DOMINGO XX  TIEMPO ORDINARIO. C

Jer. 38,4-6.8-10; Sal. 39; Heb. 12,1-4; Lc. 12,49-53 (12,49-59)

«He venido a traer fuego… a recibir un bautismo… a traer la división». Estas tres palabras de Jesús forman parte del evangelio llamado «el evangelio de la espada». La palabra evangélica, aun siendo fuente de unidad, es una espada cortante que opera profundas y radicales separaciones.

 

Jer. 38,4-6.8-10 – El final de los profetas – Todos los profetas, de ayer y de hoy, han comprendido a precio de vida que la verdad hiere. Así han sido liquidados, con frecuencia en base a deformaciones de su mensaje: Jesús es asesinado porque podría ser amigo del César, Juana de Arco porque representa el valor; todos, porque dividen al pueblo. En esta historia, sin embargo, un pagano tiene mejor sentido del rey del pueblo elegido, y demuestra que, cuando nos interesamos por el hombre, nos sirve la causa de Dios.

 

Sal. 39 – La primera parte 2-11 es una acción de gracias pública; la segunda parte es una súplica en el peligro grave; los versos 14-18 se encuentran independientes como salmo 70. vv. 2-3. Comienza la acción de gracias contando su liberación: el hombre puso la esperanza en Dios, Dios respondió «salvando de la fosa», es decir, del peligro grave de muerte. v.4. La consecuencia de la liberación es para el protagonista un canto de acción de gracias: es Dios mismo quien se lo pone en la boca, porque le ha permitido vivir y alabarlo; quizá porque usa un texto oficial. El efecto de la liberación inesperada en los demás es la reacción doble ante lo numinoso: un momento de «sobrecogimiento» que se aclara en confianza. La liberación se hace reveladora de Dios en acción.

 

Transposición cristiana. La carta a los Hebreos pone en boca de Cristo hecho hombre los versos 7-9. Cristo, aceptando plenamente el plan del Padre, realiza el gran sacrificio, aboliendo y dando sentido a todos los precedentes. Cristo paciente suplica al Padre y es escuchado, Heb. 6,7. Pasando a través de la muerte a la nueva vida, se hace modelo y compañero de todos los que dan gracias a Dios por la liberación. Contemplando a Cristo, aprende el hombre el sentido de su propio sacrificio, que es la entrega total al Padre.

 

Heb. 12,1-4 – Hacia la meta – La vida cristiana es comparada, aquí, a una carrera de fondo y todo deportista sabe que para llegar a la meta es necesario encontrar, aun contra toda expectativa, la fuerza para hacer una respiración más profunda. Cristo,  y un gran número de testigos, nos demuestran que nada profundo puede realizarse sin ser conscientes de la propia debilidad y, al mismo tiempo, superarse. Las comunidades cristianas, yendo contra corriente, deben encontrar nueva fuerza y experimentar una nueva juventud.

 

Lc. 12,49-53 (12,49-59) – Heridas necesarias – Jesús, que desde el inicio de la vida pública predica la inminencia del juicio de Dios, ahora lo expresa claramente: los indicios parecen evidentes: se avecina la grande crisis que destruirá el mundo presente para hacer surgir otro nuevo. Los profetas imaginaban tal crisis en forma de un diluvio de agua o por el fuego que lo extingue todo. Pero Jesús ha tomado la decisión de permanecer en todo solidario con sus hermanos los hombres. Por lo tanto, en el juicio de Dios que se prepara, él no será el juez que condena desde fuera, sino el hermano que salva.

 

Con él, todo hombre debe hacer una opción radical: algunos se aferran a las antiguas observancias, fieles a las prescripciones de la ley; otros, acogían la renovación en la fidelidad a Cristo, y tales opciones dividen a la humanidad de la misma manera como hieren la conciencia.

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Oración colecta opcional.- (Misales Italiano y francés).

Oh Dios, que en la cruz de tu Hijo, signo de contradicción, descubres los secretos de los corazones, has que la humanidad no repita el trágico rechazo de la verdad y de la gracia, sino que sepa discernir los signos de los tiempos para ser salvada en tu nombre.  Por N. S. Jesucristo.

“Hermanos: Rodeados, como estamos, por la multitud de antepasados nuestros, que dieron prueba de su fe, dejemos todo lo que nos estorba: liberémonos del pecado que nos ata, para correr con perseverancia la carrera que tenemos por delante, fija la mirada en Jesús autor y consumador de nuestra fe”.  Estas palabras tomadas de la Segunda lectura pueden ser muy bien el comentario mejor al tema de este domingo.

