• XXVI Domingo del Tiempo Ordinario B.

    Domingo XXVI de Tiempo Ordinario B

    Núm 11,25-29; Sal 18; Sant 5,1-6; Mc 9,38-43. 45.47-48

     

    Oración opcional. Oh Dios, tú no privaste nunca a tu pueblo de la voz de los profetas; derrama tu espíritu sobre el nuevo Israel, a fin de que todo hombre sea colmado de tus dones, y a todos los pueblos de la tierra les sea anunciada la maravilla de tu amor. Por NSJ…

     

    Síntesis

    Núm 11,25-29 – El espíritu sopla donde quiere – He aquí que más allá de las instituciones, dos ancianos reciben el Espíritu: la acción de Dios no pertenece a ningún jefe, y el don profético no es monopolio de nadie. No existe cuadro institucional que pueden cerrar al Espíritu, cuando pone en acción una persona; es más, la oposición, la persecución y la muerte, tal vez, confirme la validez de la inspiración.

     

    Sal 18, 8;10;12-13;14 – El orden de la naturaleza y el orden de la ley se sintetizan en el himno de alabanza a Dios. “El Cielo proclama la gloria de Dios… (v.2). La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma (v.8)”. En una breve oración (v.12-15) el salmista se une humildemente a la magnificencia de este doble orden descrito. Primero, pidiendo que Dios lo perdone y lo libre de lo que turba el orden de la ley; aún de las faltas que él no ve (v.13). Una vez purificado, pide que su himno, sus palabras cordiales, puedan responder al himno sin palabras de la Creación: “Que te agraden las palabras de mi boca, y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón, Señor, roca mía, redentor mío”.

     

    Sant 5,1-6 – El final de los ricos – Este texto es una provocación: no intentemos suavizarlo («hay de ricos a ricos», solemos decir para endulzarlo), ni dirigirlo a nuestro vecino («no es conmigo»). No hay riqueza que sea inocente: una afirmación que ha de valorarse sobre el plano individual pero indiscutiblemente, también sobre el plano social: toda nación rica se enriquece siempre más y más a expensas de las naciones pobres. El remedio es una comunidad extendida al mundo y fundada sobre la participación y la justicia. Sobre la comunión.

     

    Mc 9,38-43. 45.47-48 – La palabra de orden – Antes de que los discípulos de Cristo fueran llamados “cristianos”, en Antioquía ya se distinguían como «aquellos que invocan ese nombre» (Hech. 9,21). Actuar «en su nombre» quiere decir, reconocerse y acogerse como hermanos: he aquí unos de los primeros signos distintivos de la primera iglesia. En esta grande familia, el espíritu de la propia llamada estaba abierto, el campanario sonaba para todos: poco importaba seguir a Juan o a otro apóstol, estar recién iniciado o ser veterano. Así debe ser siempre la iglesia, enemiga de toda discriminación, signo y lugar de fraternidad, abierta a todos, sobre todo a los pecadores, a los oprimidos, a los perseguidos, a los desesperanzados y a los pobres.

     

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    En su camino hacia Jerusalén se dejan ver revelaciones sobre el final de su vida; Jesús desarrolla repetidamente una especie de catequesis articulada y la dedica a los discípulos, símbolo del creyente que está descubriendo el sentido pleno de su fe todavía imperfecta. En Mc. queda muy claro, más que en los otros evangelios, la cerrazón de mollera de los discípulos. El centro de esta catequesis es, como hemos visto en los domingos precedentes, la entrega en el ministerio apostólico. La objeción de Juan, que tiene el tono de una incomprensión radical en relación con el mensaje del Maestro, es la incomprensión clásica de todo movimiento integrista, ultra, o de toda persona cerrada en la sordidez de su gueto: «Hemos visto a uno que expulsaba demonios….pero no era de los nuestros». Para él la salvación y la posibilidad del bien son monopolio de una sola clase de elegidos o especialistas; tal es también el sentido de la reacción impulsiva de Josué en la escena paralela de Num.11. Él, viendo el Espíritu de Dios, superar en su efusión los rígidos confines de la clase sacra de los 70 ancianos, le grita a Moisés su desilusión integrista: «Moisés, Señor mío, impídeselo».

