XI DOMINGO. T. ORDINARIO. B.

Ez.17,22-24; Sal. 91; 2Cor. 5,6-10; Mc. 4,26-34.

 

Oración opcional. Oh Dios, fuerza del que espera en ti, escucha benigno nuestras súplicas y dado que por nuestra debilidad nada podemos sin tu ayuda, socórrenos con tu gracia, para que fieles a tus mandamientos podamos agradarte en las intenciones y en las obras.

 

Ez.17,22-24 – Dios exalta las cosas pequeñas – El árbol de la dinastía de David ha sido talado por la trágica desaparición de los últimos brotes. ¿Quiere decir esto que Dios reniega de su pueblo? Dios ha decidido solo renovar todo sin renegar de la alianza: la ramita más frágil del viejo árbol tan amorosamente plantada, será el origen de un nuevo pueblo. Este brote será Jesús de Nazaret; con él desaparece el sueño simbolizado en el cedro robusto; una iglesia sin pretensiones, pequeña como un grano de mostaza, reunirá a los pequeños y a los pobres (el evangelio de hoy).

 

Sal. 91 – Himno con elementos de acción de gracias y motivos sapienciales – A los imperativos ordinarios sustituye aquí la afirmación: «es bueno»; domina el tono de alegría, de entusiasmo. El comprender la revelación de Dios, en sus obras, y el poder cantar a Dios que es «lo bueno» y la verdadera alegría.

 

La desgracia es no comprender esta revelación como le sucede al «necio» que aquí tiene un carácter ético y aún religioso. Forzando un poco el texto, pero no tanto el sentido, diríamos: «el que no lo entiende es un necio». El que no entiende que es bueno dar gracias a Dios, cantar en su honor, proclamar su misericordia y su fidelidad a toda orquesta, porque sus acciones son nuestra alegría y el júbilo nuestro las obras de sus manos. ¡Cómo recitaría la Virgen María este salmo! El Magníficat es un ejemplo de ello: cantar las maravillas de Dios.

 

2Cor. 5,6-10 – El cansancio del apóstol – Tras las persecuciones y el fracaso, Pablo está cansado de combatir y sueña en el reposo definitivo: sería más simple morir, sobre todo cuando se tiene la certeza que morir significa estar siempre con Cristo. Pero comprende que Cristo lo llama a vivir y a continuar la lucha, porque no se puede llegar a él con las manos vacías. Algo así le paso a Ignacio de Loyola en Manresa. (cf. Comentario del domingo pasado).

 

Mc. 4,26-34 – El Reino de Dios – Con frecuencia descubrimos que el reino de Dios progresa exactamente ahí donde no lo hemos ni siquiera anunciado; el Reino con frecuencia progresa entre aquellos a quienes ni siquiera prestamos atención, o incluso donde ponemos obstáculos a su desarrollo. La palabra de Dios es esa misma acción u obra, potente y creadora. Es la palabra «eficaz» de la que habla Isaías, esa palabra que como la lluvia y la nieve, habrán de fecundar la tierra. Dios nos confía esta palabra como un poco de semilla: si la dejamos madurar es capaz de transformar el mundo. No es la pobreza la que conduce a la iglesia a la desconfianza, sino más bien sus caídas en la tentación de creerse poderosa, de creer que es ella, la iglesia, la que hace eficaz «la semilla del Reino».

 

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Lo mismo podemos decir de la imagen literaria de Ezequiel que hemos leído como primera lectura. Este capítulo es un oráculo de salvación expresado en símbolos; primero el «águila y el cedro». El capítulo se refiere a un momento complicado de la vida de Israel cogido en un arco de alta tensión política: la lucha por el predominio entre Egipto y Babilonia. Israel está en medio de dos gigantes en una situación de extremo riesgo. De hecho, una opción política equivocada llevará a Israel al destierro. En este contexto, Dios habla a su pueblo por el profeta y en medio es una parábola: Nos habla de un cedro legítimo, alto, encumbrado, de donde se tomará un vástago que será plantado en monte elevado. El Señor es el autor, el que realiza todo esto. Ese vástago se extenderá frondoso y llegará a ser un cedro magnífico y anidarán en él los pájaros y las aves reposarán a la sombra de sus ramas. Imposible no recordar las parábolas de Jesús; Jesús se nutría de la prístina tradición religiosa de su pueblo. ¿Qué nos dice esta parábola? «Y sabrán todos los árboles silvestres que yo, el Señor, humillo al árbol elevado y elevo al árbol humilde. Seco el árbol verde y reverdezco el árbol seco. Yo, el Señor, lo digo y lo hago». Jesús dirá después que el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido. Esta parábola es un canto a la humildad en cuanto que esta virtud significa esencialmente la confianza en Dios, no en nuestras fuerzas y recursos, no en nuestras cualidades y méritos, sino en la gratuidad misericordiosa de Dios. Esta doctrina empapa toda la Sagrada Escritura.