Antes de pasar adelante, quiero decir que me llama la atención que el misal mensual reporte solamente el fragmento de Lc. 12,49-53, dejando afuera el tema de la “lectura de los signos del tiempo”, (Lc. 12, 54-57) que en el evangelio forma una unidad con el resto del capítulo 12.  Incluso el fragmento 12, 58-59, el ponerse en paz con tu adversario mientras vas  de camino con él, antes de llegar ante el juez, forma parte de esta unidad y se refiere, igualmente, a la “Sabiduría”, a ponernos en paz con Dios, mientras haya tiempo, invitación a la prudencia que nos dicta cuál es la actitud correcta que el cristiano debe de asumir ante los signos definitivos «¿Por qué no juzgáis por vuestra cuenta lo que es justo, lo que conviene hacer? (12, 57). Esta parece ser la idea fundamental del fragmento de este domingo: ante la presencia salvífica, ante la oferta última y definitiva de Dios al darnos a su Hijo querido, ¿cuál es la actitud “justa” que debemos observar?  Pero el misal mensual, servicio de los jesuitas mexicanos, ha suprimido estos fragmentos; en cambio, por ejemplo, el misal italiano reporta la unidad completa Lc.12, 49-59.  Creo que la lectura completa de este fragmento facilita la homilía porque nos da la idea completa.

La primera lectura y el salmo nos dan una pista de lectura del primer fragmento, Lc. 12,49-52; el intento de asesinato de que es objeto Jeremías, es un “tipo” de la suerte que le espera, igualmente, a Jesús; es el bautismo que él ha de recibir y el salmo, convierte esta situación agobiante en plegaria: expresa la confianza del creyente. “Esperé en el Señor con gran confianza”.  Jesús, entra por el oscuro camino de su pasión, que habrá de traernos la salvación, plenamente confiado en el Padre, a quien encomienda su causa y su vida. “Del charco cenagoso y la fosa mortal me puso a salvo; puso firmes mis pies sobre la roca y aseguró mis pasos”. Y el fragmento de Heb. termina diciendo: “mediten, pues, en el ejemplo de aquél que quiso sufrir tanta oposición por parte de los pecadores, y no se cansen ni pierdan el ánimo, porque todavía no han llegado a derramar su sangre en la lucha contra el pecado

La paz. San Pablo dice que Jesús es nuestra paz; él ha puesto en paz todas las cosas, las del cielo y las de la tierra por su sangre derramada en la Cruz. El tiempo de la salvación es el tiempo de la paz; él inaugura el tiempo de la salvación. Pero, ¿qué se ha producido en realidad? Falta de paz, discordia hasta en las mismas familias; el hombre incapaz de estar en paz, incluso consigo mismo.  El había dicho, mi paz os dejo, mi paz os doy; pero no os la doy yo como la da el mundo. Se da pues, una aparente contradicción entre el anuncio y el deseo de Jesús,  – el saludo del resucitado será siempre el deseo de la paz -, y lo que sucede en la realidad es lo contrario.

Pero es que la paz, es, sobre todo, un don de Dios que debemos recibir, y que es posible sólo porque Jesús ha triunfado del pecado y de la muerte con su resurrección. Él nos invita a trabajar por la paz para que seamos llamados hijos de Dios.  Pero no se trata de una paz sin conflictos, sin dificultades. La paz que Jesús ha venido a traer será también el resultado de una decisión nuestra; tendrá lugar cuando nosotros hagamos una opción verdadera por la paz, por la no violencia, inspirados en su propuesta. La paz tendrá lugar cuando nosotros no tengamos nada que ver con el pecado, con la injusticia, con la violencia. Cuando hagamos una opción decidida por el evangelio de la paz.

Jesús ha venido a traer fuego a la tierra. Y tiene un deseo ardiente de que ese fuego estuviese ardiendo ya. Ese fuego es el Espíritu, primer fruto de la resurrección, que se derrama sobre toda la creación como resultado “del bautismo con que Jesús ha de ser bautizado” y por cuyo arribo Jesús está tenso. Este fragmento, no lo olvidemos, está dentro de esta gran unidad que es el camino de Jesús hacia Jerusalén, donde le aguarda la gloria que seguirá a su bautismo, es decir, a su muerte. La opción por Jesús nos llevará al rompimiento con todo lo que no pertenezca a él.  El evangelio no es un “irenismo” a toda costa. El profeta Miqueas había dicho: «El hijo deshonra al Padre, la hija se alza contra la madre, la nuera contra la suegra, y los enemigos de cada quien, son los de su propia casa.     Mas yo esperaré en el Señor, esperaré en el Dios de mi salvación y mi Dios me oirá» (7,6ss). No olvidemos que Jesús, con su venida, ha provocado una crisis, es decir, una separación, (krisis), la más radical y fundamental entre los hombres, tal es la teología de Juan. Esa división y separación es señal de que han comenzado los acontecimientos finales, que a cada cual exigen una decisión. El único absoluto es el reino, es Jesús mismo.

