• XX Domingo Ordinario B.

    Domingo XX de Tiempo Ordinario B

    Pro 9,1-6; Sal 33; Ef 5,15-20; Jn 6,51-58

     

    Oración opcional. Oh Dios de la vida, que en este día santo nos haces tus amigos y comensales, mira a tu iglesia que canta en el tiempo la feliz esperanza de la resurrección final, y danos la certeza de participar en el alegre banquete de tu Reino. Por NSJ…

     

    Pro 9,1-6 – Una mesa preparada – Invitar a alguien a la mesa significa compartir con él una amistad. En el ámbito mediterráneo, la comensalidad es un gesto de amistad, de familia, de alianza. No se puede uno sentar a la mesa con los enemigos. Con la imagen de la comida, Dios manifiesta la intimidad de nuestra comunión con él. Jesús fue invitado muchas veces a comidas; por último él nos invita a un banquete. Toda eucaristía renueva este ofrecimiento de alianza, de amor, de amistad, de familia. El banquete, la comida, juntos los hermanos, alegres, se convierten en el símbolo «del banquete del Reino de los Cielos».

     

    Sal 33 – Salmo alfabético de carácter sapiencial, con elementos de acción de gracias. Hay que leerlo completo. La enseñanza propuesta no es una doctrina teórica, sino la formulación de una experiencia espiritual. Por eso la doctrina tradicional no se queda en la rutina, sino que es personal y comunitaria.

     

    San Juan aplica el versito 21 de este salmo a Cristo muerto en la Cruz (Jn 19,36), reconociendo la protección del Padre sobre el cuerpo ya muerto de su Hijo. Esta protección no es tardía, antes prueba que el poder de Dios supera la muerte.

     

    vv. 2-3. Comienza la lección con un breve acto de alabanza: triple invocación del Señor, invitación a los presentes. vv. 10-11.- Temer a Dios equivale a buscarlo y es sinónimo también de fidelidad. vv. 12-13.- De puro estilo sapiencial es la fórmula «hijos», en sentido de discípulos, y la pregunta con que se introduce una enseñanza: ¿hay alguien que ame la vida y desee la prosperidad? vv. 14-15.- Ese temor o fidelidad a Dios incluye la observancia de sus mandamientos. Estos son los versitos del Salmo 33 que leemos hoy.

     

    Ef 5,15-20 – Para un alegre domingo – Aquellos, a quienes Cristo ha despertado de su sopor, no pueden llevar una vida como personas aturdidas. Incluso cuando uno se crea obligado, como san Pablo hablar de que «los tiempos son malos», debemos saber que cada día que pasa está lleno de la plenitud de Cristo y es preciso descifrar las llamadas que Dios nos envía. Así cada domingo podría darnos la alegría de vivir generosamente nuestra vida cristiana. El domingo es un verdadero problema. Fromm dice que si quitáramos, un domingo, todos esos medios de enajenación, televisiones, cines, deportes, nos quedaríamos impresionados de la cantidad de suicidios. El domingo como problema, dice Fromm. Pablo nos invita a vivirlo cristianamente con una alegría plena oponiéndonos a la embriaguez y al desenfreno. Nuestros domingos, tristemente, antes que esta plena alegría, son aburrimiento. El Magisterio se ha ocupado, como lo ha hecho, también, la teología litúrgica y pastoral, del domingo. (cf. Dies Domini, entre otros). La literatura bíblico-teológica sobre el tema es abundantísima. El domingo, que culmina, en la eucaristía, es un buen tema de predicación. ¿Cómo vivimos el domingo?

     

    Jn 6,51-58 – El pan de vida – Este discurso de Jesús es demasiado claro e incluso desconcertante. El misterio de la eucaristía entra en el misterio, también él increíble, del plan de amor de Dios que ofrece a su Hijo por la vida del mundo. Aquellos que se acercan al pan de vida sin fingir y no por simple costumbre, saben que él tiene la respuesta a todo su ser cristiano; salvados por el amor, llevados a la vida nueva, miembro de una iglesia de hermanos, llamados a una alegría sin fin, se nutren de Cristo como palabra de vida eterna y pan que da la fuerza para vivir.

     

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    Este domingo, todas las lecturas que constituyen la Liturgia de la Palabra, forman una unidad. Nos sorprende que el tema dominante lo dicte el fragmento de Proverbios que leemos este domingo. Se trata de un tema muy profundo y cargado de simbolismo, en donde la acción de comer y beber pan y vino simbolizan la interiorización de la Ley de Dios. Y, como bien sabemos, esa Ley de Dios es la sabiduría del hombre; de hecho Dios había dicho a los Israelitas: “observa los mandamientos que yo te doy, ellos serán tu sabiduría delante de los demás pueblos”. De tal manera que observar, cumplir y realizar los mandamientos de Dios, la Torá, es ser un hombre sensato.

