• XXIV Domingo Ordinario C

    DOMINGO XXIV T.O. C.

    Ex.32, 7-11.13-14; Sal 50; 1Tim. 1,12-17; Lc.15, 1-32

     

    ¡Misericordiosos
    como el Padre!

    El tema de este domingo lo constituye, sin duda, el tema de la misericordia de Dios N. S. No obstante nuestro empecinamiento, nuestro pecado reiterado y nuestra ingratitud, Dios es fiel y misericordioso. Si pudiéramos reducir a dos palabras todos lo que la Escritura Santa nos dice de Dios, serían éstas: su amor y su fidelidad son eternas. El Año de la Misericordia, – el logo, obra del P. Rupnik -, nos dan tema para una serena y profunda meditación.

    Tres veces, el evangelio de este domingo, describe la alegría contagiosa de alguien que ha encontrado lo que había perdido: Un pastor su oveja, una mujer su dracma y un padre al hijo que se había ido ‘a un país lejano’. Y esta alegría es presentada por Jesús como respuesta a las recriminaciones de los escribas y fariseos, que no veían con buenos ojos que acogiera a los pecadores y comiera con ellos.

    En diciembre pasado compartí contigo un ensayo sobre la misericordia en Lc. Ahí está una reflexión teológica sobre la parábola del «padre misericordioso». Previo al comentario a la liturgia dominical, te envío el fragmento que trata de la parábola de este domingo, el padre misericordioso, injustamente más conocida como parábola del hijo pródigo. La lectura me parece sugestiva en cuanto destaca el hecho de que la misericordia de Dios restaura la dignidad del hijo. Hela aquí:

    a) La misericordia restaura la dignidad de hombre y de hijo.

    La parábola del Hijo pródigo nos habla de la restauración de la dignidad de hombres y de hijos. El hijo es la imagen del hombre de todos los tiempos. Tras haber considerado el pecado desde el punto de vista exterior (la partida, las consecuencias y el fracaso del hijo menor), la parábola interioriza uno de los bienes perdidos: su dignidad de hijo en la casa paterna. La misericordia paterna hará revivir la conciencia de hijo en el camino hacia el Padre que le recordará lo que se jugó en su partida y en su retorno. El drama toca su dignidad humana y su calidad de hijo. «De entrada, él, (el hijo pródigo), sentía instintivamente que más que un trabajador, que esperaba ser, él seguirá siendo hijo. El que ha sido hijo una vez, lo es para siempre. En el momento mismo en que el hijo perdido se reconcilia con sus escombros, él está ya en su casa, en la casa de su Padre». (A. Louf). Volver como trabajador es una medida de justicia o de sobrevivencia. Recobrar la calidad de hijo es una medida de misericordia gratuita que puede ser presentida, pero nunca merecida. Los bienes dilapidados están perdidos para el hijo, lo mismo que para el padre. La dignidad de hijo puede reencontrarse  y puede ser dada de nuevo. El hijo reencuentra esa dignidad, el padre se la concede de nuevo: es la sustancia de los reencuentros. Esto es lo que explica la alegría del padre: saber que un bien fundamental ha sido salvado: la humanidad de su hijo.

     

    El padre, figura del Padre eterno, es fiel a su paternidad, fiel al amor con el que cubre a su Hijo. Tal misericordia se expresa por la alegría de los reencuentros, por la fiesta en su honor, por los movimientos de emoción afectiva que le  impulsan hacia el Hijo tal cual es: «Su padre lo vio de lejos y se estremeció; salió corriendo, se le echó al cuello y lo cubrió de besos» (15,20) La misericordia ve en el hombre que regresa la bondad de su humanidad y la grandeza de su filiación. Esta mirada divina, define la misericordia. «Era necesario hacer fiesta y alegrarnos, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido encontrado». (15.32). La alegría de la misericordia no es materia solamente de una angustia que se calma, la alegría  brota de la admiración de un don restaurado, renovado. El pecado del hijo menor encuentra ésta consideración sobre la misericordia. Estar cerca del padre sin tomar conciencia de su dignidad de hijo, sería renegar de sí mismo y pecar. La misericordia del padre revela, igualmente, al hijo menor, cuál es su verdadera condición: ser hijo cerca del padre.