Lc. 12, 49-53. El fragmento evangélico  comienza con la pequeña parábola, He venido a traer fuego a la tierra ¡y cuánto desearía que estuviese ardiendo! Luego, otro dicho enigmático: Tengo que recibir un bautismo ¡y cuánto me angustio mientras llega!, clara alusión al baño de sangre que recibirá en el calvario.

 

J. Jeremías comenta así la pequeña parábola del fuego: Jesús no cesa de traer a la conciencia de los entusiastas “la dificultad del seguimiento intimidándolos: así Mt.10,37s., par. Lc.14.26s., en la imagen del hijo del hombre sin patria (Mt.8,19s., Lc.9,57s; Evangelio de Tomás 86). Este evangelio apócrifo trae el siguiente comentario: «Quien está cerca de mí,/ está cerca del fuego;/ quien está lejos de mí, / está lejos del Reino». De tal manera, pues, que Jesús invita a morir con él.

Estas son unas palabras de intimidación: la proximidad de Jesús es peligrosa. No significa la felicidad terrena, sino incluye el fuego de la tribulación y de la prueba en el dolor. Pero, ciertamente, todo el que se asusta ha de saber que quien rechaza la llamada de Jesús se excluye del Reino de Dios. El fuego es solo un paso a la gloria”. (Las parábolas de Jesús).

 

Llamamiento a la conversión.- Lc. 12,54- 13,21 forma  una  amplia unidad; hoy leeremos solamente 12,54-59.

Signo del tiempo. (12,54-56) Este es un tema muy rico y de permanente actualidad. ¿Sabemos, nosotros leer, discernir lo que realmente conviene hacer ahora, teniendo en cuenta los acontecimientos de nuestra historia?  Jesús denuncia fuertemente la hipocresía de aquellas gentes que sabían muy bien interpretar los signos meteorológicos y no sabían interpretar el gran signo de su presencia. Nosotros hoy sabemos leer muy bien los signos materiales de nuestro tiempo; somos muy sensibles a las oportunidades económicas, a los movimientos bursátiles, en fin, a todas esas cosas que tejen la materialidad de nuestra vida. Solemos tener un olfato muy desarrollado para los negocios, para las cosas de este mundo, pero no sabemos leer, bajo la luz de Jesucristo, los signos ominosos y desgarradores de nuestros tiempos violentos. La violencia de nuestra ciudad, los asesinatos entre los jóvenes, el narcotráfico, las perturbadas relaciones internacionales, la insensibilidad y deshumanización de nuestra cultura, la insolidaridad de los poderosos, los signos de las divisiones de la política que amenazan la estabilidad del País, nada de esto sabemos interpretarlo a la luz del evangelio. No tenemos ya la capacidad de hacer una lectura teológica de la historia. Esta actitud la condena Jesús abiertamente.

¿Y por qué no juzgáis también por vosotros mismos lo que es justo? (vv. 57-59). Es claro que estos fragmentos son un fuerte llamado a la responsabilidad que tenemos ante Dios; se trata de saber hacer, a la luz del evangelio, las opciones operativas correctas. Ahora es el tiempo también de ponernos en paz con Dios, de dejarnos reconciliar con El, mientras vamos de camino, es decir, mientras vamos haciendo el camino de la vida. Ahora Dios nos invita a la conversión, Dios nos habla, Dios quiere nuestra salvación. Ahora es el momento oportuno, es el momento de la gracia y de la conversión. Ahora, mañana, quién sabe. Cuando lleguemos a su presencia,  entonces Dios será juez; él habrá de juzgarnos. Esta verdad Jesús la ilustra con un sencillo relato: Se trata del hombre que se ve metido en un problema que requiere la intervención del juez. Mientras se va de camino es mejor buscar la reconciliación y arreglar las cosas antes de  llegar a la presencia del juez en donde el duro sistema judicial -, Lucas escribía para un público que conocía el derecho romano -, será inflexible. “Dura lex, sed lex”. Jesús es la oportunidad última que Dios otorga al hombre; éste está llamado a un verdadero trabajo de discernimiento. ¿Y por qué no juzgáis también por vosotros mismos lo que se debe hacer?

Por ahí puede muy bien ir nuestra reflexión de este domingo.