     

    En la Biblia sólo hay dos categorías de hombres: los sabios o prudentes o sensatos que son los que observan los mandamientos de Dios, que descubren en ellos el camino de su felicidad, y los necios, o sea, los que ignoran o desprecian los mandamientos de Dios; “al necio sus caminos acabarán por perderlo” (Sal 1). Así es que el gran tema de hoy, es la Sabiduría.

     

    Los estudiosos del Nuevo Testamento están de acuerdo en afirmar que, no sólo Jn 6, sino todo el IV Evangelio todo, está concebido en una línea sapiencial (C. Westermann). Por lo demás no debe extrañarnos, puesto que Pablo dice expresamente que “Cristo es Sabiduría de Dios” (1 Co 1,24).

     

    El fragmento del Sal 33 (vv. 12-17) y la lectura de Ef 5,15-20 se dan la mano. La Sabiduría tiene un valor práctico. Sal 33,12-17 tiene una estructura sapiencial: “Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor”. Es el estilo sapiencial, el maestro de sabiduría que llama hijos a sus discípulos, y que los va instruir en el temor de Dios. “El principio de la sabiduría es el temor de Dios” (Pro 1,7). El objetivo de esta instrucción es para vivir y para vivir mejor: “¿Hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad?” (v. 13). Es una pregunta que el hombre de todos los tiempos, y también el actual, se plantea. Nosotros, los que estamos aquí en nuestra asamblea dominical, escuchamos con atención este reto, porque todos amamos la vida y deseamos días de prosperidad, pero, ¿Cuál es el camino? Aquí ya entramos en un terreno resbaloso, amamos la vida y queremos prosperidad, pero el camino por el que vamos, los métodos que seguimos, los consejos que oímos, las opciones que hacemos, ¿nos llevarán a la vida y nos darán días de prosperidad? ¿O, más bien, vamos por caminos que conducen a la muerte? Nosotros vemos que la duda, la incertidumbre, la sospecha, el miedo, la intranquilidad se han apoderado de nuestro ambiente, incluso la prosperidad, se nos ha escapado una vez más de las manos. Sabemos que «los tiempos que corren son malos». ¿No nos habremos equivocado de camino? ¿No habremos prescindido de la sabiduría, don de Dios, al momento de trazar nuestra ruta?

     

    El Salmo nos plantea una alternativa que, a primera vista, no nos satisface, no nos complace; no alcanzamos a ver la relación que existe entre el tener vida y alcanzar prosperidad con los consejos que nos da el salmo de este domingo: “guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, haz el bien, busca la paz y corre tras ella; los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos escuchan sus gritos”. San Pablo nos dice: “fíjense bien cómo actúan, no como necios, sino como sensatos. Aprovechen la ocasión, porque corren tiempos malos. Por eso no seáis imprudentes, antes comprended lo que el Señor desea. No os embriaguéis porque el vino lleva a la lujuria, antes bien, llénense, (embriáguense), del Espíritu”, enseguida el Apóstol nos invita a la alabanza y a la acción de gracias en las que debemos permanecer siempre. Es un texto parenético que debemos leerlo completo. Pero lo importante es que Pablo usa las categorías bíblicas “necio y prudente”, advierte sobre la insensatez. El P. L. Alonso Shöckel, titula un precioso ensayo con el que prologa el comentario al libro de la Sabiduría: “Oferta de sensatez”; eso es la sabiduría.

     

    Es interesante ver la estructura de Prov. 9. Me atengo a la traducción del P. Alonso S. La Biblia del Peregrino. El capítulo 9 es breve y tiene la estructura de un díptico. Los vv. 1-6 son el Banquete al que invita la Sensatez, y, en oposición, los vv. 13-18 son la invitación al Banquete que ofrece La Locura. Al centro, v- 7-12, están los destinatarios que podríamos resumirlo en el v. 10: «El comienzo de la sensatez es el temor (respeto) a Dios, y conocer al Santo es inteligencia». El P. Alonso cambia el término tradicional de sabiduría por el término sensatez. La Biblia sólo conoce dos tipos de personas: el sensato y el insensato; los equivalentes son: el sabio, el prudente, en oposición al necio, al imprudente. La necedad o la imprudencia pueden llegar al término de la locura; hay que estar loco, verdaderamente, para trabajar como sicario, por ejemplo.