     

    Tanto Jesús como Moisés, ante ésta comprensión del misterio de la salvación, entendido como dominio privilegiado, responden celebrando el esplendor de la libertad y de la generosidad de Dios. Es el sentido del logion de Mc.: «El que no está contra de nosotros está con nosotros». En Mt., esta frase, por el contrario, experimenta una reinterpretación convirtiéndose en el programa del compromiso total y radical con Cristo: «Quien no está conmigo está contra mí» (12,30). Es obvio que las dos lecturas, no obstante su divergencia, no son finalmente contradictorias. También Moisés tiene un logion que niega el sectarismo y exalta la multiplicidad los carismas: «Crees que voy a ponerme celoso? Ojala que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el Espíritu del Señor» ¡Ay, los celos!; cuánto mal hacen los celos. Pero vendrá un día en que el Espíritu del Señor se derramará sobre todo el pueblo, sobre toda carne «y todos verán la salvación de Dios». y también los celos y la envidias y los protagonismos, y los pleitos y los chismes y disensiones, terminarán.

     

    Pero es necesario acercarnos más detenidamente al fragmento del evangelio de este domingo. La primer parte de esta perícopa nos plantea un grosso problema: la tolerancia. Tal vez se trate de uno de los problemas más acuciantes de nuestros días. Pocas veces la sociedad ha sido tan intolerante y pocas veces se ha hablado tanto de la tolerancia. No es nueva esta paradoja.

     

    La segunda parte de esta perícopa nos acerca a la 2ª. lectura, tomada de Santiago en cuanto nos invita a la generosidad, al desprendimiento. Esta página de Santiago ha llegado a ser célebre por su vehemencia y por su coraje. Se trata de una durísima invectiva contra los ricos. El tono es apasionado y ardiente como en Amós, el profeta urbano, adversario implacable de las injusticias que anidan en las altas esferas del poder político, económico y religioso. La denuncia es explícita y directa y no conoce dudas o connivencias diplomáticas. Va directo. Esta lectura prácticamente no necesita comentarios, sino más bien testigos.

     

    La unidad Mc. 9,33-.50 trata de una “instrucción comunitaria” que tiene sus paralelos en Mt y Lc. El fragmento de hace ocho días forma parte de esta “instrucción”. De hecho, Mc 8,30 podría bien marcar el inicio de esta unidad: “desde ahí fueron recorriendo Galilea, y no quería que nadie lo supiese porque iba enseñando a sus discípulos”.

     

    El fragmento de este domingo podemos dividirlo perfectamente en dos partes: A) 9,38-41, y B) 9,42-48.

     

    A) 9, 38-41. Esta unidad contiene el episodio del exorcista que no pertenece al grupo y la sentencia del vaso de agua. Si nos atenemos a la I Lectura, tomada del Libro de los Números, podemos decir que el tema dominante, y por lo demás completamente actual, es el tema de la tolerancia. Me viene a la mente la obra estupenda del Papa B. XVI: Verdad y Tolerancia. Se trata de un problema sumamente actual, de ninguna manera fácil, y que debemos afrontar. La tormenta desatada en el mundo islámico por la cinta ofensiva y las caricaturas sobre Mahoma, tiene mucho que decir en todas direcciones.

     

    Encabezados por Juan, los discípulos reaccionan violentamente ante el hecho de que uno, que “no andaba con ellos”, realiza milagros, y ellos tratan de impedírselo; y así se lo comunican a Jesús. Este, les responde: “No se lo impidáis. Uno que haga un milagro en mi nombre no puedo luego hablar mal de mí. Quien no está contra nosotros, está a nuestro favor”.

