Domingo XII de tiempo ordinario “C”.

Zac. 12,10-11. 13,1; Sal. 62; Gal.3.26-29; Lc. 9,18-24.

 

Mirarán al que traspasaron!

(Jn 19,37).

En cuanto he podido, en cuanto me has concedido poder, te he buscado; he deseado ver con la inteligencia lo que creía; he estudiado, me he fatigado mucho.

 

Señor, Dios mío, mi única esperanza, escúchame, haz que no me canse de buscarte, que busque siempre tu rostro con ardor.

 

Dame tú la fuerza para buscarte, tú que te has hecho encontrar y me has dado esperanza de encontrarte de manera siempre más perfecta. (S. Agustín. De Trinitate).

 

Zac. 12,10-11. 13,1 – Cambio de prospectivas – En un contexto que debería normalmente anunciar la victoria clamorosa del mesías y el fin de los tiempos, el profeta deja entender que la benevolencia de un Crucificado y las lágrimas de aquellos que sufren con él, podrían muy bien ser el signo del día en que avendrá la manifestación de Dios. La esperanza, por tanto, puede estar acompañada de lágrimas, y brotar de la muerte como una fuente del desierto.

 

Sal. 62 – Salmo de súplica y de confianza en la persecución. (vv. 2-6.8-9). v.2. Desde el principio domina el tono de intimidad y el sentimiento intenso. Ahora es una nostalgia experimentada casi como necesidad biológica de agua. v.3. La nostalgia se intensifica recordando una experiencia intensa en el santuario, cuando el hombre llega a sentir y a «contemplar» la presencia de Dios, que se manifiesta como «poder y gloria» en el culto. vv. 4-5. La experiencia religiosa funda la alabanza futura y la esperanza de nuevas alegrías participando en el culto a Dios. Este culto incluye los cantos de alabanza, con gestos de las manos y sacrificios eucarísticos de los que participa el pueblo en el banquete sagrado. Todo ello es una fiesta de alegría, cum iubilo. vv. 7-9. Prosigue el tono de intimidad y alegría. En el templo «canta con júbilo», y este recuerdo le acompaña por la noche. La unión con Dios es una profunda experiencia religiosa, el alma «se pega» a Dios: y en ello consiste la «gracia», que «vale más que la vida».

 

Transposición Cristiana. El cristiano repite la experiencia religiosa, encontrando a su Señor presente en el templo y en el culto: en la manifestación de su gloria, en el banquete eucarístico, en los himnos y en la asamblea, en la gracia y unión íntima. Y esta maravillosa experiencia le llena de nostalgia, como una sed total, por aquella unión plena y definitiva en el santuario del cielo.

 

Dice San Pablo: «Aunque poseo el premio porque Cristo Jesús me lo ha entregado, yo a mí mismo me considero como si aún no hubiera conseguido el premio. Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús».

 

Gal.3.26-29 – La utopía de la fe – Reunir a los hombres separados por muchas fronteras, divididos por barreras económicas, políticas, culturales y raciales; el mundo moderno quisiera, ciertamente, poseer la fórmula para construir un mundo mejor. Pablo ofrece la clave: la fe en Jesucristo, que reúne a los hombres y da plenitud a la promesa hecha a Abraham. Pero para creer verdaderamente en Cristo, ¡cuántas pasiones hay que dominar, cuánta soberbia y vanidad hay que aniquilar, cuántos privilegios hay que suprimir! Porque creer en Cristo significa ver en cada hombre un hermano.

 

Lc. 9,18-24 – Al encuentro de la muerte – Jesús anuncia a los discípulos su vocación mesiánica. Pero teme los equívocos políticos y sociales que tal revelación podría tener. Por esto impone silencio y se retira a la soledad para orar. Él ruega probablemente por lo que le espera, para encontrar la fuerza necesaria para cumplir la misión que le ha sido confiada. Y en la oración descubre su destino, la muerte que se perfila en el horizonte de su misterio mesiánico; él será el siervo sufriente, antes que el mesías triunfador. Decididamente, no es posible ser fieles a Dios sin ser fieles a la propia condición humana, hasta la muerte.

