• XV Domingo Ordinario B.

    Domingo XV de Tiempo Ordinario B.

    Am 7,12-15; Sal 84; Ef 1,3-14; Mc 6,7-13.

     

    Oración opcional. Concédenos oh Padre, amar a tu Hijo sobre todo; él revela al mundo el misterio de tu amor y de la verdadera dignidad del hombre. Cólmanos de tu Espíritu, a fin de que lo anunciemos a los hermanos con la fe y con las obras. Por NSJ…

     

    Am 7,12-15 – Una voz incómoda – ¿Con qué derecho habla este hombre? ¿Quién le ha confiado el encargo de denunciar la hipocresía de los santuarios y el falso prestigio de los grandes? Que vaya a otra parte a ejercer su ministerio. Ante tales provocaciones, Amos responde revelando la violencia de su vocación. Él es a su pesar un profeta arrancado por Dios de un trabajo tranquilo y de un ambiente confortable. Dios lo saca de su ambiente tranquilo de pastor y colector de frutos silvestres. Esta separación no buscada vuelve libre la palabra de Dios y pura la intención de quien lo anuncia.

     

    Sal. 84 – Lamentación colectiva, con oráculo de salvación – Se refiere a la gran liberación del destierro, como hecho reciente: «el Señor ha sido bueno con su tierra / ha restaurado la suerte de Jacob.» El destierro ha tenido un valor expiatorio, ha cubierto o sepultado la culpa colectiva del pueblo, es decir, la infidelidad a Dios, el sincretismo religioso con la idolatría.

     

    Los versitos que leemos en forma responsorial este domingo son del 9 al 14. A la plegaria del pueblo responde el oráculo divino pronunciado probablemente por un sacerdote: Dios anuncia «la paz» que es prosperidad íntegra.

     

    Todos los actos de salvación del AT quedan incompletos, preparando la salvación culminante, cuando en Jesús venga la gloria de Dios al mundo y nuestra tierra germine al Justo. En ese momento se realiza el gran encuentro de la justicia con la fidelidad y la misericordia y la salvación, fruto de una tierra fecundada por el Espíritu. Pero de nuevo la salvación realizada en Cristo se abre hacia la consumación escatológica, produciendo y sustentando nuestra esperanza. Siempre bajo el influjo de la Palabra eficaz.

     

    Ef. 1,3-14 – El proyecto de Dios – Varias veces a la semana leemos este himno trinitario a la hora de vísperas, un himno de alabanza y de excepcional densidad que celebra el proyecto que Dios ha realizado en su Hijo querido. No es la casualidad o un ciego destino el que guía el universo: Dios tiene su proyecto. Ha creado el mundo por nosotros, casa abierta para los hijos de Dios. La humanidad no va a la deriva, avanza hacia su cumplimiento, hacia la plenitud de su realización: todos los hombres reunidos en torno a Cristo: un cuerpo regenerado, sentado a la mesa fraterna, el reencuentro definitivo de los hombres con Dios y entre ellos. No se trata de una palabra vana o de una promesa sin garantía. Ha venido ya un hombre que ha llevado a su plenitud en su propio cuerpo el cambio que habrá de venir: Jesucristo, que ha muerto y ha resucitado. Ya existe en nosotros el fermento de una metamorfosis: el Espíritu Santo. En cada eucaristía, recordamos este proyecto de Dios y tomamos parte en él, en la espera de su plena realización: “esperando que se cumpla la feliz esperanza y venga del cielo nuestro salvador Jesucristo.” Cada día de la semana, cada acontecimiento de nuestra vida es una etapa de este proyecto.

     

    Mc 6,7-13 – Hacia una nueva familia – Jesús, rechazado por su familia (como hoy, tal vez, el cristiano es rechazado de su ambiente natural), anuncia una fe que está a la base de una parentela universal. Cristo encarga a los apóstoles reunir al pueblo de los salvados, y estos recorrerán los caminos de los hombres, impulsados por el amor de la fe y revestidos, como único medio de propaganda y única reserva, de la palabra de Dios. La verdadera fe se reconoce por una decisión libre y responsable y por su capacidad de acoger a otros.

