• XXVIII Domingo de Tiempo Ordinario B

    Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario B

    Sab 7,7-11; Sal 89; Heb 4,12-13; Mc 10,17-30

     

    Oración opcional. Oh Dios, Padre nuestro, que conoces los sentimientos y los pensamientos del hombre, no hay creatura que pueda esconderse de ti; penetra nuestros corazones con la espada de tu palabra, a fin de que, a la luz de tu sabiduría, podamos valorar las cosas terrenas y eternas, y llegar a ser libres y pobres para tu Reino. Por NSJ…

     

    Síntesis

    Sab 7,7-11 – La verdadera sabiduría – A lo largo de los siglos, sobretodo en contacto con los pueblos vecinos, los hebreos experimentaron la seducción de la sabiduría antigua; de los egipcios han aprendido que la verdadera grandeza consiste en el saber, de los patriarcas y los reyes han aprendido a buscar el poder y la abundancia; de los griegos recibieron el sentido de la belleza, del equilibrio, de las cosas y el amor por la sabiduría. Pero, ¿qué son todos estos bienes sin una visión más amplia de la realidad? La verdadera sabiduría es la que viene de Dios, que nos hace ver las cosas como son realmente, su valor en relación con él, su creador. La sabiduría, que bien podemos llamar sensatez, cordura, es fundamentalmente, el arte del discernimiento. Distinguir lo útil de lo inútil, lo bueno de lo malo, la mentira de la verdad, lo que lleva a la muerte de aquello que favorece la vida.

     

    Sal 89 – Se trata de una meditación sobre la brevedad de la vida humana con súplica esperanzada. El salmo de este domingo comienza en el versito 12: «Enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato». Aceptar esta limitación con corazón resignado es ya una sabiduría que pedimos a Dios y que, en cierto modo, vence la tristeza. El arte supremo de la sabiduría consiste en la ordenación de la propia vida para vivir y vivir del mejor modo posible, para recibir los menos golpes, para vivir bien.

     

    Más allá de la visión del salmo queda una respuesta más alta. La condición cristiana no ha cambiado la vida humana en su carácter temporal: el cristiano sigue siendo «triste por la certeza de morir». Pero también Cristo ha entrado en esta finitud humana, ha pasado por la muerte, venciéndola, y con su resurrección ha inaugurado la vida nueva, que es plenitud sin término. Si nuestras obras participan de la resurrección de Cristo, quedan llenas para siempre.

     

    «Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba donde está Cristo,… aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios.» (cf. Col.3,1-4). El arte supremo de darle a la vida todo su valor “be all you can be”, es posible solo mediante el don de la sabiduría que viene de Dios. Y no olvidemos “que los mandamientos que te doy hoy serán tu sabiduría delante de los demás pueblos”. (cf. Dt. 4, 2.6-8).

     

    Heb 4,12-13 – Una palabra cortante – Espada de dos filos. Sucede con frecuencia que la predicación no es otra cosa que una serie de palabras vacías, que no dan “en el blanco”, sobrevuelan la asamblea sin cambiar nada. La palabra de Dios es, exactamente lo contrario: cortante, eficaz, provocativa. Denuncia sin misericordia nuestras liviandades y nuestros compromisos. Sin embargo, es una palabra que nos hace libres porque viene al encuentro de nuestros anhelos más profundos.

     

    Mc 10,17-30 – La pobreza del que sabe amar – Según la moral de los bien pensantes, la providencia bendice a los virtuosos concediéndoles la abundancia, premiándolos con riquezas materiales, pensamiento muy afín a la teología calvinista. Igual, los hebreos en tiempos de Jesús creían que los bienes y las riquezas eran signo de la bendición de Dios. Pero Jesús ha vivido pobre, y ha llevado a los apóstoles a las mismas privaciones. Los primeros cristianos los han seguido y las persecuciones que sufrían los han llevado a abandonar incluso la tierra, la familia, lo más querido. Pero no eran seres indefensos: tenían la convicción de haber entrado en la única vida que vale la pena de ser vivida; su existencia cotidiana estaba enriquecida con la vida misma de Dios.