     

    1.El concepto de tolerancia está al centro de la perícopa. A diferencia de los celosos discípulos, Jesús, ante los outsiders, aquellos que no están, o todavía no están completamente integrados, es generoso. Y viene una pregunta: ¿Podemos hacer de la sentencia de Jesús un principio absoluto? El NT da a entender, con las palabras inquietantes sobre la tolerancia (v. 40), “el que no está conmigo, está contra mí, y el que conmigo no recoge, desparrama” (Lc 11,23; Mt 12,30), que tales reglas tienen un significado sólo en el contexto de una situación puntual; por lo tanto, no tienen un significado absoluto y universal. El que reflexiona sobre los cristianos anónimos y quita todas las barreras que se han levantado por motivos buenos o menos buenos, puede sin duda apoyarse en estas palabras de Jesús.

     

    Pero también tenemos que interrogarnos si las premisas de las palabras de Jesús son válidas hoy. Tal vez nuestro tiempo exige una respuesta del todo diversa. La tolerancia no es un valor absoluto, más bien es un valor que ha de medirse por la verdad. Pero, dado que la verdad es más amplia que una fórmula concebida en manera muy estrecha, vale la palabra de Jesús: “No se lo impidáis”. A este respecto, cito de nuevo el libro del Papa B. XVI “Verdad y Tolerancia”, (2003), en donde enfrenta este problema en toda su profundidad. La tesis del Papa es tan simple como esta: ¿Podemos conocer la verdad? Si podemos conocerla, ¿debemos ocultarla en nombre de la tolerancia? En esa obra, el entonces Cardenal Ratzinger, trata en su libro el problema de la verdad, de la tolerancia, de la religión y la cultura en el mundo moderno.

     

    Comparto contigo parte del prefacio con el que el autor presenta su obra: “En un mundo que se va haciendo cada vez más pequeño, el problema en torno al encuentro entre las religiones y las culturas ha llegado a ser una cuestión apremiante, que no preocupa sólo, ni mucho menos, a la teología. El problema de la compatibilidad entre las culturas y de la paz entre las religiones ha llegado a ser un tema de primerísimo orden. Pero, sobre todo, es una cuestión que se les plantea a las religiones mismas, que deben saber cómo vivir en paz unas con otras y cómo contribuir a la «educación del género humano» para la paz. La fe cristiana se ve afectada especialmente por esa problemática, porque desde su origen y por su misma esencia pretende dar a conocer y proclamar ante todos los hombres quién es el único Dios verdadero y el único Salvador de toda la humanidad: «Nadie más que él puede salvarnos, pues sólo a través de él nos concede Dios a los hombres la salvación sobre la tierra», dijo Pedro a los dirigentes y a los ancianos del pueblo de Israel (Hch 4,12).

     

    ¿Podrá seguir manteniéndose hoy día esa pretensión absoluta? ¿Cómo se compaginará con la búsqueda de la paz entre las religiones y entre las culturas? Cuando la Congregación para la doctrina de la fe publicó en el año 2000 la declaración Dominus Iesus, «Sobre el carácter único y la universalidad de Jesucristo y de la Iglesia para la salvación», se alzó un clamor de indignación en la moderna sociedad occidental y también en las grandes culturas no cristianas, como la de la India. Tal documento – pensaban – sería un testimonio de intolerancia y de arrogancia religiosas que resultarían ya inadmisibles en el mundo actual. El católico podría formular entonces, con toda humildad, aquella pregunta que Martin Buber planteó en cierta ocasión a un ateo: ¿Y si eso fuera verdad? Vemos, por ello, que el verdadero problema, más allá de todas las cuestiones particulares, consiste en la cuestión acerca de la verdad. ¿Puede conocerse la verdad? ¿O es sencillamente improcedente plantearse la cuestión acerca de la verdad en el ámbito de la religión y de la fe? Pero ¿qué significa entonces positivamente la fe, qué significa la religión, si no pueden asociarse con la verdad?

