Is. 22, 19-23; Sal. 137; Rom. 11,33-36; Mt. 16,13-20

El texto evangélico de hoy, apoyado en el modelo simbólico de Isaías, es una especie de declaración-institución y de catequesis solemne del rol eclesial de Pedro. Como tal, y más allá de las discusiones sobre el valor «papal», se convierte en un texto precioso  para comprender el proyecto eclesial de los evangelios, y sobre todo de Mateo. Podemos leer y profundizar en la teología de la Lumen Gentium (cum sit Christus. La lumen gentium no es la iglesia, sino Cristo). Naturalmente esta reflexión debe transformarse en una verificación de nuestra fidelidad al proyecto eclesial de Cristo.

 

No podemos decir sí a Cristo y no a la Iglesia.

El tema de este domingo tiene, pues, una vertiente eclesial indiscutible. Dios ha querido tener necesidad de la cooperación de los hombres para realizar su obra de salvación. El Espíritu ha dotado a la comunidad de apóstoles, profetas y doctores, ha dado sus carismas para la edificación de su comunidad-iglesia. La intervenciones del apóstol no son, por lo tanto, simples actos académicos, sino interpretación de la voluntad de Dios y de Cristo. Por ello el poder de «las llaves» va más allá de  los confines del reino terrestre (cf. V.19); lo que Pedro ata o desata, así queda en la presencia de Dios.

La iglesia es  sacramento de salvación, la pertenecía a ella no es un hecho puramente externo, jurídico, sino interior y sobrenatural. De la misma manera, la salvación no es un hecho esporádico, individualista, sino comunitario. Se consigue en la unión de todos con la Cabeza, que es Cristo, pero exteriormente tal pertenencia es tutelada y garantizada por Pedro y sus compañeros. La función petrina se da dentro y para la iglesia. Por eso es mortal que Pedro se separe de la iglesia o que la iglesia se separe de Pedro.

Lo sabemos perfectamente; nuestra experiencia pastoral nos lo demuestra, cómo muchos niegan la necesidad de la iglesia; hay muchos que se dicen todavía católicos afirman no tener necesidad de frecuentar la iglesia, es decir la comunidad, y por lo tanto no celebran la liturgia ni participan en los sacramentos ni en la caridad. Se llega a la “contradictio in terminis” de afirmarse “creyentes no practicantes”. ¡Cómo se puede ser creyente y no practicar, es decir, no vivir la comunión en la oración y en la fe, en la esperanza y la caridad.  No obstante esto, se consideran creyentes. Todos conocemos personas que dicen: yo le rezo a Dios; todos los días hago oración, pero no quiero tener ningún contacto con la iglesia. El tema Petrino nos convence de la necesidad de hablar de esta iglesia cuya existencia hunde sus raíces en la voluntad de Dios Trinidad y  cuya cabeza visible es Pedro.

En la EN Pablo VI afirma: “En verdad, es conveniente recordar esto en un momento como el actual, en que no sin dolor podemos encontrar personas, que queremos juzgar bien intencionadas pero que en realidad están desorientadas en su espíritu, las cuales van repitiendo que su aspiración es amar a Cristo pero sin la iglesia, escuchar a Cristo pero al margen de la iglesia. Lo absurdo de esta dicotomía se muestra con toda claridad en las palabras del evangelio: «el que los desprecia a ustedes, a mi me desprecia (Lc.10-16) ¿Cómo va a ser posible amar a Cristo sin amar a la iglesia, siendo así que el más hermoso testimonio dado a favor de Cristo es el de San Pablo: «amó a su iglesia y se entrego por ella»? (Ef.5,25).