     

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    El tema de este domingo, tal como lo anuncian la I Lectura y el Salmo, es un tema eminentemente sapiencial. Para entender la I Lectura de hoy, Sab 7,7-11, es necesario leer desde el inicio del 7,1-6, donde Salomón se confiesa como un hombre mortal, igual que todos, hijo del primer hombre modelado de arcilla; de tal manera que, no obstante haber llegado a ser el Rey, ha tenido igual comienzo que todos los mortales. “Ningún Rey empezó de otra manera; idéntica es la entrada de todos en la vida, e igual es su salida” (7,6).

     

    De aquí brota la necesidad de pedir a Dios “La Sabiduría” sin la cual es imposible orientar la vida y agradar a Dios; “Por más cumplido que sea un hombre, si le falta tu sabiduría, no vale nada” (Sab. 9,6; cf. 9,1-12). Por esta razón, en el fragmento que leemos hoy, de la misma manera que en el fragmento de Sab. 9, la súplica de Salomón brota de la propia naturaleza humana débil, fragmentaria e incapaz de conocer los caminos y la voluntad de Dios, si la sabiduría que brota de él no se los muestra. De aquí la belleza de estas súplicas y la profunda espiritualidad bíblica que respira.

     

    Si Salomón ha comprobado que no es más que un hombre, que ha venido al mundo y habrá de morir como todos los hombres, pero que ahora el Señor le ha nombrado Rey de su pueblo, entonces la oración brotará de esta conciencia: por una parte la misión de ser el Rey, y por otra, su innata debilidad humana incapaz de distinguir el bien del mal. (Sab. 9). En el lenguaje cristiano se llamaría humildad, porque la humildad es la verdad; y la verdad es que, lejos de Dios, de su sabiduría, el hombre no acierta a dar con el camino.

     

    Esto hace de la sabiduría una realidad inapreciable e indispensable. Dada la condición humana, la súplica se convierte en urgencia: “supliqué y se me concedió la prudencia; invoqué y vino sobre mí el espíritu de la sabiduría” (7,7). Siendo esta virtud, este don de Dios, el que hace capaz al hombre de orientar su vida, su valor no tiene comparación; es más que los cetros y los tronos, mucho más que la riqueza, más que la más preciosa de las piedras, más que todo el oro, “que a su lado no es más que un poco de arena, y junto a ella, la plata vale lo que el barro”. Vale más que la salud y la belleza porque es la luz que ilumina nuestro camino, porque es un resplandor sin ocaso. Todos los bienes vienen con ella, y sin ella los bienes pueden convertirse en realidades incontroladas y destructoras. Con la sabiduría, aún la riqueza, los bienes y los goces de esta vida, pueden tener sentido y pueden disfrutarse. ¡Cuántos ricos pobres y cuántos pobres ricos! Cómo no recordar a S. Agustín que decía a los ricos: “Los ricos somos nosotros; ustedes son adinerados”. Hay muchos adinerados tristes, que no tienen más que eso, dinero.

     

    El Salmo Responsorial (89) es igualmente un salmo sapiencial, una meditación sobre la brevedad de la vida humana unida a una súplica esperanzada. La brevedad de la vida constituye por sí misma una lección que no debe escapársenos. Es lo más evidente y lo más olvidado. De aquí brota la súplica: “enséñanos a ver lo que es la vida, y adquiriremos un corazón sensato”. Sensatez, cordura, sabiduría, es lo que le pedimos a Dios para saber usar los bienes que él nos ha dado, la vida, la salud, la experiencia, los bienes materiales, también los fracasos y las dificultades. De esta manera podremos disfrutar todo, porque todo viene de Dios, y “Dios no puso ningún veneno mortal en las cosas”; los bienes de este mundo no constituirán, entonces, una mampara entre Dios y nosotros. Se trata pues de un tema eminentemente sapiencial.