     

    ++++++

    Nos quedábamos, hace ocho días, con las palabras de Mc. que reflejan la voluntad de Jesús que no se desalienta ante lo extraño de la incredulidad: «después recorría las aldeas del contorno enseñando». (Mc 6,6b) El evangelio de este domingo hay que leerlo a partir de este versito; es necesario contemplar a Jesús que se mueve por todo el contorno, que va y viene, que no descansa, que no se detiene, que, incansable, continúa su trabajo evangelizador.

     

    Hay una tesis doctoral sobre el evangelio de Marcos titulada “Los Doce”, la primer parte de la tesis se dedica a analizar los verbos de movimiento que aparecen en el relato Marcano; y llama la atención constatar la cantidad de veces que aparecen verbos de movimiento referidos a Jesús. No se mueve sin ton ni son, recorría los pueblos vecinos enseñando y anunciando el reino de Dios, expulsando los demonios y curando a los enfermos. Éste es el punto de contacto con el evangelio de hoy.

     

    La misión de los Doce. En el amor de Dios al hombre radica la misión; Dios no olvida a su pueblo, no nos ha olvidado a nosotros, y no obstante que haya oídos sordos a su mensaje, como lo veíamos hace ocho días, Dios sigue enviando embajadores suyos a nuestra vida, a nuestro mundo, entonces y ahora. El fragmento de hoy, se refiere precisamente al envío de los Doce. Los Doce, que ya han hecho una mínima experiencia de vida con Jesús, que han escuchado su llamado, ahora son enviados a una experiencia misionera programática.

     

    Es importante notar, en el versito 7 el dato de que “Jesús llamó a los Doce y los fue enviando…”. Se trata de un hecho fundamental. El misionero cristiano de entonces y de hoy, no va por cuenta propia; no se trata de una iniciativa personal, él es llamado y luego enviado por alguien. Les otorga poderes sobre los espíritus inmundos. El versito 12 constituye una síntesis acabada del evangelio de san Marcos sobre lo que es la verdadera evangelización: “se fueron y predicaban la necesidad de volverse a Dios; expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban”. De dos en dos es una alusión a la ley judía que afirmaba que para que un testimonio fuera aceptado, se necesitaban dos o más testigos. Y en cuanto a las indicaciones de no llevar más que lo estrictamente necesario, reviste una enseñanza más allá de la circunstancia concreta que presenta el evangelio. Los medios del Reino de Dios están sometidos, al grado de convertirse en signo, al reto de una absoluta falta de necesidades y de una singularísima confianza en Dios. En la renuncia a lo que es necesario para la vida se demuestra el seguimiento radical que tiene incluso como consecuencia el rompimiento de todos los lazos. El que se va a dedicar al servicio del evangelio debe vivir ejemplarmente según los dictámenes del evangelio. Se trata de la confianza en Dios de la que nos habla Jesús en Mt 6,25-34: el tema de que nadie puede servir a dos señores y de la absoluta confianza en Dios en nuestras necesidades aún materiales.

     

    A principios de este Año Litúrgico, presentaba yo una pista de lectura de Mc. basándome en algo que aparece en el evangelio de hoy: “llamó a los Doce y los fue enviando… confiriéndoles poder sobre los espíritus inmundos… se fueron y predicaban la necesidad de volver a Dios; expulsaban muchos demonios y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaba”. Esto tiene el valor de un resumen, y revela una idea muy importante: la forma como los primeros evangelizadores y las primeras comunidades entendieron la evangelización. No la entendieron nunca como la transmisión de conocimientos o como la entrega burocrática de un documento; por el contrario, la entendieron como el anuncio de Jesús y la comunión con su persona, siempre liberadora. La evangelización, entonces como ahora, es poner a alguien en contacto con la gracia sanadora de Cristo resucitado.