     

    Lucas nos muestra así la fidelidad de la misericordia divina: revelar al hombre que la había perdido, que la había rechazado o de la que no tenía conciencia, su dignidad fundamental de ser humano, hijo de Dios, a imagen del padre creador y restaurador. El amor que brota de la paternidad impulsa al padre a preocuparse de la dignidad de su hijo. La misericordia tiene el  poder de regenerar al hombre en aquello que él es sustancialmente.  Y lo hace de una manera específica:

    «Este amor es capaz de inclinarse sobre cada hijo pródigo, sobre cada miseria humana, y sobre todo, sobre cada miseria moral, sobre el pecado. Siendo así, el que es objeto de misericordia no se siente humillado, sino reencontrado, revalorizado. El padre le manifiesta ante todo su alegría porque él ha sido encontrado, porque ha vuelto a la vida. Esta alegría manifiesta que ese bien permanece intacto: un hijo, incluso pródigo, no cesa de ser realmente hijo de su padre; esta alegría es también la señal de un bien reencontrado, que en el caso del hijo pródigo ha sido el retorno a la verdad de él mismo.  (J.P.II. DM 6)

     

    Si el hijo no lo puede hacer por sí mismo, la gracia paterna y divina lo realizará. Así, la misericordia aparece como aquello que valoriza, fortifica y promueve el bien fundamental del hombre: su propio ser. Su poder es tal que ella puede sacar bien de todas las formas de mal que existen en el mundo y en el corazón del hombre.

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    Primera lectura. El texto del Ex. nos muestra que Dios sabe compadecerse de los pecados de su pueblo; no es indiferencia ante el pecado; él detesta el pecado con todas sus fuerzas y habrá de aniquilarlo; pero mientras hay tiempo, él hace resplandecer su bondad. El pueblo recién liberado ha caído en la idolatría, se ha olvidado del Dios que lo sacó de la esclavitud y se ha construido un becerro de oro. La ira de Dios se enciende contra el pueblo y jura aniquilarlo. Moisés interviene y su intercesión se convierte en un modelo de oración de intercesión. Como si Moisés recordara a Dios su plan original, la historia del amor y el juramente a los Patriarcas. Es del recuerdo y de la historia de donde se sacan, en los momentos de crisis, la confianza y la esperanza para seguir adelante.  ¡Cuánto signos del amor y de la fidelidad de Dios en nuestra vida están olvidados en “un rincón del alma”! Glorifica, alma mía,  al Señor, y no olvides sus beneficios, dice el Sal. 102; sólo el que recuerda hace oración. Es preciso no olvidar lo que Dios ha hecho por nosotros. La oración bíblica siempre se apoya en el recuerdo de lo que Dios ha hecho a favor de su pueblo; la oración, como el pecado,  no se de al alto vacío, presuponen una historia de amor, o que se enciende más y más o que se rompe y traiciona.

    Salmo responsorial. Pero es necesario reconocer nuestro extravío; no hay salvación pare el hombre soberbio. Este salmo es el salmo penitencial por excelencia, y ha de leerse en continuidad con el salmo anterior, en el que Dios nos hecha en cara nuestros pecados. “Tú haces todo eso y quieres que yo me calle. (cf. 49,16-21).

    Este salmo de penitencia continúa el precedente y adquiere todo su valor como segunda parte de un acto religioso. Cuando Dios mismo acusa y nos pone delante los pecados, el hombre solo puede reconocerse culpable pero puede apelar a la «misericordia» de Dios. De este modo se consuma la «justicia» que se iba preparando en el salmo 49.

     

    En la 2ª lectura, Pablo se  presenta como un ejemplo viviente del perdón y la misericordia de Dios. El perdón de Dios es inagotable. Pablo se reconoce como el peor de los pecadores perseguidor de la iglesia, sin embargo, Dios lo ha perdonado y lo ha elegido. Su caso personal revela la extraordinaria paciencia y generosidad de Dios. A pesar de nuestros pecados, Dios revela a través de nosotros su perdón y su amor.

     

    Evangelio. La revelación de la misericordia sella el destino del legalismo. Éste se había desarrollado como un glotón, que había chupado toda la savia del A.T.  En varias ocasiones, Jesús recuerda a los fariseos que su actitud está en contradicción con la esencia misma de la religión: «Id a aprender lo que significa esta palabra: quiero la misericordia y no el sacrificio». (Mt. 9,13; 12,7).