     

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    Esa sabiduría fue la que le faltó al joven del evangelio; no supo dónde estaba el valor supremo; las riquezas le impidieron descubrirlo cuando lo tenía ante sus ojos. Ese es el peligro de las riquezas y riquezas no son solamente el dinero y los bienes, sino principalmente la propia vida, nuestra salud, nuestra inteligencia, nuestros talentos, la capacidad de ser felices, el amor, la ternura, la familia, en fin, tantas cosas que constituyen nuestra riqueza y que si no tenemos el don de la sabiduría podemos tirar todo esto por la borda; podemos aniquilar, incluso, nuestra capacidad de ser felices. Y sobre todo, teniendo la capacidad de encontrar a Dios, fuente única de la verdad y de la vida, de la plenitud y la felicidad, podemos desperdiciar dicha capacidad. De tal manera pues, que sin el don de la sabiduría, ni siquiera de los bienes de este mundo vamos a saber disfrutar.

     

    Este joven se encontró en una disyuntiva; por una parte le atraía la vida religiosa como el cumplir los mandamientos, el buscar a Dios, el buscar la plenitud de su felicidad en Dios, y en búsqueda de mayor información se acercó a Jesús para preguntarle al respecto. El muchacho era bueno, pero la disyuntiva era radical. El muchacho hace una pregunta que todos debemos hacernos: “Maestro bueno, ¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”. El Papa Juan Pablo II en su encíclica Veritatis Splendor, comenta de la siguiente manera este pasaje:

     

    8.Desde la profundidad del corazón surge la pregunta que el joven rico dirige a Jesús de Nazaret: una pregunta esencial e ineludible para la vida de todo hombre, pues se refiere al bien moral que hay que practicar y a la vida eterna. El interlocutor de Jesús intuye que hay una conexión entre el bien moral y el pleno cumplimiento del propio destino. Él es un israelita piadoso que ha crecido, diríamos, a la sombra de la Ley del Señor. Si plantea esta pregunta a Jesús, podemos imaginar que no lo hace porque ignora la respuesta contenida en la Ley. Es más probable que la fascinación por la persona de Jesús haya hecho que surgieran en él nuevos interrogantes en torno al bien moral. Siente la necesidad de confrontarse con aquel que había iniciado su predicación con este nuevo y decisivo anuncio: «El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la buena nueva» (Mc 1, 15).

     

    Respecto al Evangelio de este domingo, en su comentario a Marcos, Josef Ernst, trae un “excursus”: “la posición de Jesús ante la riqueza”. De este “excursus” saco las siguientes notas:

     

    1. La renuncia a la propiedad y a la riqueza no puede ser tratado significativamente más que en el contexto de la exigencia del discipulado, del seguimiento. Marcos no exige, como tampoco Jesús, una absoluta enemistad por principio, en contra de la propiedad, se abstiene, sin embargo, de una valorización positiva al respecto.

     

    1. La valoración de la riqueza en todos los estratos de la tradición del N.T. está determinada por la pretensión de totalidad de la riqueza. El que se envicia en la riqueza, ya no tiene las manos libres y liga su corazón a la riqueza, se esclaviza en manera tal que no queda espacio para los intereses del Reino. Por mi parte, aclaro que, al hablar de que el amor a las riquezas ahoga los valores del Reino, cuando la riqueza se convierte en programa de vida que lo determina todo, estamos diciendo que no deja lugar para Dios ni para los hermanos.

     

    1. ¿Significa esto que el cristiano, para seguir a Jesús, deba vender todo y dar su dinero a los pobres? No obstante el lenguaje riguroso, según la presentación de los Evangelios Sinópticos, Jesús no es un fanático de la pobreza; para él, la propiedad no es un tema económico, social, o de economía política, se trata de una cuestión que puede ser valorada sólo en relación con Dios. E. Fuchs dice lo siguiente: «el hombre debe escoger entre presente y futuro. Eligiendo el futuro conquista a Dios mismo. No se puede interpretar éticamente o sociológicamente un enunciado tal. Se trata de un dato, de hecho, eminentemente religioso». Precisamente por ello, llama la atención el hecho que esta exigencia de Jesús no da criterios para el seguimiento (sequela), sino que es la consecuencia del seguimiento. Esto me parece muy importante: lo que está en juego no es la riqueza, sino el seguimiento de Jesús. La llamada está en primer lugar. Así como la vocación, también la renuncia a la riqueza no es una iniciativa propia, sino obra de la gracia de Dios. Cuando el hombre está en el límite de sus propias posibilidades, sólo entonces comienza a actuar Dios. Bástenos con esto.