 

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En el evangelio de este domingo tenemos dos parábolas; una es la semilla en vías de crecimiento mediante un oculto y misterioso camino y la otra es la antítesis del Reino, según la clasificación de Cerfeaux: el grano de mostaza, mínimo al inicio y frondoso al final. Aquí están las dos parábolas de este domingo exigiéndonos una interpretación.

 

La primera parábola, el crecimiento escondido del Reino, tiene mucho que decirnos en un momento que percibimos algo parecido a un retroceso del Reino en nuestro mundo. Existe un cierto pesimismo, un decaimiento de la fe, de la esperanza en los valores del Reino. Quisiéramos ver el triunfalismo de otros tiempos, pero la secularización, la facilidad con que nuestro mundo se acostumbra “al silencio de Dios”, nos asustan. Dejemos la palabra a Mons. Cerfeaux: El labrador ha arrojado su semilla en la tierra. Hecho esto, ha concluido su tarea. Y ya no piensa más en su tierra, vuelve a ocuparse en sus quehaceres de cada día. El trigo se levanta sin que él tenga que intervenir, sin que piense en ello, sin que se de cuenta de ello. La tierra da fruto por sí misma. La lección se encierra en esa despreocupación del labriego. El Reino crece, semejante a la mies del campo. Nunca se ha frustrado la esperanza del campesino. Así la esperanza del Reino conducirá a la humanidad hasta la cosecha. Jesús nos revela la certeza que llena su alma y le asegura el éxito de su mensaje. No hay que precipitar la hora decisiva. Con toda seguridad llegará, libremente, inevitablemente; en el secreto de su actividad, Dios la está preparando. Jesús habría podido repetir esta parábola a sus discípulos Santiago y Juan, cuando le propusieron hacer bajar fuego del cielo sobre los Samaritanos que le negaron hospedaje (Lc. 9,52-55). Los golpes de fuerza no son convenientes para el establecimiento del Reino de Dios.

 

El secreto de la fe está en encontrar a Dios, o en introducirlo en cada momento en los momentos y acontecimientos del mundo que, aparentemente, nada tienen que ver con su designio sobrenatural. Tampoco debemos olvidar que la parábola se refiere a cada uno de nosotros, no debemos olvidar que «el Reino está dentro de nosotros», de esta manera, también nosotros estamos llamados a confiar, más que en todas nuestras fuerzas, esfuerzos, proyectos, planes, etc., etc., en la fuerza misteriosa de la palabra del Reino. Es claro que debemos hacerle un espacio en nuestra vida. Según decía el viejo Orígenes, el Reino está dentro de nosotros, ahí tiene que crecer, y de ahí tiene que salir para implantarse en el Reino. (ver Oficio de Lectura. Fiesta Cristo Rey.)

 

El grano de mostaza. Esta parábola nos sitúa casi en la misma línea pero con matices propios. El meollo de esta parábola lo podríamos describir así: La elección misma de una semilla pequeña arrastra la elección de la especie vegetal. Si Jesús no hubiera querido precisamente subrayar la debilidad de los comienzos del Reino, habría tomado una higuera, o una viña, o una palmera, un árbol de verdad, como hacía la tradición. Esta política del Reino es lo que causaba escándalo y constituye el secreto inicial del plan divino.