    Quiero compartir contigo el comentario, sencillamente hermoso, que Mons. Lucién Cerfeux, hace de esta página excelsa de la Biblia, Lc. 15. Esta obra es un breve comentario a las parábolas de Jesús; muchas veces lo he utilizado para ejercicios cuaresmales. Es de los muy pocos libros que he fotocopiado por temor a la pérdida. He aquí.

    1.- Jesús rezuma solamente la paternidad, la bondad, la misericordia, que constituyen el fondo de la naturaleza de Dios. Ya se encuentra esto esbozado en unas parábolas, dentro del sermón de la montaña: «Mirad las aves del cielo; no siembran ni siegan ni recogen en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta». (Mt. 6,26). «Observad los lirios del campo cómo crecen: no trabajan ni hilan. Ahora bien, yo os digo que ni el mismo Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si Dios viste de esa manera la hierba del campo, que hoy es y mañana es arrojada al horno….». (Mt. 6,28-30).

    San Lucas dedica un capítulo de su evangelio a una trilogía de parábolas sobre la misericordia de Dios. Y lo introduce así: «Los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: ¡Este hombre acoge bien a los pecadores y come con ellos!» (Lc. 15,1-2).

    Acoger a los publicanos y a los pecadores, aprovechar todas las ocasiones para ir a su encuentro, no es el comportamiento de un hombre piadoso, ni menos aún el de alguien que pretende haber recibido de Dios una misión religiosa. Pero preciosamente la misión de Jesús explica su conducta. Jesús revela un principio religioso nuevo: Dios es bueno, misericordioso; los hombres, todos los hombres, son hijos suyos. Jesús es bueno porque ocupa el lugar de Dios; a título de tal, descubre en los pecadores unas almas «perdidas», las que Dios mismo ha perdido, y esa pérdida Dios la siente: un padre no deja nunca de ser padre, cualquiera que sea la ingratitud de sus hijos.

    2.- El buen pastor. (Lc. 15,3-7) En el momento en que san Lucas sitúa las tres parábolas de la misericordia, Jesús no ha condenado todavía a los justos a la manera antigua, o mejor, porque nunca los condenará, sigue creyendo que todavía pueden entender la buena nueva. El guardián de las ovejas no abandona el grueso del rebaño cuando va a buscar a las ovejas extraviadas. El rebaño es su rebaño, como Israel es siempre el pueblo de Dios. Pero ha llegado el momento de hacer sitio a las ovejas sarnosas, a los apestados. Precisamente estos apestados son los privilegiados de Dios, porque son los que tienen necesidad de misericordia. Y sobre la misericordia va a fundarse una nueva «justicia», digamos la justicia a secas, la que desconocen todos los celadores de la Ley, fariseos, monjes de Qumrán, sacerdotes y levitas del templo.

    Las primeras palabas de esta parábola son un llamamiento al corazón de aquellos que se niegan a comprender a Jesús, un llamamiento también al instinto religioso que está latente bajo los prejuicios fariseos:

    «¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas

    y pierde una, no deja las noventa y nueve

    en el desierto para ir detrás de la que

    se ha perdido?»

    Es muy cómodo responder que sería una imprudencia abandonar el grueso del rebaño en el desierto. No se trata de eso, pues Jesús está pensando ya en la aplicación de la parábola: las costumbres del pastor son las del cielo.

    «Y cuando la ha encontrado, la pone,

    Lleno de alegría, sobre sus hombres.»

    Indudablemente, éste es el gesto clásico de los pastores, que aquí está estilizado para dejar entrever el amor misericordioso. ¿Cómo no iba a pensar Jesús en el pastor de Isaías: «Apacienta a su rebaño como un pastor, recoge a los corderos con su brazo, los lleva en su seno, y cuida de las ovejas paridas»? (Is. 40,11)

    Todo ello para preparar la conclusión de la parábola, dándole todo su valor:

    «Así os digo, que hay más alegría en el

    Cielo por un solo pecador que se arrepiente

    Que por noventa y nueve justos, que no

    Tienen necesidad de penitencia».

    La alegría en el cielo es la alegría de Dios. O mejor dicho, es la alegría en el misterio de Dios, porque es preferible no hablar de su alegría. Es la reserva de un alma profundamente religiosa. En la parábola siguiente dirá: «La alegría entre los ángeles de Dios».