 

El análisis bíblico no puede ignorar la serie de metáforas con las se designa a Pedro y su misión: Pedro-piedra; construcción-edificación sobre ese cimiento visible y sólido; los poderes del mal (el hades), no la destruirán; atar-desatar. Como vemos, es un complejo simbólico macizo que abona a la causa del primado. Los autores protestantes no lo toman muy en serio alegando cuestiones de crítica textual. Aun así, en este texto podemos ver la fe y la vivencia de las más primitivas comunidades que sintieron la necesidad de la base apostólica de su fe; y esto tiene un inmenso valor. Se trata de un testimonio  bastante anterior  a Lutero y más valioso que su dolorosa y desgarradora aventura.

 

Liturgia de la Palabra.

El ritmo de la lectura continuada de Mt. aborda hoy la proclamación litúrgica de una de los designios originarios, clave para la existencia de la iglesia de Cristo en el tiempo y en el espacio: El dato de Pedro (piedra) como fundamento de la comunidad eclesial, visible, perpetua e indestructible.

 

Y, dada la condición sacramental de la iglesia en la historia de la Salvación, Pedro es la figura sacramental de la iglesia de Cristo que garantiza la unidad visible de sus comunidades y el signo de la unidad operante en la salvación de todos los hombres. La perícopa evangélica condiciona, pues, todo el esquema litúrgico dominical y polariza, concretándolo, el rendido homenaje a la grandeza de Dios, – ¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y prudencia el de Dios! -,  tal es  en el misterio de salvación proclamado por Pablo. En efecto, todo proviene de Dios, todo ha sido hecho por él y todo está orientado hacia él. A él la gloria por los siglos de los siglos amén. (2ª  lectura).

 

Primera Lectura. Un oscuro cambio de poder en la complicada situación del Reino de Judá hace de transfondo al famoso paso eclesial de Mt. 16. En el único oráculo de Isaías destinado a un personaje secundario, la figura de Eliacín, que sustituye en el puesto al primer ministro del rey Ezequías, al intrigante Sebná, se convierte en el emblema de un poder nuevo confiado por Dios al hombre. El profeta, atento intérprete de la historia y de los signos de los tiempos, nos invita a descubrir en los hombres de nuestra iglesia y de nuestra historia la presencia salvadora de un Dios que ha querido tener necesidad de los hombres. Las «llaves», símbolo del poder, y los dos verbos unidos a ellas, «abrir y cerrar», signo de la función y de la autoridad del primer ministro oriental, el visir,  son ahora confiadas por Cristo a Pedro, «piedra sobre la cual «Yo» edificaré mi iglesia» (Mt. 16,18).    

 

Alexander Sandconcluye así su análisis de Mt. 16,13-20: “La perícopa conclusiva de la sección 13,54-16,20 contiene dos enunciados importantes para la comunidad de Mt.

 

1.- Pedro ha pronunciado en representación de todos los discípulos una confesión de fe que no solo se distingue de la opinión popular vigente, si no que va mucho más allá de las convicciones comunes. En Pedro, la comunidad confiesa la propia fe en Jesús en cuanto Mesías de Israel, que es el Hijo de Dios vivo. A la conclusión del periodo transcurrido en Galilea y al inicio del tiempo de la pasión y de la muerte, que tendrán lugar en Judea, se expone una vez más esta confesión Cristológica de fe en Jesús, en cuanto Hijo de Dios, que Mt. a puesto siempre en evidencia desde el inicio de su evangelio. La comunidad no se debe escandalizar de las enunciaciones del justo que sufre.

 

2.- tomando de una tradición particular, Mt. inserta una escena cuya importancia es fundamental para la iglesia y para la consolidación de la comunidad. En la palabra de promesa dirigida a Pedro la comunidad aprende que éste es el garante, instituido por Jesús, del evangelio predicado en la comunidad y de la palabra de Dios que sostiene y une a la comunidad. Ateniéndose a esta promesa hecha a Pedro, la comunidad tiene la seguridad y la certeza que las persecuciones, por terribles que sean, no pueden dañarla. Las «puertas del infierno» indican todas las potencias que asaltan (los fundamentos)  a la iglesia, “las persecuciones del mundo”; si en esa circunstancia se ha pensado, en primer lugar, también se ha pensado en la lucha escatológica;  la comunidad debe saber, también, que ese eskaton (final) determina ya el tiempo presente.