 

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El tema. Podríamos  decir que el tema de este domingo es la realización del mesianismo de Jesús por el camino de la cruz. Juan, en Cristo traspasado por la lanza,  cita a Zacarías: “mirarán al que traspasaron”.

Sobre la necesidad de “abrazarnos al misterio de la cruz” el papa BXVI ha hablado bastante en su viaje pasado a Fátima, y ha retomado el tema en su viaje a Chipre. (Ver al final). Pablo VI advertía que “hoy queremos un cristianismo sin cruz”.

En efecto, cuando Pedro proclama: «tú eres el Mesías de Dios», probablemente cree haberlo descubierto todo. Pero está lejos de imaginar que el Mesías de Dios deberá ser destrozado por el sufrimiento de la pasión, rechazado y muerto por los propios líderes religiosos. Revelándolo en este momento, cuando lo han proclamado como Mesías y comparado con los vigorosos profetas de Israel, Jesús responde con un baño de agua fría al entusiasmo de Pedro. En otros pasajes paralelos, Pedro le dice a Jesús: «esto no te sucederá jamás». Y por el contrario, es precisamente lo que sucederá. Es como si Jesús dijese: ¿sabes qué cosa quiere decir Mesías? Quiere decir caminar hacia la cruz. Jesús está por comenzar el viaje peligroso que terminará en la Ciudad Santa con un final trágico; no hay que llamarse a engaño. Jesús anuncia a los suyos lo que le aguarda y, a la postre, lo que les aguarda a ellos también.

Y los cristianos nunca debemos olvidar que somos los discípulos de un condenado a muerte. La cruz es, sin más, la clave última que nos revela el misterio de Jesús. Solo cuando los creyentes “alzan los ojos hacia aquel que han traspasado”, Dios revela en Jesús su naturaleza íntima, que es AMOR. Cristo ha venido a revelar al Padre en términos humanos. Ahora nuestra experiencia nos dice que el test infalible del amor es aceptar el sufrimiento por los que amamos. Se pueden dar millones de pesos, sin amar, pero sin amor no se puede dar la vida. Cuando Maximiliano Kolbe se ofreció para ir a los hornos crematorios nazis en lugar de un compañero de prisión, nadie podía dudar de su amor.

 Sin la cruz de Jesús, ¿Hubiera sido posible tener la certeza íntima de que Dios nos ama verdaderamente? Entonces el famoso pasaje en el que Jesús interroga a sus discípulos sobre la conciencia que tienen de él, desemboca siempre en el anuncio de su pasión y muerte con la intención de evitar  malos entendidos. El es el Mesías de Dios, el Santo, el Consagrado, pero lo que ha de quedar claro es que su mesianismo habrá de realizarse mediante “la locura de la cruz” (cf. I Cor. 1,18,25).

El texto de Zacarías es un texto que resulta difícil de ubicar, dice el Padre Alonso. Pero hay que tener en cuenta que se trata de una acción purificadora del Señor: Sobre la dinastía Davídica y los vecinos de Jerusalén derramaré un espíritu de arrepentimiento y de pedir perdón. Al mirarme traspasado por ellos mismos, harán duelo como por un hijo único, llorarán como se llora a un primogénito. En aquél día se alumbrará un manantial contra los pecados e impurezas para la dinastía de David y los vecinos de Jerusalén. Así la traducción del P. Alonso.  Afirma este autor que la alusión al misterioso traspasado es muy difícil. Sin embargo, leída desde el evangelio de Juan nos resulta clara: el inocente traspasado en el que nuestros pecados serán perdonados, y el pueblo todo purificado, es Cristo que muere en la cruz.  De tal manera que la ubicación litúrgica nos ayuda en la comprensión del texto. Predicar a Cristo sin la cruz es un engaño. Líbreme Dios en gloriarme en otra cosa que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. (Gal. 6,14).