     

    Lo curioso es que ésta sensatez o sabiduría es ofrecida como un banquete. El P. Maurice Gilbert del Instituto Bíblico, en un artículo magnífico titulado “La Sabiduría se ofrece como alimento”, dice: Salid de la boca del Altísimo, la Sabiduría gobierna desde lo alto a la humanidad y recibe de Dios la orden de establecerse entre los hijos de Jacob. Se expande a la manera de un árbol y, dirigiéndose a aquellos que la escuchan, los invita a comer sus frutos. Se trata de una descripción poética de la revelación (doctrina) que Dios hace a su pueblo en la historia humana. Pero ¡qué admirable semejanza con la historia de Jesús en el N.T., con la invitación de Jesús a comer su carne y a beber su sangre! Lo que Ben Sirá cantaba de la Sabiduría, el cristiano lo puede decir de Jesús, la Sabiduría Encarnada.

     

    “Nuestro mundo necesita Sabiduría”, sentenciaba profético Juan Pablo II. La Sabiduría es fundamentalmente el arte del discernimiento. La Sabiduría es una realidad compleja y enigmática, pero se puede decir que es fundamentalmente el arte del discernimiento para hacer resaltar lo que favorece a la vida, o al contrario, lo que lleva a la muerte. Usando una imagen expresiva, se puede parangonar el sabio a un timonel experto que dirige con destreza su barca para arribar al puerto, no obstante las tempestades y los escollos. El sabio, para vivir en el mejor modo posible y evitar el mayor numero de golpes, observa la realidad que lo circunda e intenta discernir lo verdadero de lo falso, lo útil de lo inútil, la vida de la muerte. De su experiencia personal y de la de sus predecesores, y de la observación de la realidad, toma las enseñanzas más convenientes para guiar su comportamiento. El inmenso genio de la literatura y de la Biblia, el jesuita Luís Alonso Schökel hablaba de la Sabiduría como una “oferta de sensatez”.

     

    Ahora bien, la Sabiduría que procede de Dios, que es un don suyo, es la que nos ayuda a guiar nuestra barca, es decir, a dirigir nuestra vida para que nuestra vida tenga sentido y plenitud. Dios nos ofrece la sabiduría, y esa sabiduría está en sus mandatos. Por eso, “si alguno es sencillo que venga acá. A los faltos de juicio les dice: vengan a comer del pan y beber del vino que he mezclado. Dejen su ignorancia y vivirán; avancen por el camino de la prudencia” (Pro 9,1-6). Así es que, bajo la acción de comer y beber se indica plásticamente la interiorización, la apropiación de la Palabra de Dios, que es Luz en nuestro camino, que es alimento para el alma. No nos extrañe entonces lo que nos dice el libro de Proverbios, el Salmo y el Apóstol Pablo: una invitación a ser “Sabios”, es decir, a ser prudentes.

     

    Cuántas cosas podemos decir sobre este tema, ¡Cuánta insensatez!, ¡Cuánta imprudencia en nuestro ambiente, en nuestro mundo!, ¡Cuánta falta de juicio y cuánto andar por caminos que no lo son! Necesitamos aceptar la invitación que nos hace la sabiduría personificada: he preparado un banquete, he mezclado el vino, vengan a comer y a beber de la sabiduría que yo les daré.

     

    Y así llegamos a nuestro tema central. Cristo es la Sabiduría de Dios encarnada; ahora, simple y sencillamente, si queremos tener vida, si amamos la vida, debemos comer su carne y beber su sangre, es decir, hacer nuestra, interiorizar su propuesta. La salvación y la vida que no termina, solamente están en él. Sólo él tiene palabras de vida eterna; él ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Solamente por medio de él, podemos tener vida. Y esto hay que tomarlo al pie de la letra. La comunión sacramental será el Máximum de asimilación, de apropiación, de identificación con el Hijo de Dios hecho hombre.

     

    Comparto contigo un hermoso texto de Edith Stein, Sor Teresa Benedicta de la Cruz, en la vida religiosa, sobre la Eucaristía. Ella habla de «Vivir de manera eucarística». «Vivir de manera eucarística significa salir de nosotros mismos, de la estrechez de la propia vida y crecer hasta la amplitud de la vida de Cristo. El que busca al Señor en su casa no le pedirá sólo lo relativo a él y a sus necesidades. La participación diaria en el sacrificio eucarístico nos implica automáticamente en la vida litúrgica. La oración y los ritos de la misa mantienen presente en nuestra alma, en el curso del año litúrgico, la historia de la salvación y nos permiten penetrar más a fondo en su significado. El acto sacrificial imprime en nosotros cada vez de nuevo el misterio central de nuestra fe, el perno de la historia universal: el misterio de la encarnación y de la redención. El que tiene espíritu y corazón sensibles no podría estar cerca de la víctima santa sin hacerse disponible al sacrificio; jamás se dejaría atrapar por los deseos de su pequeña vida personal y de esta manera, se implicaría en la grande obra del Redentor. Los misterios del cristianismo constituyen un todo indisoluble cuando se penetra en uno, se comprenden todos los demás».