     

    De esta manera se fueron creando paulatinamente diversos niveles en el debate, en el que yo me vi envuelto en múltiples ocasiones durante el pasado decenio. En primer lugar habrá que tratar de entender lo que es la cultura y qué relación guardan entre sí las diversas culturas. Habrá que examinar igualmente el fenómeno de la religión como tal, pero sin partir sencillamente de una masa uniforme constituida por las «religiones». Habrá que tratar de comprender primeramente a las religiones en su movimiento histórico, en sus estructuras y tipos esenciales, así como en sus posibles relaciones mutuas o en su amenazadora contraposición, antes de intentar formular juicios. Finalmente, habrá que debatir la cuestión acerca del hombre, acerca de lo que el hombre es y cómo puede llegar a ser él mismo, o cómo puede desvirtuarse en su propia esencia. Y en todo ello resulta, por fin, ineludible afrontar la cuestión acerca de si el hombre fue creado para la verdad y de que manera puede y debe plantearse, él mismo, la cuestión acerca de la verdad”.

     

    En un contexto en donde afloran sectas de todo tipo sin ninguna referencia a la verdad, sino motivados más bien por cuestiones mercantiles, entusiásticas, iluminadas y cosas de esa naturaleza, que conocemos bastante bien aquí, debemos tener cuidados al comentar el texto de este domingo. Hoy se prefiere una religión des regularizada, con escaso sentido de pertenencia en la que yo estoy bien, tú estás bien y todos estamos bien, pero donde no se encuentra ninguna exigencia de la verdad. Fromm denunció este tipo de actitudes religiosas destinadas más bien, según este autor, a manejar la angustia existencial, pero sin ningún compromiso con la verdad. Y la verdad es la que nos hace libres, la que nos salva. Este autor llega a decir que, al hacer nuestro examen de conciencia, debemos preguntarnos también sobre nuestra pasión por la verdad. B. XVI ha denunciado suficientemente el relativismo de nuestro tiempo. De tal manera pues, que, la tolerancia no puede ser erigida como un valor absoluto. El problema, como se ve, es netamente religioso.

     

    B) El fragmento 9,42-48 está centrado sobre la sentencia “del escándalo”. Dar escándalo, ser ocasión de escándalo; para este pecado Jesús guarda una escalofriante amenaza. “Al que escandaliza a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valiera que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar”. El escándalo, no es otra cosa más que la acción o la actitud de quienes impiden o cancelan el proceso de fe de un creyente, la actitud o las acciones de quienes, con ello, inciden negativamente en la gente sencilla, en los creyentes, impidiendo en éstos su adhesión y su confianza plena en Jesús. La palabra escándalo en el NT es “la seducción de la apostasía de la fe”; y el escándalo no viene de los incrédulos, sino que se da al interno de la comunidad. Un ateo no puede escandalizar; un sacerdote, fácilmente. Se trata de un pecado extremadamente grave sobre el que todos debemos ejercer una extrema vigilancia.

     

    La seducción de la incredulidad tiene diversas formas de expresión y diversos rostros. Se muestra en la agitación de las ideologías anticristianas con un objetivo preciso, en las propagandas en contra de iglesia, en la “cristofobia”, en la manipulación unilateral de la opinión pública, en esa hipercrítica dentro, incluso, de la iglesia, que no construye, sino que, sustancialmente, pone en duda todo y cada cosa, pero también, cabe aquí “una ortodoxia” anquilosada que acusa de herejía cualquier problema que emerge.

     

    Una perversa actividad para confundir o destruir la fe, es una cosa fea, pero en un mundo que apenas conoce valores fundamentales comunes, el problema se presenta, a priori, diverso. Donde la convicción cristiana rivaliza con muchas otras, la exhortación a estar firmes en la fe, tal vez, tiene un sentido de admonición y de advertencia para cuidarse de la seducción de la incredulidad. Como vemos, este tema como el anterior, son sorprendentemente actuales. La tolerancia y el escándalo.

     

    Nos queda un tercer punto en nuestro fragmento de hoy. De tal manera tenemos que cuidarnos del escándalo porque este puede darse a partir de nosotros mismos. Si tu mano, si tu pie, si tu ojo, «te escandaliza», es decir, son ocasión de que la fe venga a menos, córtatelos, que más vale entrar en la vida lisiados, que completos y enteros al fuego eterno.