    Dentro de la conciencia moderna de una alienación del hombre, el problema está solamente en volver a encontrar la fe en Cristo. Esta es la única solución, pero depende de la gracia. Los escarceos de la filosofía existencial nos llevan a la exégesis de san Hilario de Pointiers: «Por la única oveja, hay que entender al hombre; y en ese hombre único hay que ver la totalidad de los hombres. El género humano anda errante desde que en Adán se ha equivocado de camino…Cristo es el que busca al hombre; y en él volverá a encontrar el hombre perdido la alegría del cielo.»

    3.- La mujer y la dracma perdida.  (Lc. 15,8-10) Imaginémonos la casa de un campesino, con una habitación sola, sin ventana. Esas diez dracmas de la mujer ¿serían quizá, como lo propone Jeremías, sus joyas?

    El celo de la mujer es exagerado, improvisto; es que «representa» otra cosa. Se trata en realidad de la preocupación que Dios tiene por un solo pecador. Un solo pecador que se arrepiente: diríase que toda la Providencia está en vilo en ese punto del espacio y del tiempo, en que un pecador está debatiéndose para escapar a esa capacidad de arrepentimiento que Dios ha puesto en su corazón.

    4.- El padre misericordioso.  (Lc. 15,11-32) La tercera parábola tiene un aire de anécdota, de redacción mucho más libre, donde quizá san Lucas pondrá algo propio, aunque sin faltar a la ley de fidelidad a la tradición. Porque para quien relata una anécdota, la fidelidad consiste en seguir su línea con flexibilidad. Bajo el velo de esta parábola-alegoría, nos revela Jesús la profundidad de la misericordia divina.

    El hijo mayor, el que jamás ha quebrantado una sola de las órdenes del Padre, y tiene la idea de que no ha recibido todo el reconocimiento que él espera «en justicia» de sus prestaciones, representa muy claramente a los «justos» a la antigua usanza. Si alguno vacila en hacer esta identificación, que piense en Mt. 21,28-32, que es como el primer boceto, el proyecto de la parábola del hijo pródigo: «Un padre tenía dos hijos…» Jesús compara la conducta de los dos hijos: el que se niega a trabajar, y después siente remordimiento, y el otro, que hace profesión de obediencia, pero no realiza el trabajo esperado. Después de lo cual, concluye Jesús: «En verdad os digo, que los publicanos y las rameras irán delante de vosotros en el Reino de Dios..» Y el evangelista observa: «Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, entendieron que se refería a ellos. (Mt. 21,45)

    El sentido primero y fundamental de estas tres parábolas es la revelación de la misericordia de Dios. Su estilo defiere sensiblemente: esto indica que fueron pronunciadas en circunstancias diversas.

    La parábola de la dracma es, literariamente, de la misma vena popular y galilea que la de la mujer que prepara su pan, o esconde la lámpara bajo un celemín. Una mujer de su casa ha perdido una dracma. La casa no tiene ventanas. Sobre el piso, de tierra pisada y cubierto de polvo, se han colocado unos muebles rudimentarios. La mujer enciende una candela, barre la casa, busca preocupadamente la dracma. La conclusión es su alegría infantil, desbordada; fuera de lugar en una aventura tan pequeña; reúne a sus amigas y vecinas, y se improvisa una fiesta. El evangelista tiene razón para sacar la lección: esta alegría de la mujer representa la alegría de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.

    El pastor de la parábola es el mismo de Ezequiel o del Deuteronomio. De manera particularísima es el de Isaías. Pone sobre sus hombros la oveja cansada. Y lo mismo que la mujer de la dracma, reúne a sus amigos y vecinos, para festejarlo.

    El Padre misericordioso se estremece de compasión, y da rienda suelta a su alegría:

    «Pronto, traed el traje más precioso y

    vestidlo. Traed el novillo cebado, matadlo;

    comamos y hagamos fiesta. Porque mi hijo

    estaba muerto y ha resucitado, estaba

    perdido y ha sido hallado.»

    Tenemos aquí la misma «conclusión» que en las dos anteriores parábolas, pero con un drama que ha puesto en carne viva a unos hombres.

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    Hay que añadir lo que J. Jeremías dice  respecto a las parábolas de misericordia, es decir, que son la respuesta a la dureza de los fariseos  y la defensa de la política del Reino.