     

    Hay un dato en Mc., decía yo, que siempre me ha llamado la atención: la forma inmediata, absoluta y casi acelerada como Jesús otorga a sus discípulos la potestad de expulsar demonios y curar a los enfermos. La enfermedad en aquellos tiempos, y no veo porque ahora no, era vista como una forma opresora del poder demoníaco. De esta manera el don de la sanción ha de entenderse como una forma de exorcismo. Se puede deducir, entonces, que el anuncio y acogida del evangelio significan una liberación de todos los poderes que enajenan y destruyen al hombre.

     

    Marcos es el evangelio más antiguo que poseemos, es por ello un testigo muy importante de la iglesia primitiva; es un testimonio muy valioso sobre la forma como fueron vistas y entendidas la persona y misión de Jesús, tanto por los discípulos como por las primeras comunidades. Es, pues, llamativo el hecho de que Jesús, en Mc, antes de iniciar su misión, se enfrente personalmente a Satanás en el episodio de las tentaciones. Luego, comenzando su trabajo evangelizador, se enfrenta a los poderes adversos: posesiones diabólicas, enfermedad y alienación religiosa, a la manipulación, a la mentira y al autoengaño, a los poderes que manipulan al hombre, es decir, a todo cuanto destruye al hombre o deteriora en él la imagen de Dios.

     

    Y el mismo poder otorga inmediatamente a sus discípulos; también ellos son revestidos del poder de expulsar demonios y de curar enfermos. La expulsión de los demonios y la curación de enfermedades son dimensiones de la evangelización. En el evangelio que hemos leído hoy, los discípulos son revestidos de esa potestad, y exactamente lo mismo sucede en la misión universal, cuando el resucitado cita los discípulos y los envía a anunciar el evangelio a toda la creación, les ordena bautizar a todas las gentes. Expresamente se menciona: “expulsarán demonios en mi nombre… impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán”. Y el evangelio termina con estas palabras “ellos fueron a predicar por todas partes y el Señor confirmaba el mensaje con los milagros que hacía” (cf. 16,15-20).

     

    De la misma manera hoy tenemos que preguntarnos sobre nuestra idea de evangelización. ¿Qué es, para nosotros, evangelizar? ¿Conservamos los poderes que Jesús otorgó a sus discípulos? ¿Habrá revocado Jesús estos poderes al evangelizador de hoy? ¿De qué forma podemos hoy nosotros expulsar los demonios y curar a los enfermos? Son preguntas de cuya respuesta depende la idea y el éxito de una misión evangelizadora de la iglesia de nuestros días. No desarrollo aquí el tema por completo, pero, en mi ensayo “expulsad los demonios” se puede leer un esbozo de respuesta y una pista de lectura del evangelio de Marcos.

     

    Reflexión. Podríamos resumir el mensaje de este domingo de la siguiente manera: todo hombre es, desde siempre, objeto de una elección divina radicada en el amor. Esto establece entre el llamado y el que llama una relación preferencial, que es la espina dorsal de nuestro vivir, y que ninguna otra relación puede construir. Pero, precisamente como elegido y llamado por Dios, todo creyente es enviado a sus hermanos, como el profeta Amós (1ª Lec.), es enviado por Dios a Israel, y como los Doce fueron enviados por Jesús.

     

    El modo como Pablo presenta (II lectura) la elección que Dios ha hecho de mí en el amor, no puede menos que llenarme de estupor. Me ha elegido “antes de la creación del mundo”: por lo tanto, cuando yo todavía no existía, en el origen primordial de las cosas, había sólo una ternura infinita, que sólo sabe amar. Yo todavía no existía, y Dios ya pensaba en mí y me envolvía en su amor. Me pensaba en Cristo, que es el centro de su proyecto. Y me destinaba a ser su hijo. Y todo esto de un modo totalmente gratuito, porque no existía nada que atrajese este amor o justificase tal elección. Esta gratuidad tiene una fascinación irresistible. En la prisión romana, Pablo encadenado contempla conmovido este designio divino, al interno del cual se ve a sí mismo, elegido para el ministerio del evangelio. Cada uno de nosotros está llamado a realizar el mismo descubrimiento en la oración.