     

    Por último, recomiendo la lectura de la encíclica del Papa Benedicto XVI, Cáritas in Veritate, en donde el Papa aborda el tema del egoísmo, la ambición, la irresponsabilidad moral, la avaricia, que han sumido al mundo en una de las peores crisis conocidas. Eso es lo que hace el amor al dinero. Toda la criminalidad horrenda en nuestra Patria, se debe a la sed de dinero. Respecto a esta encíclica escribí un artículo en el Diario de Juárez, y comparto algunos fragmentos:

     

    El amor en la dimensión social. «El amor (caridad), da verdadera sustancia a la relación personal con Dios y con el prójimo: no es sólo el principio de las micro relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas».

     

    En efecto, la pobreza globalizada en aumento, desvela, igual, la ausencia del amor en la estructuración de nuestro mundo. El Arzobispo Silvano Tomasi, representante de la Santa Sede ante la oficina de las Naciones Unidas en Ginebra, tuvo una intervención que constituye una síntesis del estado actual del planeta. La comunidad internacional está luchando por encontrar soluciones a la crisis económica y financiera, que la codicia y la falta de responsabilidad ética han provocado. Mientras los analistas debaten sobre las causas de la crisis, mientras reuniones como el G8 analizan la situación, las consecuencias sociales de la «nueva pobreza», la pérdida de puestos de trabajo, la malnutrición y el hundimiento del desarrollo, afectan en forma directa a los grupos más vulnerables de la población y, por tanto, requiere respuestas.

     

    «Sin la perspectiva de una vida eterna, es decir, mutilando al hombre en su dimensión trascendente, el progreso humano en este mundo se queda sin aliento; encerrado dentro de la historia, queda expuesto al riesgo de reducirse sólo al incremento del tener»,

     

    «Sin esta visión integral, sin este concepto de desarrollo, la humanidad pierde la valentía de estar disponible para los bienes más altos, para las iniciativas grandes, trascendentes y desinteresadas que la caridad universal exige. El hombre no se desarrolla únicamente con sus propias fuerzas, así como no se le puede dar sin más el desarrollo desde fuera».

     

    UN MINUTO CON EL EVANGELIO.

    El rico que guardaba todos los mandamientos no era capaz de desviar la mirada de lo que poseía, para entregarse a una relación íntegra y total con Cristo, el Mesías. El joven rico es imagen del hombre que se esfuerza por hacer todo bien y cumplir todo deber, pero que, aun así, no percibe el aliento de Dios en su vida: esa vibrante relación que da la vida. El evangelio dice que se entristeció y se fue afligido. La tristeza es un sentimiento importante en la vida espiritual. Los Santos Padres dicen que hay una tristeza espiritual que nace junto al arrepentimiento y mueve a la persona a lanzarse a los brazos del propio Señor y Salvador, al que ha ofendido con sus pecados. Otra es la tristeza en la que atrapa el maligno y procede de la envidia, de la avaricia y del apego a las cosas en las cuales se ha puesto nuestra esperanza. Las cosas no salvan al hombre, pero lo ilusionan, y por ello decepcionan. Pero quien pone su confianza en el Señor no queda decepcionado.

     

    Meditación.

    Uno solo es bueno

    una sola cosa es necesaria

    si esta te falta no tienes nada

    Toda cosa te roba el único bien

    Vende lo que tienes

    Da todo a los pobres

    Ven.

     

    El joven había entendido bien

    Le faltó corazón

    Se le secaron los labios

    Y huyó con los ojos bajos

    Con todos sus bienes.

     

    Jesús: cómo es difícil

    Abrirse al reino de Dios

    Sin embargo, todos tenemos un umbral

    Que puede darnos el acceso al Reino

    Aunque, si el rico tiene corazón

    Abrumado por tantas cosas,

    Obstruido por las sombras

    Deberá pasar ese umbral

    Como un camello atraviesa

    El ojo de una aguja.

     

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