 

Pierre Bonnard. Es necesario sin embargo tener una visión más amplia, una visión de conjunto, dado que el próximo domingo (XXII), leeremos otro fragmento inseparablemente unido al que leemos hoy (Mt. 16,21-27). En efectoleeremos el fragmento donde Jesús, por primera vez  comienza hablar de su pasión; veremos la oposición de Pedro y la severa reprimenda de Jesús, oiremos la máxima del Señor que con su vida traza el camino de los discípulos: el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda la propia vida  por causa mía, la encontrará.  Y termina con una visión escatológica: porque el hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria  de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces le dará a cada uno lo que merecen sus obras. (Bonnard, siendo protestante, omite el comentario a la misión que Jesús asigna a Pedro: vv. 17-19).

 

El comentario de Bonnard al evangelio de Mt. es considerado uno de los mejores y punto obligado de referencia. El fue profesor de la Universidad de Lausana (Suiza). Comparto contigo una cita larga de este pasaje fundamental para la eclesiología. Después de todo, negar el primado de Pedro, ha determinado la existencia de más de ¡30 mil sectas! denominadas cristianas, lo cual es demasiado.

 

1.- “16,13-23. Jesús interroga a sus discípulos sobre su persona y les anuncia sus sufrimientos (cf. Mc. 8,27-33; Lc. 9,18-22). Con esta perícopa llegamos a lo que durante mucho tiempo se ha considerado como el centro o la médula de la narración evangélica. Este punto de vista se apoya, sin duda, en el texto: por primera vez interroga Jesús a sus discípulos sobre su persona, y Pedro confiesa explícitamente la dignidad mesiánica del Maestro. Por otra parte, Jesús anuncia por primera vez sus sufrimientos y su resurrección. En fin, inmediatamente después de esta perícopa el relato se concentra sobre el tema de la pasión; Jesús anuncia de nuevo sus sufrimientos (17,22-23; 20,17-19) y «sube a Jerusalén» (20,17; cf.16,21). Indiscutiblemente, llegamos aquí a un momento crucial del relato de Mateo, que sigue aquí, lo mismo que Lucas, el plan de Marcos.

 

Desde el punto de vista del pensamiento, el hecho más inesperado e importante es sin duda la coincidencia, en una misma perícopa central, de los relatos de la confesión mesiánica de pedro y del anuncio de la pasión por Jesús. Hay incluso motivos para preguntarse si el relato de la confesión de Pedro y las subsiguientes palabras de Jesús (vv. 13-23) no constituyen la introducción de algo que el evangelista juzga todavía más importante: el primer anuncio de la pasión y el enunciado de sus consecuencias para los discípulos (vv. 21-23 y 24-28). Sin embargo, en la concepción que hemos adoptado de la estructura del primer Evangelio, esta perícopa que sigue siendo central, debe ser apreciada de manera un poco diferente: forma parte de la introducción narrativa a la gran instrucción de Jesús a sus discípulos (cap. 18); dicha introducción se extiende de 13,53 a 17,27; nuestra perícopa no es más que uno de sus elementos.

 

¿Cuál es entonces el tema común a estos relatos de introducción al capítulo 18? Parece evidente, al menos para el conjunto de estos capítulos: la narración se centra en la persona de Jesús rodeado de sus discípulos, el diálogo con los jefes del pueblo se hace cada vez más difícil y se insiste en la idea del sufrimiento del Maestro; dicho sufrimiento se relaciona con el sufrimiento análogo, si no idéntico, que espera a los discípulos, e introduce el gran tema de la dulzura, la ayuda y el perdón fraternos que domina el capítulo 18. Se podría resumir todo esto de manera siguiente: «puesto que los discípulos siguen a un Mesías doliente y no triunfante, deben saber acoger a los pequeños y perdonarse mutuamente».