     

    Dios me ha elegido para enviarme. Jesús es el primer enviado; Dios envió a su Hijo al mundo. A su vez, él ha enviado a los Doce como leemos en el evangelio de hoy. Él ha presentado esta misión de los discípulos como una prolongación de su propia misión: “como el Padre me envió, así los envió yo” (Jn 20,21). Y como Jesús ha hecho presente al Padre en medio de nosotros, así aquellos que Jesús ha enviado, lo hacen presente en medio de sus hermanos. El Apóstol, (apóstol en griego significa enviado) es aquel que con su obediencia y su fidelidad une de un modo vivo aquél que lo ha mandado con aquellos a quienes es enviado. Mas aún, lo hace presente. La persona del enviado se convierte en un signo sensible de la presencia de Cristo. Sin esta misión, que se prolonga en el tiempo, la iglesia no tendría razón de ser. No debemos olvidar que la iglesia está cimentada sobre el fundamento de los apóstoles.

     

    El apóstol, el enviado a servir de lazo viviente entre el Señor y los hermanos, debe estar profundamente unido a uno y a otros. Es un puente, y como todo puente tiene dos cabezas. El puente une los dos extremos. El enviado hace de puente entre Cristo, que es la primer cabeza del puente y su fundamento, y aquellos a quienes es enviado. Sobretodo, el apóstol es aquel «para quien su vivir es Cristo» según las palabras de Pablo. Cristo constituye el modelo de todo discípulo. El enviado traiciona su misión si se conforma demasiado con el mundo y se olvida de Cristo. El evangelio de este domingo nos dice como ejemplo cuáles son las exigencias de radical pobreza respecto a la misión. Y este punto me parece importante en extremo porque estamos nosotros en misión. La misión será un éxito en la medida en que nos atengamos al ejemplo de Jesús y que seamos bastante mas pobres también en nuestros proyectos, en nuestros análisis, y sepamos confiar más en el poder de Dios. Pablo VI nos dice en la Evangelii Nuntiandi que el Espíritu Santo es el principal agente de la evangelización y sin él fracasan los mejores proyectos. La pobreza como expresión de la radical confianza en Dios, es condición sine qua non de la evangelización. Debemos preguntarnos seriamente si no estamos confiando más en nuestros recursos que en el poder del Espíritu.

     

    El enviado, al mismo tiempo, debe estar ligado a los hermanos de la comunidad a la que es enviado. No basta que esté “frente a ellos”: debe estar con ellos y para ellos. Y cuanto más pobres sean los hermanos, tanto más tienen derecho a su intervención. Como Jesús que vino “a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10). De aquí brota el estilo de una iglesia misionera que se consagra a salvar todo lo que está perdido, sobre el plano del destino humano igual que sobre el plano del destino eterno. La iglesia no puede cerrarse sobre sí misma: es para el mundo.

     

    Todo esto se refiere especialmente a la jerarquía, pero no exclusivamente. Todo cristiano es un apóstol: por el sacramento del bautismo y de la confirmación es enviado a los hermanos y se convierte en responsable de su salvación. La misión de la iglesia es asunto de todos, jerarquía y laicos. Bastaría que viviésemos este principio para que el mundo se transformara. Hay demasiados “fieles” que viven la fe solo como una cuestión personal. Signo evidente de que el Concilio Vaticano II no ha incidido suficientemente en la praxis cristiana. Queda aún mucho por recorrer en el camino de la renovación conciliar.

     

    Recomiendo ampliamente leer y releer la Exhortación Apostólica: La Evangelización en el Mundo Moderno. Evangelii Nuntiandi del Papa Pablo VI (1975). Se trata de un documento insuperable por su sencillez, su hermosura y su profundidad.

     

     

Los comentarios están cerrados.