaman; hablan de teología narrativa. El arte de narrar a Jesucristo, se titula un reciente comentario a Lucas. Con ello quieren decir que el mensaje de Jesús, que es un mensaje sobre su Padre, está confeccionado en clave narrativa. Mediante pequeños relatos, que son auténticas joyas literarias, integrados en un sistema más amplio, se expresa  el mensaje. Una de esas joyas literarias es la que leemos este domingo. Cuando se analiza cuidadosamente su estructura literaria, vemos que está hecha con maestría y que Lucas ha pensado en todos los detalles. Aquí no podemos extendernos demasiado.

    Pero el núcleo del mensaje es el siguiente: «Jesús es el profeta que perdona los pecados». La distribución del material demuestra lo cuidadoso de la elaboración: Jesús y el fariseo (v.36); el caso de una pecadora (v.37-38); se discute el caso (v.39-47); solución del caso (v.48-50); es una dramatización para expresar el mensaje: «La misericordia de Dios es revelada por Jesucristo y se muestra cuando nos perdona devolviéndonos la vida». Jesús quiere que nuestra relación esté dominada siempre por la misericordia (cf. 6,37-38).

    Algunos elementos. Los personajes: Jesús, la pecadora, el fariseo y los comensales. La escena está montada para revelar las diversas actitudes ante el pecado. El fariseo representa su visión religiosa fría y seca, que solo da para la condena: el pecador solamente merece el desprecio y la exclusión. Jesús, que nos revela a Dios, ve en el pecador la oveja perdida, a la que ha venido a salvar y la perdona, la rescata, le devuelve la vida. Los comensales participan en la visión del fariseo y llama la atención su indiferencia; son, como muchos de nosotros, simples espectadores, que no quieren comprometerse en nada ni con nadie.

    Pero no solo esto. Jesús quiere salvar no solo a la pecadora, sino también sacar al fariseo de su error, de su visión limitada, de su falso orgullo. Jesús quiere que el fariseo se sepa también él pecador y lo lleva a confrontarse consigo mismo; que vea lo estrecho de su visión y que sienta que también él necesita el perdón de Dios. Él tiene que aprender aquello de que “misericordia quiero, y no sacrificios”, aquello de que “los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino” porque ellos saben que son pecadores, necesitados del  perdón; el fariseo se siente seguro en su religión.

    La respuesta coral del final nos da la interpretación en su conjunto: “los invitados comenzaron a preguntarse entre ellos: ¿quién es este que hasta los pecados perdona? Y Jesús le dijo a la mujer: «tu fe te ha salvado, vete en paz». Es lo que necesitamos todos, la certeza de ese perdón que libera. A eso ha venido Jesús.

    Bosquejo de homilía. En muchas iglesias es posible encontrar una imagen de cierto tamaño de Cristo crucificado. Son muchas las personas que se acercan a rezar ante ella y que, como muestra de amor, besan los pies de la imagen. Muchas veces éstos aparecen desgastados por el afecto que les han mostrado las personas. Al pensar en ese gesto tan simple pero lleno de amor, nos viene a la mente la escena que hoy leemos en el evangelio. Hay una mujer pecadora que no ahorra detalles de amor hacia el señor.

    Oscar Wilde en una de sus obras hace decir a un personaje «Todos estamos en la cloaca, pero algunos miramos hacia las estrellas». Simón el fariseo, la mujer pecadora, el rey David de la primera lectura, tú y yo somos pecadores. El pecado nos hunde y, para salir de él, necesitamos una segunda humillación que no viene solo como consecuencia de nuestros actos desordenados, sino que nace del reconocimiento de nuestra impotencia y de darnos cuenta de que hay alguien que puede salvarnos. La mujer del evangelio, al ponerse a los pies de Jesús y mostrarle el dolor por sus faltas con las lágrimas y el deseo de vivir según Dios con los besos, nos enseña el camino. David con el reconocimiento dolorido de su gran pecado.

    El dolor solo no es suficiente. A veces lloramos al descubrir que hemos obrado mal. Estamos insatisfechos con nosotros mismos pero no alcanzamos a descubrir que la única salida es que alguien nos perdone. Simón el fariseo había rogado a Jesús que fuera a su casa a comer. Con esa invitación demostraba que quería entrar en amistad con el señor y, por tanto, era consciente de que a su vida le faltaba algo que sólo Jesucristo podía darle. Pero da la impresión de que Simón quiere pagar la visita de Jesús con una buena comida. Jesús tiene otro plan.

    La mujer, por el contrario, se postra a los pies de Jesús y solo busca el perdón.  Se comporta como una sierva que busca arrancar el perdón con todas sus fuerzas porque sabe que no merece nada. En su actitud no hay ni autosuficiencia ni desesperación. Jesús mismo nos indica que ha actuado movida por su mucho amor. Simón se pone a la altura del rostro de Cristo; la mujer, a sus pies. Y sin embargo, la mirada de la mujer llega mucho más lejos: desde el abismo de su humillación llega al abismo de la misericordia.

    San Pablo en la segunda lectura, nos explica que no podemos justificarnos por ninguna obra exterior. Nos salvamos por la fe en Cristo Jesús que nos ha amado y se ha entregado a la muerte por nosotros. En la imagen del crucificado encontramos a alguien que en su porte externo, desfigurado por el sufrimiento, nos recuerda el daño que el pecado ha hecho en nuestro interior. Pero al mirarlo descubrimos que las heridas que hay en él no provienen de ningún acto desordenado, sino que son la consecuencia de su amor por nosotros. De ahí que no dejemos de conmovernos ante un crucifijo. En él descubrimos la gravedad y consecuencia de nuestros pecados, pero también el amor que nos abre a una vida nueva. Y de ese encuentro nace el sentimiento de amor hacia Jesús y la posibilidad de experimentar, a través de la confesión de nuestras faltas, lo mismo que oyó la mujer pecadora: Tus pecados están perdonados. Y con el perdón nos viene dada también la capacidad de amar como Jesús no ha amado.

     

     

     

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