 

El gran biblista Lagrange escribía: Para nosotros la enseñanza tiene el alcance de una profecía realizada. La historia nos hace asistir a los humildes comienzos y a los progresos del reino de Dios de región en región, pasando de los judíos hostiles a los paganos despreciativos. No tenemos más que abrir los ojos para ver establecido el Reino en el mundo entero, otorgando cobijo a tantas almas que viven en él para Dios, invitando y esperando a los pueblos que quieren practicar su justicia y gustar su palabra. Cierto estas palabras tienen un poder apologista, pero son ciertas.

 

Pero, ciertamente, hoy, asistimos a uno de esos momentos extremadamente difíciles. Bastaría ver los escándalos y los pecados de los sacerdotes, el manejo mediático de estos problemas, la «cristofobia» de nuestra cultura, en fin, la problemática tremenda que ha enfrentado BXVI. El vacío y la hostilidad que el mundo mediático, en general, reserva para la gran obra de la iglesia. El silencio que se guarda ante los espíritus misioneros y voluntariados cristianos en los países de misión en medio de la pobreza, de la amenaza y de la muerte. Un mundo difícil; pero en medio de este mundo hostil y escandaloso, Jesús nos repite la parábola: Sucede con el Reino de Dios, como con un grano de mostaza que un hombre ha sembrado en su jardín. En este mundo, así y todo, es la tierra donde Jesús ha sembrado su cimiente.

 

¿Podría la iglesia ser lo suficientemente humilde si no la formáramos con la humildad de todos nosotros? Teofilacto escribe: «Tú también eres el grano de mostaza, que parece tan pequeño. No se trata de hacer alarde de actos virtuosos. Sino de mostrarte fervoroso, arrastrando a los otros con este fervor, siendo su reproche con nuestra autoridad. Es necesario ser perfecto entre los débiles y perfectos.

 

Oigamos a San Hilario: El saber que en el horizonte surge el Reino de Dios, a medida que se despliega la debilidad, es aceptar ser el grano de mostaza….Nuestros abuelos criaban ellos mismos su mostaza. Las plantas de mostaza negra crecían y se sembraban de nuevo cada año en un rincón del jardín. Recogían la grana y la machacaban dentro de un barreño haciendo rodar una bala de cañón, que habían recogido en algún campo de batalla. Tengamos el valor de imitarlos en lo espiritual, reavivando, por la fe y la valentía en el sufrimiento, la virtud nativa del grano de mostaza.

 

Excursus. Las Parábolas.

Desde hace mucho tiempo he manejado un hermoso comentario de las parábolas, breve y profundo a la vez, de Mons. Lucien Cerfeaux, viejo biblista, héroe de mil batallas y jesuita, especialista en S. Pablo. Es de los muy pocos libros en mi biblioteca que conservo en fotocopia. Los mejores biblistas han abordado el tema de las parábolas, entre otros, Charles Dodd, C. Westermann y Joaquín Jeremías. Hay además otros más modernos, pero aquellos son el punto de referencia. Con el texto de Mons. Cerfeaux, teniéndolo como base, he dado varias tandas de ejercicios. En realidad, las parábolas constituyen una roca firme, quizá la más primitiva, y un filón inagotable de la enseñanza de Jesús. Tal vez como ninguna otra sección de los evangelios, las parábolas revelan el alma de Jesús, sus emociones, su situación, su oculta alegría, como en el Himno de Júbilo, leído el domingo pasado; y la revelación del Reino. No olvidemos que son las parábolas del Reino. Las parábolas que nos hablan de la siembra del Reino, de su difícil crecimiento, de lo arriesgado de toda siembra y nos hablan también de la cosecha final. Nos hablan de la antítesis del Reino, (su siembra humilde y su final glorioso: la siembra que en el silencio y lo secreto, va creciendo, el grano de mostaza), del hallazgo del Reino, de la misericordia de Dios, de la nueva justicia basada en el amor y comprensión, como el padre del hijo pródigo, de la ruptura con el pueblo de Israel, de la cosecha escatológica, de la venida de Jesús. Se trata, pues, de un auténtico tesoro de la enseñanza de Jesús. Tal vez estemos, como dicen los especialistas, ante la ipsissima Verba Jesu.