     

    En efecto, tenemos que quitarle a nuestra práctica sacramental en general, y a la eucaristía en especial, el carácter casi mágico que se le otorga. A este respecto, es necesario volver a repetir la advertencia de Pablo a los Corintios: En consecuencia, que cada uno se examina antes de comer el pan y beber la copa pues quien no reconoce (discierne) el Cuerpo, (del Señor), se come y se bebe su condena. 1Cor.11,29. Debería resultarnos sospechoso el que tengamos tantas misas y tantas comuniones y nuestra vida no sea, precisamente, una vida eucarística, es decir, una vida que se caracterice por el servicio a los demás, por la entrega a los demás, por el amor al sacrificio, al servicio, a la caridad fraterna. Al contrario, la hacemos coexistir con nuestros egoísmos y nuestras banderías. Después de todo, lo que Pablo reclama a los corintos es que celebran, “la cena del Señor”, con una ausencia total de caridad fraterna. Cada quien come su propia cena, los que tienen comen su cena, y los pobres quedan humillados; entonces, dice el Apóstol, ya no es la cena del Señor, es la cena de ustedes.

     

    Comparto con ustedes unas palabras de Thomas Merton: “El Cristianismo es más que una doctrina. Es Cristo mismo viviendo en aquellos que ha unido consigo en un Cuerpo Místico. Es el misterio en virtud del cual la Encarnación del Verbo de Dios continúa y se propaga a través de la historia del mundo, penetrando en el alma y en la vida de todos los hombres, hasta la plenitud final del plan de Dios. El Cristianismo es la «reunión de todas las cosas en Cristo» (Ef. 15,10).

     

    Ahora bien, Cristo vive y actúa en los hombres por medio de la fe y por los sacramentos de la fe. El más grande de todos los sacramentos, la coronación de toda la vida cristiana en la tierra, es el Sacramento de la caridad, la Santa Eucaristía, en la cual Cristo, no sólo nos da la gracia, sino que se nos da realmente él mismo. Pues en este Santísimo sacramento Jesucristo mismo está verdadera y sustancialmente presente todo el tiempo que las especies consagradas de pan y vino continúan existiendo. La Santa Eucaristía es, por consiguiente, el corazón mismo del Cristianismo, ya que contiene al propio Cristo y es el medio principal por el que Cristo, místicamente, une consigo a los fieles en un solo cuerpo.

     

    Más aún: siendo la Pasión de Cristo el centro de la historia humana, y como el sacrificio eucarístico hace presente sobre el altar el Sacrificio del Calvario, por el cual el hombre es redimido, la Eucaristía revalida el acontecimiento más importante en la historia de la humanidad. Comunica a todos los hombres los frutos de la Redención. Pero hay algo más. La Santa Eucaristía, no sólo perpetúa la Encarnación del Hijo de Dios, y preserva su presencia, incluso corporal, entre nosotros, no sólo hace presente la muerte por la cual se sacrificó a sí mismo, por amor nuestro, en la Cruz, sino que, penetrando en el futuro, representa la consumación de la historia humana: la Eucaristía es un signo profético del Juicio Final, de la resurrección de la carne y de nuestro ingreso en la gloria.

     

    El Santísimo Sacramento es, pues, un memorial de todas las obras maravillosas de Dios, su epítome, el único misterio que contiene en sí mismo todos los otros misterios. Es el misterio central del Cristianismo. «Gracias a este Sacramento continúa existiendo la Iglesia, gracias a este Sacramento la fe se fortalece, la religión cristiana y la adoración divina florecen. A este sacramento se refiere Cristo cuando dice: «Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo» (Mat 28,20)”. (The Living Bread, 1955).

     

    Tal vez tengamos que decir a nuestros fieles las palabras con que el Santo Cura de Ars invitaba a sus feligreses a la comunión frecuente: “comulgad, hijitos; acérquense a comulgar. Yo se bien que no lo merecen, pero tienen necesidad de ello”.

     

    Un Minuto con el Evangelio
    Marko I. Rupnik

     

    En distintas ocasiones Cristo retoma el tema de la unidad entre el Padre y él y entre él y la humanidad. Insiste en que en nosotros habrá vida sólo si permanecemos con él, o mejor, en él. No hay duda de que la vida del hombre depende de la unión con Cristo. La savia vital se derrama en la humanidad por medio de la unión con Cristo. Pero, ¿cuál es la vida que fluye desde él hacia nosotros y que permanece para siempre? Quien come mi carne y bebe mi sangre tendrá la vida eterna. El sacrificio del cuerpo y de la sangre se produjo en la Pascua de Cristo. La vid que queda es la que asume la Pascua como forma de su realización. La Pascual es el amor consumado. El hombre tendrá, por lo tanto, la vida eterna si ésta coincide con el amor pascual. Dicha vida, que es amor, el hombre no consigue dársela por sí solo, sino que se le da participada como don por quien es el Salvador pascual.

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