     

    En esta expresión hiperbólica de Jesús, hay, sin embargo, una sabiduría muy grande. La transferencia de la responsabilidad moral a la esfera exterior, a la mano, al pie, al ojo, se relaciona con lo que los psicólogos llaman hoy “desviación de objetivo”; existe una película que se llama El abogado del diablo; ¡faltaba más! El diablo también tiene su abogado. El tema de la película es bastante sencillo: si Dios te dio tus miembros, incluyendo los miembros sexuales, ¿Por qué va ser pecado usarlos? Aquí hay más que simple superficialidad de análisis, yo diría que existe en estos planteamientos “una auténtica ligereza metafísica”. La experiencia nos dice que nosotros propendemos a buscar chivos expiatorios; los psicólogos nos dicen que traemos integrado un estupendo sistema de auto-justificación mediante el cual podemos esquivar nuestra responsabilidad, de manera que nunca resultamos culpables ante nosotros mismos. Todos tenemos excusas perfectas, como Adán en el Paraíso, para esquivar, para eludir la responsabilidad de nuestras acciones. De esta manera, la culpa está siempre en el otro o en un misterioso tentador que nos ha seducido.

     

    Jesús con sus exigencias llevadas al máximo, centra la atención en el corazón como sede de las decisiones morales y como causa última de los pensamientos y de los movimientos malos. En la antropología bíblica, el corazón es la sede de las decisiones morales, es el interior del hombre, es su conciencia moral; de ahí brotan las decisiones operativas que definen al hombre. Marcos, ciertamente, no está interesado en la antropología, sino en la ética de Jesús. Para él, en primer plano, está la actuación justa y, si es necesario, la decisión radical.

     

    UN MINUTO CON EL EVANGELIO.

    Marko I. Rupnik.

    Cristo todavía se está enfrentando a la cerrazón de mollera y a una especie de dureza de corazón de los discípulos, que se quejan de haber visto a alguien que echaba los demonios en nombre de Cristo, y, dado que no era de su grupo, se lo han prohibido. Siguen centrados todavía en sí mismos y en sus categorías y modos de pertenencia. Cristo sigue concentrado en su Pascua, es decir, en la salvación de la humanidad, en el Padre que quiere que los hombres se descubran amados por él. A los discípulos les cuesta ver el contenido, la salvación que alcanza al hombre, cegados por la preocupación sobre quien es la persona que hace el bien; y si no es de los suyos, ya no consiguen ver el bien. De hecho, sólo después de Pentecostés los discípulos podrán comprender progresivamente que el amor de Cristo va más allá de las fronteras convencionales de pertenencia: quien es de Cristo teje conjuntamente, no desgarra; incluye, no excluye, debido a la misericordia por la que él mismo ha sido alcanzado.

     

     

    Meditación.

    El que os dé un vaso de agua porque sois de Cristo, no quedará sin recompensa. (San Agustín)

     

    Das los bienes de este mundo y recibes los bienes eternos. Das la tierra y recibes el cielo. Pero, ¿a quién dar? Escucha la escritura que te dice cómo prestar al mismo Señor: Quien se apiada del débil presta al Señor. Seguramente Dios no tiene necesidad de ti, pero hay alguien que sí la tiene. Lo que das a uno, otro lo recibe. Porque el pobre no tiene qué devolverte; querría, pero no tiene nada; tan sólo queda en él la voluntad de orar por ti. Pero cuando un pobre ora por ti, es como si dijera a Dios: «Señor, he recibido un préstamo, sé tú mi fianza». Entonces, si el pobre al cual tú has prestado es insolvente, hay un buen garante, porque Dios te dice: «Da sin miedo, yo respondo por él. Soy yo quien te lo devolverá, soy yo quien lo recibe, es a mí a quien das».

     

    Si Cristo es Dios, no hay aquí ninguna duda, porque él mismo dice: Tuve hambre y me disteis de comer. Quiere enseñarnos que él es realmente el garante de los pobres, quien responde por todos sus miembros y declara: Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.

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