 

La parábola está en la línea de la imagen, de la imagen literaria; estamos ante una metáfora prolongada, ante la alquimia de la metáfora, (L. A. Schoekel). Los griegos la definían en su retórica como la yuxtaposición, a un pensamiento menos accesible, de una analogía bastante concreta para clarificar la idea abstracta. Las ideas abstractas son difíciles de retener y entonces hay que ayudarnos de imágenes, de comparaciones, de analogías para hacer accesible la idea. Es lo que hacemos generalmente cuando nuestra audiencia se está durmiendo (cosa muy habitual), durante la homilía, y recurrimos a una imagen, a una anécdota concreta para engancharlos de nuevo.

 

En su De Poética Hebrea, el Padre Luis Alonso S., al iniciar el capítulo VIII, Imágenes, dice: llegamos al capítulo más importante y más difícil: la imagen. Gloria, quizá sustancia de la poesía, planeta encantado de la fantasía, galaxia inagotable y viva y cambiante. Y lo que nunca debe hacerse es intentar deshacer el lenguaje simbólico, figurado, para traducirlo en un lenguaje realista, agorado, cerrado. El símbolo está siempre abierto.

«La imagen» es como el punto de apoyo y la pista de lanzamiento de su inteligencia. Es también un símbolo que hay que «descifrar». En la imagen puede verse ya como en un grado variable, «la clave» que nos lleva a una comprensión que ya habíamos vislumbrado. La acción de sembrar es una imagen que todos conocemos, máxime, en tiempos de Jesús; pero también es un símbolo. Ahora nosotros tenemos que encontrar la clave, para entenderlo mejor, el password. Esta es la dinámica de acercamiento a las parábolas. Si no encontramos esa clave, no entendemos la parábola. Toda parábola tiene su password. Por ejemplo, ¿cuál es la clave de la parábola del sembrador o de la cizaña en el campo de trigo o la parábola de la levadura? Es necesario, pues, ver la imagen, ver el símbolo y ver la clave de interpretación.

 

La revelación usa la imagen como medio. ¿Podría Dios hablarnos de otra manera que no fuera en «imágenes»?… La parábola se usaba ya en el A.T. mucho antes que los «retóricos griegos y latinos». Podemos ver un ejemplo muy sencillito en Amos 8,1-2: “He aquí que lo que me hizo ver el Señor: Una canasta de frutas maduras. Y me dijo el Señor: ¿qué ves tú Amós? Yo respondí: una canasta de frutas maduras.” Aquí está la parábola; ¿qué quiere decir?, ¿cuál es el mensaje? Tenemos que esforzarnos en cuál es la situación de una canasta de frutas maduras. Las parábolas no admiten mentes perezosas. Hay que pensar en la situación de una fruta madura. Tal vez descubramos que la fruta madura ha llegado a su fin, no tiene mañana. Mañana será una cosa echada a perder. O se aprovecha ahora y, entonces, sirve para algo o mañana solamente habrá que tirarla. Una fruta madura está en su final. «Y el Señor me dijo: mi pueblo Israel está maduro, ha llegado a su fin». En una forma sencilla, inagotable, siempre abierta, la parábola nos interpela a todos en todo momento. ¿No será la nuestra la situación de una fruta madura?

 

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Un Minuto con el Evangelio

Marko I. Rupnik, SJ

 

Al ver a la multitud, sintió compasión de ella. Estar bajo su mirada quiere decir ser bañado de misericordia. Los testimonios que nos llegan del Evangelio, como, por ejemplo, el de san Pedro en el patio del sumo sacerdote, nos dicen que basta una sola mirada del Señor para sentirse lavados, perdonados y abrazados, para pasar de la muerte a la vida. El Señor, cuando nos mira, experimenta compasión, la cualidad maternal del amor divino: Dios conmueve como a la madre al ver a su hijo en dificultad. Al ser él mismo amor, no nos fuerza, no nos obliga a caminar por la senda correcta, sino que tiembla de amor por nosotros, y esta compasión suya se convierte para nosotros en motivo de nueva vida. Él quiere que en su misión los discípulos transmitan esta misma compasión. Nosotros, los cristianos, estamos en el mundo no para juzgarlo, sino para conmover a alguien con una mirada que destile compasión de Dios, la misma que nos ha acariciado a nosotros.