 

Bosquejo de homilía. La pregunta que escuchamos en el evangelio de este domingo es de gran actualidad. Jesús pregunta por su persona. La única respuesta válida es la que lo confiesa como Dios. Es el Hijo de Dios que se ha hecho hombre. Hay personas a las que les molesta la imagen del crucificado pero dicen que coinciden en muchas cosas con las enseñanzas del evangelio. Sin embargo, si negamos la divinidad de Jesús, todo queda reducido a una ética que puede parecer muy hermosa pero que no tiene ninguna eficacia. Hay autores que han pensado que si los hombres cumplieran el evangelio, el mundo alcanzaría la paz. Pero presuponen que las enseñanzas del Señor son sólo un código de conducta que plantea unos ideales muy hermosos que el hombre puede realizar con sus solas fuerzas. En el fondo reducen el evangelio a un humanismo. Jesús nos previene contra ello al señalar: El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda la vida por mi causa la salvará. Dios se ha hecho hombre para que nuestra vida se mida según su divinidad y se abra a un horizonte que supera las esperanzas terrenas.

En el camino hacia la fe de Edith Stein ocurrió un hecho singular. Cuando murió Adolf Reinach, un profesor del círculo de Husserl de quien también ella era discípula, Edith experimentó un dolor muy grande y pensó que la señora Reinach estaría destrozada por el sufrimiento. Cuando finalmente la vio, se llevó una sorpresa porque, a pesar de su tristeza, la señora Reinach estaba llena de una esperanza que le daba consuelo y paz. Allí empezó a percibir que había algo más fuerte que la muerte: el misterio del Crucificado, según el cual, a pesar del dolor y de la muerte,  manifiesta la victoria sobre la muerte y la desesperanza.

Nuestra confesión de que Jesús es Dios va unida al reconocimiento de que él ha sido clavado por nuestros pecados. En el evangelio, justo después de darse a conocer como el Mesías, Jesús anuncia a sus apóstoles que debe acudir a Jerusalén, donde será ejecutado.

En la primera lectura leemos: Me mirarán a mí, a quien traspasaron. El evangelista San Juan recordará esta profecía cuando la lanza atraviese el costado de Jesús, del que brotó sangre y agua. De un cuerpo muerto brotó la vida. Nuestra mirada al Señor pasa por ese velo, y por eso algunos titubean o se resisten a creer. Pero en Jesús está la verdadera vida. La paz que el mundo desea y la felicidad que todo hombre anhela se encuentran en él. Pero no se alcanzan por un mero progreso humano, sino que se precisa la ayuda de lo alto que se nos concede a través de la fe. De eso nos habla San Pablo en la segunda lectura.

Como dice San Pablo, por la fe se nos da el ser hijos de Dios y, en consecuencia, se nos hace herederos de la promesa. La promesa va unida a la filiación. Empezamos a ser hijos por el bautismo. Por ese sacramento se nos da la fe y se incoa en nosotros la vida eterna.

Así nuestra realidad humana queda transfigurada. Es posible entonces trabajar por el reino. Este reino no es resultado de nuestro trabajo, sino que viene de lo alto. Al confesar la divinidad de Jesucristo nos abrimos a esa gran esperanza. Si negamos la divinidad, nos quedamos sin la gracia. No nos bastan las palabras y el ejemplo del Señor, necesitamos de su persona y de la salvación que él nos concede. Queremos un Cristo sin cruz. (Pablo VI).

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Comparto contigo unas palabras de la homilía del Papa B. XVI  al celebrar la santa misa con los sacerdotes, religiosos, diáconos, catequistas y movimientos eclesiales de Chipre en la iglesia de la Santa Cruz de Nicosia (5 de junio de 2010):

“Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

El Hijo del Hombre debe ser elevado, para que todo aquel que crea en él tenga vida eterna (cf. Jn 3,14-15). En esta Misa votiva adoramos y alabamos a nuestro Señor Jesucristo, porque con su Santa Cruz redimió al mundo. A través de su muerte y resurrección ha abierto las puertas del cielo y ha preparado un lugar para nosotros, para que nosotros, sus seguidores, podamos obtener una participación en su gloria.