     

    La misericordia de Dios con los deudores.

    “Llegamos a un segundo grupo de parábolas. Son las que contienen la Buena Nueva propiamente dicha. En sentido auténtico no dice solamente: el tiempo de la salvación ha llegado, el nuevo mundo está ahí, el salvador ha llegado, sino: ¡la salvación es enviada a los pobres! Jesús ha venido, ¡un salvador de los pecadores! Las parábolas pertenecientes a este grupo son las más conocidas y las más importantes; tienen, sin excepción, un rasgo especial, una nota especial del todo, que captamos cuando tenemos en cuenta a quién han sido dichas. La parábola de la oveja y de la dracma perdida fueron dirigidas a los escribas y fariseos que murmuraban (Lc. 15,2); la parábola de los dos deudores, al fariseo Simón (Lc. 7,40); las palabras de los enfermos, a los críticos de Jesús, los teólogos de orientación farisaica (Mc. 2,16); la parábola del fariseo y del publicano igualmente a los fariseos (Lc. 18,9); la parábola de los dos hijos a los del sanedrín (Mt. 21,23). Las parábolas que tienen como objeto el mensaje de la salvación en sentido escrito – probablemente sin excepción -, fueron dichas, no a los pobres, sino a los enemigos. Esta es su nota especial, su situación vital: primariamente no son una presentación del evangelio, sino defensa, justificación,  armas en la lucha contra los críticos y enemigos de la Buena Nueva, a los que subleva la predicación de Jesús, que Dios  tenga que ver con los pecadores, y que se escandalizan  especialmente de que Jesús se siente a la mesa junto con los despreciados. Pero, a la vez, las parábolas quieren ganarse a los enemigos. ¿Cómo justifica Jesús el evangelio frente a sus críticos? Lo hace de una manera triple”.

    En primer lugar, en una serie de parábolas dirige la mirada de sus críticos hacia los pobres a los que anuncia la Buena Nueva. De forma lapidaria la imagen del médico formula su situación: «Los enfermos tienen necesidad de médico» (Mc. 2,17) ¿Vosotros no comprendéis cómo puedo llamar en mi seguimiento a los despreciados? ¡Mirad! ¡Están enfermos, necesitan ayuda! Pero sobre ellos dice la parábola de los dos hijos. (Mt. 21,28-31) Su conclusión dice así: «En verdad os digo: ¡publicanos y prostitutas entrarán (en el juicio final) en el  reino de Dios antes que vosotros!» Los publicanos, cuya penitencia, según vuestra opinión, es casi imposible, están más cercanos de Dios que vosotros, los piadosos. Pues ellos dijeron no al mandamiento de Dios, pero se han arrepentido y han hecho penitencia. Por eso entran en el reino de Dios; ¡vosotros no! Y todavía, por otra razón más amplia, están más cercanos de Dios que los piadosos, que no comprenden el amor de Jesús a los pecadores. Esto dice la pequeña parábola de los dos deudores. (Lc. 7,41-43)  (Las Parábolas de Jesús. Joachim Jeremias. p.153-155)

     

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    Un minuto con el Evangelio

    Marko I. Rupnik, SJ

     

    Mientras los pecadores se acercan a Cristo, los fariseos y los escribas refunfuñan precisamente por el hecho de que Cristo acoge a los pecadores. Cristo vino para redimir a la humanidad del pecado y de todo lo que se deriva de él. Por ello, los pecadores, conscientes de la oscuridad en la que se encuentran y de la muerte que se apodera de ellos, buscan al Señor que es la misericordia, la luz que hace vivir.

     

    Cristo ve la dureza del corazón de los que se consideran justos y que, por tanto, no tienen necesidad de Salvador, sintiéndose así autorizados a observarlo, criticarlo y juzgarlo. Por eso, dirigiéndose a ellos, empieza a contar las parábolas de la oveja y la dracma perdidas y del hijo pródigo, esperando que capten la alegría del amor de Dios Padre, que no quiere perder a nadie. Pero quien está convencido de ser justo, de estar bien, no se conmueve ante el amor del Padre, y su corazón vive una especie de esclerosis que le hace incapaz de alegrarse con quien barre todo el suelo para encontrar la última dracma perdida.

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