 

Pensamos, pues, que Oscar Cullmann (Saint Pierre [1952] 156) tiene razón cuando insiste en la unión orgánica entre el relato de la confesión de Pedro y el de los anuncios de la pasión por Jesús: «Vista la importancia de la hora, era necesario que Jesús anunciara aquí sus sufrimientos, porque así explicaba sus consignas de silencio. Esta profecía y la protesta de Pedro no constituyen una especie de nuevo relato y mucho menos una especie de epílogo; constituyen el núcleo de todo el episodio de Cesarea de Filipo». A esta argumentación psicológica e histórica («era necesario…») se pueden objetar muchas cosas; pero, para el exegeta, el hecho capital sigue siendo que los tres sinópticos sitúan inmediatamente después de la confesión petrina el primer anuncio de la pasión. Nuestra tarea no es reconstruir lo que acaeció en Cesarea de Filipo, si no entender las razones profundas que tuvieron los evangelistas para presentar el acontecimiento de esta manera.”   

 

En síntesis, lo que dice Bonnard, es que, con el anuncio de los sufrimientos, de su muerte y resurrección,   Jesús corrige cualquier interpretación torcida de su mesianismo; es el Mesías, el Hijo de Dios, pero ha de pesar por el camino oscuro y escandaloso de la pasión a fin de realizar su misión; y el camino de sus discípulos no puede ser otro. El discípulo nuca ha de olvidar que lo es de un condenado a muerte. (El autor hace a un lado los vv. 17-19, sobre el “primado o promesa a Pedro”. Es luterano).

 

Lo dicho, pues, nos sirve para la liturgia de la Palabra de los domingos XXI y XXII. Por lo que respecta al domingo XXI podemos atenernos al resumen de Alexander Sand que puntualiza muy bien los aspectos Mt. 16,13-20. La unidad con 16,21-27 hay que destacarla. Es una oportunidad, igual, de destacar el primado de Pedro; sobre esa Roca, Jesús mismo edificará su iglesia. Cuanto se pierde ese sentido, el mismo concepto de iglesia se derrumba. ¿Qué sería Cristo sin su Iglesia? ¿Qué sería de la Iglesia sin Cristo? Sin el principio de unidad, que Pedro represente, el concepto de Iglesia de evapora y, entonces, surgen los miles de denominaciones llamadas cristianas; se habla de 30 mil. Anulado el concepto de iglesia, el cristianismo se atomiza, queda a  merced del capricho y sujeto a todas las deformaciones imaginables. Y éste sí es un problema nuestro al que no hemos prestado, creo, la atención debida. La liturgia de hoy nos da una buena oportunidad para ello.

 

UN MINUTO CON EL EVANGELIO

Marko I. Rupnik sj.

 

Los fariseos y los escribas no logran reconocer a Jesús como Mesías porque no advierten la necesidad de ser salvados al sentirse ya justificados. La mujer sirofenicia lo reconoce como Señor y Mesías, porque clama desde su dolor, desde la urgencia de ser redimida. Ahora Cristo se dirige a los que son más cercanos y que el mismo ha elegido. Dice a los apóstoles: vosotros, ¿quién decís que soy yo? Como judíos, decir que es el Hijo de Dios no es posible para ellos; decir que es un profeta, lo decían ya todos, pero Pedro le contesta: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Cristo le hace notar que esto lo puede decir solo por gracia, y enseguida pide a los apóstoles que no se lo digan a nadie. Su comprensión de Jesús como Mesías no es aún la del triduo pascual, y por eso induciría a una espera equivocada de la salvación. El conocimiento de Cristo es un  proceso largo y va de la mano con nuestra comprensión de a quien realmente necesita encontrar nuestra vida