 

La atención de nuestra celebración hoy es la Cruz de Cristo. Muchos podrían estar tentados de preguntar por qué nosotros los cristianos celebramos un instrumento de tortura, un signo de sufrimiento, de derrota y de fracaso. Es cierto que la Cruz expresa todas estas cosas. Y, sin embargo, a causa del que fue levantado en la Cruz por nuestra salvación, también representa el triunfo definitivo del amor de Dios sobre todo el mal en el mundo. ….

 

La Cruz, por tanto, es algo mucho más grande y más misterioso de lo que parece a primera vista. De hecho, es un instrumento de tortura, de sufrimiento y de derrota, pero al mismo tiempo expresa la transformación completa, la reversión definitiva de estos males: esto es lo que la convierte en el símbolo más elocuente de la esperanza que el mundo haya visto jamás. Ésta habla a todos los que sufren – los oprimidos, los enfermos, los pobres, los marginados, las víctimas de la violencia – y les ofrece la esperanza de que Dios puede transformar su sufrimiento en alegría, su aislamiento en comunión, su muerte en vida. Ofrece esperanza ilimitada a nuestro mundo caído.

 

Por eso, el mundo necesita la Cruz. La cruz no es sólo un símbolo privado de devoción, no es sólo un símbolo de pertenencia a un determinado grupo dentro de la sociedad, y, en su sentido más profundo, no tiene nada que ver con la imposición de un credo o una filosofía por la fuerza. Ella habla de la esperanza, habla de amor, habla de la victoria de la no violencia sobre la opresión, habla de que Dios eleva a los humildes, da fuerza a los débiles, vence la división, y supera el odio con el amor. Un mundo sin la Cruz sería un mundo sin esperanza, un mundo en el que la tortura y la brutalidad estarían fuera de control, donde el débil sería explotado y la codicia tendría la última palabra. La inhumanidad del hombre hacia el hombre se manifestaría en formas cada vez más espantosas, y no habría fin al círculo vicioso de la violencia. Sólo la Cruz pone fin a la misma. Si bien ningún poder terrenal puede salvarnos de las consecuencias de nuestros pecados, y ningún poder terrenal puede derrotar a la injusticia en su origen, sin embargo, la intervención salvadora del Dios del amor ha transformado la realidad del pecado y la muerte en su contrario. Eso es lo que celebramos cuando nos gloriamos en la cruz de nuestro Redentor. Con razón san Andrés de Creta describía la Cruz como “lo más noble, más precioso que cualquier cosa en la tierra […] pues en ella, a través de ella y por ella, todas las riquezas de nuestra salvación fueron guardadas y restauradas para nosotros” (Oratio X; PG 97, 1018-1019)”.

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Un minuto con el Evangelio

Marko I. Rupnik, SJ

 

Nos asombra que, aunque la respuesta de Pedro sea correcta, en lugar de alegrarse de ello, Cristo ordene severamente a los apóstoles que no se lo cuenten a nadie. Evidentemente, en la respuesta hay algo que no le convence. En los evangelios, todavía tenemos otros dos ejemplos a los que Cristo prohíbe hablar de él: a los curados y a los demonios; a los demonios porque, por su voluntad, tratan de falsear la identidad de Cristo y engañar a la gente. A los curados porque fácilmente hablarán con entusiasmo de su curación reduciendo a Cristo, el Mesías, a un simple curandero. De este modo, si uno encuentra a Cristo y no es curado por él, sin duda lo abandonará. En el ejemplo del evangelio de hoy, Cristo percibe que la respuesta de los apóstoles es demasiado fácil e incompleta: no incluye de manera suficientemente clara el carácter pascual de su ser Hijo de Dios, Salvador de los hombres. Por ello, Cristo añade el anuncio de su pasión. Anuncia a Cristo sin la Pascua es un engaño.